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Consideraciones acerca del latín de Hispania y de las lenguas romances que de él derivan

El español es una lengua romance derivada del latín hablado en la región de Hispania, región que poseía características culturales y lingüísticas que la diferenciaban del resto de los territorios dominados por el Imperio romano. Sin embargo, el español no es la única lengua romance que deriva de ese latín peninsular. En este artículo reflexionaremos al respecto.

  1.  El ADN de nuestra lengua

A la hora de estudiar una lengua desde el punto de vista histórico, lo primero que se debe tener en cuenta es su antecedente lingüístico, es decir, la lengua (en el supuesto caso de que sea solo una) de la que deriva su léxico, su morfología, su sintaxis, su semántica. En lo que respecta al español, sabemos que su base es el castellano surgido en la Edad Media, dialecto que provenía del latín vulgar de Hispania. En este latín, no obstante, subsistían restos de las lenguas prerromanas (el ibérico, el celta, el ligur, el euskera, etc.), restos que no solo se trasladaron al léxico castellano, sino que también modelaron en algún punto la estructura morfosintáctica de aquel.[1]

lenguas prerromanasAsimismo, nuestro idioma, a lo largo de los siglos en los que se llevó a cabo su formación, ha recibido dos tipos de influencias no menos importantes: por un lado, la de la lengua hablada por la clase dominante durante un período determinado, que, sin embargo, no llegó a desplazar a la lengua latina hablada por el pueblo en las distintas regiones peninsulares, llamada influencia de superestrato; por el otro, la de contacto en inmediata vecindad territorial o parcial superposición, llamada influencia de adstrato. Un ejemplo del primer caso, en relación con las lenguas del sur, es el griego bizantino hablado en la Bética por los conquistadores del Imperio de Oriente durante más o menos sesenta años,[2] o el del germánico —en sus distintas variantes— hablado por los pueblos suevos, vándalos, alanos y visigodos que conquistaron la Hispania romana.[3]

El romance hispánico recibió también la compleja influencia del árabe, que actuó como superestrato en las zonas en las cuales los sometidos hablaban romance y los conquistadores hablaban árabe, y como adstrato en aquellas otras en las que no se hablaba árabe como lengua natural de la sociedad, pero sí se recibía el enorme influjo del modo de vida de los musulmanes, mucho más desarrollado y refinado que el de los cristianos del norte. Esta fue la última gran influencia por contacto directo recibida por las lenguas romances peninsulares, lenguas que con el correr del tiempo irían recibiendo aportaciones del italiano, el francés y el inglés, aunque estas ya no serían tan significativas como fueron las del árabe.

  1. El carácter arcaizante del latín de Hispania

Es probable que lo más representativo del latín hispánico sea su carácter arcaizante. Para explicar esta particularidad se ha apelado a distintas razones, y, de todas ellas, la antigüedad de la colonización de Hispania parece ser la más determinante.[4] El alejamiento geográfico de la península respecto del centro del Imperio debió haber sido otra de las causas. Esta suerte de confinamiento puede explicar las coincidencias léxicas que existen entre el español y los romances que, como él, estaban más alejados de la metrópolis. Para ejemplificar este punto basta echarle una mirada a las similitudes que hay entre el español y el rumano. Lapesa[5] señala cómo, en lugar del latín clásico inuenire, el lenguaje vulgar acudió a una metáfora propia de la caza; así, afflare (‘resollar el perro al oler la presa’) pasó a significar ‘encontrar’: en castellano, hallar; en portugués, achar; en siciliano, ašari; en dálmata, aflar; en rumano afla. Veamos ahora dos adjetivos de igual significado: pulcher y formusos; del primero podemos decir que no pasó al latín vulgar, mientras que de formusos podemos decir que subsistió en el castellano hermoso, en el portugués fermoso y en el rumano frumos. En el centro del Imperio, por el contrario, triunfó el vulgar y más reciente bellus (en francés beau, en italiano bello[6]), que en castellano (bello) pertenece a las lenguas coloquial y culta.

Lapesa
Rafael Lapesa

Ahora bien, estas coincidencias entre el español y los romances de zonas aisladas no solo tienen lugar en el nivel léxico, sino también en el gramatical. Así, para sustituir a los comparativos sintéticos latinos dulcior y nitidus, los romanos, siguiendo la forma del latín vulgar, podían recurrir a una perífrasis del tipo magis o plus + adjetivo en grado positivo, magis o plus dulcis. De este modo, mientras plus triunfaba en el centro del Imperio, magis era preferido por el rumano y los romances peninsulares, aunque la comparación con plus fuera a su vez conocida en España.[7] En castellano, catalán y portugués, para poner otro tipo de ejemplo, los verbos conservan el pluscuamperfecto latino en -eram, total o parcialmente convertido en subjuntivo; este fenómeno, fuera de la península, solo se observa en provenzal y en algunos dialectos del sur de Italia. Las lenguas de Sicilia y el sur de Italia se asemejan también a los romances peninsulares en la conservación de los demostrativos este, ese, aquel, a partir de iste, ipse y *atque eccum ille o *atque ille, frente a la reducción a dos (para proximidad y lejanía) propia del resto de las variantes del latín.

En ciertas ocasiones, las lenguas romances peninsulares y las del Imperio oriental coincidían también en usos ajenos al latín clásico. Lapesa interpreta estas concurrencias, o bien como resultados casuales de evoluciones independientes entre sí, o bien como innovaciones generales que se dieron en un momento dado en todo el Imperio, pero que fueron olvidadas en la Galia y en Italia: es lo que sucede con quaerere como sustituto de velle (‘querer’). Actualmente, el francés y el italiano tienen derivados de volere (vulgar por velle), aunque en épocas anteriores la situación pudo ser más parecida a la del castellano moderno. De hecho, el francés antiguo acuñó también el vocablo querre (‘desear, querer’), hoy en desuso.

El arcaísmo del latín español se revela también al demostrar que algunos rasgos de la época clásica, desaparecidos en el resto del Imperio, se conservaron en la península. Por ejemplo, los numerales de decena mantuvieron la acentuación clásica -aginta y derivaron en -enta, frente a lo ocurrido en resto del Imperio, donde hubo un cambio de acento (-áginta) y una evolución posterior a -anta.

Antonio Tovar

Antonio Tovar, al estudiar los aspectos léxicos de los dialectos románicos en el latín hispánico, recoge como portadoras de esos arcaísmos las voces oír, hermoso, mesa, comer, hablar, feo, heder, enfermo, ir, malo, madera, mujer, preguntar, querer (de desear y de amar), trigo, barrer, pedir, ciego, cojo.[8] Si bien insiste en el carácter arcaizante, también trata de conciliar la tesis de la uniformidad del latín vulgar con la de una distinta evolución regional que sería continuación de las diferencias existentes entre los dialectos de los colonizadores. Tovar, en definitiva, cree que existió una unidad primordial que permitía la intercomunicación, pero con una serie de rasgos distintivos de unas regiones que no eran compartidos por otras. Los escritos de los autores romanos contemporáneos a la conquista de Hispania son, en este sentido, una inestimable fuente de información, fuente mediante la cual se pueden rastrear palabras o usos hispánicos introducidos en el latín general. En Catón, por ejemplo, encontramos algunos rasgos reveladores; así, en el campo semántico de la agricultura y de los utensilios, tenemos lebrillo, trapiche (´molino de aceite, luego de azúcar’) y pocillo, palabra que, según Corominas[9], no se corresponde con ninguna otra lengua románica.

Otro fenómeno llamativo es el de las palabras tomadas de la jerga soldadesca que experimentaron un proceso semántico de jerarquización. En Lucilio, por ejemplo, se encuentra rostro, que en principio tenía el valor de ‘morro’ o ‘jeta’. Sucede algo equivalente en varón, cuyos valores eran los de ‘necio’, ‘bruto’, ‘ganapán’, o ‘atleta’, en el sentido peyorativo que hoy damos a grandote. También se jerarquizaron términos como cabeza y pierna desde ‘cabezón’ y ‘pernil’, respectivamente. Para berrido, que Corominas y García de Diego[10] derivarán de uerres ‘verraco’, Tovar tiene una explicación bastante razonable, aunque no definitiva: nos dice que puede tratarse de un vestigio de la voz barritus con la que los romanos designaban el «berrido» del elefante. Cansar y harto pertenecen a estos mismos elementos léxicos.

Desde el punto de vista morfológico sobresalen otros dos arcaísmos, el relativo cuius (‘cuyo’), que se encuentra en la literatura de los siglos de la conquista, y el adverbio demagis (‘demás’). Provienen también de formas antiguas nada, nadie, ninguno y sendos. Nada y nadie son formas que se originaron, por lo visto, en el latín teatral de Plauto y Terencio, en cuyas obras aparece la expresión res nata con el sentido ‘tal como están las cosas’; por su empleo en negaciones, según indica Corominas, pudo adoptar el valor del español actual nada. Nata causa aparece en un documento leonés del siglo X y tiene una semejanza con natus nemo, del cual provendría el antiguo nadi, actual nadie. Para el origen de ninguno, Tovar nos remite a la forma ningulos, que encuentra en Ennio, rechazando la opinión de Meillet, según la cual esta última forma no era más que una invención del poeta.[11]   

  1. Diferencias entre el castellano y el resto de los romances peninsulares

En el siglo XVIII, el castellano y el portugués parecían ser las únicas lenguas romances de la península ibérica. En España también se hablaba el catalán (con sus variedades de Cataluña, Valencia y Baleares), el gallego, dialectos aragoneses, asturianos y leoneses, pero se las consideraba lenguas rústicas y poco dignas de atención. Fuera de las lenguas románicas, el euskera se encontraba en una situación similar. El uso desafortunado del término dialecto, referido a estas lenguas, se utilizó por escrito hasta hace muy poco y, de hecho, persiste aún en ciertos ámbitos. Sin embargo, a partir del Romanticismo comenzó a producirse un renacer de todas las lenguas españolas, tanto en la literatura como en la ciencia, a pesar de las dificultades que la mayoría de ellas ha tenido que sobrellevar.

El catalán y el gallego tienen una serie de rasgos comunes que las diferencian del castellano. En cuanto al vocalismo, la diferencia fundamental es la reacción de la vocal tónica abierta del latín vulgar ante la yod (semiconsonante o semivocal palatal), y la diptongación en general. Así como el gallego no diptonga nunca, y el catalán, o bien no diptonga, o bien diptonga solo ante yod, el castellano diptonga la vocal tónica abierta del latín vulgar, salvo en presencia de la yod. Así, en latín tenemos caelu; en gallego, ceo; en castellano, cielo, y en catalán, cel (con e abierta). Con acción de yod, en latín tenemos pectus; en gallego, peito; en castellano, pecho, y en catalán, pits.

pecho
Pectus / Peito (gallego), Pecho (castellano) y Pits (catalán)

El ya citado Rafael Lapesa ha señalado las coincidencias gallego-catalanas en el sistema consonántico. La g palatalizada y la i consonántica latina iniciales, ante la e o la i átonas, se conservan; en castellano, no obstante, se pierden. Veámoslo en el siguiente ejemplo: el vocablo del latín clásico ianuariu se convierte en ienuario en latín vulgar, en janeiro en gallego, en giner en catalán y en enero en castellano. La f inicial, que se aspira y pierde en castellano, se conserva en gallego y catalán; así, el latín filius se convierte en el gallego fillo y en el catalán fill, pero también en el castellano hijo. Los grupos l más yod, que en castellano dan j (fricativa velar sorda), dan en gallego y catalán la lateral palatal ll, como hemos visto en fillo y fill, frente a hijo, y vemos ahora en el latín oculu, que se convierte en el latín vulgar oc’lu, en el gallego ollo, en el catalán ull, pero también en el castellano ojo. En el grupo latino -kt-, el castellano completa la evolución a ch, mientras que el gallego y el catalán conservan la t en algunos casos; así, el latín octu se convierte en el castellano ocho, pero también en el gallego oito y en el catalán uit; el latín factu se convierte en el castellano hecho, pero también en el gallego feito y en el catalán fet. Los grupos -sc- que, tras las profundas transformaciones llevadas a cabo en la lengua medieval y clásica, en castellano dan z, pero en gallego y catalán dan una prepalatal fricativa sorda (como el sh inglés); así, el latín pisce se convierte en el castellano pez, pero también en el gallego peixe y el catalán peix.

Del mismo modo, podemos observar cómo el castellano presenta en algunas ocasiones una situación intermedia entre el gallego y el catalán. Esto sucede en la evolución de las vocales finales latinas, que el catalán pierde (salvo la a), el gallego conserva y el castellano pierde más que el gallego, pero menos que el catalán, como lo evidencian los ejemplos ofrecidos más arriba. Las distintas etapas de la evolución pueden apreciarse también en otro rasgo del consonantismo. El gallego conserva la l inicial latina, como el castellano, mientras que el catalán la palataliza en ll (lua, luna, lluna); el gallego, además, pierde la n latina intervocálica, que se conserva en castellano y catalán, tal como acabamos de observar. El castellano y el catalán coinciden asimismo en apartarse del grupo nn latino, que dará ñ y ny respectivamente, y que el gallego simplifica en n; así, el latín annu, se convierte en el castellano año y en el catalán any, pero también en el gallego ano.


[1] Estos son los denominados fenómenos de sustrato, que toman su nombre de las lenguas de sustrato (el íbero, el celta, el ligur, el euskera, etc.).

[2] Para ser más precisos, desde la época de Atanagildo hasta la de Suintila, siglos VI y VII.  

[3] Hay que decir, no obstante, que la penetración e influencia real de estos superestratos lingüísticos es bastante discutible, pues parece poco probable que los visigodos, por ejemplo, no hablaran latín, sobre todo, si tenemos en cuenta que su larga migración hasta la península ibérica les hizo recorrer, durante un siglo y medio, el Imperio romano, desde el Danubio al Tajo.

[4] Recordemos que el desembarco romano tuvo lugar en el 218 a. de C.

[5] Véase Rafael Lapesa. , Madrid, Gredos, 1984.

[6] Este vocablo italiano se pronuncia belo, pese a tener la misma grafía del español bello.

[7] De hecho, en las Glosas Emilianenses, plus aspero glosa a asperius. Véase Heinz Jürgen Wolf. Las Glosas Emilianenses, Universidad de Sevilla, 1996.

[8] Cfr. Antonio Tovar. El latín de Hispania. Aspectos léxicos de la romanización. Discurso de ingreso en la Real Academia Española, el 31 de marzo de 1968.

[9] Cfr. Joan Corominas.  (4 vols.), Madrid, Gredos, 2000.

[10] Cfr. Vicente García de Diego. , Madrid, Espasa-Calpe, 1985.

[11] Tovar le responde a Meillet que la forma ningulos también se encuentra en Marcio, y lo demuestra categóricamente..

Una aproximación a las lenguas romances

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
"Por todo sol, la sed", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
"La gratuidad de la amenaza", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
"Íngrimo e insular", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
"La ciudad con Laura", Sediento Editores (México, 2012);
"Elucubraciones de un 'flâneur'", Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, "Leer al surrealismo", fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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