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Las nueve musas
Hisham II
Arqueta de Hixem II

El falso Hixem II: el esterero de Calatrava

Tras la brutal entrada de los beréberes en Córdoba despues del duro asedio de dos años y medio, se aposentaba también en el Alcázar su califa de paja, Suleymãn al-Mustaĩn.

Hizo este venir a su presencia al califa Hixem II y le reprochó con duras palabras: — ¡Felón! ¿No abdicaste en mi favor y juraste no pretender el trono?— Fue ese el momento en que se perdió el rastro del desventurado califa legítimo.

De él nada más se supo; unos afirmaban que fue mandado estrangular por el usurpador, otros, que encerrado en un calabozo o desterrado; algunos aseguraban que se le había visto por Málaga o por Almería vestido humildemente y con nombre falso. Lo cierto es que, aunque por esos días debió de morir, nadie vio jamás su cadáver.

Siguió luego el desfile incesante de califas, a veces de la dinastía omeya, la preferida por el pueblo y tenida por ellos como legítima, otras veces, de una dinastía nueva y de origen africano, la de los Beni-Hammud. Cuando el califa hammudí al-Qasim hubo de abandonar Córdoba y el trono, amenazado por su sobrino Yahyã, se dirigió a Sevilla para solicitar su amparo, ciudad que siempre le fue leal. Pero las autoridades de dicha población no se hallaban esta vez bien dispuestas a acogerlo —y menos aún a sus huestes—, por lo que el qadĩ[1] de la Aljama, Muhammad ben Ismail ben Abbad, que presidía el Concejo Municipal, mandó cerrarle las puertas y resolvió declarar a Sevilla república independiente de Córdoba. El desmembramiento de al-Ándalus proseguía su curso. Poco antes, los eslavos de la Axarquía habían hecho otro tanto en las taífas levantinas y, casi al mismo tiempo, se instauraba también una dinastía independiente en Badajoz.

Suleymãn al-Mustaĩn

Era tanta la división y el desconcierto que al-Ándalus no era ya sino lastimosa y triste memoria de lo que fue.

Durante dos décadas los califas se sucedieron a un ritmo vertiginoso, siendo regido el país por diez diferentes califas, y varios de ellos disfrutaron, además, de una segunda oportunidad. El 30 de noviembre de 1031 el último califa de al-Ándalus, Hixem III, lograba huir de Córdoba y encontrar amparo en la taífa de Zaragoza —gobernada por los Beni-Hud—, y moriría cinco años más tarde en la ciudad de Lérida, olvidado de todos. En Córdoba se instauró un gobierno gestionado por una oligarquía de notables, encabezada por el hasta entonces presidente del Consejo Real, Abũ-l-Hazm ben al-Yahwar, personaje muy admirado por proceder siempre de manera justa y mesurada, y cuyo principal objetivo sería evitar la disgregación de al-Ándalus, pese a la caída del Califato.

Empeñose en sanear la Hacienda pública y confió esta tarea a hombres de honestidad muy probada. Se esmeró en mantener cordiales relaciones con los reinos vecinos para lograr restablecer el comercio y la industria. De resultas de esto, los precios bajaron y los mercados recuperaron la abundancia en abastecimientos. Córdoba vio crecer el número de sus pobladores y se reconstruyeron algunos de sus arrasados arrabales. Puso especial celo en observar y hacer observar uno de los principios que habían alentado a la conjura que encabezó: el de la defensa de la unidad de al-Ándalus, sobre todo en los comienzos de su gobierno. Envió cartas a los gobernadores de las provincias, promoviendo la unidad como defensa del bien común, pero solo recibió de algunos de ellos falsas protestas de sumisión, mientras que los más se excusaron y eludieron la jura. A pesar de todos sus intentos, la división continuó su ya irremediable proceso.

Al-Mutadid
Al-Mutadid

El qadĩ ben Abbad, que presidía la taífa sevillana, veíase por otra parte en la necesidad de sentirse legitimado ante la nobleza de su ciudad para continuar ejerciendo su gobierno; no ignoraba que algunos poderosos cuestionaban su nombramiento, que los patricios de la ciudad no dejaban de considerarle un advenedizo y sabíase en precario, tanto respecto a sus gobernados como en sus relaciones exteriores con las taífas vecinas. Corría el año 1035; mientras por un lado Córdoba seguía haciendo llamamientos a la unidad, Yahyã ben Hammud, desde su taífa de Algeciras, proseguía titulándose califa de al-Ándalus, exigiendo la obediencia de Sevilla y acuñando moneda califal.

Ben Abbad vivía en el Alcázar de los gobernadores de Sevilla (Dar al-Imara) con la dignidad y el boato de un emir, pero, además de necesitar con apremio afianzarse en el cargo y legitimarse, cuando los ejércitos hammudíes comenzaron a atacar los términos sevillanos, a apoderarse de plazas de Sevilla y a amenazar con absorber dicha taífa, concibió una treta que, si la urdía bien, podría suponer la independencia de su incipiente reino y la salvación de su dinastía, al tiempo que lograría hacer desistir a los hammudíes de sus aspiraciones.

Dinar de oro de al-Mutadid
Dinar de oro de al-Mutadid

La idea se le ocurrió cuando, por aquellos días, a finales del estío de aquel año de 1035 había comparecido ante el qadĩ ben Abbad un exiliado cordobés para anunciarle:

— Señor, pocos días atrás y pese a que te pueda parecer increíble, en la ciudad de Calatrava he visto a Hixem II, de quien nada se sabía desde 1013 y a quien todos daban por muerto.

 Muhammad ben Abbad quedó atónito:

— ¿¡Vive!? ¿El hijo de al-Haqem II vive? ¿Y reaparece después de veintidós años…?

El confidente, poniendo a Alá por testigo, aseguró haberlo visto con sus propios ojos y que su inesperada y molesta presencia había colocado en embarazosa posición a los gobernantes de Toledo, los Beni-d-il-Nũn, quienes le habían prohibido volver a hacer ninguna alusión al desaparecido soberano.[2]

Hixem II
Hixem II

Durante varios días rumió el qadĩ aquellas inesperadas nuevas y no tardó en ver en ellas la solución a todos sus problemas; pronto andaba el juez en tratos para llevar a aquel personaje hasta Sevilla desde Calatrava, pero aquel asunto no debía llegar a oídos de los hammudíes, ya que, de ser así, los acaecimientos se precipitarían y Yahyã atacaría la ciudad para tomarla antes de que Hixem fuese coronado y jurado de nuevo. Había que ganar tiempo. Era del mayor alcance la reserva en tal negocio, pues la sorpresa sería su mejor aliado.

Poco después de los acontecimientos que se acaban de referir, entraba en Sevilla aquel que, aseguraban, era el califa Hixem II. Pero ¿cómo habíanse desarrollado los sucesos que condujeron a su sorprendente aparición? Este presunto Hixem era conocido en Calatrava como Jalaf y se ganaba la vida fabricando esteras, pero su mucho parecido con el infeliz califa y el no poseer un solo pariente en la ciudad, pues se desconocía su origen, contribuían a dotar de veracidad al increíble relato que se empeñaba en contar a todo el que quisiera escucharle. Aseguraba haber escapado con el auxilio de algún súbdito leal del encierro que en Córdoba le imponía el califa de los beréberes, Suleymán al-Mustaĩn, y haber embarcado luego rumbo al Oriente, hastiado de la falsía y las ambiciones que siempre le habían cercado en al-Ándalus y temiendo seriamente por su vida.

Cuando el desventurado soberano llegó a la Meca, sufrió un asalto y fue despojado de todo cuanto llevaba en dinero y joyas, con los que pensaba subsistir. Desfallecido por el hambre lo halló un alfarero, quien, compadecido, le dio de comer, lo acogió y le enseñó el oficio, pagándole como jornal a partir de entonces un dracma y un pan. Mas, con el tiempo, esta tarea se le hizo demasiado dura y de nuevo escapó un día, uniéndose a una caravana que viajaba hacia Jerusalén. Asediado por la necesidad, exhausto y desprovisto de todo, se detuvo una tarde ante el obrador de un esterero, quien al verlo en tal estado y como él necesitara un aprendiz, le ofreció trabajo; así, con el paso del tiempo, aprendió a hacer esteras.

Haciendo estera de esparto
Haciendo estera de esparto

Transcurridos largos años, como la nostalgia por su patria perdida lo asediara día y noche, resolvió tornar a al-Ándalus en 1033. Después de habitar un tiempo en Málaga y Almería, se estableció en Calatrava, donde como esterero pudo mantenerse con el fruto de su trabajo. Todos cuantos pasaban por su taller no ocultaban su sorpresa por el gran parecido que le encontraban con Hixem II, y como su edad se correspondiera con la que debería haber tenido el califa de los tristes destinos por aquel tiempo, él mismo acabó por afirmar que lo era y se ratificaba en ello en cuanto se presentaba la ocasión. Aseguraba que, asqueado de la política, determinó en su día mantenerse al margen y vivir de su propio esfuerzo, olvidado de todos y en sosiego, pero que el lacerante dolor que le causaba la desintegración de al-Ándalus le había decidido a darse a conocer.

¿Fue todo esto verdad o fue impostura? Nadie lo sabe. Y mientras el pueblo creyó con entusiasmo y ferviente esperanza en el retorno de su califa, los hombres de gobierno y de cultura negaban tal extremo con igual pasión. Con motivo de esta imprevista resurrección, de una punta a otra de al-Ándalus volvieron a recordarse los relatos de las mujeres y de los eunucos del harem de Córdoba, que siempre sostuvieron que Hixem II ben al-Haqem vivía; o se evocaba, asimismo, cómo el anciano padre del califa Suleymán al-Mustaĩn en el momento en que, acusado al igual que su hijo de la muerte de Hixem, iba a ser decapitado, gritó que el soberano precedente aún seguía vivo.

Por otra parte, en las distintas ocasiones en que se intentó hacer creer que el califa había muerto, nadie llegó a ver su cadáver, y tras la única oportunidad en que se expuso su supuesto cuerpo amortajado, que fue por maquinaciones del califa al-Mahdi, volvió a vérsele de nuevo con vida cuando a alguien le convino, porque aquellos despojos fueron en realidad los de un mozárabe de uno de los arrabales, que mucho se le parecía.

***

Salón de embajadores-Alcázar Sevilla
Salón de embajadores-Alcázar Sevilla

Cuando el qadĩ de Sevilla, tuvo conocimiento de estos hechos, vio en ellos la solución a todos sus problemas. La reaparición de Hixem II no podía ser más oportuna y se constituía en el milagro que él y al-Ándalus necesitaban, pues podría suponer de nuevo la unión de todas las taífas de árabes, muladíes y eslavos para poner freno a las pretensiones de los africanos hammudíes y beréberes. Providencial sería si ben Abbad lograba atraerlo hacia Sevilla, entronizarlo en su ciudad y, sobre todo, si conseguía ser nombrado por él su haŷĩb[3]. De cierto que muy loable era el designio de Muhammad ben Abbad de formar una gran alianza integrada por todos los enemigos de los hammudíes y beréberes, manteniendo unido al-Ándalus, pero no tan loables eran las codiciosas miras que en realidad acariciaba y que no eran otras que erigirse en caudillo de dicha coalición. Y esto solo lo alcanzaría si se adelantaba a los gobernantes de Córdoba y a los de cualquiera otra taífa en apropiarse del supuesto califa.

Por eso no lo dudó un instante; envió en su busca y, si a su llegada superaba las pruebas de reconocimiento a que lo sometería, al punto sería jurado y coronado como califa de al-Ándalus. El día señalado todos aguardaban reunidos en el salón de audiencias del palacio sevillano, expectantes y excitados. Había convocado para la ocasión a dos antiguos funcionarios del califato y a Tumart, el esclavo que fuera peluquero de Hixem II en el Alcázar cordobés, que, tras la diseminación de cordobeses por toda la península, había llegado a Sevilla y desempeñaba la misma tarea en Dar al-Imara. Este esclavo tranquilizó a ben Abbad diciéndole:

— Si este hombre que esperas fuera mi señor, ten por seguro que nadie como yo para poder reconocerlo, porque de él tengo muy ciertas señales de identificación.

  Cuando llegaron los viajeros procedentes de Calatrava y entraron al palacio, el qadĩ ofreció asiento al presunto califa en cuanto holló con su pie el salón. Mientras los dos funcionarios hablaban entre sí algo apartados y con gestos de gran asombro, el peluquero Tumart se aproximó y, después de pedir autorización al recién llegado para examinarlo, fue mirando con detenimiento, pero sin tocar, su cabello, su frente, su cuello y orejas. De pronto, cayó de hinojos ante él vertiendo agradecidas lágrimas y besando sus manos y pies, al tiempo que exclamaba:

— ¡Bendito sea Alá, el muy Alto; este es mi señor, Hixem ben Alhaqem! ¡Alá es grande!

  Tras esta emocionante declaración, el qadĩ Muhammad ben Abbad también se acercó, besó su cabeza y sus manos, pidió luego a sus hijos y a las mujeres del harem que se aproximaran e hicieran los mismos agasajos. Entonces, todos los presentes se postraron ante él y lo aclamaron por califa. El primer viernes después de aquellos sucesos, Hixem, escoltado por la oligarquía sevillana, se dirigió a la mezquita, recitó para todos los fieles el azalá del Ŷuma, y fue jurado y proclamado soberano por el entusiasmado pueblo de Sevilla, que invadió luego las calles al grito de:

  — ¡¡Viva Hixem II!! ¡¡Larga vida a nuestro califa!!

Salón de las Pléyades- Alcázar de Sevilla
Salón de las Pléyades- Alcázar de Sevilla

Nombró luego su haŷĩb al qadĩ ben Abbad, con el doble visirato y los títulos que en su momento ostentara Almanzor; el nuevo haŷĩb, considerando la incertidumbre de las cosas humanas y por si la muerte atajaba sus pasos o los del califa, quiso declarar a su primogénito sucesor y socio en el gobierno, y así lo hizo, con las mismas atribuciones que tuviera en su día el hijo mayor de Almanzor, lo que lo convertía en heredero.

Acertó el señor de Sevilla. En la situación de pleno desconcierto en que vivían los andalusíes desde la caída del Califato, este acaecimiento vino a alimentar la esperanza de volver a alcanzar la unidad perdida, y muchas fueron las taífas que se sumaron al reconocimiento del recobrado califa; con particular exaltación se adhirieron las provincias del Este de al-Ándalus —Denia, Tortosa, Valencia…—, gobernadas todas por caudillos eslavos que siempre fueron muy leales a la dinastía omeya. Otras adhesiones fueron produciéndose más pausadamente; la última en reconocerlo sería la de Toledo, que no se sumaría hasta nueve años más tarde.

Dirham Hixem II
Dirham Hixem II

Cuando a Córdoba llegó la noticia de la reciente restauración en Sevilla de Hixem II, la población se volcó en las calles dando muestras de desbordado júbilo. Bastante menor contento causaron estas nuevas al presidente cordobés, ben al-Yahwar. Harto sagaz y muy celoso de su poder, advirtió al punto la jugada del qadĩ de Sevilla, mas, como por entonces no atravesara por su mejor momento de aceptación popular, se vio forzado por la opinión pública y por su necesidad de frenar a los hammudíes. Pese a estar convencido de que este asunto no era otra cosa que una impostura, envió al califa su carta de reconocimiento.

En buena parte de las taífas que reconocieron a Hixem II se acuñaron monedas en su nombre, y en Sevilla se emitieron bien cendradas y hermosas en oro y plata. Pero, mientras el pueblo acogía estos sucesos con grandes demostraciones de contento, sabios y poetas alzaban su voz, denunciando al presunto califa como falsario. Los que más notoriamente se manifestaron acerca de este asunto fueron el historiador Aben Hayyãn y el polígrafo Aben Hazm. Escribía este por entonces en su obra titulada Nuqat al-arũs[4]:

  Superchería semejante a ésa no aconteció jamás en el mundo; que apareciese un hombre, a quien se llamó Jalaf el esterero, después de tantos años de haber muerto Hixem ben Alhaqem al-Muayyad, y que fuese tenido aquél por este, y se le proclamase emir y se hiciese la oración en su nombre sobre todos los púlpitos de al-Ándalus…

Yahya ibn Alí ibn Hammud
Yahya ibn Alí ibn Hammud

No obstante, pronto llegó la respuesta hammudí a la proclamación de Hixem II; ni los hammudíes de Málaga y Algeciras ni los ziríes de Granada reconocieron al recobrado califa y, unidos, dirigiéronse en varias ocasiones contra Sevilla a lo largo de los meses de noviembre y diciembre del año 1035, trabándose numerosas escaramuzas y  estragando el alfoz de la capital con Yahyã en persona a la cabeza de sus huestes. Pero los beréberes de Carmona, a quienes había obligado a servirle, fueron con extremo secreto al qadí sevillano para informarle de que Yahyã estaba acampado junto a sus murallas y de que por las tardes estaba siempre borracho. Con toda esta información, Sevilla organizó una incursión contra las huestes hammudíes, muriendo Yahyã durante el enfrentamiento.

Yahyã ben Alí ben Hammud murió el 26 de la luna de Šafar de 427 (finales de diciembre de 1035). Días después, en Málaga, era elegido califa su hermano Idris y, apenas recibido el juramento de fidelidad del pueblo de Málaga, fue también reconocido como soberano por las taífas de Granada y Almería; luego, emitió moneda con su nombre. Idris comenzó su reinado con la crueldad que le caracterizó; si nunca logró entender que su hermano mantuviera con vida a su tío Al-Qasim, como él tuviera ya muy meditadas estas maldades, mandó estrangular en su celda al desventurado califa, que llevaba ya doce años privado de libertad. Por suceso tan abominable vino a consumarse la escisión de los hammudíes, y los hijos de Al-Qasim clamaron venganza. Algeciras no solo no prestó juramento a Idris, sino que proclamó califa al hijo primogénito de Al-Qasim, Muhammad. De nuevo pululaban los califas en al-Ándalus, y todos enfrentados, como no podía ser de otro modo.

Muy ufano con el triunfo obtenido sobre los hammudíes y con la muerte de Yahyã, envaneciose el qadí de Sevilla de su ejército, de su reino y de su poderío, y, convencido de su superioridad, creyó llegada la ocasión propicia de sentar a su falso califa Hixem II en el trono de Córdoba. Se veía ya como haŷĩb de un al-Ándalus otra vez unido; se suponía en la cima de su gloria, árbitro del imperio, el nuevo Almanzor.

Resolvió, por tanto, dirigirse contra la histórica capital del Califato. Pero entre los planes del Presidente de la ciudad califal no se contaba la abdicación de su cargo en provecho de aquellos advenedizos. Actuó ben al-Yahwar con extrema premura: persuadió al pueblo cordobés de que el supuesto Hixem II solo era un embaucador, retiró el nombre del pretendido califa de las oraciones públicas y se negó a abrir las puertas de la capital cuando los sevillanos llegaron ante ellas. El qadĩ ben Abbad cayó entonces en la cuenta de que no poseía las fuerzas que le eran menester para rendir por armas aquella muy fortificada ciudad y regresó a Sevilla por donde había venido.[5]

Monumento a Al Mouhatamid Ibn Abbad
Monumento a Al Mouhatamid Ibn Abbad (Silves, Portugal)

La corte de Sevilla había ido logrando pausadamente relieve cultural, sobre todo desde que, con motivo de las guerras civiles, Córdoba viera marchar al exilio a buena parte de sus sabios y escritores; muchos de ellos fueron acogidos generosamente por los Beni-Abbad. El gusto por la poesía en la ciudad aumentó considerablemente, y buena parte de los escogidos maestros que el qadí Muhammad ben Abbad había asignado a sus hijos procedían de este grupo de refugiados cordobeses. La formación de los vástagos abbadíes había sido, por consiguiente, completa y esmerada.

Pero, en un día de enero de 1042, el rey zirí de Granada, con el auxilio de sus aliados hammudíes atacó los términos de Sevilla, arrasando sus pueblos y talando su arbolado. Salió el qadĩ ben Abbad a su encuentro con todas sus tropas, y se libró un violento combate en el que el anciano señor de Sevilla resultó muerto de una lanzada certera. A toda prisa regresó de Beja el heredero, su hijo Abbad, y a sus veintiséis años, era nombrado haŷĩb del falso Hixem II en presencia de este y de toda la corte sevillana, viniendo a su persona todos los títulos que habían pertenecido a su padre. La primera medida que tomó, cuando aún no se habían apagado los ecos de su designación, fue mandar matar a quien durante muchos años había sido alqatib y confidente de su progenitor.

Déspota, sanguinario, desconfiado y vengativo, era Abbad hombre de pasiones extremadas y apetitos insaciables, dado a la embriaguez y a la lujuria. Había ido haciendo una colección de tazas de té con los cráneos mondados de todos sus enemigos muertos, y se jactaba de que su preferida era el cráneo de Yahyã, el califa hammudí vencido por su padre. Mas, como había recibido esmerada educación, todo esto se daba en él engarzado en gran refinamiento. Sus orgías no estaban, sin embargo, carentes de distinción; colmaba de oro a los poetas, sobre todo a quienes le dedicaban serviles lisonjas en aduladores panegíricos, y aunque inspirara verdadero terror a sus concubinas y esclavas de lecho, les brindaba, no obstante, versos de gusto exquisito y delicada galantería.

Tumbas de al-Mu‘támid
Tumbas de al-Mu‘támid – Agmat (Marruecos).

Por entonces, la situación política le iba siendo favorable: En el año 1043 d.C., murió ben al-Yahwar, Presidente de Córdoba, sucediéndole su primogénito; mas, como el reino de Toledo —en el que reinaba al-Mamun— dejara ver sus ambiciones sobre la taífa cordobesa, el nuevo Presidente, temiendo a tan poderoso enemigo, cambió la que había sido política paterna y resolvió procurarse la alianza de las taífas que reconocían a Hixem II: Sevilla, Denia, Valencia y Zaragoza. Para ello viose obligado a jurar fidelidad al supuesto califa, lo que suponía para Córdoba entrar a formar parte de la coalición de apoyo a Sevilla. La situación política de esta taífa en el año 1048 d.C. había prosperado considerablemente, y por otra parte los berberiscos de Granada, Carmona, Morón y Arcos retiraron su apoyo al hammudí de Málaga. De tal modo los asuntos políticos íbanle mostrando al nuevo señor de Sevilla su mejor cara que comenzó a acariciar la idea de hacerse con las taífas de Algeciras y Málaga, en vista de que los resentimientos y divisiones internas entre las familias hammudíes las habían sumido en la mayor decadencia.

Complacido Abbad con el devenir de los acaecimientos y sintiéndose bien afianzado en el poder, quiso hacerlo saber al resto de al-Ándalus lanzando una nueva emisión de monedas, hermosamente cendradas, en las que por primera vez figuraba el laqab que tomaba para sí: “al-Mutadid”, título con el que se le nombraría desde entonces, cuando anteriormente solo se le citaba como haŷĩb.[6]

  Entre tanto, del supuesto califa Hixem II nada se sabía; hasta entonces, a muy pocos les había sido permitido verlo de cerca. Pero un buen día de nadie recuerda qué año, dejó de acudir incluso a la mezquita y no se le volvió a ver, aunque su nombre se pronunciaba aún en la oración de los viernes y se le hacía mención en las monedas. Si en verdad era este el califa Hixem II, su destino era el mismo una y otra vez; idéntico en Sevilla que en Córdoba. ¡Triste destino el suyo!

Patio de la Reina del Alcázar de Sevilla
Patio de la Reina del Alcázar de Sevilla – Ernst Karl Eugen Körner

Algo después de estos acaecimientos, al-Mutadid mandó matar al señor de Morón cuando este lo visitaba en Sevilla, y se apoderó de su feudo; luego se fue adueñando de las plazas fuertes de Niebla, Huelva, la isla de Saltés y, en 1052, Silves (en el Algarve). Tras estos éxitos, no tenía otro afán que conquistar la taífa de Málaga y Algeciras; su más secreta aspiración era ver a aquellos príncipes hammudíes aportando sus testas a la colección de tazas de té. Reinaba el último hammudí de la rama de Algeciras, al-Watiq, nieto mayor del califa Al-Qasim. Era ya este un reinado sin esplendor alguno y, por lo que cabía deducirse de sus emisiones de moneda, al-Watiq había renunciado incluso al título de califa. Poco después, en 1054, lograba el señor de Sevilla parte de su obsesión, y la ciudad de Algeciras venía a sus manos por conquista, expulsando de allí a los últimos hammudíes.

Fue en el año 449 de la Hégira (1058 d.C.) cuando al-Mutadid ordenó a su segundo varón que acaudillara su ejército y lo guiara hasta los muros de Ronda. La conquista de esta plaza por el joven príncipe resultó un éxito, por lo que mucho lo agasajó, le armó caballero concediéndole el azul celeste como su color y le autorizó a tomar para sí el laqab de al-Mutamid.

Fue tal el baño de orgullo recibido tras la conquista de Ronda que al-Mutadid resolvió que era llegada la hora de acabar con la farsa del esterero de Calatrava, pues las condiciones ya no eran las mismas que asistieron un día a su padre para resucitar al presunto Hixem II. Bien entrado el año 1059 d.C., hizo publicar en las mezquitas que el califa omeya había fallecido de un ataque de perlesía, sin concretar en qué momento acaeció tal suceso.

Nadie se extrañó, ya que todos lo habían dado por muerto hacía largo tiempo. Mandó entonces correos a los demás reinos peninsulares dando a conocer la triste nueva y pretendiendo que el califa en su testamento le había nombrado sucesor con el título de Emir de al-Ándalus. Los reyes de las demás taífas no se dieron por enterados, pero a todos les quedó claro que, por lo pronto, al atribuirse tal designación, el señor de Sevilla tenía sus miras y afanes puestos en Córdoba. Entre tanto, al-Mutadid, dueño del sur de al-Ándalus, desde el más occidental extremo de al-Garb hasta Ronda por el Este, no vería colmada su ambición hasta tener en su poder la gran perla central del hermoso collar de aljófar, Córdoba[7]. Pero esto no lo logró él, lo conseguiría su hijo y sucesor, el gran al-Mutamid de Sevilla.


[1]Qadĩ, juez.

[2] – “El Collar de Aljófar“, novela histórica de Carmen Panadero.

[3]Haŷĩb, Gran Visir o Primer Ministro en un gobierno musulmán; solía poseer doble visirato.

[4]“Regalos de la Novia“.

[5] – “Los Reinos de Taífas. Fragmentación política y esplendor cultural”, de Pierre Guichard y Bruna Soravia.-Edit. Sarriá S.L..- Málaga, 2005.

[6] – “Historia de la España Musulmana“, de A. González Palencia.- Edit. MAXTOR, Valladolid, 2005.

[7]“El Collar de Aljófar”, novela histórica de Carmen Panadero.

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Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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