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Las nueve musas
ramón menéndez pidal

Los cuatro períodos de la formación del español según Menéndez Pidal

A esta altura no cabe ninguna duda de que el español (o castellano) es la lengua romance de mayor difusión mundial. Pero como la mayoría de las lenguas, el español tardó siglos en constituirse como tal.

En este artículo se revisarán los cuatro períodos que actuaron en su formación según la perspectiva del maestro Menéndez Pidal.

Cantar del Cid
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 Las lenguas son organismos dinámicos, incluso aquellas que ya han alcanzado su plenitud evolutiva. Con esto quiero decir que no solo las lenguas en formación son pasibles de variaciones morfológicas, de simplificaciones ortográficas y de influencias extranjeras, pues las lenguas ya formadas también son susceptibles de estas operaciones, aunque en menor medida.  Pero ¿en qué momento alcanza una lengua su plenitud evolutiva? La mayoría de los filólogos coinciden en que esto se da cuando la lengua comienza a tener una literatura en la cual pueda plasmar sus particularidades culturales. Esta literatura, como es de suponer, no solo funcionará como un repertorio histórico de ideas, sino también como un valiosísimo documento lingüístico.

Tras la caída del Imperio romano, el español fue uno de los romances que más rápidamente inició su carrera hacia la plenitud de un idioma literario, aunque esta, en puridad, recién se alcanzaría entre los siglos XII y XIII. El texto del Cantar del Cid nos da ya muestras de la evolución de nuestra lengua, que, perfeccionada por Alfonso X, llegará a su esplendor siglos más tarde con las obras de Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo y Calderón.

Con todo, hay muchos aspectos de interés en la etapa preliteraria o de formación de nuestro idioma, etapa a la cual el maestro Ramón Menéndez Pidal le ha dedicado algunas de sus mejores páginas. A continuación, haré una breve reseña de los cuatro períodos señalados por el ilustre coruñés.

  1. Período visigótico – De 414 a 711: En esta época, las personas más cultas debieron hablar el latín de san Julián, san Ildefonso o san Isidoro, y los cultos, pero sin estudios especiales, un latín vulgar ya muy «romanceado». Sin embargo, había entonces también un romance más llano, del que el mismo san Isidoro nos da alguna noticia en sus Etimologías.[1] Esta era el habla de los rústicos, y seguramente también de «aquellas desenvueltas y conspiradoras damas hispano-godas, que encendían en sus encantos a Abdelaziz y a otros conquistadores, en Sevilla, por el año 715»[2]; una lengua vulgar que ofrecía los rasgos con los que hoy el leonés, por ejemplo, se aparta del castellano, tales como el uso de ll en vez de j (ovella por oveja) y de f en vez de h (fillo por hijo); la diptongación (uello por ojo); el uso del grupo –it- en vez de ch (feito por fecho o hecho, muito por mucho, etc.); la palatalización de la l inicial (llengua o lluna por lengua o luna), y la conservación de los diptongos ai, au del latín vulgar, como carraira o lausa. De esta época proceden las pocas palabras góticas que han quedado en el léxico —los llamados germanismos—, algunas de las cuales pasaron al romance a través del latín, como burg y ciertos nombres propios y toponímicos.
  1. Período asturiano-mozárabe – De 711 a 911: En esta época, el romance hablado en Toledo se infiltró en Asturias e incluyó algunos de los rasgos dialectales que ahí se conservaban, como los plurales con e en vez de a (cases por casas, cantaben por cantaban). Asimismo, esta es la época del influjo mozárabe, es decir, el de los cristianos sometidos al islam. Estos hablaban un dialecto que, salvo algunas coincidencias aisladas con el habla de Castilla, se asemejaba más a las otras lenguas y dialectos hispánicos. En términos generales, los rasgos que los caracterizaban eran una prolongación del período anterior, pero otros eran novedosos, como la conversión del grupo -ct- en -ht- en vez de c (nohte por noche, lahte por leche). En este período empezaron a filtrarse también los arabismos.[3]
  1. Período de hegemonía leonesa – De 920 a 1067: En esta época, la lengua sufrió nuevas transformaciones. En el siglo X aún coexistían en León los diptongos arcaicos con las formas nuevas no diptongadas (carraira y carreira junto a carrera), pero en el siglo XI aquellos cayeron en desuso. En Castilla se empleaban solo las voces nuevas. Por otro lado, coexistían formas con diptongo y sin él (el latín saltum convivía con las voces sauto, saoto y soto, etc.). La influencia mora y mozárabe siguió siendo poderosísima, hecho que se advierte en la incorporación comprobada de la palabra árabe iben (‘hijo’).
  1. Período de lucha por la hegemonía castellana – De 1067 a 1140: Esta fue la época no solo de las grandes mudanzas entre los Estados (unión y separación de Castilla y León, reconquista de Toledo y de Valencia, campañas del Cid), sino también de la plena europeización de España, con los monjes de Cluny, hombres cultos y progresistas, que llegaron a ocupar sedes episcopales tan importantes como las de Segovia, Osma y Sigüenza. Fue la época de la sustitución del rito mozárabe por el romano, de la letra gótica por la francesa, de la influencia oriental por la occidental. De aquel entonces datan los primeros galicismos que se ven el Mío Cid: mensaje, homenaje, vianda, derranchar. En esta época, los diptongos ei y ou quedaron relegados al oeste de León, mientras en Castilla se fijó la diptongación de o en ue. Se generalizó la pérdida de la f y el sonido de j o g a la francesa (hijo, mujer); el uso de ch en vez del grupo -it- (mucho por muito, derecho por dereito); la no diptongación ante yod (ojo en vez de uello); la reducción de –iello a –illo (castieillo se convirtió en castillo), etc. Finalmente, la hegemonía castellana terminó por afianzarse, hasta llegar al período literario, es decir, el de la lengua ya formada.
Etimologías
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Como bien dice Menéndez Pidal, la lengua de la etapa preliteraria «se nos presenta bullente de vida indómita y tumultuosa, con una variedad multicolor, aún más grande que la de los dialectos populares modernos»[4]. En buena medida, estas pintorescas características se debieron a la puja entre el latín y el romance en gestación y a la inevitable influencia que el primero ejercía sobre el segundo.

Se ha querido minimizar esta influencia alegando que los períodos de la formación del español se dieron en una época en la que el conocimiento de las humanidades tenía una escasa (o más bien nula) difusión. No obstante, este argumento es fácilmente rebatible si se toma en cuenta, además del predominio eclesiástico, que el latín era la única lengua que se usaba en público y la que les servía a las personas de renombre para comunicarse entre sí. El romance, por lo tanto, quedaba relegado a la conversación de la gente inculta.

Aun así, en esta larga batalla idiomática, el latín llevaba la peor parte, y aunque tratara de conservar formas clásicas, o por lo menos fenómenos fonéticos, como lueco en vez de luego, sieculo en vez de siglo, tridico en vez de trigo, etc., todos sus intentos de restauración fueron infructuosos. Sucede que en España había nacido un nuevo idioma que podía valerse por sí mismo, un idioma que estaba destinado a enriquecer el mundo con sus letras.

[1] Véase San Isidoro de Sevilla. Etimologías, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2004.

[2] Ramón Menéndez Pidal. Orígenes del español. Madrid, Espasa-Calpe, 1986.

[3] A propósito de esto, Juan de Valdés, en su [amazon_textlink asin=’8437603315′ text=’Diálogo de la lengua’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’3e81f711-553e-4e6d-8b56-fe9f88d28784′], dice lo siguiente: «Es menester que entendáis como de la lengua araviga ha tomado muchos vocablos. Y aveis de saber que, aunque para muchas cosas de las que nombramos con vocablos latinos, el uso nos ha hecho tener por mejores los aravigos que los latinos, y de aquí es que dezimos antes alhombra que tapete, y tenemos por mejor vocablo alcravite que piedra sufre, y azeite que olio, y si mal no m’engaño, hallareis que para solas aquellas cosas que avemos tomado de los moros, no tenemos otros vocablos con que nombrarlos sino los aravigos que ellos mesmos con las mesmas cosas nos introduxeron».


[4] Ramón Menéndez Pidal. Óp. cit.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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