Las nueve musas
El prójimo en la visión de Baruj Spinoza y Sigmund Freud
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El prójimo en la visión de Baruj Spinoza y Sigmund Freud

BARUJ SPINOZA Y SIGMUND FREUD. ENSAYO SOBRE EL ESTADO, LA CULTURA, LA FELICIDAD Y EL PRÓJIMO (IX)

Para el erudito pensador holandés, existe una línea que vincula al prójimo con el semejante. Sin embargo, lo recíproco no es válido: el semejante no precede al prójimo.

Esto se da porque Spinoza considera al semejante dentro del universo de cosas u objetos. En consecuencia, esa cosa aún no es el cuerpo humano sino algo que está en la naturaleza (E. III, 2, dem.) y se esfuerza cuanto está en sí por perseverar en su ser (E. III, 6).

Esto significa que Spinoza en esta parte no discrimina entre cosa y semejante. El juego entre la cosa y el semejante no encuentra aún límites para su definición. No obstante, de manera progresiva, la equiparación entre cosa y semejante se va despejando a causa de una elevación en la consideración de este último, a partir de los sentimientos de amor y odio que recibe y es capaz de ofrecer. No podemos amar u odiar a un objeto inanimado, pero sí experimentar pasiones hacia alguien que se parece, asemeja, a nosotros y comparte estos mismos afectos. Esto es, un semejante, otro ser humano. Debemos observar, sin embargo, qué entiende Spinoza por amor y odio. Así, al final de la parte III de la Ética, apunta las definiciones de los afectos que son de suma importancia para internarse en el mundo de los sentimientos spinozianos.  En efecto, el amor es una alegría acompañada por la idea de una causa exterior (E.III, def. 6), en tanto que el odio es una tristeza acompañada por la idea de una causa exterior (E.III, def. 7). Se impone a continuación hallar el significado de alegría y tristeza. La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección (E.III, def. 2) y la tristeza es el paso del hombre de una mayor a una menor perfección (E.III, def. 3). Como es posible apreciar, el amor y el odio no constituyen simples inclinaciones o reacciones humanas sino que están en íntima relación con el espíritu, es decir, con su mayor o menor potencia y su efecto sobre el cuerpo. La alegría, y el amor nos proporcionan mayor perfección; la tristeza, el odio, disminuyen nuestra perfección. El espíritu, por padecer  alegría o tristeza (E, III, 11, esc.), no es un espectador pasivo de las cosas que ama y en consecuencia puede aumentar la potencia de obrar del cuerpo, sino que se esfuerza cuanto puede por imaginarlas (E. III, 19, dem.), pero es a la inversa: el espíritu intenta eliminar todo aquello que lo embarga de tristeza porque disminuye la potencia de obrar del cuerpo. Si algo inquieta a un individuo cuya naturaleza es semejante a la nuestra, es decir, otro ser humano, eso mismo también nos perturbará a nosotros afectándonos de tristeza (motivando una disminución de nuestra perfección y, en consecuencia, en la potencia de obrar). Esta tristeza se llama conmiseración y surge del daño de otro, lo cual nos provoca indignación hacia el que ha cometido ese daño (E, III, 22, esc.) y aprobamos por cierto al que ha hecho bien a un semejante. Deseamos con nuestro esfuerzo librar de su miseria a quien nos mueve a conmiseración, porque nos afecta también de una tristeza similar y nos dispone a la destrucción que ocasiona la miseria de esa cosa. (E. III, 27, esc., cor. I, II y III). Finalmente, esa voluntad de hacer el bien que surge de nuestra conmiseración hacia la cosa que queremos beneficiar se llama benevolencia (E. III, cor. III, esc.).

En los considerandos que establecen la aplicación de la doctrina expuesta en su Ética, Spinoza sostiene  que ésta es útil para la vida social en cuanto enseña, entre otros aspectos, “a auxiliar al prójimo, no por mujeril misericordia, sino sólo por la guía de la razón” (E. II, final). En la medida que los hombres viven bajo la guía de la razón, van a concordar en naturaleza (E. IV, 35). Por otra parte, es imposible prescindir de lo que es externo a nosotros; mejor aún cuando concuerda con nuestra naturaleza (E.IV, 18, esc.) porque ninguna cosa puede ser mala por lo que tiene en común con nosotros (E. IV, 30). Cuanto más concuerda una cosa con nuestra naturaleza tanto más útil es y viceversa (E.IV, 31, cor.) y así la potencia de obrar del hombre es favorecida por la potencia de otro hombre (E. IV, 29). Dos individuos con igual naturaleza que se unen entre sí, forman un individuo doblemente potente (E.IV, 18, esc.). Al unir sus fuerzas, por medio de la ayuda mutua, consiguen con mayor facilidad cubrir sus necesidades (E. IV, 35). Quien vive conforme a la razón desea también para otro el bien que apetece para sí  (E.IV, 51). El que no es movido por la razón ni por la conmiseración a ayudar a los otros merece el nombre de inhumano que se aplica (E. III, 21-26).

Sin embargo, este complejo edificio sustentado en la razón acerca de la asistencia al prójimo sumido en la adversidad no presenta analogía en el TTP, donde la fe en Dios y la obediencia a sus preceptos son el camino para amar al prójimo porque ésa es la única forma de cumplir con la ley (TTP. XIII, 8). Amar al prójimo como a sí mismo, según Dios ordena, es obedecer y ser dichoso según la ley (TTP.XIV, 9). La obediencia a Dios consiste en la justicia y en la caridad, es decir, en el amor al prójimo. (TTP. XIV,27). No hacer a nadie lo que no querría que le hicieran a uno y  defender los derechos de los demás como los suyos (TTP. XVI, 13-14). A continuación, analizaré la frase “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, según la óptica racional de Spinoza. El mandamiento se compone de dos premisas unidas por una conjunción comparativa: como. Estamos cotejando dos oraciones afirmativas. Empezaré por la segunda: “amarse a sí mismo”. Amarse a uno mismo es un principio esencial en el pensamiento spinoziano. En efecto, por naturaleza, la razón exige que cada cual se ame a sí mismo; de esta manera, se impulsa a buscar su propia utilidad, lo cual lo lleva a una perfección mayor y al esfuerzo por conservar su ser (E. III, 6; E. IV, 18, esc.), es decir, a obrar y a vivir y, en consecuencia, a actuar según la virtud (E. IV, 24). Si amarse a sí mismo es un mandato de la razón, entonces por la ley de la comparación “amar al próximo” también lo es. Así, el prójimo se convierte en un objeto de la razón con lo cual se lo quita de la esfera de lo religioso y se lo adscribe al universo racional. El prójimo y yo somos seres racionales, concordamos en nuestras respectivas naturalezas, nos ayudamos mutuamente potenciando nuestras capacidades y posibilidades de alcanzar la felicidad.

Diana SperlingPara finalizar, juzgo necesario incorporar en esta sección la comunicación personal que la filósofa y escritora Diana Sperling me aporta sobre el tema. Dice así: “La frase ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’, está en efecto sacada de contexto; no solo porque se la cita sin lo que la antecede, sino porque aparece en una parashá (una sección de la Torá) dedicada a las instrucciones para administrar justicia. La parashá Kedoshim se encuentra inmediatamente después de los (llamados) Diez Mandamientos, y son su despliegue y explicitación, es decir, el detalle de las leyes que deben regir la vida de la comunidad. O sea: ‘amar’ en este contexto no es un ‘sentimiento’ sino una acción concreta, que podría traducirse por aplicar la ley y ser justo. Y vale también subrayar que el prójimo no es tu connacional (Lev. 19,33), al ordenar amar al extranjero, dice ‘porque extranjero fuiste’… O sea, en la Torá no hay elogio de la autoctonía y desprecio al extranjero, sino que se considera que todos somos extranjeros, igualmente necesitados de justicia y hospitalidad. La justicia no es ‘natural’, solo adviene cuando hay una legalidad que la articula y expresa”.

Sigmund Freud no es tan accesible cuando de prójimos se trata. Todo lo contrario. Y lo demuestra en El malestar en la cultura y su aversión por la religión, al colocar a los sistemas religiosos en la cúspide de las actividades psíquicas superiores junto a las tareas intelectuales, científicas y artísticas (1).  Según sus palabras, uno de los reclamos ideales de la sociedad culta es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Por qué habría que hacerlo?, se pregunta. ¿Cómo llevarlo a cabo? Razona que su amor es algo valioso para él y no puede desperdiciarlo sin pedir cuentas. Sigmund FreudEl objeto de mi amor debe merecerlo, desechando los beneficios que pueda ofrecerme así como su valor sexual. Dos clases de vínculo que no ameritan para la orden de amar al prójimo. El médico vienés para cumplir ese mandato pone algunas condiciones: si el prójimo se le parece tanto que puede amarlo como a sí mismo; si sus perfecciones son superiores a las propias que puede tomarlo como ideal; si sufre un dolor tan grande que participaría de él. Todo eso queda sin valor, si el otro es un extraño para él  le será difícil amarlo a menos que pueda atraerlo con alguna significación  para su vida afectiva. Considera que cometería una injusticia con los suyos por colocar a un extraño en igualdad con ellos. De todas maneras, si debería expresar el sentimiento hacia el desconocido, sería uno muy pequeño que apenas se distinguiría. No encuentra racionalidad en ese mandato y sí, en cambio, motivos para rechazarlo absolutamente. No sólo alberga hostilidad e inclusive odio hacia el otro, sino que éste parece expresarle idéntica descortesía, al pretender sacar ventaja, perjudicarlo, dañarlo, burlarse, ultrajarlo, calumniarlo, exhibirle su poder; mientras más seguro se siente el prójimo, más desvalido se concibe él. No duda que puede esperar ese comportamiento hacia su persona. Sólo necesita comprobar un mejor comportamiento del ajeno, consideración y respeto, para retribuirle con la misma moneda. Propone modificar el mandamiento así: “Ama a tu prójimo como tu prójimo te ama a ti” Hay otro decreto que le resulta menos entendible: “Ama a tus enemigos”, aunque en el fondo es lo mismo. Si al prójimo se le solicitara que me amara como se ama sí mismo, es probable que diera la misma respuesta. Hasta aquí, el carácter zumbón e irónico de Freud, pero a la hora de ponerse serio expone sin cortapisas su opinión sobre el hombre que corresponde citar textualmente: “El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuirle una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo… Bajo circunstancias propicias, cuando están ausentes las fuerzas anímicas contrarias que suelen inhibirla, se exterioriza también espontáneamente, desenmascara a los seres humanos como bestias salvajes que ni siquiera respetan a los miembros de su propia especie… La existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros mismos y con derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo (MC 106-109). ¿No recuerda acaso a Baruj Spinoza cuando se refiere al hombre que no actúa guiado por la razón?

Hemos visto la evolución de un forastero que recibe en forma pasiva leyes, mandamientos y ordenanzas sin reclamar, hasta su inclusión en el universo de la racionalidad, para culminar su recorrido en una sociedad que anhela su destrucción antes que él nos destruya a nosotros. Integró bajo la forma de prójimo un Estado teocrático absolutista; fue súbdito y ciudadano en varias formas  de gobierno. En la actualidad participa de un sistema social regido por hábitos y prácticas que conforman un heterogéneo conglomerado de producciones e instituciones, con elementos que lo enriquecen y entregan nuevos sentidos a cada paso.

Pablo Freinkel


Abreviaturas utilizadas

E: Ética demostrada según el orden geométrico (el número romano es la Parte, el arábigo la proposición,  Dem=demostración;  Cor=corolario;  Esc.=escolio)

TTP: Tratado Teológico Político (el número romano es el capítulo y el arábigo, el parágrafo)

MC: El malestar en la cultura.

Notas

1-Baruj Spinoza. Ética demostrada según el método geométrico. Terramar Ediciones. Buenos Aires, 2005.

2-Tratado teológico político. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2005.

3- Sigmund Freud. El malestar en la cultura. Obras completas, tomo XXI. Amorrortu editores. Buenos Aires, 1992, pgs. 92-93.


 

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