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Abdallãh, el emir fratricida

El emir Abdallãh I de al-Ándalus nació en 844 d.C., hijo de Muhammad I y nieto de Abd al-Rahmãn II.

Pese a ser el primogénito de los hijos varones del emir Muhammad y de su favorita en el harem, no resultó elegido por su padre como sucesor, siendo designado el segundo varón, Almondhir, hijo de diferente madre.

Genealogía de Abd allahEl haŷĩb de Muhammad I, Haxim[1] —que llegó a acaparar más poder que el mismo emir— prefería sin embargo a Abdallãh, porque este príncipe, al ser más manejable que Almondhir, secundaba sin resistencia alguna lo que determinaba el poderoso visir. Abdallãh aventajaba en cinco años a su hermano Almondhir y, además de ser el mayor, era hijo de la favorita Athara[2], quien poseía el título de al-Saida al-Kubra o la Gran Señora, que conlleva la jefatura del harem.

La elección de sucesor habíase demorado mucho; era del dominio público que si Muhammad I no había designado aún heredero se debía a las serias dudas en que se debatía con respecto a sus dos hijos mayores: si por un lado Abdallãh era el primogénito, no menos cierto era que no gozaba de la popularidad de su hermano Almondhir. Mientras aquel era retraído, ambicioso, influenciable y tan comodón que aborrecía salir de campañas o cualquier acción de gobierno que le obligara a moverse de Córdoba, este era adorado por el pueblo, que acostumbraba a salir a recibirlo con entusiasmo cuando volvía de correr las tierras de Yillĩqia y de otras marcas fronterizas, siempre victorioso.

Durante el reinado de Muhammad habíase iniciado la primera gran fitna o crisis en que abundaron los levantamientos contra el poder central de los omeyas andalusíes, siendo los principales focos los protagonizados por al-Yilliqĩ en Mérida y, sobre todo, por Omar ben Hafsún, en Bobastro. Pero era Almondhir el verdadero protagonista de las campañas guerreras de pacificación interior y de aquellas que se emprendían contra los reinos cristianos.

mapa emirato de CórdobaFue en el invierno de 883 cuando, apenas retornado el príncipe Almondhir de tierras de la Axarquía, donde había apaciguado algunos focos de rebelión, su padre, Muhammad I, determinó nombrarlo Walĩ Aladhi, su heredero, socio de su imperio y futuro sucesor en el trono en premio de tantos servicios y considerando que todos miraban a este príncipe como la columna del Estado.

“No hubo quien no aplaudiese esta elección, salvo Abdallãh, que miró la elevación de su hermano como menosprecio de lo que él creía sus grandes y antiguos servicios; pero disimuló su secreto resentimiento. El visir, Haxim, también lo lamentó en lo más íntimo, aunque en su caso se trataba de un secreto a voces. Este ambicioso haŷĩb, que todo en el reino lo tenía controlado, veía como al fin naufragaba el más anhelado de sus proyectos y para cuya consecución había maquinado con mucha reserva en confabulación con la favorita, la Gran Señora y madre de Abdallãh, Athara, y con su fiel e incondicional Nuãm, el más poderoso eunuco del harem.”

“Nadie en el serrallo creía que el asunto estuviera zanjado. Nadie que conociera a Athara podía pensar que no guardara en la manga de su rica túnica de seda una carta con la que dar a los recientes hechos un viraje que sentara a su hijo Abdallãh en el trono. Pero el emir Muhammad se decidió no solo por el príncipe preferido del pueblo, sino por el hijo en quien había admirado todo aquello de lo que él carecía.” [3]

El harem fue siempre un hervidero de intrigas. Allí las mujeres formaban círculos muy cerrados, verdaderas camarillas adversarias con intereses enfrentados. A veces, desde allí se cambió el curso de la Historia; a menudo con sencillas estratagemas aparentemente sin importancia, como anticipar los partos para lograr hacer de un hijo el primogénito, adelantándose a los de otras esposas embarazadas con anterioridad. Asombra la enorme cantidad de sietemesinos que nacieron a lo largo de la historia de aquel harem real de Córdoba. Pero, otras veces, ocurrieron entre sus muros algo más que añagazas, y en el gineceo se hizo política en todo el sentido de la palabra; una política paralela y sumergida, pero alta Política.

Harem

Con este fin, las mujeres se valían de los eunucos, que se convertían en sus ojos, oídos y manos en el exterior. Baste recordar la actividad frenética que se desató en el serrallo con motivo de la sucesión de Abd al-Rahmãn II, después de haber fracasado el intento de envenenamiento del Emir por orden de su favorita, Tarub; cómo resultó muerto el poderoso eunuco Nashr, aliado de Tarub, y cómo logró imponerse la facción de esposas y eunucos contrarios a la favorita, no haciendo pública la muerte del Emir hasta tanto no vieron nombrado y jurado como tal a Muhammad, haciéndose este con el poder de forma inesperada, en vez del que todos daban por seguro heredero.

Por ello, con la postergación de Abdallãh en beneficio de Almondhir, se anunciaba una desmandada tempestad que lograría mostrar las maquinaciones del harem en todo su esplendor. Athara era en esto una consumada maestra. Pero… ¿tanto como para poder mudar el orden de las cosas? Días vinieron luego en que Athara mostró su más despiadada faz. Si mudaba o no mudaba los hechos, ya se vería.

eunuco en un haremEl interior del harem era todo un mundo. Al servicio de las madres, madrastras, hermanas e hijas solteras, esposas, concubinas y esclavas de lecho estaban las siervas y los esclavos, en este caso forzosamente castrados o eunucos. Estos, pese a su tacha, podían ser buenos guerreros, pero llegaron a descollar sobre todo como políticos y financieros. Eran los eunucos los encargados de recibir en las cercanías o en las puertas del Alcázar a los embajadores o invitados de mayor relieve. Con los omeyas llegaron a alcanzar el más alto rango entre los funcionarios, estando al servicio personal del Emir y del serrallo; todo el palacio estaba bajo su custodia.

En la década que siguió al año 880, Almondhir no halló un momento de reposo: el príncipe heredero acudía en persona a ocuparse de los rescates de los cautivos en aquellas batallas que se perdían (como la de Castrojeriz), se enfrentaba a los insurrectos Beni-Qasi en tierras de Qalãt-Ayub, infligiéndoles humillantes derrotas, pacificaba áreas de Mérida o de la Axarquía, aislaba los focos de rebelión para evitar contagios… ¿Qué hacían entretanto sus hermanos y otros Príncipes de la Sangre? Deleitándose en sus vidas cortesanas y holgándose en sus placeres. Ya estaba Almondhir para salvar el reino.

El caudillo insurgente Hãritz ben Hamdún, señor de Alhama, había sellado alianza con Omar ben Hafsún, y hasta allá marchó el heredero para sitiar la plaza. Como Omar tuviera conocimiento del asedio a que era sometido su aliado, acudió en su auxilio con buen número de los suyos y, en una acometida decidida y fugaz, rompió el cerco y penetró en Alhama con su gente. Relamiose Almondhir cuando vio que se le brindaba la oportunidad de lograr rendirlos a los dos con el mismo esfuerzo. Pero los rebeldes establecieron tan sabia defensa, con salidas inesperadas y audaces escaramuzas nocturnas, que tenían harto desalentado al ejército de Córdoba. A punto de cumplirse los dos meses de asedio, cuando ya los defensores veíanse en gran estrechez, con mucho apremio llegaron hasta el príncipe Almondhir correos desde la capital: el emir Muhammad I había pasado a la misericordia de Alá; se había retirado a su estancia al anochecer y allí le asaltó el eterno sueño de la muerte.

En efecto, uno de los últimos días de la luna de Safar del año 273 (agosto de 886 d.C.), llegó la noticia a Alhama. Al punto, el príncipe heredero ordenó levantar el campo y regresó con su ejército a la capital del reino. Al día siguiente de la llegada de Almondhir a Córdoba, domingo, 3 de la luna de Rabí I, fue el solemne entierro del difunto Emir. Antes de salir el príncipe del palacio presidiendo el duelo, se acercó a él su primo Abdelmelic ben Omeya y le susurró al oído que se cuidara de Haxim, el haŷĩb, y de sus hijos, pues llevaban tiempo alentando la ambición del príncipe Abdallãh. Se sospechaba que urdían alguna intriga y, por ello, le aconsejaba que no dilatara su nombramiento, que apresurara el ceremonial y, aquel mismo día, tras el sepelio, se hiciera jurar fidelidad. Todos estaban avisados para que, desde el cementerio, tornaran de nuevo al Alcázar y procedieran a la entronización.

“— No pongo en duda tus palabras en lo que se refiere al Visir; pero conozco bien a mi hermano, y es de todos sabido el sincero afecto con que nos queremos. Seguro que Abdallãh le habrá parado los pies —sostuvo Almondhir.

— Puede ser; pero tú, para tranquilidad de todos, procede al juramento después del entierro —insistió Aben Omeya”. [4]

Así se hizo. Desde el cementerio, volvió la familia real con su séquito al Alcázar y se procedió a la jura del nuevo Emir. Toda la Corte habíase congregado en el suntuoso salón del trono, pues, si alguien faltaba a la entronización de un Emir, se consideraba infidelidad hacia él. Presidía la ceremonia el haŷĩb, Haxim, flanqueado por los dos grandes fatas[5]. A sus espaldas y sobre un estrado alzado del suelo por seis alfombrados escalones, hallábase Almondhir en su trono; a ambos lados de él, sus hijos, y, a su espalda, en pie y ante la enseña omeya, se habían situado todos sus hermanos. Bajando del estrado, a ambos lados y tras celosías, estaban sus esposas y concubinas, su madre, hermanas y demás mujeres de la familia real. En las cuantiosas columnas de mármol, humeaban los pebeteros sus perfumes de ámbar y áloe; de los bellos techos, artesonados con delicada labor, pendían múltiples al-turãyyas o arañas de lámparas de aceite.

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El primero en jurar fidelidad fue el haŷĩb. Hincada su rodilla en tierra y colocada su mano sobre la palma del nuevo Emir, pronunció su juramento. Repitiendo la misma fórmula, juraron luego los miembros de la familia real, Príncipes de la Sangre, la nobleza, notables y altos dignatarios del Alcázar, altos cargos de la Administración, alfaquíes, ulemas, imanes y qadíes. Al día siguiente, lunes, prosiguieron las ceremonias en las mezquitas con el juramento y pleitesía del pueblo, que abiertamente manifestaba su contento y hablaba muy ventajosamente de las prendas y gentileza del nuevo Emir. Aquel día (según Crónicas Arábigas) mandó Almondhir dar libertad a mil quinientos cautivos y a trescientas esclavas cristianas para agradecer a Alá las señaladas mercedes que le hacía; repartió muchas limosnas a los pobres y pagó deudas de gente humilde y honrada; decretó, además, la abolición del diezmo en favor de los cordobeses.

 Entre tanto, Omar ben Hafsún campaba a sus anchas y se adueñaba de importantes plazas. Al recibirse en Córdoba las nuevas de las pérdidas de Priego y Cabra, Almondhir, pese a que el otoño iba muy avanzado, envió a su ejército cuanto antes para dar una buena batida por aquellas tierras. Para ello no contó con el visir Haxim, porque no fue convocado; no gozaba ya de la confianza del Emir. El nuevo soberano le reprochó la dejadez que había mostrado respecto a aquel asunto e, irritado, lo mandó retirarse de su presencia; pero, como aquel mismo atardecer vinieran a advertirle de nuevo que Haxim andaba urdiendo intrigas contra él, ordenó su detención.

El Visir se había ido quedando solo y perdiendo poco a poco más apoyos; con Haxim nunca se habían dado términos medios en lo que a afectos y adhesiones se refiere: o se le odiaba o se le era incondicional. Pero en el momento de su desgracia se percató de que contaba con menos incondicionales de los que creía. No solo Abdelmelic ben Omeya, el leal primo del Emir, procuró su caída, también la princesa Saida, hermana de Almondhir, hizo lo posible por lograr la ruina de la casa y la familia de Haxim. Los amigos que en otro tiempo se vanagloriaban de ser distinguidos por él ahora callaban y se escondían temerosos.

Encerrado por orden del Emir en una torre del palacio de verano de Al-Ruzãfa, al pie de la sierra, se le confiscaron todos sus bienes. También fueron apresados sus más íntimos y sus dos hijos mayores, Omar y Ahmed, a quienes además se les impuso una multa de doscientos mil dinares. Poco después, Haxim era decapitado en el patio del palacio donde se hallaba preso. Esto acaeció un día de la luna de Šawwãl del año 273 (886 d.C.), siendo sepultado en el cementerio de Al-Ruzãfa.

Aunque el Emir lo ignoraba, en el serrallo proseguían las intrigas contra él. Athara, la madre de su hermano Abdallãh y que fuera favorita de su padre, nunca se había resignado a no ver a su hijo como Emir y, por medio de su fiel eunuco Nuãm, andaba en secretos tratos con los hijos del desaparecido hãŷib, aunque hallábanse en prisión. Por orden de Athara, el eunuco iba sembrando insidiosamente el descontento y el rencor en el ánimo de Abdallãh, así como transmitiéndole los mensajes de los hijos de Haxim y haciéndole notar los muchos apoyos con que contaba.

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“Athara no todo lo hacía por su hijo, sino que, habituada como estaba a ser la Gran Señora entre las señoras del harem, no toleraba ver a Othũl dándoselas de madre del Emir; y, en cuanto a Nuãm, mientras su protectora continuara siendo al-Saida al-Kubra, él lograría mantenerse como el más poderoso, no solo entre los eunucos, sino entre los demás funcionarios del Alcázar, exceptuando al hãŷib. Era el eunuco un ser de ánimo atrevido, disimulado en sus cosas, tan adulador como soberbio y codicioso de subir y medrar, con un exterior de respeto, de suavidad y singular modestia, todo doblez para lograr sus intentos. Decía a Abdallãh con sin par perfidia:

— Mi señor, nadie entiende cómo un príncipe de tu valía ha podido ser postergado en favor de un hermano de menor edad. La gente principal de Córdoba y de todas las provincias te miran como agraviado en la preferencia que dio tu padre a tu hermano Almondhir. Todos vienen diciendo que tu padre, Alá lo haya perdonado y téngalo en el Paraíso, no supo valorar las prendas que te adornan ni el general amor que el pueblo te profesa. Pero no todo está perdido; si tú quisieras, no habría dificultad en remediar lo hecho.

Al principio, Abdallãh no dio señales de prestar oídos a tales instigaciones, pero la labor paciente y taimada de Nuãm fue poco a poco surtiendo su efecto. Deslumbrado el príncipe con las lisonjas del eunuco y con las promesas y garantías que todo lo facilitaban, determinó al fin buscar la perdición de su hermano”.[6]

Almondhir partió de Córdoba en junio de 888 con el apremiante afán de verse frente al rebelde Aben Hafsún y hacerle pagar con voluntad implacable los humillantes lances a que sometía a sus ejércitos. Su ánimo era no dejar las armas de la mano hasta ver rendida la fortaleza de Bobastro y sometidos a su obediencia a todos los insumisos. Venía con tal determinación y de tal modo lo devoraba la impaciencia que había jurado no desprenderse de la ropa de campaña hasta tanto no lograra su empeño.

Llegado el Emir a Bobastro, sometió a férreo asedio a la inexpugnable montaña. Se dieron recios combates, y los cercados defendíanse con esforzado ánimo. Los rebatos, que tan eficaces resultaron siempre para los rebeldes, sucedíanse noche tras noche, pero Almondhir, escarmentado de anteriores ocasiones, había ideado un nuevo sistema de defensa, reforzando las guardias y alterando el orden de las velas, de forma que no los pudiesen coger desprevenidos. En uno de aquellos combates, resultó herido el Emir en una axila, pero no de gravedad, aunque, momentáneamente, quedaba fuera de juego.

Al punto, fue rodeado por sus guardias y llevado en volandas a su jaima entre gritos que llamaban al médico. Ninguna de sus lesiones revestía verdadera gravedad, porque incluso la de la axila no suponía amenaza alguna para su vida, únicamente que el lugar era molesto y difícil de mantener seco en pleno estío.

Muy aliviado tras las solícitas curas de su tabĩb, reposaba Almondhir recostado en su lecho, sin calentura y atendido con escrupuloso celo por varios de sus esclavos, cuando le llegaron correos portadores de diferentes mensajes; uno de ellos lo enviaba desde Córdoba su primo Abdelmelic ben Omeya. Entre otras cosas decía así:

 “…he de prevenirte para que procedas con celoso cuidado y plena desconfianza porque tus enemigos te buscan la muerte por todas las vías. Tengo por seguro y probado que los hijos de Haxim, desde la cárcel, andan en secretos tratos con varios notables y algunos eunucos, urdiendo asechanzas contra su Emir, pero aún no he logrado conocer los nombres de los conjurados. Te aconsejo que extremes las medidas de seguridad y no fíes en nadie, que no pruebes bocado ni bebida sin que antes haya hecho la salva el esclavo encargado de tal menester y que lleves a cabo ejemplar escarmiento en los Beni-Haxim, pues solo así pondrás freno a las maquinaciones”.

Como no parecía prudente que Almondhir se pusiese en camino con tan recientes heridas, mandó llamar a su hermano Abdallãh para que lo reemplazara al mando del ejército y tener así junto a él y en tan difícil momento alguien de su total confianza. Mientras llegaba su hermano, determinaría qué castigo aplicar a los hijos de Haxim.

En el harem, la madre del príncipe Abdallãh, la ambiciosa Athara, se consumía de impaciencia al ver la inesperada dilación y las trabas con que venían tropezando sus intrigas para tratar de asestar a Almondhir el golpe definitivo que saciara sus obsesivos afanes.

Cuando llegó a Córdoba la nueva de que el Emir había sido herido y que requería a su hermano Abdallãh, vio la ocasión oportuna para llevar a término sus planes. Por medio de su fiel eunuco Nuãm, consiguió de un reputado taumaturgo —de quien se decía que elaboraba los más eficaces bebedizos, elixires y tósigos de toda la capital— que le procurase el veneno más letal, e impregnó con él la hoja de una aguzada lanceta que luego envainó en su rígida funda. Llegado el momento de la partida de Abdallãh, acudió este al harem para despedirse de su madre y de algunas de sus hermanas. Athara, anhelando quedarse a solas con el príncipe, despachó sin contemplaciones a las demás mujeres y puso en manos de su hijo la lanceta, al tiempo que le decía con gran sigilo:

— ¡Ha sonado tu hora! Es tu oportunidad; la ocasión de enmendar el error de tu padre y de hacer justicia a los familiares de Haxim, que solo en ti han depositado su confianza. Esta lanceta ha sido emponzoñada con el más potente de los venenos; no has de ser tú quien la desenvaine, no sea que te hieras. Lograrás por todos los medios que otro sea quien la emplee contra Almondhir, porque importa que no tomes parte activa en este lance para que no se te pueda implicar en la muerte de tu hermano.

Varios días después de haber sufrido el Emir sus lesiones, llegaba Abdallãh al campamento tras un raudo viaje, durante el cual su séquito lo había notado abismado en proceloso mar de cavilaciones. Cuando entró en la jaima real, Almondhir no pudo refrenar su alegría, y la presencia de su hermano fue para él como bálsamo en sus heridas. Le hizo recostarse a su lado y mandó que se le sirviera un sustancioso refrigerio que lo aliviara del largo viaje. Se hallaba el Emir muy mejorado y libre de calentura, con su brazo extendido para mantener la axila oreada y sin opresión. Bromeó con Abdallãh, diciendo:

— Ya ves, no es para tanto. El rebelde sólo ha logrado afeitarme el sobaco. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Cuando el príncipe abandonó la tienda de su hermano herido, apoyado en el mástil de una bandera y con el rostro entre las manos, reconoció que jamás sería capaz de originar quebranto alguno a la salud de Almondhir.

En esto, advirtió Abdallãh que a escasos pasos de él un visir daba sus últimas instrucciones a los correos que se preparaban para partir. Se aproximó a ellos y preguntó:

— ¿Hacia dónde os dirigís?

— A Córdoba, mi señor —declaró uno de los emisarios.

— Aguardad un poco para que llevéis también una misiva mía que aún debo escribir —pidió.

— Aguardarán, entonces —intervino el visir, y continuó— Pero he de rogaros, príncipe, que la escribáis sin demora, porque estos correos llevan a la capital la orden de pena de muerte para los hijos de Haxim, recién firmada por el Emir, y es de mucha urgencia su partida.

Luego, dirigiéndose el visir a los mensajeros, se despidió de ellos:

— Cuando el príncipe os entregue su mensaje, salid sin más dilación.

Perdiose Abdallãh en el interior de su jaima y se sintió invadido por la cólera más feroz. De modo que su hermano acababa de firmar la sentencia de muerte para sus mejores y más fieles amigos. Olvidó al punto los buenos deseos abrigados hacia él tan solo hacía unos instantes, lo invadió la saña contra Almondhir y se propuso en su corazón perderle.

Hizo entrar a los correos en su tienda, ordenó que no se movieran de allí, que le entregaran el mensaje real y aguardaran, pues el Emir aún debía añadir algo. Partió, luego, como una exhalación hacia la tienda real y llegó en el instante en que el tabĩb se disponía a abandonarla tras realizar su última cura.

Tabĩb, es mi deseo que practiques una sangría a mi hermano, el Emir, medida que sin duda ha de favorecer su recuperación y remediarle mucho —solicitó Abdallãh con vehemencia al médico.

— No veo la necesidad de sangrarle. Su naturaleza joven y fuerte está respondiendo de forma adecuada al tratamiento y se está restableciendo pronto y bien —defendió el tabĩb.

— No me lo parece así a mí. Dentro de unas horas la herida de la axila estará inficionada; no hay más que verla. Mejor adelantarse y extraer los malos humores ahora que se está a tiempo. Juro por Alá que, si por tu negligencia le sucede algo malo a mi hermano, pagarás con la vida tu error —amenazó Abdallãh.

Almondhir, que había oído la conversación, terció dirigiéndose al príncipe:

— Abdallãh, hermano mío, extremas tus cuidados hacia mí; pero, si eso te complace y tranquiliza, sea. ¡Tabĩb, sángrame!

El médico vaciló aún y, acariciándose la barba, adujo, tratando de resistirse:

— No dispongo aquí del instrumental que es menester. He de ir al hospital de campaña para proveerme de todo lo necesario.

— ¡No! Está atardeciendo, y si das lugar a que se oculte el sol, habrás de proceder a la luz de los candiles. Toma mi lanceta. ¡Úsala, al punto, que luego puede ser tarde! —porfió el príncipe, al tiempo que le tendía la lanceta envainada.

Mientras se preparaban lienzos limpios y agua hervida, entraron a la jaima el visir y algunos de los generales para felicitar al Emir por la sangría que inmediatamente se le iba a practicar[7].

— Hermano querido, mis parabienes —dijo Abdallãh mientras besaba en la mejilla a Almondhir.

Luego salió para no estorbar durante la intervención y esperó en la antecámara en compañía del visir, de algunos nobles y altos mandos del ejército. No tardó mucho en aparecer el médico secándose las manos.

— Hecho está —anunció escuetamente.

Había ya oscurecido cuando el tabĩb fue convocado de nuevo con enorme apremio: el Emir, inexplicablemente, había empeorado; adolecía de náuseas y escalofríos. Corrió el médico, corrió el visir, corrió el príncipe Abdallãh; todos se precipitaron hacia la jaima real. Almondhir se aferró a la diestra de su hermano, lo miró con ojos vidriosos y susurró con voz entrecortada:

— Hermano…, el alma me anuncia desgracia cierta… No me dejes de tu mano.

A partir de ese instante, todo sucedió con sorprendente premura. Dos horas más tarde el Emir fallecía entre atroces convulsiones y grandes espumarajos que fluían por las comisuras de sus labios.

Cuando corrió la triste nueva de la muerte de Almondhir, el campamento se hundió en el desconcierto. Las tropas pasaron luego de la incredulidad a la consternación. Eran de ver la rabia impotente del tabĩb y la aflicción inconsolable del príncipe Abdallãh. Allí mismo, tibio aún el cuerpo de su hermano, en presencia del visir, de nobles y generales, de imanes y ulemas, fue jurado Abdallãh como nuevo Emir[8].

Y una vez más a lo largo de la historia del Islam en nuestra península, fue en el harem donde se nombró Emir y fue en el harem donde se decidieron los destinos de al-Ándalus. Parece fatalidad del género humano que, la mayoría de las veces, la fortuna abandona a los bien intencionados y sigue el carro de triunfo de los atrevidos y ambiciosos. Aquel príncipe excelente, digno en verdad de más venturosa suerte y que mereció eterna fama por sus proezas, murió entre sospechas de haber sido atosigado el día 29 de la luna de Safar del año 275 (13 de julio de 888 d.C.) Había reinado un año, once meses y veinticinco días.

Cuando la infausta noticia de su muerte se supo en Córdoba, fue un día de llanto, confusión y duelo general, y en mucho tiempo no pudieron consolarse de tan grave pérdida. Circulaba entre las voces del pueblo que había hecho más en dos años de reinado que otros en treinta, y según el parecer de gentes instruidas que, si hubiese vivido un año más, no hubiera dejado un solo rebelde vivo en la cora de Rayya. En la situación de desorden y escisión política que se vivía entonces en al-Ándalus, con toda seguridad que era el soberano cabal que hubiera logrado librar a Córdoba de su desmembramiento. Dejó huérfanos a ocho hijas y cinco hijos varones, ninguno de ellos en edad de poder sucederle.

En la madrugada oscura y sin luna que siguió, no se dejaron extinguir los fuegos del campamento ni a la segunda ni a la tercera vela. Se sorprendieron por ello los rebeldes desde sus inalcanzables riscos, así como por el tenue rumor de rezos que hasta sus oídos llegaban. A punto de rayar el día, tres vibrantes golpes en el inmenso tambor encabritaron a todas las cabalgaduras. Cuando con la alborada se apercibió Omar del desorden que reinaba entre los acampados realistas, pero ignorando aún las razones que lo originaban, pensó enviar emisarios para recabar información; entonces advirtió que hacia el primer puesto de guardia se encaminaba una embajada real que desplegaba bandera blanca. A cierta distancia y detrás de ellos, el ejército omeya comenzaba a marchar abandonando el valle. Aguardó Omar a los embajadores al pie del cerro y, cuando estuvieron cerca, destacose uno de entre ellos que vino a detenerse a unos veinticinco pies del grupo que escoltaba al rebelde.

— ¿Quién va? —preguntó Omar con voz potente.

— El mozárabe Fortun, paje del príncipe Abdallãh. Busco a Aben Hafsún para darle mi mensaje.

— Yo soy. ¡Habla! —respondió el caudillo rebelde.

— Me envía mi señor, Abdallãh, para decirte: Lo que ves en marcha a lo lejos no es un ejército en desbandada, sino una comitiva fúnebre que se dirige a Córdoba. Si no es leyenda lo que refieren de ti, respetarás su paso cuando tomen la salida por este desfiladero.

— ¿Quién es el muerto? —indagó Omar.

— Nuestro señor, el emir Almondhir, téngalo Dios en el Paraíso.

Atónito quedó Omar ante revelación de tal alcance y, al punto, envió la orden de repliegue a sus tropas.

Las poderosas voces de los almuédanos de la inalcanzable ciudad sobrevolaban tejados y azoteas convocando a la oración de alazar, cuando el cortejo fúnebre discurría al pie de la escarpada pendiente. El cuerpo alcanforado y amortajado de Almondhir era transportado a lomos de un camello, precedido por un escuadrón de la caballería real y seguido por su hermano Abdallãh, a quien escoltaba gran séquito de visires, Príncipes de la Sangre, Xeques y, en pos de ellos, el ejército en pleno, que acababa de levantar el cerco a Bobastro después de cuarenta y cinco días de asedio.

Desde las alturas, montando a su yegua Rihana, solo, firme y erguido sobre un risco saliente que dominaba toda la garganta, Omar rendía honores al noble guerrero, al más digno enemigo con quien habíase enfrentado hasta entonces. Al pasar, Abdallãh alzó la vista de sus ojos grises, acerados y saltones, mirando con curiosidad a aquel “bandido” capaz de tan generoso gesto. Sus miradas se cruzaron en la distancia.

— ¡Malas mañas gastas, Emir! —masculló Omar entre dientes.

El ejército real seguía con verdadera desgana a Abdallãh; a la fatiga por tan largo asedio, se unían el dolor por la muerte de un Emir que siempre había luchado codo con codo junto a ellos y los rumores de fratricidio, que cada vez cobraban más fuerza. Desde su nido de halcón, el caudillo rebelde no pudo evitar una sonrisa cuando se percató de las fugas que protagonizaban numerosos grupitos de soldados que se deslizaban entre las espesuras y los roquedales.[9]

Corte de Abd al-Rahman III
Corte de Abd al-Rahman III – Dionisio Baixeras Verdaguer

Cuando se supo en Córdoba que la comitiva mortuoria se hallaba ya a pocas leguas de la capital, el príncipe Jaqũb ben Muhammad, hermano del difunto Emir y de Abdallãh, les salió al encuentro, acompañado de gran número de nobles y de caballeros principales que se ofrecieron voluntarios. Cuál no sería su asombro cuando vieron que de aquel nutrido ejército de varias decenas de miles de soldados nada quedaba. Que, poco a poco y a la desbandada, habían ido abandonando a Abdallãh a lo largo del trayecto y el nuevo soberano llegaba a Córdoba con un séquito de no más de cuarenta caballeros, y muchos de estos no habían desertado por no dejar al cadaver de su difunto Emir sin acompañamiento. Incluso algunas de sus taifas habían llegado a pasarse a Aben Hafsún.

En el salón “Espléndido”, reunidos todos los miembros del Mexwãr (Consejo de Estado), aguardaban la llegada de Abdallãh; cuando se personó ante ellos, todos se levantaron en su presencia, lo aclamaron como Emir y le juraron fidelidad y obediencia sin reservas ni condiciones. Almondhir fue inhumado en el Mausoleo Real entre grandes demostraciones de dolor del pueblo, la consternación de príncipes y notables, y las declamaciones de los poetas amigos que tantas veces habían amenizado sus fiestas y a quienes auspiciaba como el mejor de los mecenas.

Al día siguiente del sepelio de Almondhir, firmaba Abdallãh la orden de libertad para los dos hijos de Haxim; decretó, asimismo, la restitución de los bienes que les habían sido confiscados. Nombró a Omar, hijo mayor del hãŷib Haxim, walí de la cora de Jaén, cargo que su padre había ocupado antes de ser elevado a la dignidad de Visir. Al segundo de sus hijos, Ahmed, le hizo arrayaz de su guardia personal.

“Estas medidas de gracia, tomadas con premura tal que aún estaban húmedos los lienzos por el llanto vertido en el entierro de Almondhir, desagradaron a los príncipes de la Casa Real y, para muchos de ellos, venían a sugerir una de las razones que habían podido arrastrar a Abdallãh al fratricidio. Abdelmelic ben Omeya, que tan leal fue siempre a su primo Almondhir, hastiado, abandonó la Corte por un tiempo y se retiró a su munya de la Cambania. La princesa Saida, hermana de Almondhir y de Abdallãh, la más influyente mujer en la vida social de la aristocracia cordobesa y de quien se decía que podía ensombrecer a la misma Athara, no se abstenía de poner palabras a sus pensamientos y a sus sospechas ni se privaba de juzgar en público los últimos desdichados acontecimientos” (fragmento de “El Halcón de Bobastro”).

Mezquita de Córdoba (a la derecha el Alcázar)

Pero nadie más indignado con estos hechos que el príncipe Mohamed, el propio hijo primogénito de Abdallãh, a la sazón walí de Sevilla, que no solo compartía con su tío Almondhir el mismo parecer sobre la ambición y los desmanes del difunto Haxim, sino que mantenía enconada enemistad con Ahmed, el segundón de aquel, por razones de índole personal, debidas a galanterías y rivalidades de mocedad. Aprovechó su estancia en Sevilla para no dejarse ver por Córdoba en aquellos tristes días. Inciertos e insondables se vislumbraban los destinos de al-Ándalus.

 El emir Abdallãh veía acrecentarse los dominios de Omar a costa de los suyos sin mover un dedo. Él no solía alterar la placidez de su vida cortesana por más que viera desmoronarse su reino. No se le volvió a ver salir de campaña y ni siquiera a cabalgar, no solo porque entre sus inclinaciones no se hallaba tal ejercicio, sino además porque intuía que los cordobeses se partían de risa ante la triste estampa que les brindaba a caballo. Andaba en extremo atento a cualquier rumor que circulase sobre posibles conjuras contra él por parte de sus herederos y familiares cercanos, siempre recelando que alguno tramase su destronamiento de igual modo a como él hizo con su hermano Almondhir, con la diferencia de que en su caso se daban sobradas razones para ello.

El conde Servando arrebató al emir la plaza de Poley[10], la más cercana a Córdoba, y pactó con ben Hafsun; con la pérdida de Poley, las posesiones de Abdallãh se limitaban ya a la capital de al-Ándalus y a su alfoz más inmediato. Según un cronista tardío “llegó un momento en que no había ni una sola ciudad que le obedeciera”.

Omar ben Hafsún
Omar ben Hafsún

Cuando discurrían los postreros días del año cristiano de 890, el poder de Omar ben Hafsún era ya enorme. Entre sus conquistas y las alianzas y adhesiones, sus dominios abarcaban todo el Mediodía de al-Ándalus, desde el gran cabo del Algarve hasta la desembocadura del río Andarax, en el Mediterráneo, y, por el Norte, su influencia alcanzaba hasta el campo de Calatrava. Tan cierto que ya todo se le había sometido que ni Abdallãh se cuidaba de nombrar walíes para sus capitales de provincias, porque sabía que dichos cargos serían vanos. Estos aconteceres vinieron a acentuar la profunda soledad en que se hallaba inmerso el nuevo emir. El trono que ganó con un fratricidio se le trocaba en lecho de espinas.

 Córdoba por esos días se comportaba como ciudad fronteriza, pues podía ser asediada en cualquier momento. Cada noche, los rebeldes de Omar alcanzaban los arrabales de la capital, saqueaban y alteraban el sueño de los vecinos. Estos sucesos iban seguidos de los males que surgen en vísperas de guerras: el pan se encareció, muchos productos de primera necesidad comenzaron a escasear y algunos desaparecieron; pronto surgió la inevitable figura del acaparador. Las arcas del Erario estaban vacías y el ejército mal pagado. Nadie confiaba en el porvenir. Y era al Emir y a su desidia a quien se achacaban todos los males. Abdallãh, aislado en el placentero edén de su Alcázar, se mostraba incapaz de aportar soluciones y, si determinaba tomar alguna medida, no atinaba con la adecuada, cuando no venía a resultar contraproducente.

En los lugares públicos las gentes auguraban el hundimiento de la dinastía Omeya y la pérdida de la capital. La plebe hacía apuestas en las calles sobre la fecha en que ocurriría. Para ben Hafsún había sonado la hora de dar el asalto definitivo a Córdoba y, pese al estado de disolución del reino omeya, no dejaría de ser ardua tarea. Estableció su cuartel general en Écija y fortificó el castillo de Poley, plaza que, debido a su proximidad a la capital, tenía destinada a jugar decisivo papel en su conquista.

castillo de Poley
castillo de Poley

Abdallãh, viendo las arcas del Tesoro vacías y que las únicas campañas militares que se organizaban no contemplaban otras miras que proteger a los recaudadores, comprendió que, si proseguía en la molicie y la indolencia, disiparía el patrimonio que le legaron sus mayores y perdería el reino. Asumió al fin que era rey y, sacando fuerzas de flaqueza, convocó al gobierno y anunció que había resuelto ir al encuentro de sus enemigos.

 Era abril de 891 cuando acampó el ejército con su emir frente a Poley; los rebeldes adversarios los doblaban en número. La hueste de Abdallãh arrastraba el mismo desaliento de su señor y parejos temores. No ignoraban que aquel ejército, que ni siquiera era demasiado numeroso, suponía el último recurso que le quedaba al reino omeya; si resultaba vencido, con él se iría la postrera fortuna de la dinastía. Pero la suerte sonrió al emir, y la batalla acabó en un inhumano desastre para el insumiso Omar. La guarnición rebelde de Poley determinó proteger la villa y su castillo hasta el último aliento. El foso se trocó en un lago de sangre. Aquella impensada victoria supuso un leve respiro para el emir Abdallãh.

 Por entonces, a causa de la insubordinación de los árabes sevillanos y de la falta de resolución de los últimos gobernadores, el soberano confirmó como walí de Sevilla a su hijo mayor y heredero, Mohamed. Veinticuatro años hacía que este había nacido en Córdoba de una de las esposas de Abdallãh, Durr (Perla), nombre árabe de la princesa doña Íñiga (u Onneca), hija de Fortún Garcés y biznieta de Íñigo Arista, fundador de la dinastía del reino de Pamplona. Decidió el Emir que el joven príncipe conservase a su lado el refuerzo de su tío Hixem —hermano de Abdallãh—, para así facilitarle el gobierno de los poderosos y díscolos árabes de aquella provincia.

Un año después de su victoria en Poley, Abdalláh había perdido ya todo lo conseguido. Persuadidos el Emir y sus visires de que nada ganarían haciendo la guerra a Omar ben Hafsún, determinaron llevar sólo a cabo campañas sin muchas pretensiones y atacar a revoltosos menores para conseguir de ellos el pago de contribuciones. Con estas miras, el ejército real salía cada año en expedición a principios de primavera, arrasaba campos, incendiaba cosechas, asediaba fortalezas y a cambio de paz exigía tributos y rehenes. Así lograba algún alivio para las desprovistas arcas del Tesoro. Ya no tenía otras miras el miserable Emir fratricida que las de recaudador.

Bobastro
Iglesia rupestre y ruinas de Bobastro

Entretanto el heredero, Mohamed, como walí de Sevilla andaba enojado porque el Emir, su padre, no trataba a los Beni-Hachchach y Beni-Haldún, los dos grandes clanes árabes de aquella cora con la firmeza y rigor que la situación exigía. Casado el príncipe con la cristiana Muzna, que le había dado un hijo varón, no veía con paciencia que hubiera quedado impune la matanza de veinte mil hispanos sevillanos ejecutada por aquellos árabes ni que los derechos de los mozárabes, comunidad protegida por la dĩmma, fueran conculcados sin que Abdallãh hiciera lo que menester fuere por impartir justicia y protegerlos frente a las dos poderosas familias, demasiado crecidas desde entonces y que, para colmo, desafiaban continuamente al poder real, negándose a pagar tributo y matando y humillando a los gobernadores del Emir.

Sirviéndose de esa disidencia que el heredero mostraba hacia su padre por la forma de tratar los asuntos de Sevilla, su hermano, el príncipe Al-Mutãrrif, comenzó a encizañar las relaciones entre el Emir y su futuro sucesor. No perdonaba Al-Mutãrrif el trato especial que su padre había otorgado siempre al primogénito, su educación propia de heredero y los honores con que lo distinguía sobre sus otros hijos. Abominaba sin disimulo de tal preferencia, y los hermanos se hallaban muy distanciados.

Incitaba Al-Mutãrrif las sospechas de su padre con insidias y calumnias; le decía que sus leales avisaban de que Mohamed y sus tíos Hixem y Alcassim, hermanos del Emir, andaban en secretos tratos no solo con los árabes sevillanos, sino con alcaides rebeldes de las coras vecinas. Abdallãh, recelando que su heredero pretendiera acortar su reinado y sus días para reemplazarlo en el trono de Córdoba, envió al príncipe Al-Mutãrrif a Sevilla para que con tacto y persuasión procurase el sosiego de su hermano.

Días más tarde, el Emir recibía nuevas, en las que el hijo celoso procuraba hacerle creer sus insidias:

[11] “… Mi hermano Mohamed se niega a entrar en conciertos conmigo, me prohíbe la entrada a la ciudad, no contesta mis correos, y existen fundadas sospechas de que ha pactado con el rebelde Omar ben Hafsún y de que mantiene misteriosos encuentros con él. ¡Ojalá me equivocara en esto!, pero se sospecha que la intención de tu heredero y de tus hermanos Hixem y Alcassim es ir contra Córdoba. Ese designio de felonía es solapado aún, pero se deja entrever”.

El Emir dio oídos al malintencionado y le envió su caballería con orden de que combatiese a los príncipes contumaces, los expulsase de Sevilla, los prendiese y aherrojase, y asegurase la tierra. Se batieron con feroz saña, pero Mohamed y sus tíos fueron vencidos. Hixem murió por la espada durante la contienda, el príncipe Mohamed resultó muy malherido y, bañado en su sangre, fue encerrado en una mazmorra, al igual que su tío Alcassim. El heredero acabó envenenado en su celda sin haber sanado de sus heridas; fue un día diez de la luna de Šawwãl de 282 (895 d.C.). Tenía veintiocho años y dejaba un hijo de cuatro, de nombre Abd al-Rahmãn, al que Alá reservaba para grandes cosas. También atosigado, moría Alcassim.

Unos dijeron que el solo culpable fue Al-Mutãrrif, que hasta quiso estar presente en el momento fatal. Otros aseguraban que nada se hizo sin el conocimiento y la firma de Abdallãh. Alá lo sabe. Como poder ser, podía, y a nadie le extrañaba que quien no tuvo escrúpulos para asesinar a su hermano Almondhir, que amaba a su asesino entrañablemente, no los tuviera así mismo para asesinar a otros dos hermanos y a un hijo a los que consideraba conspiradores contra él.

Transcurridos cinco años desde el infame crímen que arrebatara la vida al desventurado heredero del trono de Córdoba, Abdallãh no se esforzaba ya en ocultar que su corazón albergaba un tierno afecto que nadie jamás hubiera imaginado en él. Aquel hombre cruel y desalmado, capaz de mancharse las manos con la sangre de sus hermanos y de su propio hijo, sentía una manifiesta predilección por su nieto Abd al-Rahmãn. El hijo huérfano del asesinado príncipe heredero Mohamed había sabido ganarse el árido y despiadado corazón del anciano Emir. Desde sus días de bebé rollizo hasta el inicio de su adolescencia, se manifestó siempre como un niño despierto y espontáneo, de talante animoso y afable, de gentil arrogancia, cabello dorado y azules ojos rientes, heredados estos de las ramas maternas, hispanas desde hacía ya varias generaciones. De ellas procedía, así mismo, el dominio que mostraba el príncipe Abd al-Rahmãn de la lengua romance. Sus juegos, sus peleas infantiles, sus arengas a los amigos, sus chistes estaban salpicados de multitud de castizos términos en romance que hacían las delicias del viejo Emir. El niño era un omeya plenamente andalusí y, sobre todo, profundamente cordobés. Y de este modo, sin él siquiera percatarse, había llegado a ser solaz en la vejez de su abuelo (“El Halcón de Bobastro”). 

Iglesia Rupestre de Bobastro
Iglesia Rupestre de Bobastro

Veló Abdallãh porque su nieto recibiera esmerada educación e hizo venir a los más insignes maestros en todas las ramas del saber, así en las artes como en las ciencias. En el año 903 cumplía doce el príncipe Abd al-Rahmãn y comenzó su formación militar. Para ello, el Emir lo encomendó a su tío Al-Mutãrrif.

En septiembre del año 911 murió la implacable sultana Athara. Del continuo pesar que padeció el emir Abdallãh por la muerte de su madre, enfermó durante todo un año y, al fin, lo visitó la muerte que todo lo turba. Cuando conoció que cumplíase el plazo de sus días, convocó a los visires y a todos sus familiares en su al-qubba. Rodeaban el lecho sus hijos y sus hermanos, a diestra y siniestra de su cabecera; los visires se arremolinaban a los pies del lecho, y otros familiares ocupaban el resto de la estancia y la antecámara. Miró inquieto el Emir a todos lados, como buscando algo que le faltara, y llamó con apremio:

— ¡Abd al Rahmãn! ¡Abd al-Rahmãn!

Inclinose hacia él su hijo Abd al-Rahmãn el Menor, octavo de sus varones, pero su padre lo despidió con un gesto impaciente de su mano.

— Es a mi nieto a quien requiero. ¡¡Abd al-Rahmãn ben Mohamed!! —clamó.

Avanzó el joven príncipe, abriéndose paso entre el gran número de parientes que se apiñaban en la antecámara, y se aproximó al lecho de dolor de su abuelo. Hincó rodilla en tierra a su diestra, y el Emir, deslizando de su dedo el anillo con el sello omeya, lo depositó en la palma de la mano del asombrado Abd al-Rahmãn. Encomendó luego, con voz débil y emocionada, a todos sus hijos y hermanos que apoyaran y protegieran a aquel su nieto, ahora heredero de todos sus reinos, y, especialmente, a Al-Mutãrrif que lo amparase como si hijo propio fuera. Instantes más tarde exhaló su último aliento y entró en la justicia del Altísimo.

Su muerte acaeció el jueves, 15 de octubre de 912 de la Era Cristiana, después de veinticuatro años de reinado y a los sesenta y ocho de su edad. Finalizadas la pompas fúnebres por el emir Abdallãh, aquella misma tarde, en el Maylis al-Kãmil —Salón Perfecto— del Alcázar de Córdoba, se rindió juramento de fidelidad al nuevo emir, Abd al-Rahmãn ben Muhammad ben Moavia ben Omeya. Se hallaba al subir al trono en la flor de su edad, veintiún años, y las posiciones planetarias anunciaron grandeza y prosperidad a quien reinaría con el nombre de Abd al-Rahmãn III.

 (En cursiva fragmento de “El Halcón de Bobastro”.)


BIBLIOGRAFÍA

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– Américo Castro, “La Realidad Histórica de España“.- Edit. Porrua, S.A., Méjico, 2001.

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– Cruz Hernández, Miguel, El Islam de al-Andalus. Historia y Estructura de su realidad social“.- Edit. Biblos Industria Gráfica, S.L.- Madrid, 1992.

– Menéndez Pidal, Ramón, “Historia de España” (tomo IV, Levi-Provençal).- Edit. Espasa Calpe, S.A.- Madrid, 1997.

– Sánchez Albornoz, Claudio, La España musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales” (tomo I).- Edit. Espasa Calpe, S.A.- Madrid, 1986.

– Sánchez Urbaneja, Antonio, Consideraciones sobre Omar ben Hafsún“.- Edit. Bobastro, Málaga, 1986.

– Vallbé, Joaquín, “Abderramán III, Califa de España y Occidente“.- Editorial Ariel, S.A.- Barcelona, 2003.


[1]Hayĩb, primer ministro o Gran Visir en un gobierno musulmán; poseía doble visirato.

[2] – Athara, madre de Abdallãh, aparece en numerosas crónicas con este nombre, pero en otras es llamada Ushar.

[3] – En cursiva, fragmento de la novela “El Halcón de Bobastro”, de Carmen Panadero.

[4] – En cursiva, fragmento de “El Halcón de Bobastro“, de Carmen Panadero.

[5]Fata, cargo palaciego que alcanzaban algunos esclavos libertos, generalmente eslavos.           

[6] – En cursiva, fragmento de “El Halcón de Bobastro“, novela de Carmen Panadero.

[7] – Era costumbre felicitar a las personas a quienes se realizaba una sangría, porque se suponía que se les liberaba de humores nocivos e impurezas.

[8] – Es el historiador ben Hayyãn quien asegura que Abdallãh exigió ser jurado de inmediato como Emir de al-Ándalus, en el mismo campamento y estando aún caliente su hermano, el emir Almondhir.

[9] – En letra cursiva, fragmentos de “El Halcón de Bobastro“, novela de Carmen Panadero.

[10] – Poley, nombre árabe de la población de Aguilar de la Frontera.

[11] – En letra cursiva, fragmentos de “El Halcón de Bobastro”, novela de Carmen Panadero.

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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