Las nueve musas
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Batalla de las Navas de Tolosa

Era 11 de julio de 1212; el ejército cristiano, integrado por tropas de Castilla, Aragón y Navarra, con sus reyes al mando y tras haber recuperado al paso plazas como Malagón y Calatrava, acercábase a las Navas.

Don Diego López de Haro logró licencia del rey de Castilla, Alfonso VIII, para adelantarse y adueñarse del puerto de Muradal antes de que los árabes lo consiguieran.

Formación de los ejércitos-Revista de HistoriaLogrado su fin, quiso don Diego tomar también el castillo de Castro Ferral desde donde se dominaba el Paso de la Losa, y sus mesnadas se batieron con tal brío que expulsaron a los mahometanos, alzando luego en el Muradal sus tiendas. Desde aquellas alturas podía divisarse el campamento musulmán sobre un cerro de olivares.

Al día siguiente llegaba el grueso del ejército cristiano al pie del puerto. En la alcazaba de Castro Ferral reuniéronse los tres monarcas con sus principales adalides para estudiar la forma de presentar batalla al Miramamolín. El único paso era el desfiladero de la Losa, “tan difícil que sólo mil hombres podrían defenderlo contra todos los que pueblan la tierra[1]. Los muslimes, además, los aguardaban con el barranco sembrado de abrojos. Solo quedaba una solución: encontrar otro paso.

En la tarde del 13 de julio, don Diego convocó a sus huestes y, con el caballero aragonés García de Romeu, partieron de la meseta de Muradal resueltos a encontrar otro puerto. Pasadas largas horas cundía el desánimo y el sol iniciaba su declive, cuando vieron entre la espesura del monte un rústico vestido de pieles sin curtir; providencial parecía su llegada en momento tan crítico, cuando ya pensaban abandonar la búsqueda. Dijo llamarse Martín Halaja, de oficio alimañero. Preguntado si conocía otro paso por donde cruzar la sierra, indicó un lugar junto al que debieron pasar antes sin advertirlo.

El nuevo acceso (Puerto del Rey), cercano al del Muradal, presentaba un declive más suave y conducía hasta una meseta sobre un altozano; no solo hallaron un nuevo paso, sino de más fácil bajada para un ejército cargado con su impedimenta. Aquella meseta (Mesa del Rey), espaciosa y llana, dominaba sobre un ondulado anfiteatro de una legua de diámetro, que extendíase desde la Mesa hasta el campamento musulmán, asentado a lo lejos entre olivares. Las tropas de don Diego se adueñaron de la explanada y montaron en ella sus tiendas, mientras deshacían unas columnas árabes que trataban de impedírselo. Asegurada la posición, don Diego avisó al rey de Castilla de aquel crucial hallazgo que podría suponer la salvación del ejército cristiano[2].

Al clarear el día, los tres reyes abandonaron Castro Ferral para dirigirse otra vez al Muradal y, valiéndose del nuevo puerto, alcanzar la meseta que custodiaban don Diego y su mesnada. Los muslimes desde lejos seguían sus movimientos con interés; al ver su derrotero creyeron que retrocedían y lo celebraron con enorme algazara. Unas columnas almohades subieron raudas a la alcazaba y la recuperaron. Pronto advirtieron que el cambio de posición del ejército adversario nada tenía de retirada y sí mucho de avance.

Cuando Al-Nasir vio instalados los pabellones enemigos, pensó que aún podía librarles batalla ese mismo día y desplegó sus tropas en las navas que separaban ambos campamentos. Bajo el sol abrasador del estío andalusí estuvo expuesto todo el día el ejército almohade, pero los cristianos no aceptaron el reto. Al anochecer, tras esperar en vano y agotadas sus huestes sin necesidad, ordenó el Emir su repliegue. Al día siguiente el ejército almohade mostrose de nuevo y con mayor pompa ante los cristianos, para impresionarles con su poderío. Ordenó Al-Nasir hacer alardes de arqueros y caballería ligera con gran fragor de voces, trompetas y atabales lo más cerca posible de sus adversarios. Llegaron a trabarse torneos singulares entre muslimes y caballeros cruzados, y quedó convencido de haber dejado a los reyes cristianos maravillados de su grandeza.

No deslumbró el alarde del Miramamolín a los monarcas, pero el estudio detenido que tuvieron ocasión de hacer del ejército mahometano y sus evoluciones llevó a Alfonso VIII a algunas conclusiones que acrecentarían la eficacia del suyo. Observó este rey durante la demostración sarracena que la caballería ligera árabe podía perjudicar mucho a los flancos de su ejército, nutridos por milicias de concejos, que no podían igualarse en fuerzas ni en disciplina a las mesnadas de freires e hijosdalgos. Decidió fortalecer las alas del ejército cristiano, reforzando a la infantería ciudadana con freires de Órdenes Militares y grandes caballeros. El conjunto ganó en solidez y equilibrio[3].

Al anochecer el día 15, los cristianos gozaron de muy breve reposo. Pasada la media noche se dio la voz de alzada para las huestes. Los prelados las guiaron en confesión general y fueron absueltas de todo pecado. Durante horas distribuyose la comunión en medio de un enardecido y contagioso fervor. Comieron y vistieron luego sus lorigas, corazas y yelmos, armáronse y ocuparon el puesto asignado a cada uno en las haces.

Alboreaba el 16 de julio de 1212; el ejército formó según el orden de batalla estudiado con anterioridad. Distribuíase en tres cuerpos: el central, donde iban Alfonso VIII de Castilla y sus tropas más escogidas, el ala izquierda a las órdenes de Pedro II de Aragón, y la derecha, mandada por el rey de Navarra, Sancho VII. La vanguardia central era acaudillada por don Diego López de Haro, acompañado por su mesnada. Tras ellos, su yerno Gonzalo Núñez de Lara con sus hidalgos; luego los Templarios, los Hospitalarios y buena parte de las órdenes de Santiago y Calatrava. En el centro iban innumerables infanzones y nobles castellanos.

Alfonso VIIIFormaban la retaguardia del cuerpo central Alfonso VIII y el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, con preclaros caballeros castellanos; don Álvaro Núñez de Lara portaba el pendón real, como Alférez de Castilla. También en retaguardia figuraban cinco prelados castellanos, dos aragoneses, el obispo de Nantes, el arzobispo de Burdeos y el de Narbona, Arnaldo Amalarico, así como numerosos concejos de ciudades.

 El ala izquierda, asignada a Aragón, iba acaudillada por don García de Romeu con numerosos nobles y concejos de ciudades castellanas; seguíale el rey Pedro II con sus escogidas huestes. Se reforzó con destacamentos de freires y con nobles aragoneses. 

El ala derecha, encomendada a Navarra, era mandada por el mismo rey Sancho VII y presentaba una disposición parecida a la anterior. Reforzose este flanco con milicias de Segovia, Ávila, Medina del Campo, y con mesnadas de Portugal, freires de San Juan, huestes de Galicia y concejos vascos.

Clareaba el día cuando el ejército cristiano inició sus primeros movimientos. Al verlos, mandó el Emir que formasen sus tropas en el orden acordado. Cerca del barranco que los separaba del campo cristiano desplegó su vanguardia, con la caballería ligera y algunas tribus beréberes; en segunda línea iban la infantería y voluntarios de todos los reinos musulmanes; luego, los Andaluces componían el centro del campo. Entre voluntarios y Andaluces había una barricada de camellos, tras la que se protegía la caballería ligera después de cada carga.

 En los flancos repartíanse las cabilas Masamudas y Alárabes, los Agzâz (tribus turcas), almorávides y cristianos. Sí, también había cristianos en el ejército del Miramamolín; algunos eran mercenarios, pero otros eran desnaturados, que luchaban contra los suyos por rencillas políticas. Tras los Andaluces, en un llano que llegaba hasta el arranque de la ladera, se desplegaba el grueso del ejército almohade, con sus siete cabilas ordenadas según su nobleza.

Por el cerro de los olivares extendíase la zaga del ejército musulmán, al mando del Visir ben Gâmea, formada por Príncipes de la Sangre, xeques y nobles, y en el centro, el Miramamolín en su tienda roja, circuida por un palenque de grandes estacas unidas por cadenas. Su jaima estaba protegida por lanceros negros y, ante ellos, una hilera de imesebelem —devotos beréberes que, cuando se consagran, juran no cejar jamás ante el peligro— atados entre sí por muslos y rodillas, con los torsos desnudos, formaban un muro humano para impedirse la posibilidad de huida y garantizar así al Emir que no quedaría desprotegido. Ante el estandarte real y las banderas de las cabilas almohades, atronaban trompetas, chirimías, atabales y añafiles. El Emir oraba sobre su adarga ante la jaima, teniendo en la mano izquierda su alfanje y en la diestra el Corán.

Estandarte del Miramamolín-monasterio de las HuelgasLos cristianos tomaron la iniciativa; descendió su vanguardia y cruzó el barranco que los separaba de la formación enemiga. Tras aparecer entre malezas y arboledas, cayó con tal ímpetu sobre la caballería sarracena que la desbarató en el primer choque. Los ágiles alfaraces árabes necesitaban una distancia para evolucionar que allí no tenían, pues se establecieron tan próximos al barranco que, cuando los caballeros cristianos salieron de la espesura y se toparon con ellos, no soportaron la solidez de sus caballos enlorigados, y la embestida los dispersó. Huyeron, despavoridos, ante la caballería cristiana, que los persiguió hasta la barricada de camellos tras la que se protegían. Tan rauda fue la desbandada que en aquel lugar no quedó un solo cadáver.

Tampoco lograron actuar con eficacia los arqueros y ballesteros agarenos, porque la espesura protegió a los cristianos mientras estuvieron a la distancia adecuada para flecharlos. Cuando surgieron de las arboledas, ya estaban demasiado cercanos y mezclados con la caballería musulmana.

Entonces, las mesnadas de don Diego y los caballeros-monjes, invocando a Santa María y a Santiago, cayeron sobre la segunda línea musulmana, formada por voluntarios de todos sus reinos, quienes opusieron gran resistencia, mas, finalmente, fueron atropellados, sufriendo atroz matanza. Así llegaron los cristianos al centro del ejército sarraceno, donde se toparon con los andaluces, muchos de los cuales, para su sorpresa, se dejaban matar sin desenvainar mientras otros volvían grupas en desbandada. Y tras ellos se produjo el choque con las tropas almohadesLa embestida por ambas partes fue despiadada. La polvareda ocultaba la vista; los caballos relinchaban, picados sin misericordia por sus jinetes para que no recejaran.

Las huestes cristianas, fatigadas tras haber arrasado ya las primeras líneas y el centro de los muslimes, tenían que medirse con unos almohades descansados, que habíanse limitado a esperarlos.

Los agarenos aguantaron la embestida, acometiendo después con fiereza, mientras sus honderos lanzaban piedras sobre los cruzados.

La vanguardia cristiana comenzó a flaquear. Don Diego López de Haro vio como parte de sus mesnadas y las tropas de los concejos de las ciudades empezaban a retroceder. Gritaba desesperado sin ceder un palmo de su terreno, pidiendo el refuerzo de la segunda línea, mientras las alas del ejército, a cargo de Aragón y Navarra, se hallaban, asimismo, en situación harto apurada. El sudor corría a raudales bajo yelmos y almetes. Los caballeros de las segundas haces del ejército de Castilla y de templarios, calatravos y santiaguistas, así como de los flancos aragonés y navarro, acudieron prestos a reforzar la vanguardia, ya desfallecida.

 Cuando el rey de Castilla advirtió la situación extrema que sufrían la vanguardia y las segundas haces de su ejército, determinó acudir en persona con todas las fuerzas de retaguardia, y se metió de lleno en el fragor de la batalla, acompañado por el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, y por Álvaro Núñez de Lara, portador del estandarte real. Peleaba el rey con bravura, resuelto a no sufrir vivo otra derrota como la de Alarcos, y el arzobispo trataba de que olvidara el pasado y de infundirle aliento[4].

Don Diego, entretanto, quedó aislado con sólo cuarenta de sus caballeros en el centro más enconado de la batalla. Pero no cejaba en su empeño ni daba un paso atrás; tanto así, que no solo contendía intrépido con su enemigo, sino que todo aquél de los suyos que trataba de sacarlo de su posición extremada salía también malparado.

Adelantó Alfonso VIII hasta las primeras filas, al pie mismo del cerro de los olivares, en cuya cima veíanse la tienda roja y el palenque del Miramamolín. Entre tanto, por los flancos también avanzaban valientemente los reyes de Aragón y Navarra, aproximándose a sus debilitadas primeras líneas con tropas de refresco. Los freires de las Órdenes Militares hacían estragos entre los muslimes sin dejar de encomendarse a Dios. Iban y venían, se multiplicaban, se revolvían con arrojo y sacudían con terrible eficacia sus mazas ferradas.

El rey Alfonso, determinado a morir o vencer, entrose a lo más recio de la contienda, y tanto se aproximó a los adversarios que estos, al reconocer la enseña de Castilla, procuraron abatirla lanzándole piedras con honda. El decisivo apoyo de los tres reyes y su empuje en el momento oportuno provocaron gran desbandada en el ejército almohade, cuando ya los cruzados ascendían la suave ladera del cerro de los olivares y sólo quedaba por tomar el palenque del Emir.

Las alas, mandadas por Sancho de Navarra y Pedro de Aragón, avanzaron cada una por su flanco, adquiriendo el ejército cristiano disposición de media luna, y así vinieron a caer sobre el palenque a tiempo de que algunos vieran huir a caballo al Miramamolín con varios de su guardia. A lanzadas exterminaron a los imesebelem y se enfrentaron a la guardia negra que, con el ejército musulmán en franca desbandada, no tardó en sucumbir bajo el ímpetu de los aceros cristianos.

Al tiempo, Sancho de Navarra por un lado y las tropas de Aragón y su rey por el otro se afanaban en romper las gruesas cadenas del palenque, mientras varios caballeros aragoneses prendían fuego a las estacas que las sostenían. Entretanto, algunos nobles castellanos hacían saltar sus monturas por encima de la empalizada.

Los musulmanes huían desatinados; los peones eran pisados por los desbocados caballos y muchos subían a los árboles, tratando de ocultarse entre la hojarasca. En lo más recio de la batalla, gran número de andaluces habían tornado brida y otros muchos habíanse negado a desenvainar en venganza por la injusta muerte del alcaide de Qalat-Rãhba, ben Qâdis, y por el trato vejatorio que el visir ben Gâmea y los almohades hacían sufrir a los andalusíes. Muy reducido fue el número de bajas cristianas, sobre todo si se comparaban con las sarracenas, que se aproximaban a las cien mil.

Acomodados los cruzados en el campamento mahometano, pudieron constatar que solo ocupaban la mitad del mismo, lo que venía a significar que las fuerzas árabes habían doblado a las cristianas. Mientras la caballería perseguía y daba caza a los muslimes que huían en dirección a Vilches, el arzobispo de Toledo propuso al rey de Castilla una acción de gracias a Dios por tan honrosa y decisiva victoria. El arzobispo y cuantos prelados, clérigos y caballeros-monjes prestaban sus armas en el ejército vencedor alzaron sus manos al cielo y, con honda emoción y sentido fervor, entonaron el “Te Deum laudamus”.


[1]Historia de la dominación de los árabes en España sacada de documentos y memorias arábigas,  J.A. Conde.

[2]Grandes batallas de la Reconquista, de Ambrosio Huici Miranda.

[3]La Cruz y la media Luna, de Carmen Panadero.

[4]De rebus Hispaniae (Cronicón), del arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada.


 

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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