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Shirley Jackson o cómo hacer funcionar el miedo

Ilustración de William Teason

Tal vez porque a uno de sus editores se le ocurrió con fines comerciales deslizar que Shirley practicaba la hechicería, se lee en un perfil de Associated Press: “La señorita Jackson no escribe con lápiz, sino con una escoba”.

No podemos saber con franqueza si esta afirmación resulta un halago literario o representa —sí, aún en 1948— una suerte de rencorosa acusación de brujería, inesperada, en caso de que el autor de La lotería no hubiera sido una mujer.

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Lo cierto es que la talentosa dama poseía una importante colección de grimorios y libros de ocultismo, y tanto su madre como su abuela consultaban la ouija, además, de preferir para el acierto de sus curaciones a la Ciencia Cristiana.

Todo esto, según las indiscreciones propias de los biógrafos, formaba parte de la herencia inquietante de Shirley Jackson. La acidez de su humor y la simplicidad a favor de su agudeza serían un ejercicio diario al servicio de sus particulares personajes. Le costó, sin embargo, el camino hacia la popularidad y el reconocimiento de su pluma. The New Yorker la rechazó —ya lo habían hecho con Scott Fitzgerald y lo harían de nuevo con Sylvia Plath—, pero para una posterior absolución publicarían ocho de sus historias durante los años 43, 44 y 48. De la materia de sus textos podría decirse que sondeó el género del terror como ninguna, con la tranquilidad enervante de un asesino que se toma su tiempo muy en serio, y el pulso firme que traza con precisión un profundo tajo para celebrar su  inhumanidad.

De sus prolíficos relatos el célebre La lotería (1948), que no es otra cosa que la historia de un sacrificio, explora los siniestros mecanismos de los ritos y la tradición como absurdos que generan dolor y desgarramiento. Esta indiferencia ante la crueldad brilla en muchas de sus tramas revelando una profunda comprensión del miedo: “Me ha gustado usar el miedo, tomarlo, comprenderlo y hacerlo funcionar”. Y lo logra. Con Merricat y sus rituales —rituales para sostener un orden—, la protagonista de Siempre hemos vivido en el castillo (1962), nos confunde con su simpatía apesadumbrada y un punto de vista casi demente en un ser juvenilmente gris a quien le hubiera gustado nacer hombre lobo. Gran creación de Jackson en sintonía con aquello de cómo convencer al mundo de que el diablo no existe[1].

Un ejercicio detallista y claustrofóbico del gótico en la amalgama de lo sórdido y cotidiano trasunta la atmósfera de La maldición de Hill House (1959) en la mejor tradición del horror. Considerada la más destacada de las novelas sobre mansiones encantadas, Jackson transita el recurso de la casa como personaje de atributos humanos, “Una casa que no tiene bondad”, en palabras de su narrador. Un doméstico aplastante y paranormal en la arquitectura de una casa de paredes orgánicas, dimensiones casi infinitas, laberínticas, y una curiosa dotación de visitantes aterrorizados que funcionan en tándem con el creciente pavor mental. Su pesquisa psíquica se mueve hacia el interior de sus propios espectros personales sin abandonar la real sordidez que los acecha. A propósito de este texto, que actualmente se adaptó con éxito para una serie de Netflix, Jackson —que no creía en fantasmas— contaría que investigó durante mucho tiempo a partir de la lectura de una investigación de la Society for Psychical Research sobre una casa encantada a finales del siglo XIX.

Con un interés renovado en su obra tan llena de sarcasmo y desesperación se otorgan anualmente desde 2007 los Premios Shirley Jackson en los géneros de suspenso psicológico, horror y fantasía oscura. Precisamente, en julio de este año la argentina Samanta Schweblin fue galardonada en la categoría novela corta con su Distancia de rescate. Durante el 2015 Minúscula sacó una nueva edición de Cuentos escogidos y en el 2016, centenario de su nacimiento, la crítica Ruth Franklin presentó su completa biografía A rather Haunted life. Aquí su objetivo consistió en rescatarla como figura importante de la tradición gótica estadounidense y darle el estatus de cronista protofeminista de la vida de las mujeres de mediados del siglo XX. En contraste muy claro todo ello con la primera biógrafa de Jackson, Judy Oppenheimer (Private Demons, 1988) que en cierto modo jugó con los supuestos poderes ocultos de la autora.

Shirley Jackson falleció en 1965 a los cuarenta y ocho años de una insuficiencia cardíaca,  luego de un año de no salir de su casa debido a una severa agorafobia. Madre de cuatro hijos, con una relación siempre conflictiva con su propia madre, muchos críticos ven en sus ficciones la trasmutación de sus adicciones y fantasmas personales en la frustración doméstica de las mujeres de la década del cincuenta. Más allá de fallidas o acertadas asociaciones personales con la obra de un autor ella misma declaró, “Escribí sobre la neurosis y el miedo, y pienso que todos mis libros reunidos servirán como documentación sobre la ansiedad”. Refiere Franklin en su biografía que durante sus años más tumultuosos Shirley consideró que la literatura era su única salida.

Sabemos con gusto y certeza que Jackson fue prolífica, que escribió algunos libros para niños, notas para revistas femeninas donde relataba su vida como ama de casa y madre, que tuvo un marido más que polémico, que admiró a Flannery O’Connor y se interesó por el juicio de brujería de Salem a tal punto que dejó un libro que se distancia de la ficción para preguntarse el motivo que condujera a toda una comunidad a la cerrazón religiosa y la superstición.

Parece que en sus diarios íntimos relataba los mismos hechos del día, pero en diferentes voces, ensayaba tal vez la distorsión y la perplejidad.

Desde el sur del Sur escribe Adriana Greco

[1] “El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”. De la película Los sospechosos de siempre (1995).

Adriana Greco

Adriana Greco

Adriana Greco nació en Buenos Aires,

Es docente, correctora literaria y bibliotecaria.

Tiene publicados en colaboración tres libros: Poetas y Narradores Contemporáneos (Argentina: Editorial de Los Cuatro Vientos, 2004) donde recibió medalla de plata y el tercer premio de poesía de un jurado seleccionado por la editorial; participó de la antología Poesía y Narrativa Actual (Argentina: Nuevo Ser, 2006), y colaboró con cuentos, poesías, y en la redacción de contratapa para La Tinta y el Blanco (Argentina: Ediciones Mallea, 2010).

En 2011 crea el blog Correctores en la Red.

Durante el 2012 y 2013 participó con columnas literarias en el programa Paranormales de Radio Zoe.

En 2015 obtiene con Mala entraña el tercer premio en el II Certamen "palabra sobre palabra" de Relato Breve (España).

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