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Las nueve musas
Pilar Plaza

La poesía de Pilar Plaza se nutre sobre todo de la infancia, concretamente de la propia, la de una generación que vivió intensamente la posguerra, porque nada relacionado con la guerra puede vivirse si no es intensamente.

No eran años fáciles aquellos, menos aún para la infancia, cuya educación se vio especialmente marcada por la represión y la hipocresía del franquismo, especialmente instalado en las escuelas.

Espejos de la memoria
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En su anterior poemario, El hueso pensativo (2015), que vio la luz bajo el mismo sello editorial, la poeta ya mostraba claramente su interés por revisar la vivencia infantil, por revivirla desde la perspectiva adulta. También allí el recuerdo constituye la esencia de su poesía. Diríase que Pilar Plaza se redime en la remembranza, se rescata a sí misma de la dureza de aquellos años. El título del poemario que nos ocupa anuncia sintéticamente el gesto retrospectivo de Espejos de la memoria.

Así estos poemas constituyen, también, un recorrido histórico-emocional por la postguerra desde la mirada incisiva de la voz poética que la sufrió. Nada escapa a la inteligencia de la niña, que percibe abiertamente el fariseísmo de la santurronería: «La niña está sentada debajo la mesa camilla / y reconoce todos los zapatos, / los rojos con el tacón de aguja son nerviosos / […] / les gusta que los roce un enorme zapato/que se asoma y se oculta bajo una falda negra/abotonada hasta el suelo». (El escondite). O las nefastas consecuencias de una sexualidad sometida y mal llevada: «El profesor de matemáticas / miraba las piernas de la niña / más desarrollada de la clase / y le ordenaba que escribiera arriba / y más arriba aún en la pizarra, // […] // Luego trataba de despejar la incógnita / apretando con energía el yeso entre sus dedos fofos, / pensando, según creo, en otra cosa» (Segundo de bachillerato). O cuando, leyendo en el momento actual los pensamientos de una anciana, que viviera también aquellos trances, la voz poética dice con humor: «Aprieta en la mano derecha un misal deformado/con los recordatorios de sus muertos. // Intenta arrodillarse a pesar de la artrosis / […]. // Sigue temiendo que alguien, / que en estos momentos no le suena, / la juzgue y la condene por un vestido rojo muy ceñido/que recuerda muy bien. // ¡Cuántas alegrías le daba/el bendito ris-ras de aquella cremallera!». (Memoria).

Hay también, como en El hueso pensativo, reivindicación feminista en estos versos, que evidencian una viciada cadena de transmisión en la educación de la niña —de la mujer—, que la encarrila desde el nacimiento a su supuesto destino: «Mi madre aprovechaba todos los retales/para enseñarme a bordar. // […] y bordé a cordoncillo, / hasta llegar a odiar mis iniciales: P. P.» (Presagio). Y acusa directamente al mito cristiano señalándolo como raíz de la cultura patriarcal, que buscó en la inocente mujer su cabeza de turco: «¿Qué haría yo para ser expulsada/de un paraíso de leche y miel, / que ni recuerdo? // […]. // Confieso que no he sabido nunca distinguir / con claridad los árboles frutales / ni a las serpientes en sus prometedoras ramas. // ¿Quién me hizo al cabo/una biografía tan apócrifa?». (Mujer).

Y, con todo, se trasluce cierta nostalgia de aquel tiempo —la infancia siempre va acompañada de algún ángel—, aunque la ironía del último verso (sobrevivir a la escuela franquista se percibe como una heroicidad) ejerza un contrapeso en la balanza: «Solo queda memoria desquiciada en inútiles gestos, / […] // Amo aquella niña flaca / que escribía al dictado en un cuaderno gris. // ¡Es una superviviente!» (Algo que celebrar). El mismo poema reúne en pocos versos el rigor espiritual y material, de la mano, que, confundidos, derivan en inclemencia: « […] // En la pizarra de un verde desgastado/una raíz cuadrada a medio resolver con tiza / y en las ventanas altas que no ajustaban nunca, / las tardes sempiternas enfriando bostezos, / en aquellos inviernos que acechaban / para herirnos a la salida del colegio // […].».

Consciente del paso del tiempo, el sujeto poético se contempla a sí mismo: «Todos los seres humanos / tenemos una cara / que maquillamos a diario. // Por nada del mundo queremos / mostrarla ante los íntimos / sin su revoque a punto / […]. // Pero sabemos que está ahí, / espiándonos, con las ojeras violeta, / un rictus desgajado de los labios / prometedores de domingo / y la mirada algo vidriosa, / llena de cocodrilos a punto de llorar, si el precio es conveniente» (Doble faz). Y esta conciencia le permite la distancia necesaria para actuar con la infancia de otro modo y declarar con contundencia: «Ahora estoy en el tiempo de consentir que los niños / pinten en las paredes de la casa a hurtadillas, / […]. // Los niños también odian la monotonía de estos espacios yertos, […].» (Pausa).

Y, como toda educación de intención represiva no consigue sino afilar la conciencia crítica, la voz poética hace honor a ella para denunciar lo que, después del franquismo, siguió perviviendo de franquista en lo social y lo político: «Acabo de leer en los diarios que eres del agrado / de uno de esos pequeños hombres que cuando crecen / cierran todas las puertas y ventanas al barrio. // Vamos a defenderte de sus asaltos amorosos / recordar a este señor solemne y vacuo, / […] / que hace ya mucho tiempo sus ideas/te convirtieron en un español del éxodo y el llanto, / […].» (Aviso a León Felipe).

La poesía de Pilar Plaza cultiva el verso libre con gran sentido del ritmo y entrevera una finísima ironía que acentúa el ademán mordaz

de su escritura. Cada poema es un momento entrañable y emancipador que muchos —más aún muchas— revivirán y otros —más aún otras— imaginarán con placentera simpatía.

Como siempre en poesía es de agradecer la edición bilingüe, cuando esta se publica en traducción —un acierto de la casa editora—. La versión catalana es de Mireia Farriol, también poeta, en connivencia con la autora. Sin embargo, la editorial debería corregir con urgencia, en la próxima edición, los errores de acentuación (no son pocos) que se han colado en la primera, Muchos de ellos probablemente debidos a una corrección automática mal revisada. Autora y traductora, rinden homenaje a la dificultad que entraña el traslado de una lengua a otra, más tratándose de poesía, escribiendo en coautoría, alternando las dos lenguas, el poema final: «He recorrido un tiempo / ple de silencis envoltats de sons / que al cabo fueron sombras fugitivas / i ara prenen cos en el no-res.» (Cada día).

Pilar Plaza

Espejos de la memoria

Miralls de la memòria

Traducción al catalán de Mireia Farriol

Stonberg Editorial, 2018, 100 pp.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Anna Rossell

Anna Rossell

Anna Rossell (Barcelona –España, 1951)

De 1978 a 2009 profesora titular de la Universidad Autónoma de Barcelona en la especialidad de Lengua y Literatura Alemanas (Filología Inglesa y Germanística) y crítica e investigadora literaria en Barcelona, Bonn y Berlín.

Actualmente se dedica a la escritura creativa, la crítica literaria y la gestión cultural. Como gestora cultural organiza los recitales poéticos anuales estivales Poesía en la Playa, en El Masnou (Barcelona) y ha sido miembro de la comisión organizadora de los encuentros literarios bianuales entre continentes TRANSLIT. Actualmente organiza los Recitals de Poesia i Música VinsIdivina.

Colabora regularmente en numerosas publicaciones periódicas literarias nacionales e internacionales: Quimera, Ágora de arte gramático, Crítica de Libros, Revista Digital La Náusea, Realidades y ficciones, Las nueves musas, Nueva Grecia, Terral, Núvol y en revistas especializadas de filología alemana.

Entre sus obras no académicas ha publicado los libros Mi viaje a Togo (2006), El meu viatge a Togo (2014), Viaje al país de la tierra roja, Togo y Benín (2014), Viatge al país de la terra roja, Togo i Benín (2014), los poemarios La ferida en la paraula, (2010), Quadern malià / Cuaderno de Malí (2011), Àlbum d’absències (2013), Àlbum de ausencias (2014), Auschwitz-Birkenau. La prada dels bedolls/La pradera de los abedules (2015) y las novelas, Mondomwouwé (2011) y Aquellos años grises (España 1950-1975) (2012), Aquells anys grisos (Espanya 1950-1975) (2014).

Es coautora del libro de microrrelatos Microscopios eróticos (2006).

Cuenta en su haber con algunas traducciones literarias del alemán al español, entre ellas El Elegido, de Thomas Mann.

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