Las nueve musas
No somos Sócrates
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No somos Sócrates

 “¿Por qué tu mirada lo contempla con tanto amor, como si vieras a los dioses?”

Sócrates miraba a Alcibíades en el Banquete de Platón. La mirada expresaba precisamente la dicha de la contemplación, porque una de las formas del amor es la contemplativa.

El amor contemplativo es el más verdadero, puesto que no se motiva por el egoísmo ni la vanidad, sino por la pura dicha de adorar al ser amado.

La naturaleza de la relación entre Sócrates y el joven Alcibíades ha inspirado mucha literatura: el sacerdote franciscano y filósofo Antonio Rocco escribió en 1630 la que se considera primera novela homosexual: L’Alcibiade fanciullo a Scola (Alcíbiades, muchacho en la escuela). La obra fue publicada de forma anónima en Venecia a mediados del siglo XVII, descubriéndose la autoría de Rocco ya en el XIX. Al considerarse una apología de la pederastia, la mayoría de ejemplares fueron destruidos y no fue hasta el siglo XX que pudieron hacerse nuevas ediciones a partir de alguno de los ejemplares que fue posible salvar.

Aunque desde luego los censores de Rocco no andaban desacertados, L’Alcibiade fanciullo a Scola enfoca el tema de la pederastia con una mentalidad muy acorde con la que tenían los antiguos griegos, difícilmente aceptable en los siglos posteriores de moral cristiana; pero también profundiza en la naturaleza de ese amor contemplativo que podría prolongar su existencia aún sin llevarlo al terreno carnal (lo que conocemos por amor platónico). La mecánica del amor, tantas veces analizada, es en realidad bien simple: quien ama (erastés) lo hace porque cree encontrar en el amado (éromenos) lo que le falta; pretende llenar su vacío con lo que se encuentra dentro del otro. Desde luego, antes o después se hace evidente que no está ahí, y por eso el amor alterna estados de euforia con otros de profunda decepción; no ya del amado, sino del amor mismo: de la naturaleza del sentimiento.

Sócrates pretendía no saber nada, excepto del amor y de esa naturaleza del sentimiento. De un vistazo identifica quién es amado y quién es amante, o sea: quien es enaltecido ante sí mismo al verse tratado como a algo valioso, y quien prodiga ese trato y a la vez mendiga: porque el objeto de una atención desmesurada suele ver enaltecida su vanidad; un ser vano se convierte en fatuo; y uno con ambas cualidades queda incapacitado para devolver el amor que recibe.

 En los diálogos del “Primer Alcíbiades“, que se atribuye a Platón, Sócrates entrega a su amado una perla de sabiduría reflejada en una frase: “Conócete a ti mismo“. Puesto que el hombre es alma, y precisa perfeccionar el ego, primero debe conocerse a sí mismo. Debe mirar primero la parte del alma donde nace lo puro, para después contemplar lo impuro bajo el prisma de que, puesto que toda cosa para existir necesita su contraria, la existencia del mal asegura que también exista la virtud.

La etapa del amor en que nos llena de gozo la contemplación del ser amado es la más elevada, y sin embargo la primera que se olvida una vez que el amor pasa. El amor contemplativo sólo tiene posibilidad de ser eterno si no es jamás consumado; únicamente de ese modo permanece en la memoria…

 Después de todo lo carnal se opone al alma, y es en el alma donde reside el sentimiento. 

Yolanda Cabezuelo Arenas

Yolanda Cabezuelo Arenas

Yolanda Cabezuelo Arenas es un espíritu libre, extraño equilibrio entre la estricta educación conservadora y la influencia librepensadora de su padre José Luis Cabezuelo Holgado, insigne abogado que durante muchos años lo fuera del Consulado de Italia en Sevilla, ciudad donde era conocido por su erudición.

De su madre, Laura Arenas Green, perteneciente a una familia aristócrata y aficionada a las Artes, hereda el de verbalizar y hacer visible la realidad. Hay que recordar que es sobrina de Luis Arenas Ladislao, conocido fotógrafo cuyo legado diera a la belleza de Sevilla proyección internacional, incluso la Sevilla secreta de la más estricta clausura en e Sevilla oculta, Sevilla eterna y Semana Santa en Sevilla.

Su tatarabuelo, Isauro López-Ochoa y Lasso de la Vega, fue un periodista perseguido por sus ideas liberales; fundador de la revista El Avisador, que contaba con la colaboración de Javier Lasso de la Vega, José Gestoso, Luis Montoto, Antonio Machado y José de Velilla, entre otros.

El ambiente familiar propició el trato desde niña con personajes destacados de las Artes, recibiendo una formación esmerada en el estudio de la Historia, Literatura, Música y Pintura, faceta que perfeccionó en la escuela de Artes Aplicadas y oficios artísticos de Sevilla. También fue alumna de José María de Mena en la escuela de Arte dramático, llegando a interpretar y dirigir obras como Cinco horas con Mario, La vida es sueño, Don Juan Tenorio y La casa de Bernarda Alba.

La principal temática de sus escritos ligeros se centra en el comportamiento humano. Para estudiarlo no ha dudado en introducirse en distintos ambientes sociales, incluso marginales. Aunque reconoce que “habría podido evitar conocer a algunas personas, he aprendido la importancia de los valores viendo las consecuencias que sufren quienes viven sin ellos”.

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