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Las nueve musas

El trastero catedralicio del conde Rebolledo

Dedicado a Ignacio de Saralegui y Echevarria

 En el lienzo norte del claustro de la catedral de León, situada entre la antigua capilla de San Nicolás y la escalera plateresca de Juan de Badajoz, se halla una interesante capilla funeraria erigida por el ilustre leonés D. Bernardino de Rebolledo y Villamizar, nacido en 1597 en la popular barriada de Nuestra Señora del Mercado, antigua del Camino, conde del Sacro romano Imperio, señor de Irian, caballero de las órdenes de Santiago y Amaranta, poeta discreto y ejemplar diplomático y militar, muerto en la capital de España un 26 de marzo de 1676, víctima de la enfermedad de la gota. Fueron trasladados sus restos a ésta su capilla el 10 de junio de 1677. (*)

Bernardino de Rebolledo
Bernardino de Rebolledo, aguafuerte y buril de Joaquín Ballester, por dibujo de Rafael Ximeno y Planes, 1791

Así se inicia el artículo La capilla del Conde de Rebolledo en el claustro de la catedral de León (1667-1669), redactado por el fallecido catedrático de Historia del Arte, Dr. Fernando Llamazares Rodríguez y publicado en Tierras de León: Revista de la Diputación Provincial, vol. 24, nº 54, 1984, en el que el profesor lleva a cabo una pormenorizada descripción del artístico mausoleo, joya infravalorada entre las muchas y renombradas que contiene la esplendorosa catedral. Según parece, nunca ha estado abierto a la admiración del público.

En la edición leonesa del diario El Mundo, de fecha 14 de agosto de 2011, Carmen Moreno hace un panegírico del suntuoso conjunto funerario y se lamenta de que el arte y la belleza que posee la última capilla que se construyó en la Catedral sólo se puede intuir. Como no se abre al público, los responsables del Museo han convertido el recinto que atesora los restos del conde de Rebolledo en un improvisado almacén. Apenas se vislumbra la figura orante de quien fuera uno de los más afamados traductores de libros de la época. Sobre su sepulcro se apoya la madera del reloj que hace años se retiró de la torre para dar paso al que construyó la casa Rolex.

Y no es el único elemento almacenado en la capilla. El trono que cada año sale en la procesión del Corpus también se amontona junto a piedras procedentes de la catedral que se han caído, un maletín de herramientas y hasta un púlpito de madera, construido expresamente para la Catedral en el siglo XIX, y que ante la duda de dónde instalarlo una vez que cayó en desuso, alguien optó por arrinconarlo junto a los restos del Conde de Rebolledo y sus descendientes.

Miembros del Cabildo apuestan por retirar todos los elementos almacenados en la capilla y depositarlos en alguna de las estancias vacías que quedan en el cercano seminario. Una vez despejada, se optaría por restaurar la última capilla construida en la Catedral para mostrarla a los visitantes.

En 2017 persistían las buenas intenciones del cabildo catedralicio, aunque la restauración aun no se había iniciado. Bajo el titular “El traslado del Taller de Vidrieras a Dámaso Merino permitirá despejar el mausoleo del Conde Rebolledo, ahora usado de trastero”, Verónica Viñas comunicaba en El Diario de León.es, de fecha 20 de enero, que el administrador de la catedral, D. Mario González, hace años que tiene la capilla en su “lista” de intervenciones. En abril de ese mismo año, en el marco de la muestra Fragmentos medievales: vestigios del canto hispánico, la capilla se habilitó para exponer un fragmento excepcional, único en el mundo, de un manuscrito medieval que contiene partitura de música litúrgica mozárabe. Es un buen comienzo y esperemos que la rehabilitación definitiva obtenga resultados tan favorables como la que se ha realizado en el palacio del conde Rebolledo en Villaviciosa de la Ribera, León, conocido también como “Casa del Marqués”. Se trata de una finca señorial del siglo XVI cuya casa y jardines se encontraban en ruinas en 2009. En la actualidad se ha convertido en una lujosa posada rural que perpetúa el nombre de su antiguo propietario.

palacio del conde Rebolledo
Palacio del conde Rebolledo en Villaviciosa de la Ribera – León (España)

La calidad artística del monumento catedralicio no siempre fue reconocida en el pasado. En 1912, el periodista Francisco del Río Alonso (1883-1976) escribió:  Su enterramiento, que aun no siendo muy artístico, no deja de tener algún mérito, es todo de piedra blanca, de estilo que recuerda el renacimiento, y en su parte superior ostenta el escudo de Rebolledo—un roble, tres cabezas y cinco estrellas en forma de orla—en la parte central, bajo el arco, se halla la estatua orante del conde sobre un almohadón, vestido con el amplio manto de Santiaguista, las manos juntas y todo el continente muy apuesto, delante hay un reclinatorio también con almohadones. En la parte inferior del mausoleo, hay un tarjetón que mide dos metros diez centímetros de alto, por noventa y ocho de lado En ese tarjetón está inscrito un breve resumen de los méritos del finado.

Pero ¿qué clase de vida tuvo D. Bernardino y qué hizo –capilla aparte– para merecer el anhelado premio renacentista de ser recordado por la posteridad?

En el siglo XVIII, uno de sus numerosísimos y fervientes admiradores fue Juan José López de Sedano y Pérez del Tero (1729-1801), autor de la antología en nueve volúmenes  Parnaso Español: colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos (Ed. de Joaquín Ibarra y Antonio de Sancha, Madrid, 1768-1778) en la que no solo coloca a Rebolledo a la altura literaria de Garcilaso, fray Luis de León, Lope de Vega o Quevedo sino que, basándose en los grabados con su retrato –que el conde solía incluir junto al retrato de los personajes, casi siempre regios, a quienes dedicaba sus obras– se atreve a asegurar que era de hermosa presencia y gran gentileza personal, alto y gallardo de cuerpo, el rostro hermoso, blanco (¡), grueso y prolongado, aspecto grave, majestuoso y halagüeño, los ojos vivos, los labios gruesos, el cabello largo y abundante.

ParnasoEn los siglos XIX y XX, la biografía y la obra literaria del conde fueron tratadas in extenso, con diferente criterio, por D. Marcelino Menéndez Pelayo (Obras completas, CSIC, 1940) y por Francisco del Rio Alonso (El conde de Rebolledo y sus obras, Ed. de La Crónica de León, Imp. y Lib. Religiosa de Jesús López, 1927; escrito en 1912 y presentado en los Juegos florales celebrados por el Ateneo leonés en junio del mismo año). La filóloga y etnógrafa Mª de la Concepción Casado Lobato estudió la figura del conde en el artículo Un poeta y diplomático leonés en el siglo XVII. Bernardino de Rebolledo (Revista de Archivos Leoneses nº 57-58, enero-diciembre de 1975). Más recientemente, en 1986, en el nº 62 de la mencionada revista Tierras de León, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Castilla-La Mancha, Dr. Rafael González Cañal, publicó un ensayo intitulado El Conde de Rebolledo y la Reina Cristina de Suecia: una amistad olvidada, que suscitó la curiosidad por un personaje muy destacado en su época y ensalzado en el siglo XVIII, pero muy desconocido en la actualidad. El interés se incrementó tras la publicación de otros ensayos del profesor González Cañal, como La poesía del conde de Rebolledo (Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Madrid, 1990); la Edición crítica de los “Ocios” del conde de Rebolledo (Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1997); El prosaísmo del Conde de Rebolledo (Boletín de la biblioteca de Menéndez Pelayo, LXXXIV, 2008); El conde de Rebolledo y el gusto dieciochesco (Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, nº 21,1996), y El conde de Rebolledo y los albores de la Ilustración (Criticón, nº 103-104, 2008).

Hijo primogénito de los seis –sin sucesión– que engendraron D. Gerónimo de Rebolledo, señor de Irián (localidad situada al noroeste de la ciudad de León, a orillas del Órbigo, donde tenía un castillo) y Dña. Ana de Villamizar y Lorenzana, Rebolledo nació en la casa de la plaza del Mercado de dicha ciudad que hoy lleva el nº 8 y fue bautizado como Bernaldino en la cercana iglesia parroquial de Nuestra Señora del Mercado el 31 de mayo de 1597, reinando todavía Felipe II. Siguió la senda militar de su padre –excombatiente de Lepanto– y a los catorce años (1611) embarcó en Denia rumbo a Italia para servir a Felipe III como alférez de una compañía de Marina en las galeras de Nápoles y de Sicilia. Durante las tres décadas siguientes desarrolló una carrera militar espléndida a las órdenes de diversos gerifaltes: el príncipe Manuel Filiberto de Saboya, sobrino de Felipe III; don Pedro de Leyva; el marqués Ambrosio de Spínola Doria; el cardenal-infante don Fernando y el duque de Lerma, entre otros. Tomó parte en múltiples acciones navales y terrestres de importancia en la costa africana, Grecia, Italia, Francia, Flandes… dando pruebas de su valor y capacidad estratégica. En el sitio de Casale Monferrato resultó gravemente herido en el brazo derecho. Esta ciudad se rindió finalmente a los españoles y, en 1630, el marqués de Spínola encargó a Rebolledo que llevase las llaves del castillo a Madrid para entregárselas a Felipe IV. El rey le dio plaza de gentilhombre de boca de su hermano el cardenal-infante, con el cual se trasladó a Flandes donde se inicia, complementando la militar, su brillante carrera política y diplomática.

En 1636 (según D. Marcelino Menendez Pelayo quien, al igual que López de Sedano, sigue los datos que dio el licenciado leonés Isidro Flórez de Laviada, secretario, primer biógrafo y editor de D. Berrnardino) y no en 1637, como consta en la obra anónima Retratos de españoles ilustres, con un epítome de sus vidas (Imprenta Real, Madrid, 1791), el cardenal-infante le nombró Teniente de Maestre de Campo General de los Ejércitos de los Países Bajos y le encargó solicitar socorros y otras negociaciones diplomáticas con el emperador Fernando II (fallecido en febrero de 1637), el hijo de éste, rey de Hungría y futuro emperador Fernando III, y los electores de Colonia y Maguncia. El emperador Fernando II quedó tan satisfecho con la actuación de Rebolledo que le otorgó el título de conde del Sacro Imperio, concesión que confirmó Fernando III por bula imperial expedida en Praga el 5 de septiembre de 1638. «No menos os habéis ganado para con todos el nombre de generoso y fortísimo soldado, que el de grande y prudentísimo varón», le escribió el nuevo emperador. Don Bernardino, sin embargo, no quiso aceptar el título hasta obtener la autorización de su rey, Felipe IV. La carta-orden dice así:

El Rey. — D. Bernardino de Rebolledo, Señor que decís ser de Yrian, Alcayde de la Tenencia de la Puebla de D. Fadrique, del Orden de Santiago, Gentil-Hombre de la Boca del Serenísimo Cardenal mi hermano y mi Teniente de Maestre de Campo General en Flandes. Siempre holgaré que los naturales de mis Reynos se hallen obligados al servicio del Serenísimo Emperador, mi hermano, y primo, no solo como vasallos míos sino también como favorecidos de su Imperial Grandeza; y así podréis acetar el título de Conde del Imperio, de que os ha hecho merced en consideración de vuestra calidad.

De Madrid, á 23 de junio de 1638. Yo el Rey.    Andres de Rozas.

Margarita de Saboya
Margarita de Saboya

En noviembre de 1640, a la edad de 43 años, el ya conde Rebolledo es nombrado Maestre de Campo General del Tercio de Infantería Española y se le confió el gobierno de la plaza de Frackendal. En esta plaza estuvo sitiado casi dos años, sin recibir socorros, consiguiendo así que el enemigo abandonara el asedio. Se le confirió el gobierno y capitanía general del Palatinado, cargos que compaginó con su participación en conferencias y reuniones con los ministros del Imperio. Luego, se le ordenó personarse en Bruselas y, en 1647, se le concedió licencia para continuar prestando servicios en España.

Entre 1618 y 1648, los trastornos provocados por la terrible Guerra de los Treinta Años –iniciada como guerra de religión y evolucionada como guerra de intereses geopolíticos– habían determinado la vida de D. Bernardino y también habían hecho tambalearse el orden interno de la monarquía hispano-lusa con la sublevación de Cataluña y subsiguiente guerra de los Segadores (1640-1652) que, a su vez, estuvo en el origen de la sublevación y posterior independencia de Portugal: cuando el conde-duque de Olivares –factótum de Felipe IV– reclamó tropas portuguesas para reprimir el alzamiento catalán, los portugueses, apoyados por Francia, se negaron en redondo, arrestaron a la gobernadora, Margarita de Saboya, asesinaron al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos y entronizaron al príncipe Juan de Braganza como Juan IV de Portugal. España no reconocería la independencia portuguesa hasta 1668.

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Y es en este contexto cuando D. Bernardino, que se dirigía a combatir la insurrección en Lérida, recibe instrucciones del rey para que cambie el destino y se traslade a Westfalia, Alemania, donde se estaban ultimando las negociaciones para la paz en Europa. También se le indicaba que, una vez finalizas las negociaciones para la paz, debía dirigirse a Dinamarca en calidad de ministro plenipotenciario.

Así pues, D. Bernardino tuvo el privilegio de participar en los tratados de paz de Osnabrück y Münster, firmados, respectivamente, en mayo y octubre de 1648 por el Sacro Imperio, España, Francia, Suecia, Dinamarca, Confederación Suiza –que ve reconocida su existencia como entidad estatal independiente por primera vez– y las Provincias Unidas (Paises Bajos) –cuya independencia es ahora reconocida por España. Con la trascendental paz de Westfalia se inaugura un nuevo orden europeo que se asienta en el concepto de soberanía nacional e integridad territorial, ideas que darán nacimiento al Estado–nación.

En Copenhague el conde se hizo cargo de la embajada de España y permanecerá en ese cargo durante once años, desde 1648 a 1659, ganándose una gran estimación de los reyes daneses y su corte. Aunque ya es cincuentón, Rebolledo encontrará en Dinamarca la atmósfera adecuada para emprender una prestigiosa carrera literaria que va a compaginar, a la manera renacentista, con su trayectoria militar y diplomática. Es más que probable el decidido apoyo que para ello recibió de la reina danesa (o dánica como él diría) Sofía Amalia de Brunswick-Lüneburg. A la llegada del embajador español a Copenhague, la esposa de Federico III de Oldenburg tenía veinte años y su marido acababa de ascender al trono de forma inesperada. En junio de 1647 había fallecido el príncipe heredero Cristian, hermano mayor de Federico, y en febrero de 1648 había muerto el prolífico rey Cristian IV, padre de ambos, que tuvo veintiún hijos reconocidos.

Desde el primer momento, Sofía Amalia dedicó sus esfuerzos a vengarse de sus cuñadas morganáticas y a refinar la corte danesa hasta convertirla en una de las más fastuosas de Europa. Sin llegar al mismo nivel ni mucho menos, emulaba el ejemplo de su mítica vecina y enemiga, Cristina de Suecia, dos años mayor. Amante de la moda francesa –asunto que traía sin cuidado a Cristina, que prefería vestirse con ropa masculina– la literatura, la música y el arte, y con un marido introvertido que le llevaba veinte años, la reina Sofía organizaba frecuentes cacerías, obras de teatro, conciertos y bailes de disfraces, sin dejar de intervenir en las decisiones políticas. Rebolledo pronto se sumergió en la vida oficial como un elemento sobresaliente. Se le cedió el uso de un palacio en Ostergade y fue autorizado a celebrar misas católicas en la sede diplomática. Era invitado a participar en todos los eventos. Él correspondió defendiendo siempre los intereses del país anfitrión, como ocurrió durante las dos guerras sueco-danesas (1657-1658 y 1658-1660) en la última de las cuales Copenhague sufrió un sitio prolongado; Rebolledo participó también activamente en las negociaciones de la tregua. Su arraigo en Dinamarca fue intenso y dedicó a la reina dos de sus obras, Selvas Dánicas, que es una versificación de la historia de Dinamarca, y Ocios del conde D. Bernardino de Rebolledo, señor de Irián, compendio variado de poemas amatorios, epigramas, cartas, entremeses, etc.

Pero el conde era un modelo de caballero cortesano y se ganó también la consideración y los favores de la reina de Cristina de Suecia, sin duda la testa coronada más famosa del siglo XVII, a la que él bautizó como Minerva. Se cree que fue el conde quien influyó de manera decisiva en su estrepitosa abdicación y conversión al catolicismo, según se desprende de la carta que envió, el 30 de marzo de 1656, a su tío don Pedro de Castro, Capellán de S. M., Prior y Canónigo de la Santa Iglesia de León que se reproduce a continuación:

Tío y Señor mío: Recibo con sumo gusto la enhorabuena, que en su carta de 10 del pasado Vmd. se sirve de darme, de la conversión de la Serenísima Reina Cristina de Suecia, y aunque el responder con la individualidad que Vmd. desea, a lo que en ella me pregunta, no es materia de poca dificultad, el acierto de obedecer hará mérito aun del errar. Y pues el estado de las cosas nos permite hablar ya sin embozo, diré ingenuamente lo que entiendo. Pasando por esta corte, de vuelta de la de Suecia, un calvinista francés, tenido de algunos por docto (el filósofo e historiador Claude Saumaise), se refirió en mi mesa a la censura que la Reina había hecho de él, y admirándola los religiosos que comían conmigo, discurrieron en que Princesa de tan alto ingenio y tan buenas noticias, si se las diera de nuestra religión algún buen teólogo, sin duda se redujera a ella. Y el Padre Godofrido Franken de la Compañía de Jesús, persona de gran virtud y bastante resolución para emprender cualquiera cosa que de difícil pase a imposible, como lo mostró hasta en su muerte, se determinó luego a hacer el viaje. Tuvo gratas audiencias de la Reina, que le mandó se quedase con ella, en el traje de seglar que llevaba. Él le pidió licencia para venirlo a tratar conmigo, a lo que le respondió: “Id, que yo sé que ese buen caballero no os lo estorbará“. De todo lo que este Padre refirió, di cuenta al Rey nuestro Señor, y le volví luego a enviar con carta mía y otra que S. M, me escribió en favor del comercio de Suecia y España y un libro manuscrito de algunas materias morales, a lo que me respondió la Reina en 10 de diciembre de 1651 esa carta de su mano, en francés, que va traducida a la letra:

“M. Las urbanidades de que tan liberal usáis conmigo me cogieran de susto, si pudiera ignorar lo que toda vuestra nación venera las damas y personas de mi calidad; y no sé, M., si debo alabar mi buena dicha, o tengo más causa de quejarme de mi desgracia, habiéndome aquélla recientemente procurado el bien de significaros la estimación que hago de vuestros méritos, y está dispuesto que hasta ahora os haya yo sido inútil. Mas no quiero dolerme de un mal pasado, sino gozando del presente bien deciros que he aceptado con mucho reconocimiento las seguridades que me dais de vuestro buen afecto, pidiéndoos creáis que estimo, como debo, el libro que me enviasteis, y aunque no le entiendo aún bastantemente para darle todo su precio, estoy tan persuadida de la excelencia de vuestro ingenio que no cabe en mi imaginación que ninguna obra suya sea indigna dél. Además desto, me valdré de la ocasión que me habéis producido, para protestaros que, de aquí en adelante, haré todo lo posible por adquirir la dicha de poseer la amistad de un tan gran Monarca como el Rey vuestro dueño, y espero que él no rehusará esta satisfacción a una Princesa que pretende ser, en algún modo, digna de posesión tan gloriosa; y os quedaré muy obligada si me hacéis el buen oficio de asegurarle de la sinceridad deste mi sentimiento. Yo soy Cristina”.

El desdichado Felipe IV –que había salido tan mal parado de la Guerra de los Treinta Años, había perdido a su esposa Isabel de Borbón en 1644, a su hijo Baltasar Carlos, con 17 años, en 1646 y había contraído nuevo matrimonio con la joven prometida de éste, Mariana de Austria– propició la conversión de Cristina con todos los medios a su alcance y le ofreció su protección. En agosto de 1652 envió a la corte sueca como embajador de España –el primero en muchas décadas– a D. Antonio Pimentel de Prado, hermano del conde de Benavente y pariente de Rebolledo. Según las crónicas cortesanas, era un hombre apuesto de 48 años y, aunque llegó a Suecia con su esposa e hijos –y un ostentoso séquito de 50 personas– la reina pronto le convirtió en su confidente y amante. Él fue un factor decisivo en la preparación de la abdicación, la conversión y el traslado de residencia de Cristina a Roma. En 1654, poco antes del regreso de Pimentel a Madrid, Cristina le invistió como primer caballero de la Orden del Amaranto que ella había creado, en cuyas cláusulas se refleja la complejísima psicología y la fobia de esta mujer hacia la institución matrimonial: los quince caballeros y las quince damas del Amaranto se comprometían a no contraer matrimonio o, de haberlo hecho, no podrían volver a casarse. Rebolledo recibiría el favor de ser admitido en la Orden del Amaranto por la Gran Maestre Cristina después de haberle dedicado sus dos obras Elegías Sacras y La Constancia Victoriosa, versión española del Libro de Job y el Libro de las Lamentaciones, respectivamente. Menéndez Pelayo considera que ambas traducciones son obras maestras: “Uno de los monumentos más grandes de nuestro Parnaso lírico en el siglo XVII”.  “Como poeta, ha dejado en su traducción de los Trenos de Jeremías (Lamentaciones) un modelo que vivirá tanto como viva la lengua castellana”. Sin embargo, no opina lo mismo de Selva Militar y Política, tratado versificado sobre esas dos materias que el conde dedico primero al rey de Romanos, Fernando IV, y luego amplió para dedicárselo al príncipe Carlos de Austria (futuro Carlos II). Aunque no llegó a conocer personalmente a Rebolledo, la reina de Suecia estuvo siempre agradecida por las atenciones cortesanas del conde y en especial porque le envió a su propio confesor, el dominico Juan Bautista Güemez, quien la instruyó en la fe católica y terminaría siendo su confesor por algún tiempo.

La solemne ceremonia de la abdicación por la que Cristina entregaba la corona sueca a su primo Carlos X Gustavo se celebró el 6 de junio de 1654. Poco después, ella llegó a Amberes donde recibió de las autoridades españolas un trato privilegiado. En diciembre pasó a Bruselas y allí hizo profesión de la fe católica en manos del padre Güemez y en presencia del archiduque-gobernador, Leopoldo Guillermo de Habsburgo, del embajador Pimentel y de algunos próceres. La ceremonia fue tan secreta que –como escribió Rebolledo– ni noticia ni sospecha se tuvo de ello. Pimentel comenzó a preparar el imponente séquito español que acompañaría a Cristina en su traslado a Roma al año siguiente. La espectacular comitiva se puso en marcha en septiembre de 1655, pero se dirigió primero a Innsbruck donde, el 3 de noviembre, se celebró –como condición del nuevo papa Alejandro VII para recibir a la reina en Roma– una ceremonia de abjuración pública y solemne. La entrada triunfal en la Ciudad Eterna se efectuó el 23 de diciembre.

Las andanzas de Cristina suscitaron el interés de todas las cortes europeas y en particular de la corte española. Felipe IV quería recibir a su real ahijada en Madrid y para ello se hicieron preparativos extraordinarios, entre los que se incluye la obra ex profeso de Calderón de la Barca La protestación de la fe, que no se llegó a estrenar porque Cristina dio un giro inesperado a su alianza con Felipe IV y se puso del lado de Francia. Pero antes de que ocurriera esa mudanza, Cristina y Felipe se habían intercambiado regalos y se habían prometido eterna amistad. Entre los regalos de Cristina de Suecia al rey de España sobresalen las dos tablas de Alberto Durero, Adán y Eva, que habían formado parte del botín de los suecos tras el saqueo de Praga y que, en Madrid, fueron colgadas de inmediato en las bóvedas de Tiziano del real Alcázar, donde Felipe conservaba su apreciada colección de desnudos. También le regaló magníficos retratos de ella misma. El de Sébastien Bourdon que representa a la reina a caballo ahora también forma parte de las colecciones del museo del Prado. Felipe le envió a ella, extraordinaria amazona, treinta corceles españoles y la reina Mariana de Austria muchas curiosidades preciosas de las Indias y muchas cosas de olor, como nos cuenta el clérigo chismoso Jerónimo de Barrionuevo de Peralta –periodista del corazón avant la lettre– en sus Avisos o noticias de la Corte dirigidos a un amigo de Zaragoza, también clérigo (Avisos de Jerónimo de Barrionuevo (1654-1658); edición y estudio preliminar de A. Paz y Meliá, Madrid; Atlas, 1968).

Alberto Durero, Adán y Eva

No parece que Barrionuevo haya sentido la menor simpatía por la reina sueca: La reina de Suecia ha escrito al rey una elegantísima carta […] Pídele le señale en Italia algún lugar ameno y de recreación, donde dicen quiere retirarse […] Solo le falta que se le antoje le haga algún hijo el rey, que en esto de bastardos tiene muy buena mano, y en los legítimos una dicha muy corta (I: 211). Mucho se parece el modo de esta reina a la de Saba […] Mire no se le antoje lo que a la otra, que el rey es para todo y la cumplirá. Al parecer, Cristina esperaba que Felipe IV le ofreciera la gobernación de Flandes o de algún territorio en Italia y, al sentirse defraudada, colgó en su sala de audiencias romana el retrato de Luis XIV. Se deshizo del séquito español y rompió su relación con Pimentel en 1656; le echó de su lado de malas maneras, con el lenguaje vulgar que solía utilizar y que Barrionuevo se atreve a reproducir: ¡Sois un pícaro gallina, ladrón, infame y mal caballero! El desenfadado clérigo epistológrafo también comunicó que La reina de Suecia se salió tan presto de Roma por hallarse embarazada de un cardenal que la festejaba y que estando para ir a Francia […] se detiene a desbuchar en Hamburgo […] Es mujer: no me maravillaré que sea verdad […] Dícese va embarazada de cuatro meses del cardenal Lomelin (Azzolino), mozo gallardo y de lindo talle y disposición. Si se le fue en Roma el pie no me maravillaré se haya asentado, que otras tan grandes señoras como ella lo han hecho. Lo que el conde de Rebolledo no pudo imaginar es que Cristina llegaría a afirmar: Cierto es que la Iglesia debe de estar gobernada por el Espíritu Santo pues, desde que vivo en Roma, he conocido a cuatro papas y os aseguro que ninguno de ellos tenía ni un ápice de sentido común. Pronunció esta frase después de haber ordenado en Francia, en noviembre de 1657, el asesinato de su amante y caballerizo mayor, el marqués de Monaldeschi, cuyo palacio romano había adquirido Felipe IV para sede diplomática (actualmente, la más antigua del mundo). El crimen mereció la reprobación de toda Europa y la siguiente frase del papa Alejandro VII: Es una mujer nacida de un bárbaro, criada en la barbarie y viviendo con pensamientos…bárbaros y un orgullo feroz y casi intolerable. La presencia de Cristina se convirtió en incómoda y la frase del papa sitúa la imagen de la pequeña, rechoncha, ligeramente jorobada ex reina lejos del exquisito espíritu y atractivo físico del personaje que interpretó Greta Garbo en la mítica película de Rouben Mamoulian, Queen Christina, de 1933, y más lejos aun de las luces celestiales que Rebolledo le atribuye en su soneto “Arde el Báltico mar”, escrito en Copenhague tiempo atrás, cuando él tuvo noticia de que la reina de penetrantes ojos azules había sufrido un percance en un desembarco y había caído –sin consecuencias- a las frías aguas nórdicas:

Arde el Báltico mar, cuyos cristales,
luminosos reflejos dan al suelo
desde que aposentaron en su hielo
de Cristina las luces celestiales.

Pervertidos los términos fatales,
del uno al otro opuesto paralelo
incluyó breve golfo tanto cielo
en asombro común de los mortales.

Y lustradas de puros esplendores
brotan de Tetis las cavernas hondas
de perlas rica numerosa suma,

y ceñido de cándidos fulgores
vuelve a nacer el sol entre las ondas
y Minerva, cual Venus, de la espuma.

Ya establecido en Madrid, don Bernardino siguió ocupando cargos oficiales bien remunerados que le permitieron financiar su capilla funeraria. Sin esposa ni hijos, tenía fama de ser uno de los funcionarios más ricos del reino. En 1662 fue nombrado ministro del Supremo Consejo de Guerra. En septiembre de 1665 falleció Felipe IV, al que había dedicado su obra Selva sagrada o rimas sacras, pero la reina Mariana de Austria (a la que había dedicado Idilio sacro, una versificación mediocre de la pasión de Cristo), le nombró ministro de la Junta de Galeras en 1670 y, al año siguiente, representante de esa Junta para tratar los asuntos de Ceuta.

En 1672 otorgó un testamento en el que destinaba una considerable cantidad de ducados para socorrer a doncellas pobres que llevasen alguno de sus apellidos y una cantidad menor para otras doncellas ajenas a su familia. Falleció el jueves 26 de marzo de 1676, a los 79 años. Por su expreso deseo, fue provisionalmente sepultado en la capilla de Nuestra Señora de los Remedios en el convento de los Mercedarios Calzados de Madrid, a la espera de su traslado al mausoleo de León que bien merece ser visitado. La Iglesia Católica debe la restauración de su sepulcro al diplomático que facilitó la tolerancia y la extensión del culto católico en el reino de Dinamarca.


(*) El texto completo del artículo, complementado con varias fotografías en blanco y negro.

José Antonio Álvarez-Uría Rico

José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).

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