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La república de Platón: sabios al poder

En la entrega anterior se presentó el Mito de la Caverna como muestra alegórica de la doctrina gnoseológica de Platón, confiada en que el uso del poder de abstracción de la razón aporte certezas que el conocimiento empírico —aunque práctico— no puede proveer.

Y también se había comentado que el alma humana poseía tres facultades diferentes —la racionalidad, el valor y la concupiscencia— que estaban presentes en todos los individuos, si bien en distinta intensidad, de ahí que pudiera establecerse una adecuación entre los impulsos más básicos del individuo y su adecuación a la labor común de preservar materialmente la sociedad.

Sostenía Platón que este esquema tripartito del alma individual tenía a la razón como facultad suprema. Pero avisaba el fundador de la Academia: hasta el hombre más sabio y prudente, ejercitante habitual de su raciocinio, experimenta los impulsos del deseo carnal, del mismo modo que conoce los asaltos de la cólera. En su diálogo Fedro describió plásticamente el alma con la bella imagen de un auriga (la razón) que embrida con denuedo los caballos de la concupiscencia y la temperamentalidad. Sin embargo, el filósofo atribuyó a este último impulso una buena aptitud, al contrario que a su compañera. La moraleja muestra que la cólera, usada en moderadas dosis, puede ser el mejor aliado de la inteligencia para dominar la acción disolvente de los apetitos desbocados. Y de esta manera se establece la norma de acción básica de todo comportamiento individual, y aun gubernamental.

La República de los Sabios

En la supremacía de las partes del alma no racionales se basa la perversión de los gobiernos, materializada en distintos tipos de régimen. Platón citó en primer lugar la timocracia, que entrega el gobierno a los guardianes. En ella impera, por tanto, la parte irascible, y las consecuencias para el resto de la sociedad son funestas, pues queda reducido a la esclavitud. Sería el caso de las dictaduras militares (o militarizadas en su organización). También se ocupó de la oligarquía, el gobierno de los ricos que empobrece a todos cuantos no participan del mismo (domina la parte concupiscible, la de los apetitos materiales), y que ha tenido ejemplos genuinos en la historia de la Humanidad —el propio Platón conoció en su juventud el régimen de los Treinta Tiranos de Atenas— y otros muchos camuflados de gobierno popular (en esos tiempos no se había elaborado aún el concepto de élite extractiva).

La academia de PlatónPor cierto que la democracia tal cual, como concepto, no le pareció menos mala que las dos anteriores al filósofo ateniense, en tanto que equiparable —a su entender— poco menos que al caos. A su entender, la masa ignorante del pueblo no tiene capacidad para distinguir entre deseos necesarios y superfluos, de modo que el exceso de apetitos y la ausencia de criba provoca la anarquía. Una situación, la anterior, mala en sí misma y también por sus consecuencias, puesto que, para remediarla, suele recurrirse a la tiranía (es decir, el gobierno de un solo individuo, basado en la simple coacción e igualmente incapacitado para discernir entre el bien y el mal). De hecho, Platón caracterizó al tirano como un demagogo, poseído por absurdos sueños de grandeza; un individuo estúpido, esclavizado por sus deseos y sin sentido de la realidad.

Tras sucesivos descartes, el único régimen aceptable era la República de los Sabios, con filósofos-reyes que organizan la vida en común, guardianes para defenderla y gentes menestrales que aseguren la reproducción material de la sociedad. Juntos, pero no revueltos, como decía el chiste. Cada cual en su función. Un régimen perfecto que promueve —ese es el desiderátum— la felicidad personal a partir de la dedicación de cada cual a sus capacidades naturales, así como el equilibrio provechoso entre todas las mentalidades (almas). La materialización, en suma, de la ya expuesta idea de la Justicia.     

Las vías de acceso al conocimiento verdadero

¿Cómo se accedía a ese conocimiento en una época huérfana de esos masters que enarbolan los políticos actuales para fingir su indigencia intelectual?

Del mismo modo que el alpinista precisa de pico, crampones y otros instrumentos para auparse a las cimas más elevadas, el alma necesita de una instrucción precisa para superar la visión parcial de la realidad que le brindan los sentidos. Por supuesto, esa educación se basará en disciplinas que no estén ligadas por su origen a experiencia material alguna, pues sería paradójico, más aún absurdo, intentar fundar un conocimiento cierto partiendo de lo incierto.

Platón compuso su particular cartilla escolar con todas las materias esencialmente ligadas a los números. ¿Por qué? Porque el número es una abstracción mental (no existe en la naturaleza), regida por normas particulares de validez universal, pero que a la vez resulta aplicable a la dimensión material. Llegados a este punto, cabe destacar la relación que había mantenido el joven Platón con el pitagorismo, doctrina según la cual toda la realidad estaba sujeta a proporciones numéricas.

Así pues, las principales asignaturas impartidas en la Academia platónica fueron la aritmética, la geometría, la astronomía (entendida como modelo matemático de los movimientos astrales y, por ello, desligada de su carácter observacional) y la música. Todas ellas debían aportar la capacidad de juicio necesaria para emprender el estudio de la dialéctica, o capacidad para distinguir géneros y diferencias que nada tenía que ver con el arte retórico de los sofistas, ya que se basaba en principios heurísticos (es decir, de correcto razonamiento abstracto). Por lo tanto, de la dialéctica surgía un conocimiento apodíptico (necesariamente válido), en tanto que basado en principios inmutables, de validez universal en todo momento y lugar.

Solo quien sea así instruido y consagre por entero su vida a la persecución de la Idea del Bien merecerá ser llamado filósofo. Es más, solo esos hombres merecerán desempeñar el gobierno de la polis, por dos razones: la primera, de carácter competencial, pues su capacidad de raciocinio y sabiduría les brindarán herramientas para proveer el bien común, y la segunda, de naturaleza moral, ya que el verdadero filósofo, obsesionado por el conocimiento de la verdad, ignora los intereses materiales —las riquezas, los honores y la hoy conocida como «erótica del poder»— que pervierten a los gobernantes mundanos. Es decir, el político platónico desdeñaría esas encuestas que en la actualidad conducen al centrismo como edén del espectro político.

Por supuesto que el sistema político platónico tiene tantos flecos como cualquier otro. Uno de ellos, y no baladí, es el de la distribución de la riqueza. Platón entendía que riqueza y virtud eran términos antagónicos, porque la segunda deriva —como la dialéctica—  del conocimiento racional, que por sí solo aportaba una satisfacción mucho mayor y mucho más útil —a efectos comunitarios— que los bienes materiales. «Ningún rico es feliz», sostuvo el filósofo, porque la acumulación de peculio o propiedades solo incrementa el ansia de acaparar y no el deseo de conocer. Y aunque su República no profundice en el asunto, sí lo hará una obra posterior, Las leyes, en la cual, sin renegar de la función de ese pueblo concupiscente que sostiene materialmente a la comunidad, el autor aboga por normas estrictas que impidan la acaparación de riqueza.

Por cierto que en este sistema político ideal sobran artistas y poetas, ya que unos y otros se dedican a la imitación del mundo material, conturbando con sus obras los ánimos de las gentes: ora sobresaltan en exceso el fuerte carácter de los guardianes (sería el caso, por ejemplo, de la tragedia) ora despiertan los apetitos sensuales de los menestrales (como la pieza en que el escultor reproduce las formas del cuerpo).

En conclusión, ¿por qué amerita practicar esa virtud severa y desasida de las galas del mundo que distingue al filósofo de quien no lo es? La respuesta es simple: porque brinda un placer interior inmarcesible, ajeno a la variabilidad de los estados de humor o de las condiciones materiales, aparte de la satisfacción espiritual de ver realizada, en el ámbito de lo mundano, la virtud que procede directamente del mundo inteligible. Serenidad, satisfacción, belleza, bondad. Esos son sus pagos.

 La práctica

Teórico y práctico de la política, Platón viajó tres veces a Siracusa (Sicilia), donde intentó adaptar el gobierno de dicha ciudad a las exigencias de su modelo de Estado ideal, basado en una estratificación social orgánica y meritocrática, en la que cada individuo realizaría la tarea para la cual mejor le hubiera dotado la naturaleza, y con un cuerpo de gobernantes instruido en los principios de la filosofía y criado en el desinterés material. Cabe decir que fracasó en su empeño debido a la poca unción que puso en la labor Dioniso, el tirano local (al menos, eso se dice…).

A la vista de lo anterior, los lectores más avisados podrían objetar a Platón que no había dado claves certeras para elucidar quién es un verdadero filósofo y quién lo es a ratos, o mejor dicho, quién experimenta realmente la tendencia natural a la reflexión y la adquisición de conocimientos —practicándola intensivamente— y quien se limita a imitar al anterior. Fingidores los hubo y los habrá siempre, y el fundador de la Academia no olvidaba el ejemplo —a su juicio, nefando— de sus coetáneos sofistas, esos maestros de retórica que enseñaban a sus alumnos a competir en el arte de perorar en la plaza pública, desarrollando el ingenio pero sin dotarlo de bases conceptuales sólidas, pues no les importaba tanto alcanzar la verdad como dominar la técnica oral mediante la cual podían imponer sus argumentos en el medio social. Una pauta de confusión a la que no han faltado seguidores en los siglos postreros.

Ignacio González Orozco

Ignacio González Orozco

Ignacio González Orozco (Madrid, 1963) reside desde hace cinco lustros en Barcelona.

Estudió Trabajo Social y Filosofía y ha fungido como editor de algunas de las más prestigiosas editoriales de libros de texto y obras enciclopédicas que son o han sido en el mundo de lengua castellana.

También se ha dedicado a la escritura de libros de divulgación y de viajes y se le deben el volumen de relatos Prefiero a Mae West (finalista en 2003 del premio de la Institución Cultural el Brocense, de Cáceres); la obra dramática La farsa de Gandesa, estrenada en octubre de 2014 y las novelas Los días de “Lenín” (Izana Editores, Madrid, 2013) Rapaces (Moixonia Edicions, Palma de Mallorca, 2014) y Orfeo se muda al infierno (Ediciones Hades, Castellón, 2018).

En la actualidad es miembro de la redacción de Revista Rambl@ (Barcelona) y articulista en Culturamas (Madrid), además de colaborador del diario Público (Madrid).

En 2015 recibió el Premio Internacional de Periodismo Pica d’Estats. Ganador del II Premio Las nueve musas de Relato Breve en 2018

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