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Influencia de la Retórica en la teoría literaria

Durante buena parte del siglo XX, la teoría literaria se encargó de definir su objeto de estudio a partir del uso específico que hacía de la lengua.

La búsqueda de alternativas a esta tendencia —si se quiere formalista— produjo una revalorización de las antiguas Retóricas, hecho que no solo ofrecía una salida, sino también una explicación a muchos de los supuestos críticos que en su momento se creyeron novedosos.

En este artículo intentaremos dar cuenta de ello. 

  1. De la oratoria a los recursos ornamentales de escritura

 Si aceptamos al formalismo ruso, la estilística y la nueva crítica norteamericana como puntos de partida teóricos para el estudio de la lengua literaria, conviene recordar que, incluso sin reconocerlo abiertamente, los integrantes de estas escuelas manejaban un conjunto de ideas sobre el hecho literario heredado de la Antigüedad, y es probable que ninguna de ellas haya sido tan influyente como la Retórica.

La Retórica nació como una disciplina vinculada a la oratoria, aunque pronto trascendió ese ámbito concreto para alcanzar a otros discursos de expresión figurada, especialmente a aquellos dominados por la lengua literaria. Así pues, de ser un arte propio de la oralidad pasó a ser el arte del ornamento verbal. Por esto mismo, para la mayoría de los lectores de nuestros días, la Retórica es apenas un inventario de recursos, un repertorio de figuras más o menos ordenadas o, peor aún, el aburrido contenido de los viejos manuales de Preceptiva Literaria.[1] Esta situación puede explicarse por el proceso de degradación que sufrió la Retórica a lo largo de la historia, degradación que obedece tanto a motivos políticos como pedagógicos.

Los motivos políticos son bastante claros. La Retórica tenía una finalidad práctica y un público determinado: la persuasión del oyente en los foros públicos de las democracias griegas. Como bien ha señalado Miguel Dolç,[2] la crisis del Senado al finalizar las democracias hizo que la Retórica dejara de ser un «arte de la persuasión» y, por consiguiente, perdiera su función de arte discursivo. Dicho de otro modo, el final de la democracia cambió la función social de la Retórica, y con ese cambio se originó una nueva disciplina: de ser una técnica del texto oratorio pasó a ser una técnica de la palabra, un arte elocutivo.

Los motivos pedagógicos de esta degradación son también bastante claros. La Retórica, fundamentalmente a partir del Medioevo, pasó a ser tan solo una didáctica de las figuras de ornamento verbal.[3] La separación entre las poéticas (tratados de los géneros) y las retóricas (tratados de la expresión) que tuvo lugar del siglo XVI al XVIII redujo aún más el campo de acción de la Retórica, que, en la difusión escolar propiciada por entonces, se limitaba a ofrecer un catálogo de recursos ornamentales de escritura.

  1. Un corpus teórico envidiable
Tzvetan Todorov
Tzvetan Todorov

 En 1970, Todorov expone cómo la Retórica clásica terminó por asimilarse a la elocutio y censura lo que él llama una visión paradigmática de las palabras.[4] En efecto, tal como demuestran algunos textos de la época, la crítica pensaba que la lengua literaria era la sustitución de la lengua cotidiana por otra lengua más elevada y culta. Las «figuras» eran medios de decir lo mismo, pero de un modo más literario, más «retórico».

Esta concepción popularizó la idea de equiparar lengua literaria a «lenguaje figurado», lo que se hacía evidente en esa costumbre de «traducir» las metáforas al lenguaje común con el propósito de explicarlas. Así, la Retórica, aparte de convertirse en un tratado de elocución ornamental, terminó por introducir un paralelismo entre lo «literario» y lo «figurado».

Con todo, debemos insistir en el enorme legado de la Retórica, no solo en su condición de influencia histórica, sino también en su condición de marco teórico para la solución de muchos de los problemas planteados por los Estudios Literarios. Por supuesto, cuando hablamos de ese legado, nos estamos refiriendo a la Retórica clásica como ciencia del discurso, es decir, a sus formulaciones más ambiciosas, como las que llevó adelante Quintiliano en sus Instituciones oratorias.

En efecto, la Retórica clásica era una disciplina que incluso contemplaba fenómenos de los que hoy se ocupa la Pragmática, como los de la formación cultural del orador-emisor y la no menos importante posición del oyente-receptor. Desde este punto de vista, la Retórica puede entenderse no solo como un arte elocutivo, sino también como una disciplina integral de comunicación.

Si nos centramos en el mensaje, la Retórica proporcionó igualmente un corpus teórico envidiable. Este corpus estaba compuesto de cinco partes: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio.[5] Las dos últimas daban cuenta de la actividad de la enunciación del discurso; las tres primeras, de la construcción del enunciado. La inventio era la búsqueda de los argumentos, los tópicos o temas; la dispositio, la organización estructural del discurso, y la elocutio trataba sobre la forma verbal del discurso, sobre la palabra. Las cinco partes comprendían enunciación y enunciado, temática y estructura, contenido y forma, y estaban supeditadas a un claro propósito: el de persuadir al oyente.

La Retórica clásica nos ha dado, pues, un cuadro integral y totalizador de la construcción textual. Un primer aporte de su legado es la posibilidad de entender su corpus general como una alternativa teórica a las definiciones parciales y reduccionistas de la lengua literaria. Un segundo aporte bien podría ser la abundante información que proporciona sobre los mecanismos de la palabra poética. En ese sentido, el desarrollo de la elocutio, ya sea en la forma tradicional, ya sea en la que es utilizada por algunos teóricos contemporáneos, nos ofrece una muy documentada metodología sobre el funcionamiento de la lengua literaria en todos sus niveles.

  1. La lengua literaria como desvío

 Más allá de lo expuesto en los apartados precedentes, la Retórica le ha ofrecido a la teoría literaria una manera de ver y entender la literatura que se ha proyectado —a menudo, de manera subrepticia— sobre buena parte de las escuelas de poética lingüística. Este paradigma teórico, por llamarlo de algún modo, tiene dos postulados fundamentales:

  1. La teorización sobre la lengua literaria debe hacerse desde el interior del lenguaje mismo.
  2. La lengua literaria supone un desvío respecto de la lengua usual.

Analicemos el primero. La elocutio se refiere a la formulación lingüística, por lo tanto, se encuentra emparentada con la Gramática. Sin embargo, la Gramática se propone como ars rede dicendi o uso correcto del lenguaje; la retórica, en cambio, como ars bene dicendi y, en consecuencia, apunta a alcanzar una mayor perfección. El bene dicendi de la Retórica se concreta en los modos de articular un uso lingüístico superpuesto como modificación del lenguaje gramatical. Esta diferencia concreta, válida para la lengua literaria en general, es estética por su naturaleza y finalidad, y es la que la Retórica trata de resaltar. Tal como se advierte, lo retórico, y por extensión lo literario, será visto como un determinado tipo de lenguaje y, por consiguiente, solo podrá ser estudiado como tal.

El segundo postulado se desprende indudablemente del anterior. De la oposición entre lengua retórica y lengua gramatical se deduce que la primera supone un desvío voluntario de la norma y que, por lo tanto, los recursos literarios serían modificaciones al modelo lingüístico usual. Esta particular interpretación de la lengua literaria tuvo profundas ramificaciones en la segunda mitad del siglo XX, algunas de las cuales prometo examinar en otro artículo.


[1] Son muchos los textos escolares que presentan las listas de figuras retóricas con el título de Estilística. Un ejemplo muy difundido en España y América es el de Fernández Pelayo.

[2] Véase Miguel Dolç. «Introducción» a M. F. Quintiliano. Institución Oratoria Libro X, Escuela de Filología de Barcelona, 1947.

[3] Aunque las retóricas medievales eran al mismo tiempo tratados de Poética de los géneros romances. Ello llevaba implícita la necesidad de un canon constructivo adecuado a cada género. La poesía de cancionero, por ejemplo, desarrolló todo un arte de la versificación como ha mostrado F. Lázaro en su «La poética del Arte Mayor castellano», en Estudios de la Poética, 1976.

[4] Véase T. Todorov. Literatura y significación, Barcelona, Planeta, 1970.

[5]  El lector puede encontrar descrito el corpus retórico clásico en A. Reyes, «La antigua Retórica», en Obras Completas, México, FCE, 1961.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
"Por todo sol, la sed", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
"La gratuidad de la amenaza", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
"Íngrimo e insular", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
"La ciudad con Laura", Sediento Editores (México, 2012);
"Elucubraciones de un 'flâneur'", Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, "Leer al surrealismo", fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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