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Las nueve musas
Sobre «A un olmo seco» de Antonio Machado 1

Sobre «A un olmo seco» de Antonio Machado

El poema A un almo seco es, probablemente, uno de los más conocidos de Antonio Machado.

Su origen siempre se ha asociado a las circunstancias vitales del propio poeta.

a un olmo seco métrica
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Así lo explica, por ejemplo, su editor, Oreste Macrí, en la nota que acompaña al poema: “El «olmo viejo, hendido por el rayo», debe ser símbolo biográfico del propio poeta, en época de la desesperación por la enfermedad de Leonor“.

Participa de esta misma idea Ian Gibson, quien fecha el poema a partir de la anécdota biográfica: “En mayo de 1912, cuando todavía quiere mantener la esperanza de que Leonor sobreviva, termina un poema hoy reconocido como uno de los más hermosos y conmovedores del castellano”.

La historia es bien conocida: Leonor, la joven esposa del poeta, había caído enferma, víctima de la tuberculosis, en 1911, mientras la pareja estaba de viaje de novios en París. Tras los alarmantes síntomas de la enfermedad (Leonor había vomitado sangre), regresaron a Soria. Allí, alquilaron una casa a las afueras de la ciudad, para que la convaleciente respirara el aire puro que limpiara sus pulmones.

Según esta idea, Machado, en uno de sus paseos, dio con un viejo olmo medio muerto después de haber sido tocado por el rayo, que pronto identificó con su situación personal.

En su poema, tras describir el “olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido”, su final alienta la interpretación biográfica:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Así concluye Ian Gibson: “No se produjo el milagro. Leonor se apagó el 1 de agosto de 1912. Fue enterrada en el camposanto del Espino”. Marcí, por su parte, alude al significado alegórico de la poesía: “está inspirada por una esperanza para la esposa enferma, y construida por el poder alegórico de un objeto natural y fatal de Castilla, el olmo centenario y seco del Duero.” Por eso, destaca el simbolismo que une el «olmo-corazón» y la «rama verdecida-(Leonor)».

Todo ello no deja de ser cierto y, probablemente, sin la enfermedad de Leonor Izquierdo, Machado no hubiese escrito el poema. Sin embargo, el poema no se escribe ni como oración (queda fuera del mundo machadiano) ni como petición íntima, del poeta, su circunstancia vital y el paisaje solamente, como si el poema naciera, ex nihilo, de un apunte tomado mientras pasea don Antonio por el camino.

Ya lo dijo Aristóteles en su Poética: la Historia escribe sobre lo individual; la poesía, sobre lo universal, es decir, lo colectivo. La interpretación biográfica de un poema no va más allá de la anécdota que lo originó (“¿se curará la pobre Leonor Izquierdo?”), mientras que la lectura estética y literaria enriquece la interpretación de la obra y alcanza al lector de todos los tiempos.

Antonio Machado
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Para ello, hay que considerar el poema en su tradición literaria previa. Es cierto que el paisajismo en la literatura española lo inicia el propio Machado con el poema IX de Galerías, soledades y otros poemas, escrito en 1907: Orillas del Duero. Pero el poema A un olmo seco no es solo una poesía paisajista, ni tan siquiera un poema enraizado en el paisaje de Castilla, como lo vio Oreste Macrí, que veía en el olmo el árbol del paisaje castellano, ligándolo con Campos de Castilla y la corriente noventayochista. En realidad, el poema se adscribe a una corriente simbolista de poemas centrados en el árbol que se desarrolló en los años anteriores y en la literatura catalana coetánea y que Machado conocía muy bien (como estudió el profesor José María Balcells). En otro lugar, yo he intentado mostrar el importantísimo papel que el poeta catalán Joan Maragall, al que don Antonio admiraba de manera declarada, jugó en la primera edición de Campos de Castilla de 1912.

Aquí, analizaremos tres poemas de tres autores catalanes (Margall, Costa i LLobera, Alcover), que Machado conoció sin duda alguna, y que resultan muy próximos Al olmo seco.

Como veremos, los tres se publicaron antes de la obra machadiana, en fechas próximas a 1912. La aproximación no sigue un orden cronológico, sino por afinidad temática.

Empecemos por el más alejado de todos, El pi d’Estrac, de Joan Maragall (1860-1911).

Aquest és aquell pi com una catedral
que vora de la mar s’està secularment
bevent l’aire i la llum amb copa colossal
que mai travessa el sol, ni la pot moure el vent.
Immòbil beu els aires amb una remor igual
a aquella que en la platja ressona eternalment,
i llença una gran ombra en l’hora migdial
posant fredor i tenebra al cor del dia ardent.
Jo, a l’hora de la sesta, m’hi solc aixoplugar
de la mortal carícia del sol roent d’estiu,
i veig arran de terra la calda tremolar
entorn; i a sobre sento milers d’aucells; i enllà
la mar, que brilla i riu.

Este es aquel pino como una catedral
que cerca del mar se está secularmente
el aire y la luz con copa colosal,
que nunca atraviesa el sol ni la puede mover el viento.
Inmóvil, bebe los aires con un rumor igual
a aquel que en la playa resuena eternamente
y lanza una gran sombra en la hora del mediodía
poniendo frialdad y tiniebla en el corazón del día ardiente,
Yo, a la hora de la siesta, me suelo refugiar
de la mortal caricia del sol ardiente de estío,
y veo a ras de tierra el calor temblar
alrededor; y encima, siento miles de pájaros; y más allá,
el mar, que brilla y ríe.

Antonio Machado
Joan Maragall retratado bajo el pino de Estrac

Aunque hay notables diferencias entre uno y otro, el poema catalán presenta un par de coincidencias con el de Machado. En primer lugar, el yo poético es un paseante que encuentra el árbol y le dedica una poesía. En segundo lugar, parece nacer de una anécdota personal. Según explicó el propio Maragall , el poema nació a raíz de unos paseos de verano, comentados por el poeta a un amigo en carta del 21 de septiembre de 1911. Ha quedado una foto del pino –con Maragall precisamente bajo su gran copa-, lo que certifica claramente la vinculación biográfica del poema.

Es un poema paisajista, de celebración de la inmensidad de la naturaleza (el árbol se compara a una catedral) de manera que el pino no posee un carácter simbólico, como es el caso del olmo machadiano.

Sí encontramos esta consideración en otro poema: El pi de Formentor de Miquel Costa i Llobera (1854-1922). La versión más conocida de este poema es la catalana, publicada en 1907. Pero el propio autor incluyó en su libro Líricas, de 1899, una versión en español, que, con mayor facilidad, pudo llegar a las manos de don Antonio.

Bajo el aspecto de una oda horaciana (incluso en su estrofa), el poeta mallorquín, gran amante de la naturaleza como Machado, le dedicó un poema a un pino en la península de Formentor de su isla natal. Quien conozca la zona habrá visto su aridez mediterránea, una península con una costa escarpada y rocosa. Como en Maragall, aparece aquí el yo poético que se dirige a un árbol. Pero aquí ya se encuentran otros motivos que lo aproximan al olmo seco: la identificación del poeta con el árbol, del que toma algunas características. Copio las dos versiones del poema, la catalana y la castellana del propio autor:

Mon cor estima un arbre! Més vell que l’olivera,
més poderós que el roure, més verd que el taronger,
conserva de ses fulles l’eterna primavera,
i lluita amb les ventades que assalten la ribera,
com un gegant guerrer.
No guaita per ses fulles la flor enamorada,
no va la fontanella ses ombres a besar;
mes Déu ungí d’aroma sa testa consagrada
i li donà per terra l’esquerpa serralada,
per font la immensa mar.
Quan lluny, damunt les ones, renaix la llum divina,
no canta per ses branques l’ocell que encativam;
el crit sublim escolta de l’àquila marina,
o del voltor que puja sent l’ala gegantina
remoure son fullam.
Del llim d’aquesta terra sa vida no sustenta;
revincla per les roques sa poderosa rel;
té pluges i rosades i vents i llum ardenta;
i, com un vell profeta, rep vida i s’alimenta
de les amors del cel.
Arbre sublim! Del geni n’és ell la viva imatge:
domina les muntanyes i aguaita l’infinit;
per ell la terra es dura, mes besa son ramatge
el cel que l’enamora, i té el llamp i l’oratge
per glòria i per delit.
Oh, sí, que quan a lloure bramulen les ventades
i sembla entre l’escuma que tombi el seu penyal,
llavors ell riu i canta més fort que les onades
i, vencedor, espolsa damunt les nuvolades
sa cabellera real.
Arbre, mon cor t’enveja. Sobre la terra impura,
com a penyora santa duré jo el teu record.
Lluitar constant i vèncer, regnar sobre l’altura
i alimentar-se i viure de cel i de llum pura …
O vida, o noble sort!
Amunt, ànima forta! Traspassa la boirada
i arrela dins l’altura com l’arbre dels penyals.
Veuràs caure a tes plantes la mar del món irada,
i tes cançons tranquil.les ‘niran per la ventada
com l’au dels temporals.

Hay en mi tierra un árbol que el corazón venera:
de cedro es su ramaje, de césped su verdor;
anida entre sus hojas perenne primavera,
y arrastra los turbiones que azotan la ribera,
añoso luchador.
No asoma por sus ramas la flor enamorada,
no va la fuentecilla sus plantas a besar;
mas báñase en aromas su frente consagrada,
y tiene por terreno la costa acantilada,
por fuente el hondo mar.
Al ver sobre las olas rayar la luz divina,
no escucha débil trino que al hombre da placer;
el grito oye salvaje del águila marina,
o siente el ala enorme que el vendaval domina
su copa estremecer.
Del limo de la tierra no toma vil sustento;
retuerce sus raíces en duro peñascal.
Bebe rocío y lluvias, radiosa luz y viento;
y cual viejo profeta recibe el alimento
de efluvio celestial.
¡Árbol sublime! Enseña de vida que adivino,
la inmensidad augusta domina por doquier.
Si dura le es la tierra, celeste su destino
le encanta, y aun le sirven el trueno y torbellino
de gloria y de placer.
¡Oh! sí: que cuando libres asaltan la ribera
los vientos y las olas con hórrido fragor,
entonces ríe y canta con la borrasca fiera,
y sobre rotas nubes la augusta cabellera
sacude triunfador.
¡Árbol, tu suerte envidio! Sobre la tierra impura
de un ideal sagrado la cifra en ti he de ver.
Luchar, vencer constante, mirar desde la altura,
vivir y alimentarse de cielo y de luz pura…
¡Oh vida, oh noble ser!
¡Arriba, oh alma fuerte! Desdeña el lodo inmundo,
y en las austeras cumbres arraiga con afán.
Verás al pie estrellarse las olas de este mundo,
y libres como alciones sobre ese mar profundo
tus cantos volarán.

Encontramos en este poema más similitudes entre ambos poetas. El yo poético, de nuevo, se dirige al árbol. Pero ya no es solo porque quiera retratarlo en el paisaje por su inmensidad y sentido protector casi telúrico, como Maragall. En este caso hay una identificación clara entre la voz poética y el árbol, pues se identifica con sus cualidades: frente al paisaje duro y difícil, símbolo de la vida, se destacan los fuertes vientos, el árbol arraiga de manera imposible en la tierra y logra hacer brotar la vida. Encontramos expresiones muy próximas al poema Al olmo:

conserva de ses fulles l’eterna primavera,
“con las lluvias de abril y el sol de mayo /algunas hojas verdes le han salido”
No guaita per ses fulles la flor enamorada,
“la gracia de tu rama reverdecida”

La alusión al corazón de Costa i Llobera, “Arbre, mon cor t’enveja” parece estar latente en el final del poema machadiano, y construye el eje “corazón-olmo” del que hablaba Macrí.

 “Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera”.

En el tercer poema, la proximidad textual a Machado es mucho más clara. Se trata de Desolació, del poeta modernista Joan Alcover (1854-1926). Comparte con el Olmo seco el supuesto origen biográfico: publicado en 1909, el poema refleja el dolor vita del poeta originado por la muerte de los familiares más cercanos: su primera esposa en 1897, su hija Teresa en 1901 y su hijo Pedro, en 1906.

Jo só l’esqueix d’un arbre, esponerós ahir,
que als segadors feia ombra a l’hora de la sesta;
mes branques una a una va rompre la tempesta,
i el llamp fins a la terra ma soca mig-partí.

Brots de migrades fulles coronen el bocí
obert i sens entranyes que de la soca resta;
cremar he vist ma llenya; com fumerol de fesa,
al cel he vist anar-se’n la millor part de mi.

I l’amargor de viure xucla ma rel esclava,
i sent brostar les fulles i sent pujar la saba,
i m’aida a esperar l’hora de caure un sol de conhort.

Cada ferida mostra la pèrdua d’una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s’és mort.

Yo soy el esqueje de un árbol, frondoso ayer,
que a los segadores hacía sombra a la hora de la siesta;
mis ramas una a una rompió la tormenta,
y el rayo hasta la tierra mi tronco medio-partió.

Brotes de raquíticas hojas coronan el trozo
abierto y sin entrañas que de la cepa resta;
quemar he visto mi leña; como humareda de astillas,
al cielo he visto irse la mejor parte de mí.

Y la amargura de vivir chupa mi raíz esclava,
y siente brotar las hojas y siente subir la savia,
y me ayuda a esperar la hora de caer un lecho de consuelo.

Cada herida muestra la pérdida de una rama:
sin mí, nada hablaría de la mitad que me falta;
yo vivo sólo para lamentar lo que de mí se ha muerto.

Aquí el yo poético no observa al árbol, como en los dos poemas anteriores, sino que se escribe en primera persona. El poeta no lo observa y se identifica con él, sino que el poema es el canto dolorido en primera persona del árbol cuyas ramas han ido muriendo víctimas de un rayo: “Jo só l’esqueix d’un arbre…”, de modo que se convierte en símbolo puro sin referente real en el poema. Pero no solo esto. Las similitudes son claras:

• “El olmo hendido por el rayo” de Machado tiene cierto recuerdo del poema de Alcover: ”el llamp fins a la terra ma soca mig-partí”.
• Como en los poemas anteriores, reverdecen algunas hojas en el arbol medio muerto: “Brots de migrades fulles coronen el bocí”.
• Mientras al olmo machadiano les espera un futuro en la chimenea (“antes que rojo en el hogar, mañana, /ardas de alguna mísera caseta”), el árbol de Alcover no ha corrido mejor suerte: “cremar he vist ma llenya; com fumerol de fesa, / al cel he vist anar-se’n la millor part de mi.”.

Aun olmo seco comentario
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El parecido no se agota en el desarrollo del símbolo, sino que alcanza a su diseño formal. La estrofa del poema de Machado es la silva, combinación libre de endecasílabos y heptasílabos con rima consonante. El poema se divide en dos partes bien diferenciadas. la primera, con preponderancia de endecasílabos, cubre los versos 1 a 14. Si lo observamos con cierta atención, resulta casi un soneto de estructura innovadora: AbAB:CDCD:EFE:FGG. El segundo verso, un heptasílabo, evita la identificación con la estrofa. Por su parte, Desolació es un soneto de versos dodecasílabos (6 sílabas + 6 sílabas con cesura central, según métrica catalana). De cualquier modo, al ver la primera parte de A un olmo seco, uno puede preguntarse: ¿Quería hacer don Antonio un soneto? ¿O acaso se trata de la influencia formal del soneto de Alcover?

Resulta difícil negar que A un olmo seco tenga su origen en un aspecto biográfico de su autor. Pero nuestra lectura del poema ha de ir mucho más allá. La prueba está en que Leonor Izquierdo murió poco tiempo después, con lo que no se produjo el milagro esperado; en cambio, seguimos leyéndolo y sigue impresionándonos, lo que demuestra su independencia respecto de la circunstancia histórica que lo originó. Para ello, don Antonio debió apartarse del triste hecho biográfico y trabajar artísticamente el pequeño poema: tenía que dejar de tener significado individual y dárselo universal, para que fuese comprendido por sus lectores, ajenos a la enfermedad de su esposa. Para ello, Machado se acogió al símbolo del árbol, que le ayudó a dar forma a su expresión personal. Aquí es donde intervino la tradición, la aproximación a los poemas simbolistas (en sentido amplio, no como escuela poética), de los que Machado se sirve.

¿Le resta esto valor al poema? Yo creo que ninguno. Don Antonio no solo desarrolló las ideas vistas, sino que supo dar forma a la fatalidad a la que está destinado el árbol: arder en el hogar. Es un sentimiento que coincide sobre todo con Desolació de Alcover. Pero este es un poema de espíritu decadente, muy propio del Modernismo. En cambio, Machado quiere dejar una puerta abierta y fijarse en la pequeña nota de esperanza al focalizar los últimos versos en la “rama verdecida”.

El final positivo (hoy diremos resiliente) destaca la posibilidad de superar la fatalidad y de mantener abierta la esperanza. De ahí el final abierto del poema. Este pequeño detalle no solo es el que ha hecho que cayera sobre el poema la admiración de sus miles de lectores, sino que indica, también, el camino que inicia por esas fechas Machado: el deseo de superar la tradición heredera del romanticismo del poeta insatisfecho con el mundo que le rodea y que sucumbe al destino, buscando nuevas formas de expresión que entren de lleno en la modernidad, como muestra la trayectoria poética que siguió a partir de entonces.

Son, pues, dos formas de entender el poema: la biográfica, que se agota en la anécdota histórica y no va más allá de la referencia a Leonor Izquierdo, y la estética y puramente literaria, mucho más rica y que pervive en el tiempo para todos los lectores. Porque, como dijo Aristóteles en su Poética, la historia habla de lo individual, mientras que la poesía la hace de lo universal.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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