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Orfeo y el infierno del capitalismo global

Orfeo se muda al infierno, la más reciente novela de Ignacio González Orozco, es una adaptación libre del mito de Orfeo, el héroe enamorado que baja al infierno a rescatar de la muerte a Eurídice, su amada.

En la tradición clásica, Orfeo es un héroe que cumple con los patrones aristocráticos del mundo antiguo, siendo un ejemplo de virtud épica.

Orfeo se muda al infiernoPero el nuevo Orfeo, el héroe literario de la novela, no es ningún ejemplo de virtud, aunque se mantenga fiel al modelo del héroe clásico al no hacerse cargo de las consecuencias negativas que tienen sus acciones en los demás, y al permanecer fiel a un ideal, al amor que siente por Eurídice y que le lleva a subordinar la fuerza a sus sentimientos. Orfeo lleva el amor más allá de la muerte y, a la vez, el amor le redime moralmente de sus actos. Por amor se justifican los medios.

El autor sitúa la acción en un barrio antiguo y degradado, en un infierno urbano. Esta vez desplaza su historia del campo a la ciudad, del escenario rural mallorquín en el que se desarrollaba Rapaces, su anterior novela, a la ciudad amurallada de Orfeo. Ese casco antiguo no es solo el escenario de la acción, es también el fiel reflejo del alma de los personajes, el infierno interior en el que viven, y es también el infierno global del capitalismo ultraliberal que deja al ser humano desprotegido e indefenso, en desigualdad de oportunidades, sumido en un estado de naturaleza permanente, de guerra, destinado a luchar por su supervivencia, sin principios ni cultura, sin ninguna tabla de salvación a la que poder agarrarse.

La novela va entretejiendo una trama compleja que atrapa al lector y en la que interviene el propio autor, a través de sus personajes. La acción se encoje y acelera, al son de una trama entrecruzada de reflexiones sobre escritura y literatura, formando diversos niveles de ficción, en un juego de espejos que genera en el lector dudas sobre si está asistiendo a una novela, a un ensayo o a un diálogo imaginario entre el narrador, la obra y los personajes, o simultáneamente a todas esas cosas a la vez.

El narrador da vida a unos personajes que conforman una pequeña sociedad de marginados, una especie de manada animal, unida por un mismo deseo de supervivencia y por un vínculo contractual, un pacto no escrito de obediencia al líder, a través del cual renuncian a su libertad a cambio de protección y seguridad. No encontramos vidas ejemplares en la historia, sino vidas desgraciadas, que no merecen ser vividas por nadie. ‘Los nadies’, que diría Eduardo Galeano, son los auténticos protagonistas sin historia de la novela, los marginados sociales que nada tienen que perder porque nada tienen que ganar.

La narración se aproxima al mundo de la droga y la prostitución, un mundo de marginación, sin estado ni ley, dominado por individuos aislados y enfrentados, que viven en un permanente estado de necesidad y violencia, semejante al estado de naturaleza imaginado por el filósofo inglés Thomas Hobbes. La única salida que encuentran a su situación es agruparse en pequeñas manadas y clanes de camellos, que malviven de la droga y satisfacen sus instintos sexuales y de supervivencia con violencia.

Orfeo se muda al infierno es una novela psicológica con momentos de acción y reflexión, siguiendo la tendencia apuntada por el autor en sus anteriores novelas, en las que describe de manera muy precisa y detallista la psicología de los personajes, proporcionando claves para que el lector pueda entender y valorar moralmente sus acciones. Este interés por la exploración psicológica es una influencia, sin duda, de la lectura de los grandes autores rusos realistas del siglo XIX, especialmente de Dostoievski y Tolstoi.

Orfeo se muda al infierno supone también un paso más en el intento de Ignacio González Orozco de explorar la naturaleza humana, de satisfacer su voluntad de comprender los efectos producidos por la deriva hacia los instintos más animales. En este sentido, encontramos en Orfeo una reflexión sobre la animalidad y los instintos naturales, la maldad y la violencia. El autor destapa el lado más instintivo del ser humano, su dimensión más animal, la animalidad más salvaje, la que sitúa al ser humano despojado de principios y cultura, desnudo ante el mundo. La animalidad está presente en sus personajes en forma de adjetivos, como recurso literario, pero sobre todo es una característica que define su comportamiento.

La novela tiene otros rasgos que la relacionan con las anteriores obras del autor, como su visión nietzscheana de la vida, entendida en su dimensión microscópica, como conflicto entre los instintos y la razón, y en su visión más histórica y ampliada, como lucha de clases. Así, sus historias se desarrollan en escenarios y contextos presididos por conflictos sociales y políticos, como la Guerra Civil en Los días de Lenín, el caciquismo en Rapaces o la marginalidad y la delincuencia en Orfeo se muda al infierno.

Hay en este Orfeo una voluntad filosófica de comprender el mal y la violencia, en un contexto vital de lucha por la supervivencia, donde la ambas acompañan las acciones de los personajes. El mal es un tema tradicionalmente filosófico. La filosofía ha pensado el mal principalmente desde una visión religiosa y moral. Tal vez sea Hannah Arendt quien haya elaborado la explicación más inquietante, al relacionar el origen del mal con la política contemporánea, pensándolo en términos de banalidad. Arendt nos previene de que cualquiera puede acabar convirtiéndose en un asesino, hasta el hombre más ingenuo y corriente. Hay algo de eso en el Orfeo de Ignacio González Orozco, sobre todo en la desesperación que lleva a sus personajes a la delincuencia y la marginación, a sentirse acorralados en un universo urbano cerrado y asfixiante, su particular infierno personal.

Pero la violencia ejercida por Orfeo es, a la vez, el resultado de una violencia padecida. En esta interpretación, el infierno sería el capitalismo, y Orfeo, una víctima de la opresión ejercida por el sistema económico y social. La novela en su conjunto sería una denuncia política de las desigualdades que provoca la globalización capitalista sobre los más débiles y desfavorecidos, de la violencia ejercida por el Estado y sus gobernantes contra los excluidos. Esta interpretación encaja a la perfección en la denuncia tenaz de los efectos de la injusticia en el vivir cotidiano, ya desarrollada por el autor en sus anteriores novelas, a través de la exhibición de los efectos del poder sobre sus víctimas. La violencia social produce asesinos, como Orfeo.

También cabe indicar que, de manera paralela a la historia principal de Orfeo, en la novela se abre paso un metarrelato sobre los obstáculos y las dudas que asaltan al autor a medida que va escribiendo la historia. Se puede interpretar esta narración como un ejemplo práctico de las dificultades que ha de superar un escritor y sobre cómo aprovechar creativamente estas dudas que acompañan a cualquier proceso creativo. A través de Orfeo, Ignacio González Orozco se reafirma públicamente en su vocación de escritor, compartiendo con el lector sus dudas y crisis. Es una lección útil para entender los obstáculos que debe superar cualquiera que se quiera dedicar al oficio de escribir, un manual para ser escritor y sobrevivir al intento.

En las novelas de Ignacio González la figura del narrador cumple una función fundamental, y se erige a menudo en portavoz de sus pensamientos, además de mostrarse útil como instrumento para establecer un diálogo con el lector. Precisamente, uno de los mayores atractivos de la novela radica en la especial relación que mantiene el autor con sus personajes, una relación que conduce al lector hacia una cierta confusión entre realidad y ficción, verdad y mentira. De hecho, en Orfeo, el narrador es un escritor, un papel que da mucho juego literario, en la medida que permite introducir de manera más natural reflexiones sobre la literatura y el arte de escribir, a la vez que es un buen recurso para vertebrar la historia. Además, está perfectamente integrado en el relato como un personaje más, que evoluciona y se transforma a través de la relación que mantiene con el resto de los personajes. El narrador transmite la idea inicial de que es un autor que ejerce el control absoluto sobre sus personajes; un autor omnisciente, de la misma manera que hace Unamuno en Niebla, su novela filosófica más experimental. De acuerdo con su papel creador, pone nombre a los personajes, los caracteriza, determina su destino, define sus acciones y sus consecuencias. Pero, a medida que avanza la trama, asistimos a una tensión creciente entre la voluntad del autor y la de sus personajes, una tensión que se resuelve en la adquisición por parte de estos de vida propia; en la conquista de autonomía y capacidad para interactuar de tú a tú con el autor.

Hay por tanto, en la novela, una voluntad implícita de confundir al lector, de empujarle hacia la duda, de invitarle a que adopte una actitud crítica ante lo que aparentemente se presenta como real y incuestionable. Es una actitud de desconfianza que aproxima la novela al ámbito de la filosofía.

Para terminar esta reseña, me gustaría volver a la figura del héroe y su trasposición al mundo contemporáneo. ¿Ya no hay héroes en el mundo actual? Quizás los héroes han huido, como huyeron los dioses, si creemos lo que dice el poeta y filósofo más destacado del romanticismo alemán, Friedrich Hölderlin. Podría ser que los héroes perviven únicamente en el mundo de la ficción cinematográfica, transformados en superhéroes de la gran pantalla, en productos de consumo de masas. Quizás el auténtico heroísmo yace en las tumbas de los soldados que perdieron la vida en alguna de las guerras del siglo XX, muertos por obediencia, patriotismo o fidelidad a un ideal. Quizás el heroísmo esté en la resistencia a las injusticias de una sociedad dominada por lobos. Quizás el auténtico heroísmo se encuentra en la vida privada de miles de mujeres que realizan tareas de cuidados sin ningún reconocimiento social, en los márgenes del sistema económico…

En cualquier caso, lo cierto es que Orfeo se muda al infierno no decepciona al lector más exigente, porque tiene la marca perfeccionista de su autor. No es una novela ligera, ni pretende serlo; tampoco es una novela escrita para ser leída en tránsito a alguna parte. No es, desde luego, una lectura de metro ni de aeropuerto. Es una novela que reclama toda nuestra atención e invita a ser devorada con el mismo entusiasmo, voracidad y furia narrativa con la que ha sido escrita. Leerla es un placer que se sostiene en sí mismo, sin necesidad de mayores comentarios.

Miquel Àngel Ballester

Entrevistamos a Ignacio González Orozco


Ignacio González Orozco

Orfeo se muda al infierno

284 páginas

Ediciones Hades 


 

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