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Omar ben Hafsún, el rebelde de Bobastro (II)

Omar veíase en la plenitud de su poder; si vencía al emir Abdallãh en la batalla que se avecinaba, se hundiría el emirato de Córdoba.

El ejército congregado por el emir no logró superar los 14.000 hombres, de los cuales solo 4.000 eran tropas regulares.

En tal estado se hallaban las fuerzas armadas de al-Ándalus por la desidia de Abdallãh, y tanto su gobierno como generales y consejeros sabían que una derrota en aquel momento supondría el hundimiento del emirato. Iban a enfrentarse a unos adversarios que los doblaban en número, pues 30.000 eran los soldados que seguían a Omar ben Hafsún y sus aliados. Avanzaron las tropas realistas hasta alcanzar la orilla del río Cabra, a escasa media legua de Poley (Aguilar), y allí montaron su campamento. Era día 4 de la luna de Muharram de 278 (abril de 891 d.C.), y además de Ŷuma, día de oración musulmán, era el Viernes Santo para los cristianos.

Abdallãh no tomaba parte en la contienda; si se hubiera tratado de su hermano Almondhir, habríase avergonzado de no arrostrar los mismos peligros que sus hombres. Pese a la desventaja de las huestes emirales, al desviarse parte de ellas hacia un altozano, lograron que el ala derecha rebelde las siguiera, dividiendo a las fuerzas de Omar cuando la lucha se hacía más enconada[1]. La matanza que hicieron las fuerzas reales en el ala desgajada fue atroz.  El rebelde muladí no logró imbuir a sus tropas el ánimo que precisaban y, al ver las cabezas de sus compañeros desfilar a lo lejos en las puntas de las picas contrarias, se desbandaron y volvieron la espalda al enemigo.

Más vehementes que constantes, de tan fácil entusiasmo como desaliento, renunciaron demasiado pronto al triunfo. El ejército real los atropelló, poniéndolos en desordenada fuga; buena parte tomó el derrotero de Écija, pero la mayoría buscó el amparo de la fortaleza de Poley. La caballería del Emir los seguía y muchos murieron cuando procuraban el amparo del castillo, pues los antes llegados obstruían las puertas; y a punto estuvo también Omar de perecer allí cuando, abandonado de sus hombres y galopando en torno a la muralla, trataba de encontrar paso por cualquier postigo. Pero no lo halló; aunque, justo a tiempo, fue elevado desde lo alto de las almenas por los recios brazos de varios de los suyos, que lo arrancaron de la silla al pasar bajo ellos. Los campos aledaños quedaron sembrados de cadáveres. Antes de que el enemigo —entretenido en el pillaje del campamento y de los cadáveres— cerrara el cerco y siendo ya noche cerrada, comenzó el desalojo de la fortaleza por un disimulado postigo de la muralla, en una operación que tuvo mucho de “sálvese quien pueda”.

 En el castillo de Poley sólo quedó su guarnición de muslimes y cristianos, y todos juraron protegerlo hasta el último aliento. La defensa de la villa por los vecinos civiles fue obstinada, pero el enemigo destruyó sus fuertes muros. Puso el Emir después sus miras en la fortaleza y apretó el cerco con sañudo acoso. Los hispanos de Poley se batieron heroicamente; el foso trocó agua por sangre. Escalaron los recios bastiones, rompieron las herradas puertas y en los torreones pronto ondearon las banderas de los omeyas. Abdallãh hizo comparecer en el patio de armas a los cautivos, pidió la escalilla militar y comprobó quiénes hallábanse identificados como musulmanes. Hizo saber que a los muslimes les perdonaba la vida, pero que los mozárabes serían degollados al instante, a no ser que apostataran y abrazasen el Islam. Eran alrededor de mil los cristianos que quedaban en la fortaleza y todos fueron pasados a cuchillo; solo uno pronunció la profesión de fe musulmana, salvando así la vida.

bobastroLa funesta noticia llegó a Bobastro casi al mismo tiempo que Omar ben Hafsún, causándole amargo dolor, al que se unía la enorme decepción de ver desmoronarse ante sus ojos el castillo de arena de sus anhelos. Veía arruinarse el sueño de su vida cuando ya lo tenía al alcance de su mano. La pesadumbre por aquellos mártires lo dejó anonadado. Sombrío lo dejó el fin de sus ambiciones, que sin duda las tenía.

Tras la caída de Poley, el ejército real puso sus miras en Écija, sometiéndola a férreo asedio. La ciudad llevó a cabo tenaz resistencia durante largas semanas; pero, vencidos por el hambre, finalmente se entregaron al Emir, quien les concedió el perdón de las vidas a cambio de rehenes. Desalentados los hispanos por estos sucesos, Archidona, Elbira y Jaén entregáronse sin oposición y, dando rehenes a Abdallãh, quedaron bajo su obediencia. Acabada su triunfal campaña, el ejército real regresó a Córdoba. La derrota de Poley y las pérdidas siguientes tuvieron funestas consecuencias para el partido nacionalista y perjudicaron el prestigio de Omar, no sólo en al-Ándalus, sino también allende los mares, perdiendo buena parte de su crédito ante el walí de Ifrĩqiya, ben Aghlab, y ante los idrisíes. Y por el contrario, el Emir recuperó buena parte de su menoscabada autoridad.

Pero Omar ben Hafsún no era hombre de largos desalientos. Pronto, su optimismo y su entereza se impusieron sobre las adversidades. Poco después reconquistaba la capital de la cora, Archidona, seguida de Elbira, Jaén y muchas otras, enviando a Abdallãh las cabezas de sus  walíes primorosamente alcanforadas.

Corría el verano de 892. Omar, desde la muerte de tantos amigos mozárabes en Poley, desengañado de la vanidad de las cosas humanas y desbaratado el juego de su fortuna, comenzó a cavilar sobre asuntos en que por lo normal no solía detenerse. El martirio de los de Poley había supuesto un aldabonazo en su conciencia, como sucedió a otros muchos muladíes: se rumoreaba que Hafsún, su padre, y el tío Al-Motahir acudían al alba a la iglesia, y decíase que andaban en secretas inteligencias con sacerdotes. A finales de ese mismo año, Omar había recobrado todo lo perdido en la aciaga campaña del año anterior, excepto Écija y Poley. De nuevo su situación era próspera, mientras que el Emir, extenuado por aquel exceso, se refugiaba en su abulia habitual.

 Entretanto, Mohamed, primogénito y heredero de Abdallãh además de walĩ de Sevilla, disentía de la impunidad que su padre consentía a las grandes familias árabes sevillanas (como la de Ibrahím ben Hachchach), al dejar sin castigo la matanza  infligida a los mozárabes de la ciudad. Su hermano al-Mutarrif, celoso del heredero, lo calumniaba ante su padre el emir, aduciendo que Mohamed quería asesinarlo para sucederle antes de tiempo. Abdallãh creyó al malintencionado hijo segundo y envió su caballería con orden de combatir al heredero contumaz y prenderlo; Mohamed resultó malherido y, bañado en sangre, fue encerrado en una mazmorra, siendo envenenado en su celda cuando aún no había sanado de sus heridas; acaeció en el año 282 (895 d.C.). Tenía veintiocho años al morir y dejaba un hijo de cuatro, de nombre Abd al-Rahmãn, del que los augures anunciaban que Alá lo reservaba para grandes cosas. Unos dijeron que el solo culpable fue Al-Mutãrrif, que hasta quiso estar presente en el momento fatal. Otros aseguraban que nada se hizo sin el conocimiento y la firma de Abdallãh.

Los fracasos reales contrastaban con los éxitos que lograba Omar ben Hafsún a lo largo de ese año y el siguiente (896), que concluyeron con la reconquista de Écija por los rebeldes a principio de 897 con la ayuda de sus moradores, muy partidarios de la causa hispana. Durante todo el año 898 la sequía castigaba los campos; los ríos perdieron su caudal y sobrevinieron extrema esterilidad y carestía. Se extendió en consecuencia una espantosa hambruna general en al-Ándalus y África, pues trajo consigo un alza tan desmesurada en los precios de los productos más básicos que el hambre se cebó, sobre todo, en las clases más desfavorecidas.

Vino seguida de pavorosa y letal peste, y el tío del rebelde, Al-Motahir, muy anciano ya, fue uno de los fallecidos. Omar ben Hafsún se contagió del espantoso mal y peligró su vida, pero tras larga lucha pudo sobrevivir. La amenaza de muerte acentuó su crisis religiosa y, a finales de 898, zanjó lo que en los últimos años tanto le hiciera cavilar: abrazar el cristianismo. Al recibir las aguas bautismales, Omar eligió para sí el nombre de Samuel, y su esposa, el de Columba[2]. Con él fueron bautizados algunos de sus hijos (los dos menores Hafs y Argentea, así como el primogénito, Yaffar), pero al menos otros dos o tres de ellos eligieron permanecer musulmanes: Suleymán y Abd al-Rahmãn (2º y 3º de sus varones) y tal vez también su hija mayor.

Abd-al-Rahman-III recibe a embajadores cristianos

A partir de entonces, el levantamiento del sur de al-Ándalus perdió su carácter de empresa nacional; muchos de sus hombres lo abandonaron —el señor de Montexaquez y sus soldados, el muladí ben Anatolio con sus huestes, su muy querido lugarteniente Awsaya ben al Jalĩ y su mesnada de beréberes…— y, al otro lado del mar los Xeques y Emires aliados del norte de África, unos, le retiraron su apoyo, otros, se le enfrentaron abiertamente. Sus mejores amigos trocáronse en enemigos acérrimos.

El emir Abdallãh supo valerse de las ventajas que se le brindaban porque Omar, con su apostasía, le facilitó un arma poderosa y, con el entusiasmo de los alfaquíes, podía ya predicar contra él la ŷihãd. Las falsedades divulgadas sobre el rebelde eran aprovechadas hábilmente por la Corte, que ofreció a los desencantados muladíes mando y tierras. Los primeros meses fueron para Omar los más arduos: proliferaron insurrecciones contra él y, en al-Magreb, un hijo del emir al-Idrisĩ le declaró la guerra. Aben Hafsún comprendió que apremiaba lograr nuevas alianzas que compensaran a las ya perdidas y ofreció pactos a los Beni-Qasi de Aragón. Estos muladíes respondieron favorablemente, citando a Omar en la cora de Jaén. Mas, a punto ya del encuentro, murió ben Lope, cabeza de aquel clan, frustrándose una alianza que tan beneficiosa hubiera sido para la causa nacional y que tanta alarma ocasionó al Emir; tanta que se apresuró a ofrecer al aragonés el gobierno feudal de Tudela, Tarazona y Huesca.

No desfalleció Omar con este revés y promovió alianza con el africano señor de Arcilha, pacto que sí llegó a consolidarse. Resolvió luego enviar mensajeros al rey de Asturias y León, Alfonso III el Magno, al intuir que si los reinos cristianos del norte apoyaran los levantamientos de muladíes y mozárabes andalusíes contra Córdoba, lograrían dar el golpe de gracia a los árabes y expulsarlos del país. Persuadido Omar de la importancia de pactar con Alfonso III, le envió una y otra vez correos, que una y otra vez quedaron sin respuesta. Llegó a remitirle las partidas de bautismo suya, de su esposa y de su padre, creyendo que este hecho obraría en su favor, pero el rey asturiano no lo tomó en consideración y los designios de Aben Hafsún no prosperaron.

escalera esculpida en la roca - acceso a Bobastro
escalera esculpida en la roca – acceso a Bobastro

Por entonces, Ibrahím ben Hachchach, árabe de Sevilla, solicitó al Emir la devolución de su primogénito, que permanecía en Córdoba como rehén en castigo por las atroces matanzas de cristianos que esta familia llevó a cabo; pero Abdallãh se lo negó. Despechado aquel, rompió de nuevo con el Emir, dejó de tributar y escribió a Omar ben Hafsún proponiéndole alianza, medida que, intuía, habría de ser la que mayor enojo causaría al Emir. Nada podía complacer más a Omar en tan duros momentos que pactar con el más poderoso de al-Ándalus después del Emir. Aceptó el ofrecimiento de Ibrahím, aunque con ello traicionaba el que siempre fuera su ideal; prostituía su “causa” al aliarse con árabes opresores de andalusíes con el único fin de preservar su poder.

En primavera del año 900, reunieronse en el castillo de Carmona para sellar su pacto. El caudillo de Bobastro iba acompañado de toda su familia y escoltado por lucido séquito en el que figuraban muchos de sus aliados y numerosa guardia. Ibrahím le dispensó una acogida fastuosa, rindiéndole honores de rey. Quiso ben Hachchach que el recibimiento fuese tan apoteósico que congregó en Carmona a los principales arrayaces de los mozárabes de Sevilla y de toda su cora, a los beréberes de Morón, los muladíes de al-Arahal; señores de al-Garb enviaron sus embajadores, al-Yilliqqĩ de Badajoz aportó sus aguerridos lanceros, y hasta acudió para la ocasión, desde la vetusta plaza de Arcilha, su reciente aliado africano con nutrida hueste. Tras el clamoroso alarde militar, Omar ben Hafsún fue vitoreado como rey. Ibrahím ben Hachchach quedó impresionado por la figura de Omar: su inteligencia y determinación, su estatura y prestancia, su recia voz, sus muchas y pavorosas cicatrices, el vigor de la mirada de su único ojo zarco.

No disimuló el señor de Sevilla el respeto y la admiración que experimentaba ante el preclaro adalid andalusí que había encanecido dentro de su arnés. Intercambiaron valiosos presentes; donó Ibrahím a Omar gran cantidad de dineros, los potros más escogidos de su yeguada y una coraza de alfinde, como las que visten reyes y emires, de las que había magnífica fábrica en Sevilla. Omar le brindó a su hija mayor que, desposada por Ibrahím ben Hachchach, selló la alianza entre ambos caudillos. Este pacto contribuyó a la recuperación del prestigio de Omar y de nuevo alcanzó el formidable poder de sus mejores momentos. El rebelde de Bobastro lograba imponerse siempre sobre los inevitables vaivenes de su fortuna y sobre sus propios errores.

En el invierno de 902 d.C. Omar organizó con su yerno y aliado un nuevo ataque al poder real. Unidas todas sus fuerzas, enfrentáronse al general cordobés ben Abũ Abda en términos de Estepa y, tras un primer encuentro en que Omar derrotó al ejército real causando la matanza de unos 500 hombres, lo buscó de nuevo por la tarde para rematar su victoria, suponiéndolo debilitado y bajo de moral. Pero los vencidos suplieron su desigual fuerza con su desesperación y cayeron con tal ímpetu sobre sus adversarios que mataron a más de mil quinientos hombres e hicieron numerosos cautivos. Huyeron los rebeldes a rienda suelta, dejando atrás a numerosos muertos y heridos.

Pero el emir Abdallãh logró distanciar a Omar e Ibrahím merced a una estratagema consistente en perdonar la vida al hijo de Ibrahím, cuando iban a ser ajusticiados los rehenes sevillanos en venganza por la anterior acción, y devolverlo a su padre. Desde ese momento, el poderoso Ibrahím suspendió la alianza política y militar que sellara con Omar y juró permanecer fiel a Córdoba.

En los últimos años el ejército real había recuperado numerosas plazas de Omar y, hastiado este de ver sus dominios infestados de tropas realistas, en 909 resolvió reconocer como soberano al Emir fatimita del norte de África, convencido de que la distancia haría de su poder algo meramente nominal y, sin embargo, recibiría de él todo tipo de aprovisionamientos y tropas de refuerzo. Este hecho confirma que ben Hafsún había perdido gran número de apoyos hispanos; desde entonces entre África y la península estableciose un continuo tráfico marítimo. Por esos días, el más ferviente afán de su hija menor, Argentea, era fundar un cenobio en Bobastro y retirarse a hacer vida monástica. En 911, rematadas las obras del pequeño cenobio que, en fábrica mixta de piedra y ladrillo, habíase levantado junto a la iglesia rupestre, la hija de Omar profesó, secundada por otras jóvenes de Bobastro, en la austera regla fundada por ella misma, y juraron sus votos en presencia de Maqsĩm, obispo de la sede bobastrense.

reconstrucción pictórica de bobastro (blog museo del bandolero)
reconstrucción pictórica de bobastro (blog museo del bandolero)

A comienzos de la luna de Rabí 1ª del año 300 de la Hégira, 15 de Octubre de 912 d. C., murió el emir Abdallãh tras veinticuatro años de reinado. Finalizadas las exequias, rindiose juramento de fidelidad a su sucesor y nieto, Abd al-Rahmãn ben Mohamed —hijo del príncipe asesinado en Sevilla—, expresamente elegido heredero por su abuelo. Tenía al subir al trono 21 años, y las posiciones planetarias anunciaron grandeza y prosperidad a quien reinaría con el nombre de Abd al-Rahmãn III. La situación política legada por Abdallãh era caótica. Si lograra la pronta conquista de plazas importantes y el sometimiento de algunos rebeldes de mayor relieve, nadie osaría deslegitimar su designación y se consolidaría en el trono. Entre sus primeras intenciones contábase el suprimir los privilegios de los árabes, origen del resentimiento entre razas y de las sublevaciones nacionalistas. Circulando por las venas del nuevo soberano mucha más sangre hispana que árabe (el 94%), el odio racial debería tender a desaparecer. Aspiraba el joven Emir a sustentar su reino con preferencia sobre recursos hispanos.

 El primero de Enero de 913, el visir Badr entraba en Écija. Poco después, el Emir en persona encabezaba otras importantes conquistas y en las plazas más nacionalistas mandó demoler las murallas. Otorgó luego generoso perdón a sus moradores e incorporó a sus defensores al ejército regular con elevadas pagas. En ese mismo año, Sevilla vino también a poder del Emir tras ser vencidos los beni Hachchach, y fueron demolidas sus murallas. En las siguientes operaciones del Emir por tierras sureñas conquistó Archidona, Fiñana, Juviles, Elbira… Cuando en julio regresó a Córdoba después de tres meses de campaña, habían pasado a sus manos setenta castillos y más de doscientas plazas fortificadas, en las que Omar perdió a incontables secuaces.

Abd al-Rahmãn III pensó que la expedición del año siguiente debía dirigirse contra el cinturón de castillos que cerraban los pasos hacia Bobastro. Y así se hizo. En primavera de 914 el joven Emir, en cabeza de su ejército, realizó varias aceifas por las cercanías de Bobastro, donde tomó algunos castillos antes de sitiar Ojén. El 1 de Junio las tropas reales recuperaron Algeciras y gran número de plazas del litoral de Málaga. La conquista de estos puertos de mar contribuyó al bloqueo de bajeles y saetías que, procedentes de África, aportaban víveres, pertrechos y hombres a Omar ben Hafsún. A tal estrechez había llegado el contumaz rebelde que dependía de los auxilios extranjeros.

Por entonces el Emir se valió de dos medidas muy populares para ganarse aún más a sus gobernados: redujo los impuestos y se rodeó de mayor número de mozárabes en la Guardia Real y en la Administración. Un dato elocuente que habla del resultado de su política es que, desde entonces, las oficinas de la Administración Central de Córdoba cerraban los domingos[3], porque eran tantos los funcionarios cristianos que resultaba más rentable para el Erario público cerrar ese día y abrir los viernes. El proceder de Abd al-Rahmãn III atraía cada vez más, tanto a muladíes como a mozárabes. Omar iba quedándose más solo cada día, pasando a ser un rebelde menor; y sin embargo, la nieve de sus canas no había apagado el fuego de su ardoroso corazón.

Montaña de BobastroEl joven Emir había encontrado en la desilusión y el cansancio de los rebeldes sus mejores aliados, y poco a poco aquella “causa” se fue hundiendo. Los caudillos que con pasión y sacrificio acudieran a la llamada de Omar y se alzaran contra el dominio extranjero habían muerto o envejecido. Las nuevas generaciones hallaron una situación muy distinta: el Emir tenía ya más sangre hispana que árabe y las antiguas familias de arrogantes árabes habían perdido su poder. Por tanto, ya no achacaban a estos todos sus males, sino a los muchos años de anarquía y luchas civiles. Sentían en su interior que, si una rebelión nacional no ha alcanzado sus metas en el momento de mayor ilusión y poderío, no lo logra jamás. Comenzaban a creer que ésta era una “causa” a la que el cielo no había querido apoyar, y el entusiasmo se había ido enfriando. Estos indicios de cansancio y desesperanza privaban a las filas de Omar de nuevos alistamientos, viéndose forzado a recurrir a la contratación a sueldo de mercenarios de Tánger.

La empresa nacional había perdido su carácter; ya no se trataba de la lucha de hispanos contra sus opresores árabes. Había muerto aquel movimiento de hermandad entre musulmanes y mozárabes ibéricos contra un adversario común, cuando no importaba si se era muslím o cristiano y a nadie se preguntaba en Bobastro cuál era su religión, porque bastaba con ser hispano, odiar al extranjero que hollaba con su bota el solar de sus mayores y saber manejar una espada. Pero cuando los muladíes fueron abandonando a su insurrecto caudillo, el ideal nacional fue desapareciendo en provecho del ideal religioso. Paulatinamente, Omar fue depositando su confianza en los cristianos, tal vez porque antes se la hubieran retirado a él los muslimes.

Se probaba una vez más que, para la convivencia, el hecho de ser musulmanes o cristianos no era en realidad el problema, que sabían relacionarse y hasta asociarse al servicio de un ideal común. A quien conocían siendo cristiano o musulmán desde siempre, lo aceptaban y respetaban. El conflicto surgía con los nuevos conversos, con los tornadizos, ya se dieran en una dirección o en la otra. Era la apostasía la que costaba asumir y la causa más directa en fanatizar la coexistencia entre las dos comunidades. Por otra parte, los mercenarios, dispuestos a trabajar para quien mejor pagara, trataban con mucho miramiento al enemigo, ya que el adversario de hoy podía llegar a ser el camarada de mañana. Aspirar a conseguir la independencia con tal tropa, cuando no lo logró el alzamiento en masa de todo un pueblo, alentado por fervoroso entusiasmo y por un ideal que sentían como sagrado, hubiera sido ingenuidad o quimera[4].

Tumbas de BobastroOmar ben Hafsún, cansado por toda una vida de tenaz brega y descorazonado al ver en manos mercenarias la empresa que había sido su razón de existir, adoleció de grave mal en los postreros días del año cristiano de 917. Murió insurgente, como había vivido, al inicio del año 918 d.C., tras treinta y ocho años de sublevación y a los sesenta y cuatro de su edad[5]. Su muerte produjo tremenda conmoción en toda la península. Pese a que Abd al-Rahmãn III hubiera obligado a los hispanos a renunciar a su proyecto, Omar era el símbolo del sueño del pueblo ibérico de unirse y regir sus propios destinos, y el pueblo renuncia difícilmente a sus sueños. Habíase convertido en una leyenda en la que se encarnaba el espíritu de la independencia ibérica. Quien había hecho temblar el trono de los omeyas murió antes de presenciar la ya segura ruina de su noble “causa”.

Grandes manifestaciones de júbilo se vieron en Córdoba entre los partidarios del Emir, y bendijeron a la Providencia por el final de aquel azote. Cronistas del momento escribieron cosas como éstas sobre la muerte del adalid indómito: En este año venturoso del 305 de la Hégira, vio el fin de sus días el maldito Omar ben Hafsún, columna de los infieles, caudillo de los indómitos, tizón de las guerras civiles, refugio de los fautores de discordias y rencillas. Tal suceso es anuncio de buena fortuna, presagio del factor divino y del fin del reinado de la abominación. Otro cronista escribió: Fue el castigo con que Alá afligió a sus siervos, aprovechándole lo revuelto de los tiempos, lo  corrompido de los corazones y la perversidad de los ánimos, dados a la sedición[6].

Iglesia Rupestre de BobastroEn Bobastro sucedió a Omar su primogénito, Yaffar, también cristiano ya. El Emir decidió emprender campaña en la primavera de 919 por el área de Bobastro y se adueñó de numerosas plazas rebeldes. Concedía su amán[7] a quien se rendía; quienes porfiaban eran pasados a cuchillo. Pero, en otoño del año siguiente, un hecho acaeció que  traería funestas consecuencias: persuadido Yaffar del enorme daño que acarreó a la “causa” la apostasía de su padre y la suya propia, creyó volver a ganarse el favor de los muladíes si fingía su regreso al seno del Islam, y así lo hizo. Con aquella errada medida, no solo no atrajo a los muslimes hispanos, sino que también le retiraron su apoyo los mozárabes. Días después, en octubre de 920, Yaffar era asesinado a traición por sus propios hombres; los mozárabes de Bobastro no perdonaron, aunque todo fuera fingido y no hubiera abandonado la fe de Cristo.

A Yaffar sucediole su hermano Suleymán, segundo de los varones y uno de los que se mantuvo fiel en su fe musulmana. Era digno hijo de Omar y el que más se le parecía de todos ellos. Reconquistó algunas plazas perdidas por su padre, entre otras, Almuñecar. Pero el Emir no daba cuartel y, entre 921 y 922, conquistó numerosas fortalezas de los términos de Luque y Priego, de las coras de Jaén y Elbira, pacificó la comarca de Ronda y estragó los campos bobastrenses. El continuo acoso de Abd al-Rahmãn III encendió en Bobastro una conjura; los muladíes y los mozárabes de la ciudad, hasta entonces bien avenidos, vieron a la discordia adueñarse de la convivencia. Entre tanto, el Emir asoló los campos limítrofes e instaló en las cumbres cercanas que dominaban sobre Bobastro fortificaciones encargadas de mantener el bloqueo.

Los años 926 y 927 fueron de extrema sequía. No quedaba agua en ríos, pozos y aljibes. Bobastro padecía sed; como otras veces, una patrulla al mando de Suleymán se dirigió a un cenobio cercano, en cuyas cisternas se proveían de agua en tiempos de penuria. Pero las tropas reales los sorprendieron en un desfiladero, iniciándose desconcertada escaramuza. Reconocido Suleymán por un hispano infame, antes aliado de Omar, cargaron sobre él tantos enemigos que fueron arrinconándolo contra una plantación de palmitos que, escalonados, trepaban por la ladera del desfiladero. En la confusión originada tropezó su caballo en la raíz de un palmito, cayendo Suleymán derribado y aprovechando todos para herirle con lanzadas y tajos. Su cabeza fue segada y su cuerpo conducido a Córdoba y colgado de un palo en la puerta al-Ašuhuda del Alcázar, igual que hicieron con los despojos de varios de sus hombres.

Sucedió a Suleymán su hermano menor, Hafs, pero Abd al-Rahmãn III había decretado ya el final de Bobastro y en mayo emprendió campaña rumbo a dicha plaza; el cerco que durante años ahogaba las vidas de sus pobladores fue reforzado y conquistó los castillos que formaban el cinturón defensivo de la heroica fortaleza. Viéndose Hafs cercado por todas partes, privado de víveres y de todo socorro, inició tratos con el Emir para la capitulación de Bobastro. El 21 de enero de 928 rendía Hafs la plaza, tras exigir el amán para él, sus familiares, sus hombres y cuantos poblaban la ciudad. Le fue concedido, y ese mismo día, al atardecer, la bandera blanca de los omeyas flameaba al viento sobre los nobles muros del Castillón. Hafs y su familia, su hermana Argentea y las monjas del cenobio, acompañados por dos visires, llegaron días después a Córdoba, donde el Emir confirmó su perdón. Concedió al joven un elevado rango en el ejército real, y a Argentea y sus monjas, autorización para retirarse al cenobio de Tabanos.

El halcón de Bobastro de Carmen Panadero Delgado

 Dos meses después de la caída de Bobastro, quiso Abd al-Rahmãn III visitar la emblemática plaza que durante tantos años desafió al poder de su dinastía. Se maravilló ante sus fuertes muros, sus elevados bastiones, los pavorosos precipicios de pétreas paredes cortadas a pico y los profundos barrancos. Por ello, cayó de hinojos, dio gracias a Alá y observó total ayuno mientras permaneció en la sede rebelde[8]. Dicen que exclamó: — Milagro de Alá ha sido que logremos alcanzar lo inalcanzable, pues nunca se me ocultó que este nido de halcones era más temible por los ideales que representaba que por sus fosos, adarves y abruptas laderas.

Pero los alfaquíes, con morboso afán, registraron las tumbas para comprobar si Omar y su hijo Yaffar habían muerto en el Islam o en la fe de Cristo, pues serias dudas se habían sembrado sobre este particular, y verificaron que habían sido enterrados a la manera cristiana y no orientados a la Meca. Por ello, se les impuso el castigo reservado a los apóstatas, ¡inhumana venganza contra los muertos! Sus cenizas fueron esparcidas al viento, y sus descarnados huesos, colgados en palos en la puerta al-Ašuhuda del Alcázar de Córdoba, junto a los de Suleymán. Los cronistas escribieron con salvaje júbilo: “Estos cuerpos serán así saludable advertencia para gentes malintencionadas y dulce espectáculo para los ojos de los verdaderos creyentes”. Causa asombro, pero así era, que al cristiano que siempre lo había sido se le respetaba, pero al renegado se le ajusticiaba. El musulmán había de serlo para siempre y el que apostataba moría.

En ese mismo año venció el Emir a los rebeldes del Este peninsular, a los de Mérida y otras plazas de al-Garb, a los Beni-Qasi en Aragón y, tras someter a los insumisos de Toledo, consiguió desplazar las Marcas fronterizas hacia el norte. La toma de Bobastro supuso tal estímulo para Abd al-Rahmãn III que, a principios del año 929 d.C., determinó tomar para sí el título de Califa con los nombres agregados de “al-Nãsir li-din-Allãh” y “Amir al-Muminín”. Además, renovó la Ceca de Córdoba, comenzando a acuñar dinares de oro, que hasta entonces eran traídos de Oriente.

Argentea fue perdonada al igual que Hafs, pese a ser apóstatas, como se estipuló al negociar el amán, aunque bajo condición de no alardear de su apostasía. Pero Argentea no soportó la exposición pública de los despojos de su padre y hermanos. Mozárabes y muladíes acudían de noche a venerar sus restos y a orar por ellos. Argentea dejaba el cenobio a escondidas para acudir a besar y regar con su llanto los descarnados pies de los cadáveres a la vista de todos. Allí llegó a atreverse a proclamar su fe y maldecir al Islam y al Profeta. También visitaba a mozárabes y rebeldes en su prisión, donde osó gritar ante todos su condición de apóstata. Pronto fue condenada a muerte; Argentea sufrió la última pena el día 13 de Mayo de 937 de la Era Cristiana[9]. En honor a la verdad, las muertes de mozárabes fueron excepcionales en el reinado de Abd al-Rahmãn III, pues los cristianos gozaron de libertad religiosa, de sus fueros y gobierno propio, y se moderó mucho la intolerancia religiosa de reinados anteriores.

 Largos años pasaron y los blanqueados huesos seguían allí, denostados por unos y venerados por otros. En el otoño de 942 llovió torrencialmente sobre Córdoba durante días. El río iba muy crecido y amenazaba con desbordarse. Una madrugada inhóspita, las aguas corrieron sin freno por plazas y calles, sembrando el espanto y la desolación por doquiera que pasaban. Cuando las aguas se retiraron de nuevo hacia el río, arrastraron enseres y pequeños animales, dejando todo cubierto de un espeso cieno y, en su caudaloso y desmandado arrastre, lleváronse también consigo los despojos de Omar, sus hijos y quienes como ellos habían corrido similar suerte. Si no lograron sepultura en tierra sagrada, tal vez sus restos acabaran en el mar, que no es mala fosa. Catorce años habían permanecido expuestos al escarnio público.

(Cabecera: retrato de Omar ben Hafsún por Azahara Herrero)

Omar ben Hafsún, el rebelde de Bobastro (I)


[1]El Halcón de Bobastro“, novela histórica de Carmen Panadero.

[2]Consideraciones sobre Omar ben Hafsún“, de Antonio Sánchez Urbaneja.

3 – Aben Hayyãn y al-Maqqarĩ.

[4] – “El Halcón de Bobastro“, novela histórica de Carmen Panadero.

[5] – “Historia de los Musulmanes de España” de Reinhart P. Dozy.

[6]“Historia de la Dominación de los Árabes en España“, crónicas recopiladas de José Antonio Conde.

[7] – Amán (amãn), perdón, indulto.

[8]“Al-Muqtabis“, del historiador cordobés ben Hayyãn.

[9] – Argentea fue canonizada por la Iglesia Católica; su festividad se celebra el 13 de mayo, día de su muerte.

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba y reside en Ciudad Real. Es pintora y escritora.

Estudió Profesorado de E.G.B., ejerciendo la enseñanza a lo largo de varios años. Inició su formación plástica en Madrid, en el Estudio de Dibujo y Pintura de Gutierrez-Navas. Posteriormente, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Por estos años escribió también una primera novela corta, para luego centrarse únicamente en su actividad plástica, realizando veintiseis exposiciones colectivas y otras tantas individuales, y recibiendo algunos premios y distinciones. Su obra se encuentra representada en Museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Reino Unido y EE.UU.

En 2000 recuperó su actividad literaria, habiendo publicado varias novelas históricas:

* “La Cruz y la Media Luna” (editorial VíaMagna, 2008, 2009). Reeditada en ebook por Leer-e (Pamplona, 2012). 3ª edic. en papel en 2015.

* “El Collar de Aljófar”, editada por Leer-e en ebook y papel, 2014.

* "El Halcón de Bobastro”, editada en ebook por Amazon y en papel (Create Space, 2015).

* "La Estirpe del Arrabal", editada en papel por Carena Books, 2016.

Así como el ensayo de investigación histórica:

* "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta", editado en ebook y papel por Create Space, 2015.

* Asimismo, ha publicado artículos, relatos y cuentos en revistas impresas y en webs literarias.

Otras novelas de esta autora son "Iberia Histérica", “La Horca y el Péndulo”, “Encrucijada”.

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