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Las nueve musas

Disquisiciones acerca del dialecto

¿Es el dialecto la variante corrupta de una lengua? ¿Puede un dialecto aportarle a una lengua elementos que contribuyan a su eventual evolución? ¿Son las lenguas dialectos en sí mismas?

En este artículo procuraremos responder de la mejor manera estas preguntas.

  1. Definiciones, ideas, conceptos

Aquel que consulte el significado de la palabra dialecto en la vigente edición del DLE se encontrará con dos acepciones, una general y otra más específica. La primera dice lo siguiente: «Variedad de un idioma que no alcanza la categoría social de lengua»[1]; la segunda, esto otro: «Sistema lingüístico considerado con relación al grupo de los varios derivados de un tronco común»[2]. La primera acepción encierra la idea de que un dialecto es menos importante que una lengua, idea que, como veremos enseguida, no es del todo acertada. La segunda acepción, por el contrario, es a todas luces conveniente.

Tesoro de la lengua castellana o española
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Ahora bien, hay que aclarar que el concepto de dialecto no siempre fue el mismo. Para Bartolomé Jiménez Patón, por ejemplo, «la propiedad de una lengua no sólo se conoce en que tiene vocablos propios, sino en que tiene dialecto y frases propias»[3]. Lope de Vega parece entender el concepto en cuestión de igual manera en estos versos: «Ampliar la lengua propia es cosa urbana; / adulterarla es bárbaro defecto, / porque su idioma y cándido dialecto / con voces peregrinas se profana»[4]. Ambos autores, por lo visto, consideran el dialecto como un elemento de la lengua, y no cualquier elemento, sino uno relacionado con la pronunciación o dicción. La definición que Covarrubias consigna en su Tesoro corre en idéntico sentido: «lo que es particular en cada lengua y propio suyo, por donde distinguimos el castellano nuevo y viejo, el andaluz y los demás, que, aunque hablan un mismo lenguaje castellano tienen alguna manera de pronunciación o formación de vocablos en que los distinguimos unos de otro»[5].

Si nos atenemos a lo escrito por estas ilustres plumas del pasado, deberíamos suponer que, para constituir un dialecto, bastaría con la aspiración de la h en algunas regiones de España, o la supresión de la s final, o la pronunciación más abierta de la a acentuada, lo que sería poco menos que un equívoco, ya que cuando se trata de escribir estos sonidos se emplean las letras comunes y corrientes, letras que solo tienen signos especiales en el alfabeto fonético de los lingüistas. Distinto es cuando se observan cambios de letras, por ejemplo, de a por e, como el que caracterizaba a algunos dialectos griegos, o como el que vemos en los casos en barraquera por verraquera, lagaña por legaña, etc. Es justamente en estos cambios donde el filólogo debería detenerse.

Con todo, precisar el concepto de dialecto ha sido siempre un asunto complejo para los filólogos, ya que exige una correcta caracterización del territorio en el que se lo habla,[6] datos exactos de su filiación histórica y una serie de estudios acerca de las actitudes lingüísticas de los hablantes involucrados. []Asimismo, se necesita manejar una cantidad significativa de información respecto de la lengua con la que el dialecto en sí se relaciona. Es fácil imaginar que un proceso como el descrito ofrezca dificultades la mayoría de las veces.

  1. El dialecto como problema filológico
Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos
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Durante mucho tiempo costó dar una definición exacta del término que aquí nos ocupa. Se ha dicho, por ejemplo, que se deberá llamar dialecto al conjunto de variantes gramaticales de una lengua cualquiera que no afecten a las radicales, y en especial a las de los nombres y verbos. De acuerdo con esto, bastaría hacer un recuento de estas dos clases de palabras para establecer una diferencia entre una lengua y un dialecto. Eso si no mencionamos notables excepciones, como la de los dialectos griegos, que sí afectaban a la radical.

Se ha dicho, además, que los dialectos son diferentes formas de una lengua, lo que daría a entender que la lengua es algo así como una síntesis superadora de la suma de dialectos agrupados en un territorio o región. El proceso sería en tal caso una especie de competencia o rivalidad entre los distintos dialectos de una región, hasta que uno de ellos logre imponerse sobre los otros, alcanzando la categoría de lengua y arrastrando a los demás. Si bien esta preeminencia parecería estar justificada por la historia, la teoría no deja de ofrecer ciertos flancos débiles. En primer lugar, debe pensarse que un dialecto no se convierte en lengua sin los aportes de otros que con él coexisten, aportes que no son solo léxicos, sino también fonéticos. Por ejemplo, el dialecto mozárabe le presta al castellano la pronunciación de la s latina como la x bable o asturiana en voces como xabón, hoy jabón; el andaluz le presta su pronunciación de la f como h, que empieza siendo aspirada, pero termina siendo muda, y en un período más moderno se vuelve a aspirar transcrita con j, como en jamelgo, de famelicus; otros dialectos le aportan al castellano voces en mayor o menor abundancia, como el leonés y el navarro-aragonés.[7] En segundo lugar, es imposible asegurar que no se efectúa asimismo el fenómeno contrario, o sea, el de que una lengua se descomponga en varios dialectos; sabemos, por ejemplo, que la lengua hablada en Islandia es la misma que hace siete siglos llevaron allí los noruegos, y que permanece inmutable por el relativo alejamiento de la isla; pero, en el continente, del noruego se ha derivado el sueco, por las influencias dialectales, y ha llegado a constituir una lengua aparte.

Debe recordarse, por lo tanto, que, en naciones civilizadas y con una literatura propia, la extendida vida en sociedad ayuda a conservar el idioma una vez fijado; pero, aun así, la evolución constante de las lenguas puede hacer —no solo por razones fonéticas, sino también morfológicas— que surjan distintos dialectos.

  1. ¿Corrupción o perfeccionamiento?
Dialectología española
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Se ha combatido a los que afirman que los dialectos son corrupciones de una lengua, por confundir a estos con las germanías, jergas y otras maneras viciosas de expresar las ideas. Esto obedece indudablemente a que se le da a la palabra corrupción un sentido peyorativo que no debería tener. Si la tomáramos en el sentido que le da Nebrija («las unas [letras] passan i se corrompen enlas otras»[8]), es decir, de transformación, las interpretaciones serían otras.

Ya el padre Feijoo, que en tantos asuntos se anticipó a su tiempo, veía en los dialectos algo más que una corrupción de la lengua madre, y se negaba, contra el parecer de algunos, a apreciar el valor de aquellos por el menor o mayor desvío de esta. Transcribo unas líneas, a mi entender, por demás elocuentes: «[…] la corrupción, de que se habla, no es propia, sino metafóricamente tal. […] porque aunque pueda llamarse corrupción aquel perezoso tránsito, conque la lengua original va declinando al dialecto; pero después que éste, logrando su entera formación, está fijado, ya no hay corrupción, ni aun metafórica»[9].

Incluso, en ocasiones, aquello que llamamos dialecto implica un perfeccionamiento de la lengua originaria. El mismo padre Feijoo lo dice de manera inequívoca en el siguiente fragmento: «Y así como a veces sucede que, no obstante la corrupción que precedió en la introducción de la nueva forma, el nuevo compuesto es más perfecto que el antecedente, podría también suceder que, mediante la corrupción del primer idioma, se engendrase otro más copioso y más elegante que aquel de donde trae su origen»[10] 

  1. La difusa división entre lengua y dialecto
Gramática sobre la lengua castellana
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Por todo lo dicho, se cree que no es posible trazar una línea divisoria entre el concepto de lengua y el de dialecto, pues, en puridad, no hay ninguna lengua que no pueda a su vez considerarse dialecto.[11] Tampoco puede sostenerse, como algunos pretendieron, que ambas calificaciones de lengua y dialecto se deban aplicar según exista o no una literatura del habla correspondiente. En tal caso no podría llamarse lengua a la mayoría de las que se hablan en el mundo. Que la literatura contribuya a la fijación de una lengua es algo que nadie puede poner en duda, pero de ahí a negar la categoría de lengua a las hablas que no gocen de aquella, me parece demasiado.

Que quede claro que, al hablar de categoría, no pretendo darle a la voz un matiz de superioridad, pues, en lingüística, la lengua no tiene ninguna primacía sobre el dialecto. De hecho, son precisamente los dialectos los que ofrecen mayor interés para esta disciplina, por constituir el manantial caudaloso y fecundo que va a nutrir la lengua, la vena popular que, en su fluir constante, logra enriquecer el habla culta, otorgándoles a nuestros diccionarios nuevo material. Al respecto, decía William Whitney: «En el habla vulgar, que es poco exacta, se quiere hacer distinción de grado y de importancia entre ambas voces, y se da nombre de lengua a la literaria de un país y a las inferiores el de dialecto. Para el uso corriente pueden ser convenientes estas acepciones; pero fuera de él son inaceptables, y no tienen cabida en la ciencia lingüística»[12].

En cuanto al origen de los dialectos, sospecho que debe buscarse en la gran tendencia a la variedad del lenguaje humano. Todos hemos podido advertir que cada individuo tiene una forma peculiar de expresar sus pensamientos, una preferencia por tales o cuales palabras, que, cuando se exagera, produce ridículas muletillas o repeticiones. Estas expresiones se transmiten al lenguaje familiar, que muchas veces crea voces o modos adverbiales por la influencia de una equivocación graciosa, de un cuento, de un incidente risible. Algunas de estas palabras, cuando son verdaderamente un acierto, llegan a penetrar en otros hogares, y la misma vida en sociedad se encarga después de ampliar el círculo. Pues bien, la agrupación de estas voces, giros o cambios fonéticos da origen al dialecto, y la sola existencia de este, como ya hemos visto, contribuye a delimitar una lengua, y no solo la propia, sino también a veces las ajenas.


[1] Real Academia Española (2018). Diccionario de la lengua española (en línea), Madrid. Consultado el 21 de junio de 2019.

[2] Ibíd.

[3] Bartolomé Jiménez Patón. Elocuencia española en arte, Barcelona, Puvill, 1993.

[4] Félix Lope de Vega y Carpio. «Reprehende el poeta los que hablan aflautado», en Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, Madrid, Clásicos Castalia, 2005.

[5] Sebastián de Covarrubias Horozco. Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2006.

[6] El concepto de dialecto es inseparable del de territorio o región. Los dialectos se hablan en una determinada región, en un determinado territorio. Es por eso por lo que la situación geográfica de un dialecto determina, más que ningún otro dato, su ascendencia lingüística.

[7] Véase Alonso Zamora Vicente. Dialectología española, Madrid, Gredos, 1978.

[8] Antonio de Nebrija. Gramática sobre la lengua castellana, edición, estudio y notas de Carmen Lozano, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011.

[9] Benito Jerónimo Feijoo. «Paralelo de las lenguas castellana y francesa», en Teatro crítico universal, Madrid, Cátedra, 2006.

[10] Ibíd.

[11] Recordemos que en lingüística se llama dialecto a cualquier lengua en cuanto se la considera en relación con el grupo de las varias derivadas de un tronco en común.

[12] William Dwight Whitney. Vida y desarrollo del lenguaje, Santiago de Chile, Ediciones Universitarias, 1990.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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