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Las nueve musas

Tiburón (Steven Spielberg, 1975)

Hay películas que marcan una infancia, y el terror desplazado de la pantalla a la vida real un logro del creador.

Igual que un niño podía jugar a ser Errol Flynn descolgándose por una cortina después de ver “Robin de los bosques”, otro podía sufrir una parálisis en cuanto el agua le llegaba al ombligo y recordaba que, de las profundidades podía emerger una boca enorme que no dejara rastro de su presencia.

Tiburón
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Daba lo mismo que no se hubiera pisado el mar hasta entonces, bastaba un río o una piscina solitaria para que, en medio del agua, uno sintiera un escalofrío en la columna al recordar cómo desaparecía aquella bañista en medio del amanecer tras una noche de fiesta. Esa escena inicial de “Jaws” es el ejemplo exacto de cómo ha de presentarse una amenaza invisible y que permanecerá así durante muchos minutos de la película. Si con menos de 10 años eras incapaz de representarte el componente sexual de esa escena, sí lo eras para asumir la amenaza de lo desconocido y la brutalidad de un ser que, obedeciendo a su instinto, se transfiguraba en algo mucho más inteligente que los humanos que pretenden darle caza posteriormente.

En “Tabú”, de Murnau, rodada en 1931, la figura del tiburón alcanzaba ese aspecto sagrado como castigador de quienes profanaran el “motu” polinésico y se atreviera a extraer perlas de las profundidades marinas.

El cine de Spielberg está en las antípodas de las conexiones filosóficas o religiosas pero aunque la técnica no permitía alardes en 1975, y pese a su carácter naïve y que no puede ocultar su naturaleza de cartón-piedra, el “bicho” sigue siendo insuperable en cuanto a credibilidad respecto a las reconstrucciones digitales de la actualidad y mantiene ese significado que le asocia con la muerte. “Tiburón” es cine de aventuras y no pretende analizar profundidades psicológicas sobre los miedos innatos o adquiridos por el ser humano, la presencia del depredador no responde a castigos divinos ni a represalias ecológicas, es una película de cazadores y presas donde el final, pese a ser previsible para no empañar el deseo infantil de triunfo, exige que uno de los depredadores sobreviva como cúspide de la cadena evolutiva.

“Tiburón” supone un antes y un después en el cine de monstruos marinos, y en el cine de género de animales “homicidas”. Una franquicia que ha perdurado a partir de un progresivo deterioro del original, agotado en sí mismo, utilizando el reclamo del escualo como eje central de su narrativa, ya sea como ejemplo de la lucha por la supervivencia del individuo aislado y obligado a hacer valer su inteligencia por encima de la destreza natural del animal, ya sea como simple espectáculo pirotécnico de grupo progresivamente diezmado por el pez, u ocasionalmente, en productos con ínfulas, un intento, desafortunado casi siempre, de ahondar en la psicología del humano enfrentado con sus terrores. “Tiburón” se convirtió en un animal casi indestructible que sirvió de excusa para una sucesión de sucedáneos en los que cualquier animal acuático sirvió para explotar el filón del terror, aunque fuera plagiando.

Abierta la veda los tiburones se quedaron pequeños, llegaron las orcas, “Orca, ballena asesina”, cercana al subproducto aunque el reparto contaba con Richard Harris y Charlotte Rampling y el sex symbol del momento, Bo Derek; las pirañas, “Piraña” dirigida por Joe Dante, los pulpos gigantes en “Tentáculos” que reclutaron a John Huston, Shelley Winters, Bo Hopkins o Henry Fonda para una muy mala película que, sin embargo tenía una escena inicial con carrito de bebé absolutamente impactante, los cocodrilos en la serie “Mandíbulas”, las barracudas………cualquier animal marino se convirtió en un peligro potencial para el ser humano superada la guerra fría, el terror nuclear y el miedo alienígena. Finalizada la guerra de Vietnam (en 1973 se retiraron las tropas norteamericanas en medio de una sensación de derrota y fracaso) parecería que el cine necesitaba encontrar un nuevo enemigo oculto en la naturaleza, donde fuerzas telúricas y desconocidas pasaran a convertirse en la nueva amenaza de la especie humana.

Vista muchas veces, manteniendo la marca de fábrica de Spielberg, le sobran minutos, le sobran escenas, le sobran guiños familiares. Pero en el momento de jugar con el sentimiento del espectador, sus capacidades para mantener intacta la atención, incluso con escenas mil veces vistas, el mérito es indiscutible. No hay un héroe sobrehumano, hay un «americano corriente» dispuesto al sacrificio frente a un monstruo diabólico. Por el camino se habrá jugado con los miedos infantiles, o castigado a quien se excede o a quien no respeta la convención social y el orden establecido (la primera y última víctima del tiburón están “fuera de la norma”); lo políticamente incorrecto nunca ha estado bien visto en el cine de multitudes, y Spielberg y Lucas lo supieron bien cuando apostaron por un tipo de cine que excluiría minorías y mensajes alternativos para buscar el mensaje generalista, incluso siendo honestos, Spielberg provocó un cambio en el concepto del cine como negocio de tal magnitud que sus peores consecuencias las sufrimos ahora en las pantallas comerciales, anulada la diferencia y asfixiada la disidencia, el cine se ha convertido en una fotocopia constante en taquilla semana tras semana.

Porque cuando incluso intenta hacer un guiño político o de crítica social la timidez de Spielberg para no incomodar a parte del público es sonrojante. El político, el burócrata, de tan esquemático que es resulta guiñolesco. Como esa figura del alcalde enfrentado al hombre corriente preocupado por la seguridad de sus convecinos, en el que el esquematismo del personaje le quita la sustantividad propia del político proclive a la corruptela. Ese es un gran debe del cine de Spielberg, hacer limitados sus compromisos para que sus películas huyan de cualquier intento de acercamiento al cine de tesis, incluso cuando ha optado por hacer “películas serias” su argumentación termina haciendo aguas porque incurre en el subrayado más elemental pensando que su público tiene la edad infantil en la que vio Tiburón y todavía no sabía que el sexo, y el dinero, son los motores del mundo.

Este cine setentero, mitad “pop”, mitad “hippie”; capaz de que el espectador disfrute durante su visión y olvide cualquier preocupación personal o social durante dos horas, generalmente ha huido de lo artístico para perdurar, y sin embargo, en “Tiburón”, se aprecian esos alardes técnicos necesarios para conseguir ese efecto más allá del mero miedo que genera la tensión del ser animal cuya inteligencia es más aguda y desarrollada que la del imbécil de dos patas (la escena de la “armada” de pesca es sintomática, aunque quede demasiado absurda para resultar creíble). El clímax sostenido se consigue por esa dosificación de la aparición del enemigo, lo que transforma el agua en amenaza constante, y la tierra en entreactos en más de una ocasión tediosos, pero no hay que olvidar otros dos elementos genuinos de esta película con vocación de perdurar, son el uso del contrapicado como visión subjetiva del propio escualo, del que se abusa incluso en escenas donde el animal no puede aparecer, pero esa escena inicial con la bañista filmada desde abajo y la cámara acercándose a sus piernas es puro lujo cinematográfico, a lo que se une la excepcional creación sonora de John Williams en la música que rodea el mundo del tiburón, esa presencia sin necesidad de ser visto solamente alimentada por los acordes graves de contrabajos y fagots que parecen emerger de las profundidades más insondables. Para un cine de evasión conseguir introducir elementos tan significativos como éstos hacen que “Tiburón”, más allá de la calidad general o parcial de la obra, se haya convertido en un clásico por excelencia de la historia del cine. En todo caso momento habrá de vengarse de Spielberg y el miedo acuático acumulado por su culpa. Spielberg, no te lo perdonaré jamás.


Título: Tiburón. Título original: Jaws. Dirección: Steven Spielberg. País: Estados Unidos. Año: 1975. Duración: 124 min. Reparto: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss. Guión: Carl Gottlieb, Peter Benchley. Distribuidora: Universal Pictures . Productora: Universal Pictures, Zanuck/Brown Productions. Diseño de producción: Joe Alves. Efectos especiales: Kevin Pike, Robert A. Mattey. Fotografía: Bill Butler. Guión: Carl Gottlieb, Peter Benchley. Guionistas del monólogo de Indianapolis: Howard Sackler, John Milius, Robert Shaw. Montaje: Verna Fields. Música: John Williams. Novela original: Peter Benchley. Producción: David Brown, Richard D. Zanuck. Sonido: Gregory King, John R. Carter, Robert L. Hoy.

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Miguel Ángel Martín Maestro

Miguel Ángel Martín Maestro, nacido en Palencia en 1967.

Cinéfilo por vocación, magistrado desde 1995 por necesidad para poder ser cinéfilo.

Colaborador habitual en el periódico "Ultimo Cero" de Valladolid como comentarista cinematográfico y único responsable de la web "noshacemosuncine.com"

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