Hace unos días, en el cuarto oscuro, me tocó hacer la foto más difícil de la serie en la que estoy trabajando.
Si bien no era una foto sencilla, tampoco es que tuviera demasiada complejidad. No era un asunto de técnica ni de estética. La razón de la dificultad era que se trataba de mi propia imagen.
Ya los problemas habían comenzado desde el mismo momento de las tomas. Era raro para mí estar del otro lado de la cámara. Tanto que, a pesar de estar tranquilo habiendo depositado con toda confianza mi Hasselblad en manos de la artista Vivian Galban, tuvimos que repetir las sesiones un par de veces. O porque yo no había mirado exactamente hacia donde tenía que mirar. O porque un brillito extraño apareció donde no debía. O porque, al tratarse de mi foto, fui más autocrítico que de costumbre y no había forma de conformarme.
Pero en el laboratorio, era fuerte ver mi imagen proyectada en la base de la ampliadora. Primero aparecieron dificultades para seleccionar el tamaño correcto de la ampliación, luego para enfocar. Mirando la tira de pruebas me cuesta decidir el tono de gris más adecuado para mi piel. De a poco voy seleccionando los tiempos de exposición más adecuados para cada sector de la imagen. Que la sombra de la nariz estaba un poco densa y había que aclararla. Que la luz en una parte de la frente era demasiado brillante. Nada que no pudiera corregirlo apantallando, como lo hice ya una y mil veces. Podría haber elegido hacerlo con cartones, para tener un control más preciso, pero decido hacerlo con mis propias manos, y poder así ir alterando la forma de la máscara durante el apantallado.
Al momento de la copia final dejo que algunos sectores queden en manos del azar (o de mi intuición, o de mi experiencia), y, al no conocer con certeza el tiempo necesario para el resto de la frente, dejo que mis manos lo decidan. También me doy cuenta de que una parte del párpado podría quedar muy clara, y decido en el momento darle un poco más de luz.
Ya no queda más por hacer, pongo el papel en la cubeta del revelador y espero que éste haga su trabajo…
Eternos minutos después, cuando enciendo la luz blanca, la foto descansa aún en el fijador. Tengo miedo de mirarla, pero, en cambio, es ella la que me mira…

















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