Muchas veces se habla del origen de alguna fotografía, haciendo referencia al momento en que la idea fue concebida, pudiendo ser desde instantes antes de presionar el obturador, hasta haber llevado años de maduración en la cabeza del autor.
Pero más difícil es hablar del momento en que finalmente se puede dar por terminada una obra.
Es que el instante preciso en que una foto deja de mutar no es fácil de determinar, y generalmente varía de obra en obra. Por eso prefiero verlo como diferentes ciclos de evolución que la fotografía va atravesando. Cada uno de ellos con su inicio y su fin. Cada uno de ellos aportando alguna transformación. De esta forma, una misma fotografía puede darse por finalizada muchas veces, y luego de cada final, la obra será diferente.
Un primer ciclo culmina al momento de accionar el disparador. O, más precisamente, cuando el obturador finalmente se cierra. En ese instante, ya el material sensible habrá sido afectado por los rayos de luz reflejados por el objeto fotografiado. Ningún cambio posterior en la escena afectará el resultado. Hasta ese momento, el fotógrafo pudo visualizar la imagen, eventualmente producirla, seleccionar el ángulo de visión, el punto de vista, el encuadre, tiempo de exposición, diafragma, etc. Pero una vez cerrado el obturador, la porción de realidad que quedó dentro del encuadre elegido habrá dejado su huella. Ya no hay vuelta atrás.
Claro, este punto puede tener una relevancia diferente dependiendo del tipo de fotografía y material utilizado. Ante una realidad dinámica, como en la fotografía de deportes, cada momento es irrepetible, mientras que, al fotografiar elementos estáticos, como una naturaleza muerta, se puede contar con la posibilidad de repetir la toma, pero ya sería eso, otra toma, con su propio cierre.
Algo similar ocurre al considerar el tipo de material sensible, aunque en esta ocasión, está relacionado con la cantidad de tomas que tenemos disponibles. Acostumbrados actualmente a contar con espacio para miles de fotos en una tarjeta de memoria, restamos importancia a cada disparo en forma individual. Solemos repetir tomas innecesariamente, disparar a ráfagas, que alguna saldrá decentemente. Hay espacio para la prueba y el error, o probar diferentes alternativas. Pero cuando la disponibilidad se reduce a los 36 fotogramas del rollo de 35mm, o los 12 fotogramas al utilizar un formato medio de 6×6, la decisión de cada disparo tiene otra criticidad. Y ni hablar si se utiliza una cámara de gran formato, donde toma se realiza en una placa individual.
Pero si bien seguramente hay fotógrafos que dan por finalizado su trabajo una vez realizadas las tomas, para muchas obras es sólo el comienzo de una nueva etapa. Decisiones acerca de los químicos y diluciones a utilizar durante el revelado, la elección del tipo de papel, la selección y ajuste del contraste, determinar los tiempos de exposición adecuados para cada sección de la imagen, mediante la realización de infinitas tiras de prueba, realizar los apantallados correspondientes, son gran parte del trabajo de laboratorio que van dando forma a la fotografía final. Más complejo aún si se opta por aplicar procesos especiales, como solarizaciones, grisografías, montajes, etc.
Rara vez, al menos en mi caso, la obra termina con la satisfacción absoluta del autor. Siempre puede trabajarse un poco más. Generalmente, la fotografía se da por terminada cuando ya es demasiado tarde y no queda más remedio que abandonar el cuarto oscuro, cuando hemos trabajado tanto en la obra que ya no queda voluntad de hacer un nuevo intento para mejorarla, o cuando el bolsillo indica que no hay margen para gastar otra hoja de papel fotográfico.
Claro, yo hablo de lo que conozco, pues sigo haciendo fotografía analógica. Pero supongo que el proceso de postproducción digital es, salvando las distancias, bastante similar. Incluso me arriesgo a decir que las razones para dar por finalizada la tarea, excepto la última, deben seguir siendo válidas.
¿Y ahora sí podemos dar por terminada la fotografía? Definitivamente no. Como dijo Marcel Duchamp, “contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores los que hacen los cuadros”, y las fotografías, agrego yo. Porque el público no es un mero observador pasivo. Mediante su mirada, da un sentido a la obra y la completa con su propia interpretación.
Y esta acción enriquece a la fotografía y al fotógrafo doblemente. Por un lado, cada diferente interpretación alimenta la polisemia de la obra. Por otra parte, al ver la obra expuesta, el propio autor se convierte en espectador de ésta. Y la posibilidad de tomar cierta distancia emocional, permite resignificarla.
De esta forma, cada fotografía podría darse por terminada cuando finalmente queda guardada en una caja, paquete o armario. O podría quedar eternamente inconclusa, esperando por una nueva mirada…
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