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Alarcos: escenario antes de la batalla

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La villa de Alarcos se encontraba a cuatrocientos pies sobre el río, en la cima del monte del mismo nombre; este pertenece a una de las últimas estribaciones de Sierra Morena que se adentran en el sur de las tierras de Castilla hasta la orilla del Guadiana, que lo rodea por el oeste.

El lugar es estratégico pues se sitúa además en la antigua calzada romana que unía Mérida con Toledo, a menos de tres leguas de Calatrava, ciudad que, en los momentos que hubieron de vivirse en julio de 1195 d.C., era el principal enclave de toda aquella comarca y la llave de Toledo.

Alarco
Santa María de Alarcos y Puerta de Calatrava-grabado Francisco Javier Parcerisa (1853)

Alarcos ya tenía un peso histórico aquel verano en que la Historia volvió a señalarla: ciudad ibérica de importancia, fue relevante centro de la Oretania, llamada Laccuris por Ptolomeo y Larcuris por los romanos. Después perdió entidad durante un largo periodo —durante siglos perteneció a la España musulmana sin grandes hechos y sin sobresaltos—, pero volvió a recobrarla cuando estas tierras se convirtieron en fronterizas, y tan pronto ganaban la plaza los árabes, como eran desalojados y se instalaban en ella los cristianos[1].

 En 1187, cuando los caballeros de la Orden de Calatrava se aposentaron en los castillos de Caracuel y Almodóvar, el rey de Castilla, Alfonso VIII, decidió revitalizar y ampliar la villa de Alarcos. Tres años más tarde, en 1190, cuando el arzobispo de Toledo, don Martín López de Pisuerga, en compañía del Maestre de la Orden de Calatrava y sus caballeros hicieron una razzia por tierras andaluzas y llegaron a amenazar a la misma ciudad de Sevilla, don Alfonso se estableció en Alarcos para estar presto en el caso de que fuese menester su auxilio, y aprovechó para acelerar las obras de la nueva muralla ante el riesgo de que los muslimes resolviesen atacar en respuesta a la provocación del arzobispo. Entonces concedió la Encomienda de Alarcos a don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, de linaje preclaro y probada lealtad al rey Alfonso.

La ciudad se había ido extendiendo desde el noreste hasta el sur por el exterior del castillo, ocupando la meseta superior y desparramándose por lo más alto de las laderas. Había crecido tanto que el número de viviendas exteriores ya multiplicaba por nueve o diez veces a las del interior. Por ello, para proteger a la nueva población que se acrecentaba sin cesar, el rey mandó levantar un segundo anillo de murallas de diez mil pies de perímetro, que aún no se había logrado rematar, y proseguían las obras a marchas forzadas, pues faltaban para cerrar el contorno algún lienzo en la cara noreste y otro en la sur, donde con toda certeza iba a situarse una de las puertas.

Plano de Alarcos
Plano de Alarcos

La villa de Alarcos se esparcía, por tanto, a lo largo y ancho de las 33 hectáreas intramuros, que abarcaban asimismo la iglesia en el ángulo noreste, junto a una de las puertas, y la fortaleza, enclavada al suroeste del recinto y al borde del barranco, cuyas paredes, escarpadas y cubiertas de vegetación, lamía el río Guadiana.

La pequeña iglesia, consagrada en honor de Santa María, se levantaba en el extremo nordeste, cerca de la muralla exterior y junto a la puerta de Calatrava. Era de gran sencillez, sostenida por elegantes columnas románicas, pero con un cierto aire bizantino, coronadas por capiteles en forma de cono invertido. La nave central hallábase cubierta por austero artesonado. Disponía el templo de dos accesos: una puerta, en el extremo contrario al altar, miraba de frente al castillo, y otra, en la nave lateral derecha, quedaba casi encarada a la puerta de Calatrava de la muralla.[2]

Alrededor de mil seiscientos pies separan el templo y el castillo, y entre ambos extendíase la espaciosa plaza cercada de viviendas y callejas.

Castillo
Parque Arqueologico de Alarcos Castillo

En el interior del castillo no había alcázar, sino pequeñas viviendas en estrechas callejuelas, un patio de armas central, servicios como aljibe, hornos, fragua, capilla y una edificación grande, de piedra, donde radicaba la sede del Concejo y la alcaidía; esta casona disponía del torreón más elevado de todo el conjunto de nueve torres, coronado en aquel momento por la enseña de Castilla, y se comunicaba con una de las dos torres pentagonales con que contaba la fortaleza, que también habían sido erigidas por orden del rey Alfonso VIII con el fin de reforzar la muralla y aumentar la seguridad del recinto; una de ellas era además torre albarrana[3].

La fortaleza era de forma rectangular, siendo sus dos lados más largos de unos cuatrocientos pies aproximadamente, y los más cortos, de unos doscientos cuarenta. Se abría al exterior por una puerta principal —emplazada en el centro del lado sureste, defendida por tres torreones, una liza y un foso—, y dos portillos, uno en el centro del lado suroeste, junto a una de las torres pentagonales, y otro en su cara norte. Las viviendas del castillo eran vetustas, demasiado pequeñas y no disfrutaban de vistas, ya que los altos muros circundantes lo impedían.

Mirando desde las almenas de la fortaleza, a la izquierda queda el Cerro del Despeñadero —donde en los días previos a la gran batalla del 19 de julio de 1195 se instaló el campamento cristiano—, al frente los huertos de Poblete y su caserío, que se adivina entre los olmos, la ancha planicie, y a la derecha los últimos montes de la vecina sierra de las Loberas, que ocultan a la vista la villa y el castillo de Caracuel, sin embargo tan inmediatos; y en el centro de todo este panorama, el Cerro de la Cabeza, rodeado de una gran masa boscosa.

 Así mismo, desde las almenas se divisaba Galiana; era esta una almunia con una edificación árabe que fue Palacio de recreo de príncipes agarenos. Fue levantada en recuerdo de la perdida y añorada Galiana de Toledo (después de que en 1086 Alfonso VI conquistó dicha ciudad), y, por ello, diósele su mismo nombre y se construyó a la vera del Guadiana y a poco más de cuatro mil pies de Alarcos, siendo engalanada por la naturaleza en la fértil ribera del río. Algo más allá también se divisaba el castillo de Benavente y, muy cerca de él, la villa de Alcolea. Benavente por aquellas fechas era uno de los castillos que se contaban entre las posesiones de los Calatravos y en permanente contacto con Alarcos. A partir de 1212, tras la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa, aumentaría la población de su puebla, y más aún en 1570 con los moriscos procedentes de Granada, conversos en su mayoría. Se despobló tras la expulsión de los moriscos de España y, finalmente, desapareció.

Alrcos Hacia el norte de Alarcos, a poco más de una legua, estaba el Pozuelo de Don Gil, un sencillo caserío que no llegaba a aldea —en él fundaría Alfonso X el Sabio un siglo más tarde Villa Real, que con el tiempo se convertiría en Ciudad Real— y, próxima a él, descollaba su Atalaya. A menos de tres leguas en dirección norte, en línea con la Atalaya y Alarcos, se encontraba la poderosa y muy fortificada ciudad de Calatrava. De tal modo se comunicaban visualmente, que podían transmitirse por medio del fuego de las almenaras las nuevas más apremiantes y, de fortaleza en fortaleza y de castillo en atalaya, se iban propagando con tal rapidez que, alguna vez, una noticia iniciada en Zaragoza había llegado a Alarcos en seis horas y a Córdoba en ocho.

 La muralla exterior, en construcción en julio de 1195 —vísperas de la batalla—, ya muy avanzada, tenía doce pies de espesor y se estaba edificando con tapiales encerados de piedra, cal y puzolana sobre un zócalo de mampostería asentado en la roca[4]. Todas las esquinas de muros y torres estaban reforzadas con grandes sillares de piedra, muchos de ellos con la marca del cantero. En algunos puntos de la muralla, sobre todo en los que se estaba trabajando, las grandes fosas de cimentación aún permanecían abiertas, como enormes fauces dispuestas a engullir cualquier cosa que se moviera alrededor. En los muros y torres que no tenían asiento en la roca natural, se reforzaban los taludes de tierra a pie de muro, empedrándolos con trozos de roca, unos junto a otros, formando un muro ataludado o zarpa.

Alarcos
Cerro de Alarcos, delante, iglesia – fondo, castillo

Los obreros trabajaban febrilmente bajo un sol de justicia; urgía rematar las defensas cuanto antes. El porqué sólo el rey y unos pocos lo sabían: el emir almohade Al-Mansur estaba ya concentrando y acuartelando a sus tropas en Córdoba. La batalla se veía por todos como inevitable y por Alfonso VIII era hasta deseada. Tenía además tal confianza en la victoria que se había hecho escoltar desde Toledo por un tropel de comerciantes judíos con abundancia de dineros, para poder comprar los previsibles prisioneros y el futuro botín, y hacer luego pingües negocios con su reventa. Esa seguridad total en la victoria era compartida por todos sus súbditos.

Aquella batalla estaba siendo buscada por los cristianos desde tiempo atrás: una vez cumplido el plazo de las treguas que con anterioridad habíanse acordado con los almohades, no se le habían ahorrado provocaciones al emir Al-Mansur, desde la razzia por al-Ándalus del Arzobispo de Toledo y el Maestre de Calatrava, hasta una humillante carta que el mismo Alfonso había enviado al Emir.

El rey de Castilla había ya enviado correos para convocar en esta plaza fuerte a los reyes de León y de Navarra, a los nobles y prelados de sus reinos y a todas las Órdenes Militares radicadas en la península. Calatrava, con su disponibilidad habitual, fue la primera en responder; estaría con su rey, como no podía ser menos, y sus sedes de Malagón, Piedrabuena, Benavente, Caracuel, Guadalerza y Ciruela[5] al punto enviaron a gran parte de sus guarniciones. El Emir no ignoraba que su enemigo Alfonso hallábase en Alarcos y se impacientaba por enfrentársele; a fe que para no dilatar su venida pasaría con su ejército por el puerto de Fuencaldas[6] o por el del Horcajo.

 Nadie parecía estar muy seguro de que los apoyos de León y Navarra fueran a llegar con tiempo por la enemistad existente entre los reyes cristianos. Pocos días antes del enfrentamiento, los espías no cesaban de aportar noticias alarmantes y, sin embargo, el rey y don Diego López de Haro desconocían aún con qué apoyos podrían contar. Les hubiera procurado sosiego el saber que, a primera hora de la mañana del día 10 de julio, el Papa Celestino III había despachado una bula en la que expresaba su complacencia por los preparativos que se llevaban a cabo y alentaba a todos los creyentes cristianos a tomar parte en la contienda que se avecinaba.

 Escasas jornadas antes de la contienda se recibió en Alarcos la respuesta desde Uclés que aguardaban con impaciencia: La Orden de Santiago acudiría en socorro del monarca castellano y ya habían expedido sus disposiciones a otras sedes de la Orden para que se pusieran en marcha. Los freires de Uclés, Montello[7], Alarcón y la Torre de Johan Abbat estaban prestos, mandados por el propio Maestre, don Sancho Fernández de Lemos. Era de esperar. El veinticinco de junio, antes de salir de Toledo hacia Alarcos, don Alfonso otorgó a la Orden de Santiago nuevos privilegios. Si siempre le habían sido leales, entonces se sentirían aún más obligados. Asimismo, recibieron confirmación de asistencia procedente de Villarrubia, sede de La Orden de Monte Gaudio de Jerusalén, que brindaba su apoyo con las guarniciones de Villarrubia y Alhambra. Y desde Consuegra, el propio Maestre de la Orden de San Juan, don Pedro de Aries, anunciaba que acudirían unidas las guarniciones de Consuegra, Alcázar, Criptana, Arenas, Villa de Ajos y Quero.

Pero también iban a acudir a Alarcos otras Ordenes Militares junto a las mencionadas. La adhesión a la causa traería hasta esta villa al Maestre de la Orden de Évora (Portugal), don Gonzalo Veigas, escoltado por sus mesnadas y gran número de voluntarios, que llegaría a esta plaza el día 14 de julio de 1195. El campamento que se iba montando en el cerro del Despeñadero imponía. Por esos días llegó a Alarcos el arzobispo de Toledo con sus huestes y gran número de nobles e infanzones de Castilla. El rey de León, según noticias traídas por el arzobispo, se encontraba todavía cerca de Avila, lo que desesperó a Alfonso VIII, y muchos de sus caballeros eran de la opinión de que el de León no tenía intenciones de llegar a tiempo. El arzobispo de Toledo tenía intereses en la zona: poseía unos molinos a la orilla del río, junto a Alarcos, un solar dentro de la villa —que el rey don Alfonso le había regalado para construirse un palacio— y una viña, que el rey obsequió al señor de Vizcaya y este a su vez donó al arzobispo; también era dueño en Ciruela de veinte yugadas de tierra y el castillo.

En lo que respecta al rey de Navarra, aunque envió emisarios y habíase comprometido, ya no se le esperaba porque, si en vísperas de la batalla aún andaba en alistamientos y aprestos sin haber salido de su reino, nadie creía que pudiera llegar a tiempo, como así fue. Los últimos en incorporarse al campamento del cerro del Despeñadero fueron los obispos de Ávila, Segovia y Sigüenza que acudieron a la llamada de su rey con gran séquito de tonsurados y caballeros de sus diócesis y provincias.

Es sabido que tanto la villa de Alarcos como el castillo estaban mal abastecidos antes de la batalla, porque Alfonso VIII de Castilla habíale restado importancia al avituallamiento; insistía en que, en una villa con la muralla sin rematar, no habría lugar al asedio, y en la fortaleza no tendría cabida toda la población; por eso, él no estaba dispuesto a aceptar otro desenlace que la victoria en campo abierto, para que los almohades no pudieran acercarse a Alarcos. Estaba empecinado en ello; decía que la otra salida era lograr buenas capitulaciones tras la derrota, y de eso no quería ni oír hablar.

 iglesia de Alarcos
Interior iglesia de Alarcos

Todos los febriles preparativos para la gran contienda que se avecinaba debieron de llevarse a cabo bajo el aturdimiento propiciado por los sonidos que llegaban desde las obras de la muralla: los martillazos incesantes de los peones, el picar de los canteros, las voces de mando de los capataces, el arrastre de los sillares sobre las rocas, el chirriar de las poleas… En la edificación de las defensas se estaba trabajando en turnos de día y noche. Las mulas subían el agua necesaria desde el río para reservar la de los aljibes. ¡Lástima que Alarcos no dispusiera, como Calatrava, de un sistema de norias y corachas para elevar el agua hasta arriba! ¡Eso sí que era un adelanto!

Al amanecer del día 17 de julio se alzaba el campo musulmán, recatado de la vista de los cristianos tras unos montes. El lugar era conocido como Dar-al-Bakar[8] y estaba situado a un cuarto de legua de Caracuel, al abrigo de sus fortificaciones, y no lejos de Medina Al-Arak (Alarcos), la meta que obsesionaba a Al-Mansur[9]. Atardecía ya cuando entraban en el campamento el Emir y su séquito, que fueron recibidos con gran aparato y fragor de trompetas y tambores. El enorme estruendo debió de sobrecoger los corazones de los moradores de Alarcos.

Antes de salir el sol del día 18 y algo después de rayar el alba, se dio la señal para la oración de azohbi; hacíase la llamada con un enorme tambor, hecho para este menester, de quince codos de diámetro y de cierta madera muy sonora. La señal consistía en tocar tres golpes en él, que se hacían oír hasta a media jornada de distancia en día sereno y sin viento; se tocaba desde un lugar alto, que solía ser algún cerro junto al campamento.

“Mediada la tarde, después de la oración de alazar, el gran tambor dio la señal de marcha con tres vibrantes golpes, que excitaron a las cabalgaduras y espantaron a las aves de corral. Todo el campo púsose en movimiento, pues ya estaban apercibidos. Cada cabila seguía a su bandera y en la marcha todas iban cogidas, menos la de vanguardia que llevaba bandera alta y tendida, blanca y azul con lunas de oro.

Los muslimes avanzaron solemnemente sobre hermosos caballos con jaeces bordados de oro, con franjas y borlones de exquisita labor, lanzas tachonadas de marfil y de plata con banderolas de cintas de varios colores. A éstos seguían las banderas de todas las tribus, en su orden, y un tropel de atabaleros en grandes caballos con tambores de metal, y los trompeteros con sus grandes trompas y añafiles. Luego seguían los walíes, alcaides y visires, y tras ellos la tropa de a pie y los arqueros al son de las chirimías. Por último, el Emir, guardia real y esclavos negros, y gran acompañamiento de xeques almohades con sus huestes, vestidos totalmente de negro, incluso el turbante, y ondeando al viento sus capas negras, que llaman “gallabiah”. A continuación ordenó al Gran Visir, Abu-Yahyâ, que avanzaran un cuarto de legua hasta situarse a la vista de Alarcos, a dos tiros de flecha. Se harían notar, mas  no todo el ejército se dejaría ver” [10].

Al rayar el alba del 18 de julio, se advirtieron desde Alarcos los primeros movimientos de los muslimes. Parecían estar organizándose y aprestándose para atacar.

El rey don Alfonso, don Diego López de Haro, el alcaide, el Maestre de Calatrava y otros caballeros observaban y comentaban desde las almenas. Entonces el rey ordenó que al instante se armasen las huestes y se desplegasen según lo acordado en aquellos días. Don Diego le aconsejó que cuanto lograsen hacer esperar al enemigo iría en ganancia de los cristianos, pues así darían ocasión de llegar el rey de León y a los  yernos de don Diego, los Condes de Lara, que también venían de camino y poseían muy nutridas mesnadas. Preguntó entonces don Alfonso dónde estaba el rey de León y, al contestársele que él y su ejército habían acampado esa noche en Talavera, ordenó impaciente que formara el ejército fuera de murallas como habíase previsto.

 El ejército cristiano se fue desplegando por toda la ladera hasta el llano y, por los flancos, desde el cerro del Despeñadero hasta la margen izquierda del río. Estaba compuesto por un cuerpo de caballería de entre ocho mil a diez mil jinetes, y entre cien mil y ciento cincuenta mil peones. En cabeza, las Ordenes Militares, que eran la flor de las huestes cristianas, y a la vanguardia de ellas, los caballeros Calatravos, que avanzaron hasta muy cerca del cerro de la Cabeza, y allí, en filas ordenadas, detuviéronse.

Así, todo expuesto a la vista, el ejército cristiano en verdad impresionaba. Los rayos del sol arrancaban destellos de las relucientes corazas, de los yelmos y bruñidas adargas y hasta de las puntas de las lanzas. Los caballos, bien pertrechados, cubiertos de malla con chapas de hierro, eran auténticas moles si se les comparaba con el alfaraz de los musulmanes. Los caballeros-monjes de las Órdenes, que parecían ir sin protección, uniformados con sus blancas gramallas con cruces rojas, ocultaban en realidad las lorigas o las cotas de malla bajo sus manteos. En la fortaleza quedaron solo las huestes defensoras, que protegíanla desde las torres y en los adarves, tras las almenas de las murallas.

Al menos dos horas llevaban los cristianos expuestos a un sol inclemente cuando este llegó a su cenit. El sudor corría por los rostros, entraba en los ojos, empapaba las barbas; las corazas y yelmos abrasaban, los caballos piafaban sedientos. Cuando pasó la mañana y el sol empezó a declinar, muchos caballeros habían caído ya desvanecidos. Las acémilas no dejaban de transitar entre las filas de soldados con sus aguaderas, sus odres y cantimploras, llevando el agua tan ansiada; pero no daban abasto.

Sin embargo, los sarracenos no se movieron ni una pulgada. Cuando don Alfonso vio que su ejército estaba desfallecido y que Al-Mansur no aceptaba la batalla campal ese día, ordenó el repliegue al campamento y tras las murallas. Su impaciencia había causado un desgaste innecesario en sus tropas que podía costarle caro en la próxima jornada. La sorpresa fue inimaginable cuando, al alborear del siguiente día, 19 de julio, descubrieron al ejército musulmán, desplegado en perfecto orden de batalla, ocupando los mismos terrenos en que ellos habían formado el día anterior. Se turbaron, desorientados, y el desconcierto cundió en el castillo y en el campamento de los cristianos.

Desde los dos ejércitos contrarios rezaban a sus dioses, o tal vez era al mismo sin que lo sospecharan. Aquel 19 de julio de 1195 se escribiría con sangre en las páginas de la Historia.

 


[1] – Uno de aquellos hechos de armas de los que fue escenario quedó narrado en mi artículo publicado en Las Nueve Musas el 24 de marzo de 2018 y que lleva por título Un triunfo olvidado“, en el que dimos cuenta de la victoria de Alfonso VI de Castilla y León contra los andalusíes.

[2] – En la actualidad, la iglesia que existe es de transición al gótico, de fin del siglo XIII y mandada construir sobre la planta en ruinas de la iglesia primitiva por  Alfonso X el Sabio.

[3] – Se llama torre albarrana a la edificada separada de la muralla hacia el exterior y que, por quedar exenta y extramuros, solía unirse a la muralla por algún conducto protegido del enemigo o subterráneo.

[4]“Alarcos ´95:el fiel de la balanza”.-Editorial Univ. Castilla-la Mancha y Diput. C-Real-Toledo 1995.

[5] – Guadalerza, aunque se le conoce como castillo de Urda, en realidad está en el término de Los Yébenes (Toledo). Ciruela era el Castillo de la Orden de Calatrava, antes árabe y llamado por los musulmanes Zihuruela, que se encontraba  donde hoy están los caseríos de Ciruelos.

[6] – Fuencaldas- Nombre antiguo de Fuencaliente, que no existía como villa en los años que nos ocupan, solo contaba en ese momento con las aguas termales y un santuario dedicado a Santa María.

[7] – Montello, nombre que recibía la actual población de Montiel.

[8] – Dar-al-Bakar, significa en árabe Cercado de las Vacas o Corral de las Vacas. Hoy es Corral de Calatrava (Ciudad Real).

[9] -“Historia de la Dominación de los Árabes en España, sacada de manuscritos y memorias arábigas”, de José Antonio Conde .

[10]La Cruz y la Media Luna“, novela histórica de Carmen Panadero.

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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