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Las nueve musas
Lenguas aglutinantes

Acerca de las lenguas aglutinantes

Las lenguas aglutinantes son aquellas en las que predomina el fenómeno de aglutinación, es decir, el procedimiento en virtud del cual se unen dos o más palabras para formar una sola.

Estas lenguas se diferencian tanto de las monosilábicas como de las flexivas, aunque guardan una mayor relación con las últimas. A continuación, procuraremos comentarlas.

  1. El fenómeno de aglutinación

 La aglutinación es uno de los factores intervinientes en la formación de nuevas unidades lingüísticas. Podríamos definirla como la unión o soldadura de dos o más términos originalmente distintos —pero que, por lo general, se hallan encadenados mediante una relación sintagmática— en una unidad absoluta o de difícil descomposición. De la aglutinación cabe destacar su carácter involuntario, carácter que llevó a Saussure a referirse a este fenómeno como proceso y no como procedimiento.[1]

Son muchos los ejemplos de aglutinación que pueden citarse en español: para, de por a; sinfín, de sin fin; sinvergüenza, de sin vergüenza, y muchas otras formas heredadas del latín, como todavía, de tota via; hogaño, de hoc anno, entre otras.

Pueden distinguirse tres fases en este proceso, la primera se da en frases breves y corrientes, es decir, en un sintagma comparable a todos los demás, como el ya citado paso de sin fin a sinfín; la segunda es la síntesis de los elementos del sintagma en una unidad nueva, que sería la aglutinación propiamente dicha, como la palabra quizá, proveniente de la expresión qui sabe (‘quién sabe’), y la tercera está constituida por todos los otros cambios que pueden generar una palabra simple, como la formación del futuro cantaré a partir de cantar he.

En las lenguas aglutinantes —que, como se ha dicho en el encabezado, son aquellas en las que predomina la aglutinación—, las palabras constan de varios elementos, dentro de los cuales, uno expresa la idea conceptual, y el resto, las ideas gramaticales, pero sin que ninguno pierda la significación que le es propia. Añadamos a esto que cada nuevo elemento gramatical expresa siempre la misma circunstancia gramatical. Así, en húngaro, por ejemplo, k (ak, ok, ek) expresa siempre el plural; t (at, ot, et), la relación de acusativo; nak o nek, la de dativo; ban o ben, la de ablativo, etc. Es en esta suerte de estabilidad en los sufijos donde radica la principal diferencia entre la aglutinación y la flexión.

  1. Dos tentativas de clasificación

 En la hoy desatendida división general de las lenguas en tres grandes grupos, correspondía al de las lenguas aglutinantes el lugar intermedio entre las monosilábicas y las de flexión. De hecho, se creía que las aglutinantes representaban la segunda etapa en la evolución del lenguaje, que desde un monosilabismo primitivo se desarrollaba hasta la perfección de las lenguas flexivas. Posteriormente se reconoció la absoluta falta de fundamento de esta teoría, hasta el punto de que filólogos de la talla de Finck decidieron prescindir de ella por considerarla simplista y superficial, ya que encasillaba en un mismo grupo demasiadas unidades dispares, al margen de que los límites entre uno y otro grupo eran poco menos que borrosos.[2]

Nos limitaremos a decir aquí que las lenguas aglutinantes componen la inmensa mayoría de cuantas se hablan en el mundo. En efecto, entra las llamadas monosilábicas se cuentan solamente el chino, el birmano, el siamés, el anamita y otras lenguas de la Indochina; entre las flexivas figuran las indoeuropeas y las semíticas, aunque no faltan autores que consideran a las semíticas como un grupo de transición entre flexivas y aglutinantes. Queda para estas últimas, por lo tanto, el resto de los idiomas existentes, que se calcula que llegan a más de dos mil.

La importancia de la cifra ha hecho que algunos especialistas clasificaran las lenguas aglutinantes también en tres grandes grupos, que grosso modo corresponden a tres continentes: el primero, el de las lenguas africanas, que se caracteriza por la aglutinación de prefijos; el segundo, el de las lenguas asiáticas o uralo-altaicas, que se caracteriza por la aglutinación de sufijos, y el tercero, el de las lenguas americanas, que se caracteriza por expresar en una sola palabra un número grande de ideas. Pero de esta clasificación podemos decir lo mismo que de la anterior. De hecho, hay quienes incluso rechazan la denominación uralo-altaica por considerar que la conexión entre las dos ramas de este grupo no está del todo demostrada.

  1. Un concepto siempre en pugna

 En 1870, la corriente neogramática —representada, entre otros, por Berthold Delbrück— trató de prescindir hasta del mismísimo principio de aglutinación, que anteriormente había sido aceptado por todos.[3] Sin embargo, ninguno de los lingüistas del siglo XX ha logrado sustituir este principio por otro más convincente. Con respecto a esto, el danés Guillermo Thomsen dice lo siguiente: «Que cierta serie de formas gramaticales o derivados se hayan originado por aglutinación, no se puede poner en duda; mas es por igual indudable que hay todavía muchos casos en los que dicho origen es tan improbable como inverosímil»[4].

Existen, no obstante, fenómenos lingüísticos que parecerían confirmar el tránsito entre la aglutinación y la flexión. Es lo que ocurre con la armonía vocálica de algunas lenguas del mal llamado tronco uralo-altaico. En ellas, los cambios vocálicos que se producen en los sufijos al asimilarse a la vocal radical llegan a engendrar verdaderas flexiones. Esto puede verse en el finés y en la lengua de los esquimales, en la cual, según los estudios de Thalbitzer,[5] la unión entre el elemento conceptual y el gramatical es indisoluble.

Ahora bien, desarticulado, como hemos visto, el grupo uralo-altaico, quedan dos grupos: por un lado, el constituido por las lenguas urálicas y las lenguas ugro-finesas; por el otro, el de los samoyedos, cuyo parentesco con los idiomas indoeuropeos —al menos, para ciertos filólogos— es bastante evidente. Resta decir que los únicos representantes altaicos en Europa serían el turco y, en todo caso, el vascuence.

 

[1] Véase Ferdinand de Saussure. Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 2005.

[2] Véase Hans Arens. La lingüística. Sus textos y su evolución desde la antigüedad hasta nuestros días, Madrid Gredos, 1975.

[3] Este rechazo bien puede explicarse por el hecho de que los neogramáticos centraban sus estudios en las leyes fonéticas y, tal como se ha visto, la aglutinación es un fenómeno fundamentalmente morfológico.

[4] Guillermo Thomsen. Historia de la lingüística, Barcelona, Editorial Labor S.A., 1945.

[5] Véase William Thalbitzer. A Phonetical Study of the Eskimo Language, London, Forgotten Books, 2016.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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