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La Irrealidad de una Lexicografía Objetiva

Dificulto en que alguien pueda determinar la antigüedad de aquel atributo de «racional» con que nosotros, los seres humanos, hemos sido adulados, para no sé qué de sospechoso, pero que está relacionado con esa ambición de los «dueños» de la tierra de someternos como a niños constreñidos a ingerir la sopa con la promesa de una golosina.

Quizá esto de «ser racional» no solo sea un atributo adulatorio, sino también una ilusión colectiva inveterada que compensa de alguna manera nuestra frustración de volar.

Si lo que denominamos «razón» es una facultad específica de los humanos, que no un nombre más para algo que puede denominarse diferentemente, como «pensamiento», «cerebración», «nomenclatura», «nominalismo» etc., por esta facultad, nosotros no somos más aventajados que el resto de los animales. Quien me contradijere esta sentencia, habrá de tenerse o por uno de los muchos crédulos que son engañados por sofismas cohonestados con calificativos de «filosóficos», o por uno de esos engañadores que así se arrogan títulos de «filósofos» como otros se jactan de ser «millonarios». Basta escuchar hablar a cualquiera de nuestros congéneres o leer algunas de sus composiciones, para entender que esta facultad verbal nuestra no difiere mucho de aquella que observamos en los loros: repetimos lo que escuchamos o lo que leemos de los demás, sin apenas cuestionarnos en general sobre lo dicho, o en particular sobre las palabras con que integramos la dicción.

Lo que tenemos por «gramática», «ortografía», «retórica», «lógica», etc., son especialidades académicas que apenas valen para diferenciar la facultad de los loros de aquella de los humanos, por ser ocupaciones de unas minorías; y porque, además, están viciadas con amaneramientos tendenciosos como muchas de las especialidades que se denominan «científicas».

¡Ah, la inteligencia de los humanos! No faltará quién, en leyendo esta sentencia sobre la semejanza de los humanos con los loros, la redarguya de errada, alegando nuestra supuesta imposibilidad de entendernos con ellos, o, lo que es lo mismo, las irrealidades de diálogos entre loros y humanos. Pero, negar la posibilidad de una correlación intelectual entre especies no humanas, o entre estas y la nuestra, no es una necedad menor que aquella de arrogarnos el atributo de seres «superiores» con respecto a los demás. Si por esta facultad nuestra de repetir lo que otros dijeron logramos imperfectamente significar un poco de lo que queremos, ¿por qué no creer que los loros pueden hacer lo mismo?

Y tan verdadero es esto que digo sobre la semejanza verbal de algunas aves psitácidas con los humanos, que para probar la verdad me basta alegar la palabra «psitacismo», la cual hallamos en el inventario de neologismos de varios idiomas, entre ellos el castellano, para designar el vicio nuestro de repetir palabras, frases, teorías, y doctrinas –todas ajenas o aprendidas de alguien más- sin cuestionarlas.

Ya que menciono la palabra «psitacismo», para designar este vicio intelectual, conviene que lo haga también con «psitacista», que, siendo del mismo origen, significa «persona que habla con psitacismo, individuo que habla como un loro, ser humano que, al escribir o hablar, emplea más su memoria que su pensamiento».

Y, con esto, quede entendido que, quienes cantan en un idioma que mal entienden, esos son psitacistas; que también lo son quienes recitan himnos con la misma facilidad que profieren «buenos días» y «buenas noches», motivados más por un «instinto» formal que por un deseo de que la persona «saludada» tenga un buen día o una buena noche.

Los humanos son más de «clichés» que de frases originales; y tanto, que cuando leen o escuchan alguna que acaban de extrañar, la tienen por «rebuscada». Por ejemplo, cuando alguien lee en una obra literaria que «el viento ululaba», no se detiene en este «cliché» porque lo encuentra «correcto»; pero cuando lee que «el perro ululaba», extraña la frase, ignorando que el verbo ulular se adecúa más al sujeto perro que al de viento, o, lo que es igual, que el verbo ulular procede del latín ululare, que significa propiamente «emitir un perro, un lobo, etc., un aullido».

Quienes usan este «cliché» de «el viento ululaba» no lo hacen por una voluntad de equiparar el sonido del viento con aquel de los lobos, esto es, metaforizar la literalidad del verbo ulular: usan el «cliché» porque carecen de una voluntad para cuestionar los símbolos, y porque son impotentes para controvertir lo que aprenden de los demás.

Este abuso denominado «psitacismo» mantiene los idiomas en una como estrechez tanto semántica como sintáctica: aquel que ignora la literalidad del verbo ulular nada puede hacer sino repetir la construcción de «el viento ululaba»; mientras que aquel que conoce su literalidad puede aventurarse a construir el verbo con otro sujeto que «el viento», en otro tiempo que el pretérito imperfecto «ululaba» y con preposiciones que convengan a lo significado por el verbo, como «el lobo ululó a la luna»: construcción en la que la palabra lobo es el sujeto, el tiempo es pretérito perfecto, y la palabra luna está señalada por medio de la preposición a como el objeto del aullido del lobo. El conocimiento de su literalidad posibilita, además, el establecimiento de sinonimias: ulular es sinónimo de aullar.

Siendo tal nuestra facultad verbal, o por mejor decir, nuestro resabio verbal, la arrogancia de quienes atribuyen superioridad a la especie humana sobre las demás especies es tan vana como la de quien se jacta de haber obtenido uno o más títulos de profesional. Las universidades, las escuelas, y las academias no son lugares donde los psitacistas puedan purgarse de tales resabios: antes en ellas aprenden nuevos o se confirman en los viejos, pues mucho de lo que los profesores imparten es de una calaña muy afín a la de los coloquios familiares: verdad que comprobamos, considerando algunos de los muchos clichés que repiten en academias, en institutos escolares y en universitarios, con la misma absurdez que el sintagma nominal «paso del tiempo»: «ley de la gravedad», «leyes de la física», «reinos de la naturaleza». Mas esto que digo no es por disputar lo que los psitacistas denominan «ley de la gravedad», lo cual es probablemente indisputable, sino por cuestionar la manera de denominarlo, amonestando al lector y al investigador a que repudie la denominación, porque la palabra ley, y todos sus derivados, no deberían usarse sino con referencia a lo que los humanos hacemos en calidad de reglamentación colectiva. El sintagma nominal «ley de gravedad» es de tal impropiedad, que su uso generalizado no ha debido derivar de otra causa que la del psitacismo popular. Los psitacistas que lo usan son inhábiles para referirse diferentemente a la idea implícita en él: no se les ocurre que el solo vocablo de «gravedad» bastaría para significar lo mismo, o que pueden referirse al fenómeno mediante una construcción diferente, como «el efecto de la gravedad», «el efecto gravitatorio», «el efecto gravitacional», «la influencia gravitacional», etc. De donde se infiere que, si los humanos fuésemos «racionales», en vez de psitacistas, nos sería muy fácil procurar variantes denominativas, desdeñando el repetir tales absurdos.

Por muy lista que una persona sea en la resolución de problemas aritméticos, por ejemplo, que sepa substituir diversamente el número 100, por ejemplo, con «50 + 50», «90 + 10», «10 x 10», «25 x 4», esta listeza queda opacada por su psitacismo, el cual aquella manifiesta en la impotencia de valerse de las palabras de la misma manera como se vale de los números, o, lo que es lo mismo, en la impotencia de sintetizar un sintagma nominal, como «un cuarto escueto de muebles», o «un árbol escueto de frutos»: falta que le proviene, por una parte, de no haber leído ni escuchado tales sintagmas; y, por la otra, de no haber experimentado con la palabra ESCUETO.

Experimentar con una palabra es hacer experimento o prueba de ella, sustraerla de los clichés en que la hallamos, examinarla, combinarla con otras.

En el caso de la palabra ESCUETO, es, primeramente, separarla del cliché al que muchos periodistas vulgares la han reducido (escueto comunicado), y, enseguida, procurar compaginarla con otras en diversos sintagmas que se acomoden a su cualidad. Para lo cual necesitamos investigarla; esto es, inquirir cuál es su origen y cómo se ha usado desde la antigüedad. En lo del origen, la inquisición resultará fallida, porque la palabra ESCUETO pertenece a una clase de palabras sobre las que nadie atina a explicar su origen, Mas, en lo del cómo se ha usado, la inquisición aprovechará tanto, que el investigador estará en aptitud de emplearla diferentemente que los psitacistas la emplean.

«El hombre nace, se reproduce y muere» es otro sintagma absurdo que repiten neciamente los profesores en las escuelas, y que inculcan a sus alumnos con una porfía afín a la de un burro que rebuzna. Quienes lo recitan han de ser los mismos mentecatos que convienen con otros en creer que hay algo impersonal e incontrolable, denominado «destino», que determinaría nuestras fortunas.

Mofémonos, pues, de todo esto, porque, si bien los seres humanos nacen, lo de reproducirse y morir no son necesidades, sino accidentes; y porque, además, no estamos controlados por algo impersonal que no sea «el estado, régimen y pirámide» de los que somos sus súbditos. Menos inverosímil sería el decir que «los humanos nacen, pueden reproducirse, y pueden morir.» Supongamos que un profesor enuncia tal sentencia novedosa, y que un alumno, con mejor entendimiento que el suyo, la redarguye de esta manera: «Los seres animales, incluso los humanos, nacen, pueden reproducirse, y pueden morir».

Nada perderían el uno y el otro, si aquel se apartase del resabio de los psitacistas y, el otro, emulase su audacia: al contrario, con esa renovación incitarían a otros a intervenir con argumentos propios, los cuales diferirían entre sí según la diversidad de los entendimientos. Y como hubiese entre estos alguien más audaz que todos, bien podría sentenciar que «los seres animales nacen, pueden ser reproducidos e inmortalizados»: sentencia en la que las ideas de reproducción e inmortalidad quedarían señaladas como posibilidades que podrían realizarse por medios artificiales (por prótesis cibernética, por ejemplo).

He aquí la importancia de no atenernos a clichés, y de cuestionar todo lo que oímos y leemos; para lo cual es necesario que cada persona adquiera la facultad de analizar conjuntos idiomáticos, desentrañando el valor de cada palabra; y la facultad de sintetizar razones, argumentos y sentencias, conociendo una historia sobre las palabras que han de participar en ellos.

¿Por qué medio se adquiere esa facultad? No es con lo que los arrogantes denominan «filosofía», ni con lo que los pedantes académicos denominan «gramática», sino con «lexicografía»: arte que, con ser incógnito a la mayoría de las personas, es más efectivo que cualquier otro para desbastar nuestras «inteligencias» de todo lo grosero con que han sido contaminadas a lo largo de sus existencias.

Sin embargo, antes de describir este arte, tan desconocido como antiguo, amonestaré al lector a preguntarse por qué la gente sabe nada de aquel, con ser más importante que las artes gramáticas. Por la palabra «gente» me refiero a una mayoría de nosotros, los humanos, desde aquellos que, por afanar cotidianamente en ocupaciones no literarias, carecen de la oportunidad de escribir y de leer; hasta aquellos que, estando exentos de afanar, desaprovechan la oportunidad de purgar sus mentes de todo aquello que es tendencioso y absurdo, y que les ha sido impuesto desde la niñez.

¿No sería acertado decidir esta cuestión persuadiéndonos a que hay entre nosotros una minoría que prefiere tenernos ignorantes en este «arte de cuestionar las palabras»? Me inclino a creer que sí, aunque la decisión comporte otras dos dudas, relativas al por qué y al para qué de esta preferencia; las cuales resuelvo enseguida con esta razón, que quien cuestiona una palabra hace vacilar las bases de miles de sistemas.

¿Qué sería entonces de las «ciencias», de las religiones, de las políticas, de los regímenes, etc., si todos nosotros, cuestionando las palabras, invalidásemos o debilitásemos aquello sobre lo cual estos han sido erigidos a fuerza de psitacismo? Supongamos, por ejemplo, que mañana todos los usuarios del idioma castellano nos levantásemos con pensamientos inquisitivos sobre la palabra «amor». ¿No equivaldría esa inquisición a querer sublevarnos contra un sistema monárquico por el que no hemos conocido la susodicha palabra sino como encadenada o como atada a una cadena de valores «preestablecidos»? ¿No son los amores homosexuales y los poligámicos ejemplos de todo cuanto ha sido tradicionalmente excluido de la idea de «amor»? Y, si yo estuviese errado en esta sentencia, ¿cómo explicar entonces que la mayoría de los humanos relacionan la palabra «amor» con una idea de unión entre un hombre y una mujer? ¿No es esta relación un «valor preestablecido» o como una imposición inculcada a fuerza de psitacismo y de implicaciones tendenciosas?

¿Qué sucedería si el régimen de una nación patrocinase una lexicografía objetiva en la que la definición de la palabra pornografía, entre otras, resultase corregida de su tendenciosidad tradicional? Probablemente hallaríamos una definición así «arte romántico que representa lo que dos o más personas desnudas hacen cuando procuran placer orgásmico», la cual, como ocurriese, equivaldría a connaturalizar a los súbditos en un romanticismo sexual, o en un erotismo anticonceptivo contrario a lo que el régimen promueve para la generación humana, o para ampliación de la base de su pirámide.

Quien cuestionase, pues, cualquier palabra, como esta de «amor» y «pornografía», tendría que inquirir no solamente su origen, y su significado, sino además otras circunstancias suyas, como son sus contextos, en muchos de los cuales hallamos las palabras como incrustadas o como encadenadas con ese reprobado amaneramiento de los psitacistas. Y así como taché de absurdo el cliché de «ley de la gravedad», y aquel de «paso del tiempo», así también he de tachar este de «hacer el amor»: sintagma verbal que, con parecer un inocente eufemismo, transmite o comporta una doctrina tendenciosa contra los coitos anticonceptivos; pues la idea de coito significada con estas tres palabras «hacer el amor» está como encadenada a la idea o a la representación de una mujer y un hombre unidos en una posición de «generación». Según esta explicación, «hacer el amor» no es masturbar una persona a otra, aunque aquella pueda amar a esta tanto como se ama a sí misma cuando se masturba por sí sola. Tampoco sería complacerse con una persona del mismo sexo, ni gozar una unión coital con un grupo de personas.

Es probable que algunos cautos del idioma han ya reprobado este sintagma verbal de «hacer el amor», y sus derivados «hago el amor, haces el amor, hacemos el amor, etc.», y que, por lo tanto, se abstengan de usarlos, reputándolos por absurdos (si dos o más personas se aman recíprocamente, el amor entre ellas está hecho y, por lo tanto, no hay necesidad de «hacerlo»); pero dificulto en que alguien haya advertido la doctrina tendenciosa que este sintagma verbal o «cliché» comporta; cuyo origen es tan incierto como el de muchos otros. ¿Quizá es el resultado de una traducción? ¿No tienen los usuarios del idioma inglés un absurdo equivalente? –to make love– ¿Y los del francés? –faire l’amour– ¿Y los del italiano? –fare l’amore-.

No faltará alguien que aventure conjeturas sobre el origen de este «cliché», y que, entre otras, afirme que su compositor fue algún estúpido romántico francés; la cual yo redargüiría diciendo que fue algún represor o moralista, quien, a falta de un verbo «decente» así para su lengua como para su pluma, sintetizó el eufemismo en mención, presumiendo que con este, por una parte supliría la falta; y, por la otra, contribuiría a propagar la doctrina de que los coitos «deben» ser deberes exclusivos entre un hombre y una mujer que se amen recíprocamente (esposo y esposa), antes que placeres «promiscuos» entre personas que no se aman. ¿No era esto lo que presumía la persona a la que se ocurrió tamaño absurdo verbal como «hacer el amor»? ¿No participa este de un como código subliminal que se perpetúa y propaga por la ignorancia y la incuria de los usuarios de los idiomas?

¿Y si yo estuviese errado en esto último? ¿Cómo entonces habríamos de interpretar este absurdo de «hacer el amor», y otros que subsisten sin cuestionamiento alguno? ¿Por qué nos connaturalizamos con sintagmas como «paso del tiempo» y lo repetimos incautamente, como si «tiempo» fuese algo corpóreo potente para pasar o andar? Como cosa cierta, habrá alguien que minimice la importancia de esta cuestión, explicando el «cliché» de «paso de tiempo» como el resultado de una metáfora o de una analogía; la cual explicación yo no habría de conceder, pues, muchas de las personas a las que se ocurre este sintagma en sus mentes, creen que eso que denominan «tiempo» es una entidad individual como el sol, cuya influencia no pueden evitar, y por la cual sus sustancias, en vez de abonarse como las vínicas, se deterioran hasta la aniquilación. Cuanto más que esto de metaforizar o de establecer analogías son especialidades que muy pocas personas asumen.

He acá la importancia de lo que yo denomino «lexicografía personal»; la cual, como dejaré determinado en las siguientes líneas, es muy diferente de la lexicografía tendenciosa que los académicos han perpetuado.

¿Pero qué es LEXICOGRAFÍA? Probablemente esta palabra sea incógnita a muchas personas; esto es, que no la hayan leído ni oído. Y, si este fuese el caso del lector, le propongo que intente definirla sin la mediación de un diccionario, analizándola en lexico- (componente de origen griego, equivalente a la palabra castellana verbal, el cual es deducido de lexis [palabra, verbo]) + –grafía (componente de origen también griego equivalente a la palabra castellana escritura). Si usted consiguiere definirla con estos datos analíticos, y escribiere el resultado en cualquier medio (papel, tela, ordenador, etc.), eso será su «lexicografía personal». LEXICOGRAFÍA es, pues, cualquier obra gráfica en la que consignamos o registramos las definiciones y los valores circunstanciales de algunas, cuando no muchas, de las palabras de un idioma. Definir una palabra es semantizarla, atribuirle un valor semántico, interpretarla o explicarla de manera que la idea o la noticia implícita en aquella se acomode con otras; o de manera que podamos conocer todas sus facetas, con la posibilidad de valernos de estas con propiedad. ¿Quién ha hecho esto por nosotros? ¿Nuestros genitores? No. ¿Nuestros profesores? No. Las palabras que hemos aprendido desde niños son como diamantes en bruto que, en lugar de estar acomodados en nuestras inteligencias, están amontonados unos sobre otros, cubiertos de impurezas. Para tallar y pulir estos como diamantes es necesario investigarlos, estudiarlos, explorarlos, analizarlos y cuestionarlos: proceso por el cual hemos de advertir, además, que muchas de esas palabras no son más que piedras que conviene eliminar de nuestro acervo intelectual.

Quizá no haya mejor analogía para ilustrar esto, porque, así como a veces expulsamos parásitos de nuestros órganos digestivos mediante un purgante, así también es provechoso que excluyamos palabras y sintagmas de nuestras inteligencias mediante una «lexicografía personal».

Nótese, pues, que este arte aprovecha, por una parte, para desbastar todo cuanto de intelectual nos ha entrado a lo largo de nuestras existencias sin filtro alguno; y, por otra, para purgarnos de aquello que, a la manera de los virus, tiene influencia nociva, y a veces impeditiva, sobre nuestros pensamientos.

Por todo lo anterior, conviene a nuestra salud mental que todas las personas emprendamos una «lexicografía personal», y que, después de iniciada, no desistamos de ella. Con esto no significo que desdeñemos otros artes afines, como «ortografía» y «gramática», ni que evitemos las «lexicografías académicas», porque de aquellos y estos podemos derivar algo útil.

Y porque mal haría yo en exhortar al lector a esta empresa sin instruirlo en cómo comenzarla, me propongo consignar en esta obra algunos rudimentos de «lexicografía personal» que he desarrollado en mi experiencia profesional, la cual inicié desde muy temprano, cuando apenas me contaba unos trece o catorce años de edad.

Con esto, quede entendido que esta obra no es un diccionario más, sino una especial, en la que, por una parte, enseño lo que he aprendido, colegido y descubierto mediante mi «lexicografía personal», y, por otra, guío al lector hacia la suya, supliendo rudimentos que este no hallará en escuelas, ni en universidades -quizá apenas en algunos pocos libros-; porque, como he dicho, la mayoría de las personas desconoce este arte; y aquella minoría que se jacta de conocerlo, lo ejerce de una manera no menos servil que psitacista, siguiendo una tendencia iniciada en aquellos reinados en los que todo lo que estaba para ser impreso había de ser del beneplácito y la conveniencia del reyezuelo de turno.

En el caso del idioma castellano, las artes lexicográficas, en vez de desarrollarse, han permanecido estancadas en aquel estado en que las dejaron los «académicos» hace más de trescientos años cuando emprendieron la compilación de un diccionario monolingüe que comprendiese casi todas las palabras de nuestro idioma: empresa que, aunque la realizaron, la hicieron muy mal, con el subjetivismo, la parcialidad y el fanatismo de una época menos liberal que la moderna, si es que alguna época merece tal calificativo de liberal.

¿En cuánto hemos de estimar, sino en poco, una obra lexicográfica que, con ser exhaustiva, es imprecisa, parcial, psitacista y atropellada? Me refiero al diccionario de los «académicos», o de aquellos hombres serviles –dudo que hubiese entonces entre ellos alguna mujer- que para complacer y servir al reyezuelo que autorizaba o patrocinaba tal obra lexicográfica, consignaron en sus hojas mucho de lo que ya se propagaba en los libros religiosos.

Y aunque los «académicos» modernos carecen de un rey o de una reina a quienes servir y adular, continúan en la perpetuación de la mediocridad de aquel diccionario, modificando tan poco el contenido, que lo que hallamos en la más reciente edición es casi lo mismo que hallamos en las ediciones anteriores, incluso en la primera. En eso ha consistido la lexicografía de la «academia», en transcribir lo que los primeros compiladores compusieron, con esa tendenciosidad y psitacismo que tienen otras academias, como la francesa, en dejar sus obras como adminículos de sus religiones, y en omitir la revolución que pudiese convenir para el desarrollo de una lexicografía objetiva.

Esos hombres serviles que instituyeron la «academia» del idioma no inventaron el castellano; pero lo representaron como una propiedad más del «reino español» y de aquellos que escribían en favor de él, ya con la adulación directa, o por medio de la literatura religiosa. Lo que los «súbditos reales» omitieron en la institución «académica» es lo mismo que ha sido omitido por los hombres y mujeres que sesionan modernamente con sus escarapelas de «académicos».

La «rigidez» con la que redactaron el «diccionario real» fue el resultado, por una parte, de la necesidad inconfesada de enseñar al público solamente lo que era útil al reyezuelo que los regía; y, por la otra, del psitacismo de la mayoría de los integrantes, si no de todos. Por tal necesidad, omitieron o minimizaron todo cuanto pertenecía a lo «inmoral», alargándose o enfatizando en todo cuanto pertenecía a lo «moral», hasta dejar la obra más como un instrumento de catequismo que de lexicografía.

Estéfano Romero Luján

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