Las nueve musas
Hannah Gadsby
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Stand up: demasiado entretenimiento vacío

“El mercado quiere simplificarnos para predecir mejor nuestros gustos;

el consumo no existe per se, sino que se crea”

Mauricio Escuela Orozco

 

El stand up es un estilo teatral muy popular en Estados Unidos que, como parte de la cultura hegemónica, se ha ido expandido a otros países.

Se trata de monólogos o rutinas cómicas escritas por el propio actor o actriz que va a interpretarlas; suelen burlarse de sí mismos narrando sus peripecias y su particular punto de vista sobre temas de su interés.

NanetteDe entrada no tendría nada en contra el género; es un ejercicio actoral que hoy en día tiene mucho éxito en bares y teatros. Sin embargo, la mayoría de rutinas solo pretenden hacer reír con chistes fáciles o situaciones chuscas sin el menor compromiso ni el menor discurso contracultural. Al contrario del cabaret, no se adentra en la crítica política o en la social, no señala a los poderosos para solidarizarse con los oprimidos. Sin compromiso ni discurso, el stand up se vuelve simple divertimento vacuo, un repertorio de ocurrencias carente de humor inteligente… porque hasta para hacer reír se necesita ingenio y talento.

En realidad, la mayoría de los standuperos son como aquel amigo, pariente o conocido –todos tenemos uno- que por ser simpático y extrovertido termina siendo el centro de atención debido a sus anécdotas humorísticas que provocan carcajadas y donde lo políticamente correcto no es la regla. Cabe decir que hay excepciones de standuperos que sí abordan tópicos como cuestiones de género y feminismo, temáticas LGTB como lo hacen Manu Nna, Alejandra Ley y la extraordinaria Hannah Gadsby, pero por desgracia son los menos.

Fernando Navarro, en su artículo La idiotización de la sociedad como estrategia de dominación, expresa que “El poder se vale del entretenimiento vacío, con el objetivo de abotagar nuestra sensibilidad social, y acostumbrarnos a ver la vulgaridad y la estupidez como las cosas más normales del mundo, incapacitándonos para poder alcanzar una conciencia crítica de la realidad”.

Sofía Niño de Rivera

Ejemplo de este divertimento son las rutinas de Sofía Niño de Rivera quien cuenta con dos especiales en Netflix. En un artículo, Rodrigo Herrera los califica de “Contenidos mezquinos” donde la standupera “mendiga risas a costa de chistes racistas y xenofóbicos”. Con desparpajo expone su racismo al decir “Yo pensé que yo ya había visto un negro. Y luego llegué a Sudáfrica, y dije: Ah, no. ¡Nunca había visto un negro. O sea, ¡allá son morados!”. Claro, ella es una niña bien, blanca, privilegiada; tal parece que ignora el profundo racismo y discriminación que existe en México, ¡mucho menos sabrá qué fue el apartheid y cuál fue la lucha de Nelson Mandela!

Manu NnaSin la menor consciencia ni solidaridad de género llamó a algunas mujeres con el peyorativo vocablo “feminazi“, culpándolas de “la crisis del amor”, porque los hombres ya no saben cómo ser caballerosos. En contraparte, destaca la monologuista feminista Patricia Sornosa quien ironizó: “Me parece de estúpidos el término feminazi, ¿cuál es el holocausto feminazi? ¿Hombres teniendo que planchar sus propias camisas?”. Mientras el movimiento MeToo se dedica a denunciar la agresión y el acoso sexual, otras organizaciones feministas del mundo luchan contra la misoginia, por una vida libre de violencia y por el derecho a decidir sobre sus cuerpos. En cambio, Niño de Rivera las califica como “feminazis”. ¡Qué lejos se encuentra de la solidaridad y qué cerca se halla como cómplice del machismo patriarcal! Le urgen unas clases con Hanna Gadsby quien, en el especial “Nanette”, da lecciones de humanismo.

Ya el erudito Umberto Eco había advertido que las redes sociales harían propicia la “invasión de los imbéciles”. En efecto se democratizaron los medios, pero abrieron la puerta a “legiones de idiotas”; así se explica el súbito éxito de youtubers, muchos de ellos convertidos en influencers al servicio del consumismo y la mercadotecnia. Me parece que el mismo fenómeno sucede con el stand up donde hordas de cuentachistes han conquistado el gusto de las masas haciendo reír sin ton ni son, a costa de lo que sea, incluyendo groserías ya que, entre públicos poco exigentes, estas logran arrancar risotadas; como Navarro lo explica: “En el entretenimiento vacío, el comportamiento zafio e irrespetuoso se considera valor positivo”. De esta falta de responsabilidad y conciencia se desprenden las bromas contra los homosexuales, indígenas, gitanos, mujeres, negros, musulmanes, migrantes y todas las minorías existentes. ¡”Qué importa”, dirán, “más vale sacrificar la corrección a sacrificar un chiste”!

En el entretenimiento vacío todo está pensado para que el individuo soporte estoicamente el sistema establecido sin rechistar. La historia no existe, el futuro no existe; sólo el presente y la satisfacción inmediata que procura el entretenimiento vacío”, nos dice Navarro y prosigue “El entretenimiento vacío ha conseguido la proeza extraordinaria de hacer que los valores del capitalismo sean también los valores de los que se ven esclavizados por él”.

En mi opinión, los artistas deberían tener la responsabilidad, no solo de entretener, sino de transmitir un discurso contestatario o, como dice Hanna Gadsby, “ser responsables de su libertad de expresión”. ¿O para qué se paran en un escenario? ¿Solo para ser vistos, admirados y aplaudidos? ¿No quieren transmitir algo? Por su parte, el público tendría la obligación de evitar consumir productos chatarra, tan nocivos como la Coca Cola o las golosinas que provocan daños a la salud. Si queremos transformar nuestra sociedad, el compromiso debe ser de ambas partes: creadores y espectadores, unos ofreciendo opciones con un discurso trascendente y los otros asistiendo a espectáculos que los invite a la reflexión. O como dice el artículo “Qué pena que paguemos para que nos insulte” de Fabiola Lara García: “Leer a Jean-Baptiste Poquelin “Molière”, ver una película de Cantinflas evitará caer en la estulticia de otorgarle el rango de comediante a quien no se lo merece.”

Así que, como indica Navarro, esperemos construir juntos “Una sociedad en que la vida dominada por el absurdo del entretenimiento vacío sea tan solo un recuerdo de los tiempos estúpidos en que los seres humanos permitieron que sus vidas fueran manipuladas de manera tan obscena”.

Humberto Robles

Humberto Robles

Nació en la Ciudad de México en 1965.

Dramaturgo y guionista independiente.

Paralelamente colabora con varias organizaciones de derechos humanos.

Actualmente es considerado el dramaturgo mexicano vivo más representado en el mundo (26 países, tres continentes).

Autor de las obras “Mujeres de Arena”, “Frida Kahlo Viva la Vida”, “La noche que jamás existió”, “El Arca de Noelia”, “Sangre en los Tacones”, “Nosotros somos los culpables”, “Leonardo y la máquina de volar”, “El Ornitorrinco”, “Les demoiselles d’Avignon”, entre otras.

Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, portugués, italiano, alemán y polaco.

Ha recibido cinco premios como dramaturgo, uno internacional y cuatro nacionales, entre ellos el Premio de la Fundación La Barraca de Venezuela y el Premio Nacional de Dramaturgia "Emilio Carballido" 2014.

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