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Ignacio González Orozco: sedicioso, rebelde y traidor

Orfeo se muda al infiernoUn premiado periodista (Pica d’Estats), filósofo y divulgador que nace en Madrid y no solo vive en Cataluña, “ejerce de catalán”. No me resisto a pasar por alto el asunto, caso, tema… tan primera plana de estos últimos años.

Para empezar, nunca me he considerado filósofo (en toda la historia tan solo ha habido una veintena de ellos), sino amante de la filosofía, y además amante pobre, ya que ella nunca ha querido solazarme con sus mejores dones.

Por otra parte, es la primera vez que en una entrevista me preguntan por una cuestión política. Pero, sea, acepto encantado la demanda.

Con respecto a mi catalanidad, ya es larga, aunque no sé si dudosa. Desembarqué (literalmente) en Barcelona hace veintinueve años, y lo hice por amor (no precisamente a Cataluña, sino a una mujer). Allí sigo en la actualidad y como vecino de la Ciudad Condal me ha tocado vivir estos tiempos confusos y por otra parte aciagos. Mi posición, públicamente manifiesta, es un republicanismo nunca nacionalista (ni de aquí ni de allá). Sin negar la importancia de los cambios operados en España desde 1978, considero caduco el régimen emanado de la actual Constitución, podrido por corruptelas y excrecencias de cloacas que a mi entender no son circunstanciales, sino consustanciales, ya que el modelo perfecto de corrupción es el oscurantismo presupuestario de la casa real, y la antítesis de la democracia, la prebenda de que gozan los Borbones y adláteres. Es más, la actual democracia es tan bonita como insustancial; peca de formalidad hasta el punto de parecerse a las formas platónicas, tan aparentemente perfecta que no puede cumplirse en el terreno de lo empírico. Y cicateramente perfecta también, porque escatima lo que debe dar. En su marco, dicen, cabe defender cualquier idea, pero, eso sí, con la constricción de que no podrá llevarse a la práctica cuanto contradiga el ideal del estado-nación español (tal es este país pese a su maquillaje autonómico, otro disparate en su plasmación), porque entonces el peso de la ley caerá sobre… ¡tus ideas!

Me parece grotesco y grosero que se negociara con ETA de par a par y no se haga lo propio con los representantes de la mitad de la ciudadanía de Cataluña. Cuando se dice que la Generalitat gobernaba para la mitad de los catalanes, habría que preguntar para cuántos de ellos se gobierna bajo el 155. Por supuesto que las leyes están para cumplirlas, pero la soberanía no reside en ellas, sino en el pueblo, y aquellas solo son instrumentos para servir a la ciudadanía, no dictados intocables en su sacralidad. Por eso, cuando una parte muy importante —por su número y representación— de la población de un país, región o como se le quiera llamar considera que las leyes vigentes no satisfacen ni sus necesidades ni sus expectativas, la solución solo puede ser el compromiso político recíproco, nunca el barco de Piolín (dicho sea sin absolver de sus muchos errores políticos a los líderes del bando independentista). Y siempre puede salirse de dudas acudiendo a las urnas, que es una forma civilizada de resolver las disputas más enconadas.

Por todo lo anterior, y sin ningún ápice —insisto— de nacionalismo de aquí o de allá, me reivindico como sedicioso y rebelde, y si me apuras aun como traidor. El delito de sedición es decimonónico (siendo generosos). ¿Por qué no puedo actuar contra las leyes si no violo los derechos humanos fundamentales? La protesta pacífica, la desobediencia civil, está considerada por numerosos juristas como un importante método de perfeccionamiento de los códigos. A mi entender, la sedición es un delito de conciencia y, por lo tanto, no debería ser delito. Y en cuanto a la traición, considero que el ser humano solo debe lealtad a su conciencia, cada cual a la suya, y si las acciones mías o de cualquier otro —vuelvo a insistir— no violan los derechos fundamentales de las personas, nadie está obligado a rendir pleitesía a ningún ídolo, trapo o canción, ni puede ser perseguido por ello.

Para concluir, quisiera decir que cierta visión reduccionista de la cuestión muy divulgada tanto dentro como fuera de Cataluña, que atribuye los sucesos de estos últimos años a una conjura de la derecha rancia y racista contra el ecumenismo liberal y garante encarnado en el constitucionalismo, es tan falsa como la visita anual de los reyes magos, ya que el constitucionalismo es per se nacionalista (español) y la «conjura» (o el «golpismo, como dicen los más enardecidos) resulta en su composición real mucho más compleja de lo que piensan muchos. El movimiento republicano tiene gran predicamento en Cataluña desde hace muchas décadas, y a esa fuerza me apunto yo. Como dijo hace casi cien años Salvador Seguí, el Noi del Sucre, líder anarquista que de nacionalista no tenía nada, «cuando el pueblo de Cataluña luche por su libertad, los primeros en oponérsele serán los grandes oligarcas catalanes» (en lenguaje actual: la Caixa, Sabadell, etc. etc.). En honor a esa fuerte tradición y por propia convicción, y con independencia de otras fórmulas que considero mejores pero que indefectiblemente pasan por la abolición de la monarquía y la reforma profunda y radical del Estado, prefiero una Cataluña independiente y republicana que no la continuación del Borbonato sobre ese pedazo de la vieja Iberia.

Articulista (Revista Rambl@, Culturamas, Público…) y supongo que viajero empedernido. ¿Son los viajes, además de la lectura, una fuente de riqueza para el escritor?

En un tiempo no tan lejano —o tal vez sí, porque me voy haciendo mayor— sobreviví como autor de guías de viajes. Sin duda, el viaje fomenta y enriquece la escritura. Te llena de imágenes y anécdotas, de colores y olores que estimulan la imaginación. Pero creo que lo principal para el escritor es el viaje interior, el cual, por supuesto, puede desarrollarse a la par que el desplazamiento geográfico, y en plena armonía con este.

El viaje interior es, precisamente, uno de los temas que aparecen en mi novela más reciente, Orfeo se muda al infierno: la literatura como travesía perpetua, sin rumbo fijo pero siempre tachonado de escollos, los que la vida va interponiendo en la vida de todos. Y también aparece la preocupación por la necesidad de ese viaje físico como fuente de materia literaria, partiendo de la concepción del escritor como cronista de los hechos de su tiempo.

Precisamente. Hablemos de su último libro: Orfeo se muda al infierno. Una recreación del mito en una editorial con el nombre de Hades, ¿casualidad o intencionado?

Casualidad si consideramos que la editorial es anterior a la novela y que, evidentemente, al saber de su existencia me llamó poderosamente la atención su nombre. Creo que editorial y novela han realizado una buena simbiosis, por lo que se refiere al juego simbólico de sus denominaciones, lo cual agradezco a su director, José Luis Victoria.

Los meses previos al contacto con Hades fueron realmente infernales para mí. Mi esposa había fallecido y yo me encontraba sumido de pleno, cuando la desgracia ocurrió, en la revisión final del libro, de modo que la redacción original sufrió algunas modificaciones; digamos que el viaje interior del que hablábamos antes, esta vez luctuoso, se apoderó de sus páginas y tiñó de dolorosa realidad algunos pasajes antes ficticios, en el sentido de supuestos e inventados, que de pronto rebosaron de esa sensación tan real de pérdida y ausencia del ser amado. «Qué solos se quedan los muertos», escribió Bécquer. Y qué solos nos quedamos también los vivos, porque «Solo una cosa no hay. Es el olvido», bien lo sabía el maestro Borges.

Por otra parte, cabe recordar que el Hades de los antiguos griegos no se correspondía exactamente con el infierno cristiano, en tanto que el primero era receptáculo de todas las almas. Tenía, eso sí, una profunda cavidad, el tártaro, donde sufrían tormento quienes se habían rebelado contra los dioses. Pero las penas del Hades no eran el fuego y el arrepentimiento sino la soledad y el olvido. Bien lo sabían los antiguos romanos, que enterraban a sus muertos al borde de las calzadas para que los caminantes leyeran sus nombres, en la creencia de que las almas vivirían mientras alguien las recordara. Pues bien, ambos ingredientes, soledad y olvido, marcan a tantos personajes de la novela, empezando por su ficticio narrador. Sujetos marcados por el ostracismo social que provoca la desgracia, la brutalidad, el estigma o la inanidad, lacras que también son formas de desprecio de la dignidad humana y se dan en el infierno inmediato de la vida cotidiana. Gentes que no necesitan morir para caer en el Hades del olvido, pero que siempre tendrán abierta la puerta del Tántalo del escarnio y la represión social.

RapacesNo estoy muy seguro (usted me corrige si me equivoco) pero creo haber leído que en un acto de presentación de Orfeo… manifestó estar más “contento” con su anterior obra. Aclaremos esta explosión de humildad tan infrecuente en los escritores.

No se trata exactamente de preferencias. Rapaces es un libro entrañable para mí. También es una historia amarga, en la que se entremezclan los peores males que han sacudido a la España del siglo XX, como son el caciquismo y el fascismo, sumado a la mezquindad de los seres humanos sometidos a condiciones extremas de toda época y condición, que con frecuencia los vuelcan a la maldad. Pero la novela se desarrollaba en un medio muy grato para mí, la comarca del Migjorn, en el sur de Mallorca, un lugar de paisajes maravillosos e historia turbulenta que es el solar familiar de mi fallecida esposa, Caterina. Por eso hubo en su redacción una implicación emocional extra, al igual que ocurrió con mi primera novela, Los días de “Lenín, en la que introduje episodios reales de la historia de mi familia paterna, vividos durante los días inmediatamente anteriores y posteriores a la sublevación militar de julio de 1936. Así pues, puedo decir que la redacción de Rapaces siempre me desató emociones singulares, y ello sin desmerecer a Orfeo se muda al infierno, en la que me vi a mí mismo como un entomólogo que observa, estudia y clasifica a la fauna humana de un medio urbano tan vulgar que podría hallarse en cualquier parte.

Miquel Àngel Ballester en una reseña en nuestra revista, indica que el casco antiguo donde se sitúa la acción de la novela, «es el infierno global del capitalismo ultraliberal que deja al ser humano desprotegido e indefenso, en desigualdad de oportunidades, sumido en un estado de naturaleza permanente, de guerra, destinado a luchar por su supervivencia, sin principios ni cultura, sin ninguna tabla de salvación a la que poder agarrarse». Ruego matice.

Buena parte de la cita podría haber sido extraída del Leviatán (o de los Elementos) de Hobbes, uno de mis filósofos favoritos en el marco de la Modernidad. Llevado por su consustancial tendencia al miedo («mi hermano gemelo», según sus propias palabras, paridos prematuramente del susto que se llevó su madre al saber que navegaba a toda vela hacia Inglaterra la Grande e Felicísima Armada del rey Felipe II de España), Hobbes entendió, como ya había concluido Maquiavelo, que la naturaleza humana estaba lastrada por la ambición (¡qué pensamiento tan cristiano para dos sacrílegos como ellos!), y recurrió a la metáfora del padre recto pero violento (el Estado) como solución para poner orden y concierto en la gran familia social, de otro modo desmadrada hasta su destrucción. Pero la prescripción tenía truco, porque Hobbes era un pensador muy poco abstracto pese a sus granes disquisiciones sobre la naturaleza humana, y, por el contrario, eminentemente práctico, de ahí que advirtiera al padre-estado que su poder tenía una barrera: la propiedad privada. A partir de este precepto, la nueva clase urbana mercantil y protoindutrial que surgía en la Inglaterra de su tiempo erigió un sistema político de participación restrictiva —aunque más amplio y eficaz que los eventuales parlamentos, cortes y demás de los regímenes absolutistas— con la propiedad como horma de la ciudadanía y objeto de culto ideológico. Hubo que esperar a pensadores posteriores como Marx —también hubo aportaciones liberales importantes, como la de John Stuart Mill— para denunciar que ese bien tan venerado era en realidad el centro del problema social. Y seguimos en la misma trifulca, siglos después.

Así pues, más que matizar corroboro la perspectiva analítica de Miquel Àngel Ballester. Es más, la cita acierta de pleno, de modo implícito, en atribuir un protagonismo esencial dentro de la novela al marco en que se desarrolla la historia narrada. Ya que siempre se ha insistido en la existencia física del infierno, como lugar con una ubicación espacial concreta, mi Orfeo muestra uno bien real, fácilmente accesible en nuestro mundo urbano, con toda su corte de demonios de diferente rango y ocupación y todo su muestrario de penas y torturas, ejemplo detallado de los males del capitalismo ultraliberal, como indica la cita.

Si afirmo que el narrador de Orfeo… es un equisciente que unas veces explica y otras sugiere, pero disfrazado, siempre, de omnisciente con la intención de dar un toque general de credibilidad aparentando tener el control absoluto de los personajes, ¿qué me contestaría?

Le diría que sí. El narrador de Orfeo es un ejemplo consumado de debilidad de criterio. Y aún más, no tiene idea ni de lo que está viendo ni de lo que al respecto cuenta con toda su unción, por eso se deja llevar por la fantasía y acaba entremezclando realidad y ficción. Pero yo no se lo reprocharía, él es un escritor —a pesar de las muchas dudas que alberga sobre sí mismo— y no un cronista en el sentido estricto de la palabra. Va a la caza de historias. Como sabe bien la gente que le da a la pluma, o con más propiedad en nuestros tiempos al teclado del ordenador, puede que la historia sea idea tuya, pero luego ella te seduce y abduce, de modo que acabas caminando por la senda que marca, con la percepción deformada por la nube tóxica del entusiasmo conforme se desarrolla la acción que vas describiendo. Es una debilidad humana como otra cualquiera, no hay por qué execrarla.

Es evidente que, siendo como son los personajes y en el inframundo en que se desenvuelven, hay violencia —o mejor tensión— tanto en los diálogos como en las descripciones escénicas, pero el lector —cuando menos el que suscribe— termina conviviendo casi con normalidad entre los mismos. Tal como en la vida real uno se acostumbra a todo. Usted expone, cuenta, en el sentido más certero de la palabra, pero no moraliza y al lector, en no pocas ocasiones, le gusta sentirse seguro, desea que el escritor le razone para perder el miedo.

Desde el primer momento en que empecé a escribir esta novela supe que habría tensión y violencia explícita en ella. «Violencia explícita» no quiere decir que pretenda emular un guión de Tarantino, tan solo consiste en no girar la cara ante lo evidente.

Orfeo se muda al infierno no es una historia ejemplar por su enseñanza expresa, poco encomiable. En todo caso, su ejemplaridad estaría en un carácter expositivo que se basaría en el adecuado tratamiento de los distintos elementos que la integran, como la psicología de los personajes, el uso eficiente del marco físico urbano y, cómo no, la dosificación de la violencia, y siempre sin perder el tono lírico de la narración, porque también hay poesía de lo amargo, lo deletéreo, lo malo. Es más, creo que la moraleja profunda del relato no puede desasirse de esa violencia que mencionas, y es esta: la única diferencia entre un héroe homérico —o de otra época— y un criminal son unas cuantas decenas de muertos, generalmente en el haber del héroe.

Por lo que se refiere a la moralización, me parece un acto hipócrita. Coincidimos todos en que ciertas actividades no son de lo más edificantes, aparte de estar perseguidas por la ley, pero las mismas personas de comportamiento intachable en su prosperidad, seguridad o preeminencia pueden trocarse en alimañas de la peor especie cuando se sienten amenazadas. La guerra de Yugoslavia fue un triste ejemplo de ello en la Europa de finales del siglo XX. No me atrevo a perorar con soflamas de moralista si pienso en que yo podría haber sido uno de esos lobos humanos —volvemos a Hobbes— que se lanzaron a dentelladas sobre sus vecinos de toda la vida en Croacia o Bosnia-Herzegovina.

En cuanto a la impresión que pueda recibir el lector de esta versión peculiar del mito de Orfeo, desearía que fuese una serena conmoción. Serena porque el tono lírico de la escritura ayude a digerir con templanza la dureza de la historia. Pero reacciones como el embeleso, el miedo o la repugnancia también son respuestas a la lectura de las que cualquier autor se sentiría orgulloso. Libro que por 

una u otra causa no te provoca una reflexión es libro que no mereció ser leído.

Los días de Lenín

Da la sensación ya desde los comienzos de la narración, que esta vez no hay final feliz.

La vida en sí, la de todos, concluye con la muerte, que no suele gozar de buena prensa, ya que nadie la quiere en situaciones normales. No puede decirse que sea un final feliz. El propio Montaigne, a pesar de su inmensa flema, decía que la filosofía era una suerte de propedéutica para la muerte, un «aprender a bien morir», así que veía el óbito como algo en sí mismo desagradable.

En el caso concreto de la novela, digamos que hay no tanto un final trágico como un trágico no acabar. Como en aquella película de Juan Antonio Bardem, Nunca pasa nada, la violencia se resuelve en pequeños sobresaltos —por graves que sean para quien los sufre en carne propia— que la gente procura olvidar pronto para volver a su sueño de tranquilidad, lo cual es una actitud culpable, pues conlleva despreocupación por las causas del mal que envuelve la vida cotidiana y de repente se manifiesta en esas pequeñas burbujas de crimen que hay que hacer desaparecer cuánto antes.

Yo no afirmo que el narrador sea usted —Dios me libre— usted es el escritor nada más (y nada menos) pero si tengo la sensación de que Ignacio González Orozco se siente atraído, digamos que se desenvuelve bien en los “bajos fondos”. Con perdón.

Coincide usted con el parecer de mi gran amigo y excelente escritor Antoni Picazo, quien presentó Orfeo se muda al infierno en Palma de Mallorca. Según Toni Picazo, solo quien ha estado en el infierno puede hablar así del mismo. Él me conoce bien desde hace muchos años, pero ahí quedó su sentencia, sin explicación. Como en suspense, para quien quiera indagar o sospechar.

Por supuesto, la novela no trata de la vida de los dioses, sino de las debilidades de las personas en una época indeterminada del tiempo, aunque contemporánea, que bien podría ser la de mi juventud. De lo que se come se cría, dice el refrán, y mucho de lo expuesto sin duda es vestigio o reminiscencia de algo que de algún modo tuvo que ver conmigo, aunque sin la unción demostrada por el Orfeo de la novela y su singular cofradía de diablillos. Porque al fin y al cabo eso son mis personajes, pobres desgraciados arrastrados por la marea de la vida, la estulticia propia y, no lo olvidemos, las condiciones sociales en que viven.

Lo que sí me resulta evidente es que siempre he temido curiosidad por esos ambientes. Por sus mecanismos de pensamiento, sus pasiones, sus penas. Por cómo participan de ese poso común de humanidad que todos compartimos y cómo se distancian de lo que las personas bien pensantes —así nos consideramos nosotros— certificamos como estado humanamente correcto, aunque luego, llegado el caso, seamos capaces de perpetrar las mayores salvajadas cuando nos vemos sometidos a situaciones de excepcional crudeza y miedo.

Le preguntaron a Sir Edmund Hillary, primer alpinista occidental que conquistó la cima del Everest, por qué tenía tanto interés en subir montañas. «Porque están ahí», respondió. Pues bien, Orfeo y sus diablillos también están ahí, a un paso de nosotros, y aunque prefiramos no tenerlos como vecinos en nuestro bloque de pisos, sin duda merecen nuestra atención —y con ella, la de la literatura— y, por supuesto, una comprensión que vaya más allá de un rechazo o de la distante piedad.

Terminemos, Don Ignacio, con esa pregunta tan original y que nunca se hace en las entrevistas: ¿sus próximos proyectos?

Agradezco que me haga esa pregunta (respuesta original y cuán extraña en las entrevistas). Tenía prácticamente concluida una novela de género negro con notorias novedades de estilo con respecto a mis tres obras anteriores publicadas, pero un vuelco de perspectiva me tiene ahora ocupado en importantes cambios estructurales que, espero, la harán más atractiva desde el punto de vista de su calidad literaria, si el decirlo no es demasiada presunción por mi parte. Además de cuentos recién escritos y conatos de novela o de relatos que están ahí, esperando una oportunidad que quién sabe si tendrán algún día.

 

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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