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Algunas reflexiones en torno al concepto de lengua

La lingüística moderna ha centrado prácticamente la totalidad de sus estudios en la lengua, pues la toma como medida de todas las otras manifestaciones del lenguaje.

En efecto, la lengua parecería ser lo único susceptible de definición y, por tanto, el punto de partida para cualquier estudio lingüístico que se precie. Las reflexiones de este artículo intentan estar a la altura del asunto.

  1. La lengua a partir de Ferdinand de Saussure
Ferdinand de Saussure
Ferdinand de Saussure

Fisiológicamente, la lengua es el órgano más importante de la articulación de los sonidos, ya que, gracias a su compleja estructura, puede ponerse en contacto con todos los puntos de la cavidad bucal que intervienen en la formación de aquellos.[1] Pero también se llama lengua al «conjunto de palabras y modos de hablar de un pueblo o nación»[2]. Esta segunda acepción, propia de los estudios lingüísticos y filológicos, tiene tan amplio uso que casi se equipara en difusión a la primera.

La escuela saussureana deslinda con toda precisión la lengua y el lenguaje, pues solo la considera más que como una parte, aunque esencial, de aquel. El lenguaje es la facultad de hablar y, en su conjunto, es multiforme y heteróclito, pues además de abarcar factores físicos, fisiológicos y psíquicos, pertenece simultáneamente al dominio individual y al social, sin que, como dice Saussure, se pueda clasificar «en ninguna de las categorías de los hechos humanos, porque no se sabe cómo desembrollar su unidad»[3]. La lengua, en cambio, es una entidad en sí misma y, a la vez, «un principio de clasificación»[4], y al darle «el primer lugar entre los hechos del lenguaje, introducimos un orden natural en un conjunto»[5] que ya no será pasible de ningún otro tipo de taxonomía.

Así pues, la lengua es un sistema de signos distintos que corresponden a ideas distintas. Este sistema, naturalmente, es una creación colectiva, y es por su intermedio que se ejerce la facultad de articular palabras. De lo que se deduce que es la lengua la que da cuenta del lenguaje en tanto fenómeno o posibilidad.

Siguiendo este mismo razonamiento, Saussure diferencia la lengua del habla, porque la primera es social y esencial, y la segunda, individual y accesoria. La lengua, dicho de otro modo, es el producto que el individuo o el sujeto hablante registra pasivamente; no supone nunca premeditación, ni la reflexión interviene en ella más que para la actividad asociativa. En cambio, el habla es un acto individual de voluntad e inteligencia, en el que conviene distinguir, por un lado, las combinaciones mediante las cuales utilizamos el caudal de la lengua para expresar el pensamiento personal y, por otro, el mecanismo psicológico que nos permite exteriorizarla.

Dentro del lenguaje, la lengua es un objeto bien definido que, además, puede estudiarse por separado del habla, tal como lo demuestra el estudio de lenguas muertas. El sistema de signos que la constituye es homogéneo, y su elemento esencial es la unión del sentido y de la imagen acústica. Como objeto de estudio, la lengua es algo concreto, un conjunto de asociaciones establecido por una suerte de convención entre los miembros de una comunidad, y es una realidad que tiene su asiento en el cerebro. Por esta posibilidad de fijación, un diccionario y una gramática pueden representar fielmente el estado de una lengua, ya que esta cumple la función de almacenar las imágenes acústicas, que mediante la escritura alcanzarán forma tangible.

Por lo expuesto, el estudio de la lengua no debe confundirse con el estudio del habla, independientemente de que entre uno y otro exista una inapelable filiación.[6] Para llegar a asociar una idea con una imagen verbal, es preciso empezar por aprehender esta asociación en el habla. La suma de estas asociaciones se deposita en el cerebro de los diferentes individuos, como ejemplares idénticos de un diccionario que se repartiera a cada uno de los sujetos hablantes, más allá de su voluntad.

Entendida así, la lengua no sería otra cosa que un sistema con sus propias reglas, códigos y excepciones, por lo que, en principio, la influencia de factores externos a ella no debería alterar su estructura interna, aunque sí pueda alterar su superficie. Para explicar esta peculiaridad, Saussure apela a una comparación con el ajedrez. En nada afecta al sistema reemplazar unas piezas de madera por otras de marfil, pero disminuir o aumentar el número de ellas puede trastornar profundamente la «gramática» del juego.  

Minna Sundberg
Árbol genealógico de las principales lenguas – Minna Sundberg

Para los detractores del lingüista ginebrino, la lengua no pasa de ser una nomenclatura, esto es, una lista de palabras que corresponden a ciertas cosas; lo cual está muy lejos de ser verdad. La lengua es el pensamiento organizado en la materia fónica, la cual no es tampoco un molde al cual deba acomodarse el pensamiento, sino una materia plástica «que se divide a su vez en partes distintas para suministrar los significantes que necesita»[7]. Representa la lengua —es decir, el hecho lingüístico en su conjunto— una serie de subdivisiones contiguas hechas a un tiempo en el plano de las ideas y en el de los sonidos. Su papel es el de intermediaria entre unas y otros, porque obliga al pensamiento a precisarse. Para explicar este papel de mediadora, se acude al símil del aire en contacto con una superficie de agua. Al cambiar la presión, se forman divisiones a modo de ondulaciones, las cuales dan una unión del pensamiento con el sonido. En otro símil se compara la lengua con una hoja de papel, cuyo anverso es el pensamiento y cuyo reverso es el sonido, por lo que no se puede cortar el uno sin hacer lo propio con el otro. En la lengua no sería posible aislarlos, como no fuera por una abstracción, que sería puramente psicológica o fonológica.

Siendo la lengua el conjunto de hábitos lingüísticos que nos permite comunicarnos, se deduce la necesidad de que, para que aquella viva, exista una «masa hablante». Esta no puede darse fuera del hecho colectivo, por lo que su naturaleza social es una de sus características más notables. Esto no quiere decir que la lengua sea una simple convención que los interesados pueden modificar a su antojo. La acción del tiempo, combinada con la de la fuerza social, nos dice que, fuera de aquel, la realidad lingüística no es completa ni permite ninguna conclusión. La masa hablante y el tiempo son inseparables para la lengua. Si concibiéramos un individuo que viviera aislado durante siglos, probablemente su lengua no sufriría ninguna alteración, y a la inversa, si considerásemos la masa hablante sin el tiempo, no veríamos la actuación de las fuerzas sociales sobre la lengua.

Como resultado, llega la escuela saussureana a la conclusión de que la lengua es una forma y no una sustancia, y añade: «todos los errores de la terminología, todas las maneras incorrectas de designar las cosas de la lengua, provienen de esa involuntaria suposición de que hay una sustancia en el fenómeno lingüístico»[8].

  1. La lengua según las coordenadas «vosslerianas»

Cuando se trata de investigar la realidad íntima de la lengua, los positivistas declaran que «es un ser ideal al que no hay medio de llegar directamente»[9]. Esta realidad íntima es el sistema de asociaciones que existen en el cerebro de cada individuo perteneciente una misma comunidad lingüística, y al mismo tiempo es la obligación que se impone a cada uno de ellos de mantener un paralelismo exacto entre todos los mencionados sistemas como realidad puramente social. La lengua es «a la vez inmanente y exterior a los individuos»[10].

 

Karl Vossler
Karl Vossler

Vossler se opone francamente a la concepción positivista (de la que, por cierto, Saussure sería un heredero) y, aunque acepta las conquistas de dicha escuela, se cuestiona sus limitaciones filosóficas. Donde aquella ve una dualidad que estorba, un «dilema», Vossler ve una dualidad funcional, y considera que el objeto de la lingüística es esa dualidad, como corriente viva que une los dos polos. Esta complejidad real es para el ilustre filólogo alemán el objeto inmediato de la ciencia. El lenguaje es energeia o acto de espíritu y, por tanto, la lingüística sería una ciencia del espíritu.

Para Vossler, la producción o momento espiritual de la creación lingüística es superior al momento mecanizado del sistema de la lengua y el habla. Esto quiere decir que, entre la intuición y las categorías establecidas, entre la creación y el sistema, el fenómeno estilizado del lenguaje consiste en un vaivén incesante de un polo a otro.[11] La lengua y el habla, como la sincronía y la diacronía y otras antinomias de la escuela de Saussure, quedan superadas y ensambladas en su papel de dualidades funcionales. Según la comparación «vossleriana», son como las dos piernas al andar, una de las cuales no está ociosa mientras la otra adelanta. Aceptando que la lengua es un sistema, es el espíritu de los hablantes el que lo ha constituido y lo mantiene. Todo cambio se origina en un individuo, y se realiza cuando la colectividad lo adopta; por tanto, no puede aquel llamarse ciego o involuntario, pues lo inicia y lo realiza la voluntad expresiva, la conciencia idiomática, en una palabra: el espíritu. Si la lengua como sistema solo se pone a funcionar cuando el motor es el habla que le da sentido, el motor no puede ser otro que el espíritu del hablante.[12]

Si el objeto de la lingüística hubiera de ser una lengua desligada de toda actividad y de toda función del espíritu, la vida idiomática se reduciría a un mero automatismo. Así, para la escuela de Vossler, los fenómenos de dualidad lingüística, tales como el cambio fonético y la analogía, la contaminación y la gramaticalización, etc., vienen a constituir procesos uniformadores que se dan en períodos en lo que la energía espiritual de una comunidad, por alguna razón, se encuentra ausente.

  1. Primeros intentos de clasificación de las lenguas

 SchleicherDesde los trabajos de Schleicher venía admitiéndose una clasificación de todas las lenguas conocidas en tres grupos de diversa amplitud: el de las monosilábicas, el de las aglutinantes y el de las flexivas o de flexión. Las monosilábicas, como su nombre lo indica, son las que constan de vocablos de una sola sílaba; las aglutinantes, las que expresan las diferentes circunstancias que acompañan a la palabra por medio de añadiduras gramaticales que son siempre las mismas, y las flexivas o de flexión, las que expresan dichas circunstancias mediante variaciones de la palabra respectiva. Se incluían entre las monosilábicas el chino, el birmano, el siamés, el anamita y otras lenguas de la Indochina, llamadas también transgangéticas; entre las flexivas se contaban las lenguas indoeuropeas, y entre las aglutinantes todos las demás, que suman centenares y hasta millares. Pero ya en el primer tercio del siglo XX, esta clasificación fue considerada inaceptable por varios motivos. En primer lugar, porque las lenguas monosilábicas parecen no ser representantes del estado primitivo del lenguaje, sino restos de antiguas lenguas flexivas que redujeron sus palabras a monosílabos. En cuanto a las otras dos categorías, se da el caso de que es muy incierto el límite que separa la aglutinación de la flexión, pues hay abundantes fenómenos de contagio mutuo, e incluso se dice que también hay aglutinaciones en el chino moderno.

El descrédito en que ha cayó la clasificación de Scheleicher hizo buscar otras. Así, el alemán Franz Nikolaus Finck, en su obra Die Sprachstämme des Erdkreises, reúne las lenguas geográficamente en cuatro grupos principales: el de la raza caucásica, el de la mongola, el de la americana y el de la etiópica. En el primer grupo, distingue el tronco indoeuropeo, el semítico, el caucásico, el dravídico, y otros, entre los cuales figuran el elámico, el cáldico, el hetítico, etc. En el segundo grupo figuran el indochino, el uralo-altaico, el sumérico y las lenguas árticas e hiperbóreas. En el tercer grupo incluye las lenguas de la raza americana, con seis grupos principales: el del norte del Pacífico, el del norte del Atlántico, el de la región central, el del Amazonas, el de la Pampa y el de los Andes o Pacífico meridional. En el cuarto se incluyen las lenguas de la raza etíope, con dos subgrupos principales: la de los negros africanos y la de los negros de Oceanía. En el registro alfabético de los nombres de los idiomas incluye Finck más de dos mil. En otra obra del mismo autor, Die Haupttypen des Sprachbaus, estudia los ocho siguientes: el chino, el groenlandés, el de los negros subiya, el turco, el de los habitantes de Samoa, el árabe, el griego y el georgiano. Fink entiende por tipo de lengua una suma de actividades lingüísticas que representa algo común a un número más o menos significativo de idiomas y que es característico de todos ellos.

Nikolaus Finck
Nikolaus Finck

Nada tiene que ver con esta clasificación la más vulgar de «lenguas vivas y muertas», según que se hablen en la actualidad o que sean solo una reminiscencia histórica. También esta clasificación es un tanto relativa, desde el momento en que carecemos de datos suficientes de muchas lenguas muertas, que acaso no han hecho más que sufrir transformaciones sucesivas hasta alcanzar su estado actual. El griego, por ejemplo, tuvo que pasar por grandes alteraciones hasta llegar a la coexistencia actual de un griego oficial y el idioma popular, y la falta de datos no nos permitirá nunca establecer el punto en que el idioma de Pericles llegó a ser una lengua muerta.

Asimismo, se dice que en algunas zonas de Hungría y de Polonia se habla el latín con bastante pureza, lo que sí sería una prueba de que la lengua de Ovidio está viva todavía, ya que el uso del latín que hace la Iglesia (por poner un ejemplo conocido) no deja de ser una práctica artificial. 

En cuanto a la unidad de las lenguas en sus orígenes, desaparecidas las teorías del hebraísmo primitivo, que desde san Jerónimo hasta Leibniz dominaron entre muchos eruditos, y la del iberismo primitivo de Humboldt, hoy se reconoce la imposibilidad de aventurar ni siquiera una hipótesis. Lo único que puede hacer la Filología, por ahora, es declarar la absoluta imposibilidad de establecer un nexo entre las lenguas antiguas de las que se tiene conocimiento, pues, como decía Lenz, «mientras no se hayan estudiado a fondo algunos centenares de familias lingüísticas, toda clasificación es prematura»[13].


[1] De hecho, se sabe que la lengua es el órgano que determina principalmente el resonador que constituye el timbre.

[2] Georges Mounin. Historia de la Lingüística, Madrid, Gredos, 1968.

[3] Ferdinand de Saussure. Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 2005.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] Lógicamente, la lengua es necesaria para que el habla se establezca como objeto de estudio.

[7] Ferdinand de Saussure. Óp. cit.

[8] Ibíd.

[9] Antoine Meillet. Lingüística histórica y lingüística general, Santiago de Chile, Ediciones Universitarias, 1985.

[10] Ibíd.

[11] Véase Karl Vossler. El lenguaje como creación y evolución, Madrid, Poblet, 1929.

[12] Uno de los discípulos y editores de Saussure, Albert Sechehaye, reconoce que la antinomia entre lengua y habla se supera concentrando la lingüística en la omnipresente habla, y no en la lengua.

[13] Rodolfo Lenz. La oración y sus partes, Santiago de Chile, Editorial Nascimento, 1944.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
"Por todo sol, la sed", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
"La gratuidad de la amenaza", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
"Íngrimo e insular", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
"La ciudad con Laura", Sediento Editores (México, 2012);
"Elucubraciones de un 'flâneur'", Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, "Leer al surrealismo", fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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