Las nueve musas
amor
Portada » Para una demagogia del amor

Para una demagogia del amor

Seamos sinceros: para que una pareja funcione se debe adular el narciso del otro.

El amor se nutre de esa demagogia. Afirmar al otro en su potencia, empoderarlo con palabras, hace a los gajes de la relación. Sin esa caricia el deseo se evanesce. El vínculo amoroso precisa esas ternuras. Se funda en esa caridad.

Uno debe hacer sentir al otro que tiene algo para dar. Y convencerse de que eso es justo lo que uno precisa, que esos atributos animan su gozo. Entre los amantes debe haber siempre cierta tendencia al panegírico.

Sobre la dosis de la loa no hay receta. En demasía bien puede alentar un ardor corporal que sume a los amantes en una agitación recíproca. A ese efecto narcótico el vulgo lo denomina pasión. Los expertos lo prescriben al comienzo. Más aún, estiman imprescindible una alta dosis inicial. Aunque desaconsejan prorrogar esa pócima en el tiempo. Se inclinan por ir reduciéndola hacia un encomio mesurado que no desplace el juicio crítico. La disputa se centra en los plazos. Previsiblemente, los moderados tienden a acotar el término para enervar los riesgos de una sobredosis. Pero las nuevas camadas suelen recetarla por intervalos extensos a fin de encapsular el amor en un estado idílico. Ese éxtasis, especulan, a lo sumo traerá como efecto colateral el desengaño, al que no estigmatizan. Sostienen, por el contrario, que un baño de realidad facilita muchas veces una revelación interior; incidente que también tiene su faceta saludable. Ahí es cuando el conservadurismo los acusa de anteponer el sujeto al vínculo, lo que atenta contra la institución amorosa. Y los llaman a la prudencia en prescripción de la loa. Todo en su medida y armoniosamente, les advierten, citando al general.

Como ya es tradición en estos lares, con ese aval retórico se creen intocables. Pero en mi modesta opinión se equivocan. Será una frase egregia del líder pero no zanja las polémicas. Porque al fin y al cabo, el sentido de la armonía se inscribe en el orden de la estética, y es por lo tanto un valor espurio, viciado de subjetividad. Por eso la joven militancia los refuta invocando también al conductor, aunque en una versión más prosaica: andando se acomodan los melones, les espetan. Y escudados en la frase, proclaman que de nada sirve decretar una posología porque su efecto dependerá del metabolismo de los amantes, que siempre exige una comprobación empírica. La dosis surgirá, concluyen, de la capacidad de resistencia de los cuerpos. Y en esa ida y vuelta de citas –sobre el que estimo inoportuno demorarse– quedan ambos bandos entrampados en la plasticidad ideológica del líder.

¡Ojo! Que los expertos en el vademécum del amor no se pongan de acuerdo a la hora de establecer una farmacopea del elogio, no significa que se deba prescindir de recaudos en su elaboración. Porque si bien no es compleja, requiere cierta pericia para evitar que la pócima vire en lisonja; defecto nocivo de la loa porque alienta la suspicacia: el otro puede sentirse víctima de un embuste. Y el riesgo de que promueva el descreimiento no es menor. Es más, puede ser funesto. Porque –se sabe– la credulidad es todo en el amor. Como todo simulacro, la experiencia amorosa tiene como puerta de acceso un acto voluntario y deliberado: la suspensión de la incredulidad. Sólo así uno puede dejarse arrastrar por su ficción.

Todo amante, al fin y al cabo, busca canalizar una vocación artística. Desea ingresar en el orden de la ilusión. Ser parte de una fábula. Y el amor le da esa chance. Le ofrece una hiperficción explorativa en la que puede elegir su propia aventura. Y entonces hace gala de sus veleidades de actor. Juega su personaje. Despliega su histrionismo. Basta, para definirlo, una paráfrasis de Pessoa: El amante es un fingidor; finge que es amor el amor que en verdad siente.

Sobre la retórica del amor también se ha instalado un arduo el debate. ¿Cuáles son los fonemas proclives a despertar el eros del otro? Los eruditos no se ponen de acuerdo. Se dedican a discutir los vocablos y terminan ellos mismos inmersos en una querella de palabras. Y con matices harto nefastos cuando entra a tallar un grupo de retrógrados afectos a moralizar sobre el fonema. Son los santurrones del lenguaje, los que siguen pontificando acerca de las buenas y las malas palabras. Históricamente se ha intentado razonar con estos talibanes del idioma pero todo esfuerzo ha sido vano. Algunos especulan que son ellos los pobres de espíritu mencionados en las escrituras.  Otros aventuran que se trata de beatos que pasan su vida masturbándose entre ángeles. En el mejor de los casos. En el peor, que se abocan al consumo de pornografía infantil y a cultivar la pederastia. Con una liturgia común a la hora de solazarse con los niños: antes o después de abusarlos les administran el sacramento de la hostia. Parece que introducirles oralmente esa ofrenda les provoca un arrebato amoroso.

Más allá de estas disgresiones, la potencia evocativa de un fonema en el diálogo amoroso sigue siendo un misterio. Y con la discusión empantanada, los intelectuales de vanguardia optaron por salirse de ese laberinto con una premisa novedosa. El idioma de una pareja no depende de su vocabulario sino de su sintaxis, argumentan. Son las formas gramaticales las que cuentan, la relación que entablan los sintagmas del discurso amoroso.

No faltarán quienes los acusen de sofistas. Aunque la mayoría coincide en que, en aras de adular al otro, no importa tanto la calidad aislada del término como su desempeño en la oración. Lo que ha desterrado un antiguo credo estético: la superstición en la belleza o fealdad de las palabras por su sonoridad. Muchas veces –señalan los noveles ideólogos– la introducción de un fonema atonal puede tener un efecto dislocador que excite la respuesta amatoria.

En suma, prima hoy cierto consenso en que la belleza de un vocablo radica más que nada en su eficacia.

Claro, esta primacía del fin por sobre el medio irrita a la vieja guardia, que lamenta la sustitución del lirismo por el resultadismo. Y ataca a sus cultores con una traspolación socarrona: los llama los bilardistas del amor. Pero el doctor no se ha enterado porque a él nunca le interesó el amor sino la guerra. Al menos así siempre lo declaró. Recuerdo cuando un periodista le preguntó si no creía que, en ese forcejeo por hacer el gol y que no se lo hagan, no circulaba cierta tensión homoerótica. Él concluyó la entrevista con una de sus habituales onomatopeyas. El doctor fue siempre así, muy enigmático. Y si bien ha sido arduo interpretarlo, se estima que en el discurso amoroso estaría siempre a favor de la practicidad. Ya se sabe, toda su vida pensó mucho en el rival, que es un sucedáneo de la alteridad. Más que nada pensó en cómo anularlo. Por eso se presume que, en las lides de amor, hubiera invertido su estrategia posicionando los vocablos para favorecer la ofensiva de los dones del otro, que es la retribución que aguarda todo amante.

Lo cierto es que muy pocos discuten hoy que los atributos del otro son los que piden el vocablo que los nombre. De lo contrario se estaría elogiando una ilusión, un amante imaginario. Y el fonema no haría resonancia en el real. Lo que atentaría contra una regla tácita del amor: ser nominado por el otro para poder alojarse en su palabra. De ahí que les sea ineludible a los amantes explorar las cualidades expresivas de una lengua hasta dar con las palabras justas de su encomio. De esa materia está hecho el diálogo amoroso.

No es óbice que la jerga varíe según lo requiera el contexto. Más bien, ratifica que la ambigüedad de la palabra no tolera un abordaje maniqueo. Aquella locución censurada en un ámbito público puede bien resultar imprescindible en el privado. O a la inversa, el desacato de esa interdicción puede suscitar un alto impacto erótico. Por ejemplo, cuando un fonema de la intimidad es susurrado al amante en un evento social. El fervor que provoca ese murmullo puede resultar incomparable.

Por último, no debemos olvidar la pronunciación. Porque el amor también palpita en su entonación. Y ese acento, además, devela la afición estética de los amantes. Algunos serán afectos al dramatismo; otros, al sainete. Unos optarán por el sobrio recato; otros, por una espléndida estridencia. Son tonalidades, coloraturas del amor, libres elecciones que hacen al tipo de sensibilidad de los amantes, mas no a su calidad amorosa. Es preciso acabar con la antigua superchería: en la austera gravedad de un amor escandinavo no hay menos intensidad que en la exuberancia de un amor mediterráneo. Cada pareja está supeditada a su universo cultural y se ama a su manera. Lo importante es que encuentre un registro tonal afín a su temperamento. Esa es la clave. Porque una vez calibrado el timbre del halago, el amor fluye. Y ahí comienza el sueño inmemorial de los amantes: que el diapasón afine esa melodía para siempre.

Gustavo Bernstein

Colaboraciones

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Secciones

lamejordemisvidas
.promocionamos tu libro

de-leones-a-hombres
.promocionamos tu libro
un-mundo-en-una-caja
pequeñas-sediciones
seÑales
la-balada-del-café-triste

Hoy ha sido un duro día de trabajo en la redacción. ¿Nos invitas a un café?