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Las nueve musas
Los almorávides en al-Ándalus 1
Los almorávides desembarcando en la península Ibérica. Autor Justo Jimeno Bazaga

Los almorávides en al-Ándalus

 La palabra “almorávide” deriva de la voz árabe al-murãbitũn (المرابطون) —plural de al-murabit, que significa en sentido estricto “el que se ata” y en sentido figurado “el que está presto para la batalla en la fortaleza”—, y este término, a su vez, procede de ribãt, nombre que recibían los castillos-conventos musulmanes que se alzaban en las costas y franjas fronterizas para protección de sus territorios y que eran habitados por soldados-monjes. De ribãt proceden los términos del castellano “rábida” y “rápita”.

Se cree que el nombre “almorávides” surgió en relación con un ribat de la localidad de Aglú (cerca de la actual Tiznit), donde recibió su formación espiritual el que sería líder almorávide, Abdallãh ben Yasĩn.

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Según el biógrafo marroquí Ben al-Zayyat al-Tadili (s.XIII), dicho centro de enseñanza fue conocido como Dar al-Murabitin (“La casa de los almorávides”) y, por ello, pudo inspirar a Ben Yasĩn el mismo nombre para su movimiento, con el significado de “perseverar en la lucha”. Lo cierto es que la denominación de “almorávides” fue elegida por sus propios fundadores —entre ellos, Abdallãh ben Yasĩn— con el objetivo, entre otros, de evitar identificaciones tribales e impedir que se les pudiera asimilar con ninguna etnia en particular.

Otra denominación que se les atribuyó en sus orígenes por las gentes de su entorno fue al-mulathimun  («los velados») debido al uso que hacían del litham o velo. En efecto, los almorávides se cubrían todo el rostro con el velo que salía de su turbante, dejando únicamente expuestos los ojos; dicha tradición tenía su origen en los beréberes cenhegíes y llega hasta nuestros días entre los actuales tuaregs. Pese a que en su origen surgiese con la función de proteger de las arenas del desierto, los almorávides eligieron cubrirse con él incluso en ambientes urbanos, como distintivo, a través del cual hacían pública declaración de su ideología puritana.

El movimiento almorávide hizo su aparición en el área comprendida entre el sur de Marruecos y las vegas de los ríos Senegal y Níger (Mauritania, Malí, Ghana), donde se asentaban los cenhegíes (cabila Zanhaga), cuyos principales clanes eran los Lamtuna y los Masufa. Estos pueblos habíanse islamizado alrededor del siglo X, mediante el contacto con los mercaderes musulmanes que, desde Siyilmasa, recorrían las rutas caravaneras cruzando el desierto El mando de la inicial confederación de tribus recayó en el xeque Yahya ben Ibrahim, uno de los fundadores del movimiento almorávide.

Cuando en 1035 regresaba este jefe beréber de su peregrinación a La Meca, conoció en Kairwán al reputado alfaquí Abũ Imran Musa ben Isa ben Abi-l-Hachach, originario de Fez y docto en doctrina malikí, quien le aconsejó solicitar la ayuda de Abdallãh ben Yasĩn al-Gazulĩ para la formación en la fe de sus compatriotas. El contacto entre Abdallãh ben Yasĩn y Yahya ben Ibrahim fue decisivo y, con el tiempo, vino a suponer una difícil y profunda reforma social para aquella confederación de tribus, islamizadas al principio de forma superficial.

Tuareg
Tuareg

A partir de entonces sus vidas se rigieron por un inflexible rigor ascético. Muerto ben Ibrahim, su educador espiritual Ben Yasĩn retirose con un puñado de adeptos a una rábida (monasterio) que había fundado en una isla costera cercana. Las rábidas, como ya avanzamos, eran una especie de conventos militares, ámbitos para la purificación del musulmán más riguroso. Se lograba la mayor purificación a través de una férrea disciplina, que imbuía a los monjes-soldados, además, de un espíritu proselitista y ardiente fervor religioso. En estos centros musulmanes se inspirarían más tarde las Órdenes Militares cristianas que surgieron en relación a la reconquista de Tierra Santa y también en los reinos cristianos de la Península Ibérica.

El movimiento almorávide alcanzó mayor proyección al unírseles Yahya ben Omar, jefe de la tribu cenhegí de los Lamtuna, y su hermano Abu Bakr. Yahya ben Ómar ejerció como caudillo militar, mientras que Abdallãh ben Yasĩn se mantuvo como guía espiritual. Esta división de poderes (militar y religioso) continuó hasta la llegada de Yũsuf ben Tašufĩn. El fervoroso y dócil ben Omar fue el brazo armado del que ben Yasĩn se valió para alcanzar el dominio territorial por las armas. Así fueron imponiendo por la fuerza sus creencias religiosas a las demás tribus que inicialmente las habían rechazado. La conquista almorávide, movida por el acicate religioso más puritano, tenía también entre sus miras, aunque de forma solapada, razones económicas y el afán de conseguir territorios más ricos.

Península ibérica en 1080
Península ibérica en 1080, antes de las campañas de Yũsuf ibn Tašufĩn.

Entretanto, por esos tiempos del siglo XI, al-Ándalus vivía sucesos muy convulsos: habíase desintegrado el Califato de Córdoba y el poder musulmán se dispersó en múltiples reinos de taifas. Aunque se conservaba el esplendor cultural, en lo político prosperaba la decadencia y la división entre los distintos reinos. Por otra parte la taifa de Sevilla lograba su mayor apogeo durante la segunda mitad del siglo, justo cuando el conjunto de reinos andalusíes avanzaba hacia su perdición. El acoso a que eran sometidos por los reinos cristianos, en especial por el rey castellanoleonés Alfonso VI, había forzado a varios de ellos a convertirse en tributarios de dicho rey por medio del pago de parias anuales.

Durante la década de 1080, al-Ándalus vive aterrorizado por el empuje castellano y, al mismo tiempo, más desunido que nunca y con las taifas musulmanas enfrentadas entre sí. Alfonso VI las sometía a continuas provocaciones, adentrándose en territorio andalusí hasta llegar a Tarifa, arrebatándoles plazas fronterizas como Coimbra y Coria, encizañando a unos contra otros, hasta que, finalmente, en 1085 les arrebató la capital visigoda, Toledo, sentó a un rey títere (al-Qadir) en Valencia, asedió Zaragoza y razzió por tierras de Badajoz[1].

Por todo ello, los régulos de taifas, incapaces de unirse, decidieron volver sus ojos hacia aquellos guerreros africanos tan esforzados como fanáticos, para solicitar su ayuda. Pese al temor que al-Mutamid de Sevilla sentía hacia aquellas cabilas —debido a un antiguo augurio que pronosticaba que la dinastía abbadí de Sevilla acabaría por causa de unos guerreros africanos[2]—, al fin escribió al emir almorávide. Sin embargo, Yũsuf ben Tašufĩn ignoró al principio sus llamamientos.

Guerreros almorávides
Guerreros almorávides

Pero la situación se agravó en 1086, cuando el rey de Castilla, anhelando desplazar la frontera hacia el sur para distanciarla de la capital, Toledo, derrotó en aquella primavera al ejército unido de las taifas meridionales en Alarcos, amenazando al mismo tiempo a Calatrava y a Córdoba. La frontera en Sierra Morena sería como una espada de Damocles continua sobre al-Ándalus. Los nuevos llamamientos desesperados a los almorávides, realizados por alfaquíes y taifas, hallaron al fin respuesta, y aquel verano cruzaron los almorávides el estrecho tras haberles cedido Sevilla la plaza de Algeciras, mientras que el emir africano se comprometía a respetar la independencia de los reinos andalusíes. Unidas todas las taifas a las cabilas africanas, al mando del caudillo Yũsuf ben Tašufĩn, vencieron al fin con enorme mortandad a los ejércitos castellanoleoneses en Zallãqa (Sagrajas), resultando herido de gravedad el mismo rey Alfonso VI.[3]

Tras este gran triunfo musulmán, los almorávides retornaron a África. Aquella victoria restableció las fronteras en sus límites anteriores y libró por un tiempo a los reyes taifas del pago de parias, pero no logró unirlos.

Un año después, los problemas se recrudecían. El principal foco de conflictos habíase localizado por entonces en la fortaleza de Aledo (Murcia), donde se encastillaron todos los mozárabes de aquella cora y otros cristianos de comarcas vecinas, aterrorizando a su entorno en muchas leguas a la redonda.

Aquellos adversarios corrían la tierra, talaban los campos, robaban los ganados, quemaban las cosechas y los pueblos, cautivando y matando a sus infelices moradores. Las algaras que desde allí se hacían eran más terribles que las tronadoras tempestades, y por toda la tierra de Murcia llevaban los estragos, la desolación, la sangre y el fuego que todo lo destruían.

Al-Mutamid pasó entonces en persona al África para solicitar a ben Tašufĩn un nuevo retorno a al-Ándalus que otra vez les remediase. Y le decía que los saqueos de los de Aledo y las continuas algaras del Cid Campeador, desde su campamento de Requena, acobardaban y desalentaban a los muslimes. Tampoco le ocultó al emir almorávide que los particulares intereses de los señores de al-Ándalus seguían siendo causa de desunión y recelos entre ellos.

Yũsuf le contestó que volviera tranquilo a Sevilla y fuera preparándolo todo sin dilación, que él con todas sus fuerzas pronto le seguiría. Requirió luego a los reyes de taifas su apoyo con fuerzas y pertrechos.

Aquel verano de 1088 volvió a hollar Yũsuf suelo andalusí, desembarcando en Algeciras. El primero en unírsele fue Tamĩm de Málaga y, poco después, su hermano Abdallãh de Granada, e hicieron juntos el camino hasta Aledo. No tardaron en agregárseles el señor de Almería y al-Mutamid de Sevilla. Este, para halagar y complacer a ben Tašufín, habíase vestido de negro como un almorávide más. Los demás soberanos andaluces se burlaron de él, diciendo que parecía un cuervo entre palomas,  aludiendo a que las tropas sevillanas que lo rodeaban vestían de blanco.

Cerco de Aledo
Cerco de Aledo en 1088 (miniatura)

Pusieron luego cerco a la fortaleza de Aledo, en la que habían hallado refugio todos los mozárabes de aquella comarca, y no ahorraron medios para tratar de someterla. Labraron torres de madera y, conducidas por bueyes, las acercaron a los muros, y pusieron sobre ellas truenos y otras muchas máquinas de asedio: almajaneques, algarradas, manganas, fonéboles, balistas, y hasta se vio un aparato insólito que llamaban “elefante” y que traía el señor de Almería, pero que un tizón, lanzado por el enemigo desde sus almenas, pronto incendió.

Todo fue inútil; las pocas ocasiones favorables que se les presentaron se vieron malogradas por las desavenencias entre los señores de al-Ándalus y, finalmente, por la llegada a las cercanías del rey Alfonso con un ejército numeroso y descansado”.[4]

Entre tanto, en las ciudades andalusíes los pobladores negábanse a pagar la contribución extraordinaria que era menester para mantener frente a Aledo aquel ejército de tanta muchedumbre durante varios meses. “Aquel porfiado asedio se prolongaba y era como piedra de toque en la que se distinguían los buenos de los malos, y gracias a la cual salían a la luz los defectos de todos”.[5]

Cuando el Emir tuvo noticia de la llegada del ejército de Castilla, determinó que lo más sensato era el levantamiento del cerco y la dispersión de los sitiadores, dado que después de cuatro meses las tropas dejaban ver su cansancio y, sobre todo, que las discordias entre los reyes de las taifas presagiaban más daño que remedio. Todos se separaron sin ponerse de acuerdo, como si un hado nefasto se cerniera sobre ellos. No sacaron otra ventaja de tan malhadado negocio que la nueva ruptura entre Rodrigo Díaz, el Cid, y el rey Alfonso, que trajo consigo un nuevo destierro del caballero y el despojo de sus títulos, señoríos y privilegios. Tras estos sucesos, el rey de Castilla, muy crecido después del fracaso musulmán en Aledo, exigió de nuevo el pago de parias a los régulos andalusíes, asegurando que se le adeudaban las de los tres años posteriores a la batalla de al-Zallãqa.

Al-Mutamid
Al-Mutamid

En al-Ándalus, los religiosos y puritanos eran los más acérrimos defensores de los fanáticos almorávides. Los alfaquíes los veían como revitalizadores de la ortodoxia islámica y azote de los licenciosos monarcas andalusíes. Cuando vieron que los reyes taifas de nuevo sangraban al pueblo con impuestos ilegales para satisfacer sus tributos al rey de Castilla, dictaron una fetua, que vino a ser como una velada invitación a ben Tašufĩn para que retornara a la península.

Los africanos almorávides campearon de nuevo la tierra de al-Ándalus sin haber sido llamados esta vez. Entró Yũsuf con deslealtad y falsía, y procurando no alertar a los reyes taifas antes de tiempo, quiso hacer creer que venía a enfrentarse a los reinos cristianos. Por eso puso cerco a Toledo; pero, como la inexpugnable ciudad se le resistiera, al fin desveló sus oscuros designios y se dirigió contra los reyes muslimes de taifas. Desde Toledo se encaminó hacia Granada y, el 10 de noviembre de 1090, acampó a dos parasangas de la ciudad. Pero por el camino ya le había ido ganando poblaciones de mucho alcance, como Lucena, pues sus moradores judíos abominaban de Abdallãh de Granada y facilitaron la entrega a los almorávides. Otras poblaciones se entregaron al emir Yũsuf con solo mandarles cartas intimidatorias para que se rindieran. Mientras asediaba Granada, pidió a su rey suministro de víveres para el ejército almorávide y piensos para sus caballerías, e, inexplicablemente, el señor de Granada se los proporcionó.

Alfonso VI
Alfonso VI

El emir almorávide acusaba a Abdallãh de doble juego y de colaboracionista con el rey cristiano[6]. En el interior de la capital granadina, ben Tašufín contaba además con el apoyo de los alfaquíes, que soliviantaban al pueblo contra Abdallãh. Los religiosos no regateaban elogios al Emir almorávide. Finalmente, Abdallãh de Granada se dirigió al campamento de los africanos para rendírsele. El Emir le mostró su complacencia por tan razonable resolución y le garantizó bajo juramento el perdón para él y su familia; pero, pese a todo, lo cargó de hierros y lo mantuvo custodiado en un pabellón hasta que le fueran entregados todos sus bienes y tesoros. Incluso las ropas de los baúles les  quitaron, dejándoles solo lo puesto. Abdallãh y sus familiares, vistiendo unos harapos, fueron embarcados luego rumbo a Ceuta y, desde allí, llevados a Mequínez.

Desde Granada, los almorávides pusieron rumbo a Almería y a otras comarcas vecinas. Yũsuf ben Tašufín logró someter sin el menor embarazo el reino de Málaga, y su príncipe Tamĩm, el hermano de Abdallãh de Granada, fue deportado también al norte de África.

Solo entonces consiguieron avenirse los régulos de taifas para pactar con Alfonso VI y acordaron negar a los almorávides todo suministro de tropas y víveres. Hasta ese momento los príncipes andalusíes no se percataron de que en la unidad estribaba su supervivencia; pero tal vez fuera tarde.

Después de estos acaecimientos, el Emir almorávide encomendó a sus generales la conquista de al-Ándalus y cruzó de nuevo el estrecho para volver a sus posesiones norteafricanas. Pero, fatalidad de los eternos decretos, una nueva fetua de los alfaquíes venía a legitimar las acciones almorávides y sentenciaba definitivamente a las taifas andalusíes.

Al tiempo que Almería continuaba soportando duro asedio, comenzaban a caer una tras otra las plazas sevillanas. Un mes después de Granada, en diciembre de 1090, Tarifa pasaba a poder almorávide. Cuando Fath ben Muhammad ben Abbad, hijo de al-Mutamid y gobernador de Córdoba, supo que los africanos se acercaban a la capital califal y que no tardarían en cerrar el cerco en torno a ella, envió correos desesperados a Badajoz y a Sevilla. En la misiva destinada a al-Mutamid, su padre, decía:

              …Si consientes que Córdoba se pierda, decaerá el ánimo de los andalusíes que con tanta constancia se ha mantenido. Córdoba siempre ha sido el corazón de al-Ándalus, a ella han estado ligados desde el albor del Islam en nuestro suelo los destinos del resto de las provincias peninsulares. Cuando el Califato desapareció y la capital se hundió en pavorosa guerra civil, se desintegró a su vez el resto de al-Ándalus.

Por ello, te ruego que corras a defenderla, que todos ponemos en ti los ojos como en un encumbrado monte del que esperamos seguridad y amparo. No defraudes tan excelentes y bien fundadas esperanzas. Si Córdoba cae, el desaliento llegará a tal extremo que Sevilla seguirá la misma suerte a no mucho tardar.

Guerreros almorávides
Guerreros almorávides

   Pero al-Mutamid no podía distraer tropas de Sevilla; los diferentes generales africanos se habían distribuido distintos objetivos y podían llegar a su ciudad en cualquier momento. Discurrían las jornadas más crudas de aquel invierno, que eran las primeras de ese aciago año de 1091 d.C., cuando las tropas almorávides se acercaban amenazadoras a Córdoba. Fath, desoyendo a los alfaquíes, ulemas, sufíes y a los ciudadanos más puritanos, ordenó el cierre de las puertas y la defensa a muerte de la ciudad.

Venían las tropas africanas al mando de un pariente de Yũsuf ben Tašufĩn, el general Sir ben Abũ Bakr; traían los atacantes todo tipo de máquinas e ingenios de guerra, incluso uno desconocido hasta entonces por los andalusíes, que los africanos llaman daydabãn y que, al parecer, habían copiado de los bizantinos.

Los días y las semanas de asedio se sucedían, pero los cordobeses, que tanto llevaban padecido y que tan habituados se hallaban a asedios, persecuciones y todo tipo de reveses políticos, procuraban que sus vidas se vieran alteradas lo menos posible. Cuanto más se decían que si entraban los morabitos harían piras con sus instrumentos y prohibirían la música, tanto más cantaban, bailaban y tañían[7].

Pese a tan loable ánimo, en su interior anidaba la preocupación porque los abastos comenzaban a escasear en los zocos y porque nadie podía evitar oír las voces agoreras de los vociferantes alfaquíes. Los sufíes se reunían en gran número para recitar los noventa y nueve nombres de Alá, así como toda clase de letanías a la gloria del Profeta, y luego tocaban el tambor y se lamentaban hasta caer desfallecidos; algunos se provocaban lesiones y cortes en la cabeza.

El Cid
El Cid

Llevaban soportados cerca de dos meses de asedio cuando las fuerzas defensoras, mandadas por Fath, hicieron una intrépida salida, causando horrible matanza en los almorávides, que hubieron de aguardar refuerzos. Cuando llegaron estos, acaudillados por el general al-Batĩ, apretaron tanto el cerco a la ciudad que sus moradores comenzaron a dar muestras de agotamiento. Los alfaquíes, que tenían a buen número del vulgo soliviantado, lograron que los descontentos facilitaran al enemigo la entrada en Córdoba, que no hubiera podido entrarla sin ayuda de ellos, ya que hallábase muy bien fortificada. Los atacantes irrumpieron al fin en las calles de la ciudad el día 3 de la luna de Šafer del año 484 de la Hégira (27 de marzo de 1091 d.C.).

Logró Fath poner a salvo a su esposa Zaida y a las damas de su séquito burlando el cerco en una embarcación que siguió el cauce del Wadi al-Qabir, mientras él, junto al ejército leal, luchaba denodadamente contra los invasores y contra los traidores que lo habían vendido. Y sucumbió con la bravura del león. Su cabeza cercenada fue paseada por toda la ciudad en la punta de una lanza. Entre tanto, Zaida y su séquito alcanzaban el amparo de los recios muros y las altas torres de la fortaleza de Almodóvar. Había enviado la joven por delante un correo a su suegro, al-Mutamid, dándole cuenta de lo que acaecía y solicitando su venia para regresar a Sevilla. Poco después recibía la respuesta con otro correo que llegaba reventando caballos. Contestaba al-Mutamid que, después de ganada Córdoba por los africanos, érale ya cosa llana sojuzgar Sevilla. Como él para el más insignificante acaecimiento consultaba a sus augures, añadía:

 …Los astrólogos anuncian el fin inmediato de mi dinastía; presto, Sevilla correrá pareja suerte a la de la capital califal y por ello lo más cuerdo es que tú, querida Zaida, desvíes tus pasos y los encamines a Toledo, que si alguien tiene arrestos para torcer el agüero de los astros y las aves ese es Alfonso de Castilla y León; te ruego y encomiendo que seas en buena hora embajadora de Sevilla, con autoridad para entregar al rey cristiano las plazas de Cuenca, Ocaña, Consuegra, Amasatrigo, Uclés y los castillos del Tajo a cambio de su auxilio en refuerzos y pertrechos. Decreto que aquesta misiva tenga validez de cédula y, para más garantía, acompañan a mi firma las del qadí y varios de mis visires…[8]

Dinar de oro almorávide
Dinar de oro almorávide, inspirador del maravedí cristiano

Al punto, el ejército almorávide se dividió en varios destacamentos con distintos objetivos; mientras uno de mil caballos era enviado a Calatrava para reforzar su guarnición, otro conquistaba Úbeda, Baeza y Jaén, y otro, al mando del general almorávide Garrur, ponía sitio a la ciudad de Ronda, a cuyo cargo se hallaba el tercer hijo varón de al-Mutamid de Sevilla, al-Radhi, quien viose obligado a rendir su plaza, siendo luego ajusticiado a la vista de todos.

El sábado 18 de Rabĩ` I de 484 (10 de mayo de 1091), también Carmona caía en poder de los invasores africanos y, a partir de este momento, comenzó el asedio de Sevilla, ciudad hacia la que confluyeron dos de los más poderosos ejércitos almorávides que campeaban la península. Los refuerzos enviados por Alfonso VI cediendo a los ruegos de Zaida, al mando del avezado caudillo Alvar Fáñez, fueron derrotados en los términos de Almodóvar. Sevilla, al-Mutamid y al-Ándalus estaban sentenciados.

Tras una heroica defensa, Sevilla cayó en poder de los invasores almorávides en el mes de septiembre de 1091, tras ser forzado al-Mutamid a una rendición sin condiciones.

Se entregó con sus más leales y sus familiares más cercanos. El Alcázar fue saqueado, y ellos, desterrados al África. Jamás se olvidará aquella alborada junto al Wadi al-Qabir cuando los embarcaron en las naves. El gentío se apiñaba en las riberas para decirles adiós; las mujeres, sin velos, arañaban sus rostros bañados en llanto. El poeta y visir ben al-Labbãna, uno de los leales que quiso seguirlo al exilio, así lo escribió:

Cuando llegó el momento,

                      ¡qué tumulto de adioses!

                      ¡Qué de gritos, qué de lágrimas!

                      Partieron con sollozos los bajeles…

                      ¡Ay, cuanto llanto se llevaba el agua!”[9]

Tras la entrega de Sevilla, fueron cayendo las demás taifas: Almería también en septiembre, en octubre de 1091 caían Úbeda, Jaén, Murcia, Xátiba y Denia.

Mientras el Cid hallábase ausente en una expedición por tierras riojanas, Al-Qádir fue asesinado por los insurrectos valencianos y entregada la ciudadela de Valencia a los almorávides. A continuación, estos prosiguieron su lento avance hacia el norte, a lo largo de la costa, y sometieron asimismo a Alpuente. En noviembre del 1092, el Cid emprendió el regreso a Valencia y, de camino, reconquistó algunas poblaciones estratégicas para recuperar el control de la ciudad. Tras un largo asedio que duró desde el otoño del 1093 al 17 de junio del 1094, logró retomar finalmente Valencia. Los sucesivos intentos almorávides por recobrar la ciudad fracasaron.​ Badajoz fue anexionada a principios del 1094, su rey al-Mutawakil y sus hijos fueron asesinados. Antes de morir, al-Mutawakil ben al-Aftas había tratado de evitarlo aliándose con Alfonso VI a cambio de cederle Lisboa, Sintra y Santarem; todo en vano. En noviembre de ese año, ben Abu Bakr se apoderaba de Lisboa, que el conde Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI y esposo de la princesa Urraca, fue incapaz de defender.

Urraca I de León
Urraca I de León

Las victoriosas tropas africanas discurrían impetuosas y se apoderaban, ya sin resistencia, de pueblos y fortalezas. Así sojuzgaron a todo al-Ándalus, de mar a mar. A finales del año 1094, todo al-Ándalus, a excepción de la zona oriental dominada por el Cid, había pasado a manos almorávides.

En agosto o septiembre del 1094, nuevas fuerzas almorávides cruzaron el estrecho para sostener las conquistas en el Levante y retomar Valencia, mandadas por un sobrino de ben Tašufĩn, Abũ Abd-Allãh Muhámmad ben Tašufĩn. El Cid rechazó por dos veces a los almorávides: primero en la batalla de Cuarte, y en un segundo intento los venció en la batalla de Bairén, en enero del 1097, con ayuda de las huestes de Pedro I de Aragón.​ El Cid​ logró dominar la cora de Valencia hasta su muerte en el año 1099, incluso a pesar de que los muslimes valencianos colaboraban con los almorávides.  ​

Yũsuf ben Tašufĩn, que había retornado a la península en el verano de 1097 para reforzar a sus tropas ante la resistencia del Cid, emprendió una incursión contra Toledo para tratar de impedir que Castilla enviara refuerzos a Valencia. ​Llegó a forzar el regreso de Alfonso VI hacia el centro peninsular cuando ya se dirigía a Zaragoza.​ El choque entre los dos ejércitos se produjo en Consuegra el 15 de agosto; las huestes de Castilla resultaron vencidas por los almorávides, aunque el cinturón de fortalezas que defendían Toledo permanecieron en manos cristianas, salvo Consuegra, de la que se apoderaron los almorávides en el año 1099.

No obstante, esta victoria no sirvió para conquistar Valencia, pues el Cid determinó no moverse de allí por temor a nuevas revueltas o traiciones que entregaran la plaza a los  almorávides si se ausentaba de la ciudad. Álvar Fáñez, entretanto, era derrotado en Cuenca por las huestes de uno de los hijos de ben Tašufĩn, Muhámmad ibn Aisha.

Muerto el Cid en el año 1099, los almorávides trataron de hacerse con Toledo en 1100. En el verano del 1101, de nuevo los ejércitos almorávides llegaron hasta Valencia para someterla a asedio.​ Doña Jimena Díaz, la viuda del Cid, evacuaba la plaza en mayo de 1102,​ ayudada por Alfonso VI y tras ordenar el incendio de la ciudad. Valencia caía al fin en manos almorávides el 5 de mayo de 1102 d.C.

​En 1103 se apoderaban de Castellón; de Albarracín, en abril del 1104. Algo más tarde, de Lérida y Tortosa. Por estas fechas ya solo se les resistían la taifa de Zaragoza​ y la insular de Mallorca.

​Tras estos acontecimientos, ben Tašufĩn regresó a África, donde fallecería el 4 de septiembre del 1106. ​Las conquistas de Zaragoza y Baleares las llevaría a cabo su hijo y sucesor, Ali. Zaragoza dejó de pagar las parias a Alfonso VI y mantuvo por entonces cierta autonomía respecto a los almorávides, gracias a las buenas relaciones que siempre existieron entre Al-Musta’in II de Zaragoza y el emir Yũsuf ben Tašufĩn.

Pero, una vez muerto Al-Musta’ín, el pueblo depuso a su sucesor y Zaragoza fue entregada al walĩ almorávide de Valencia el 31de mayo del 1110. Ya solo se mantenía independiente la taifa andalusí de Mallorca, debido a su situación aislada y a su flota. Pero una armada almorávide se hacía con el poder de las islas en el año 1116.

Los almorávides en al-Ándalus 2
El imperio almorávide a principios del siglo XII.

 A finales de la primavera del 1111, Sir ben Abu Bakr realizó una ofensiva por las regiones más occidentales: recuperó Badajoz —que se había sublevado— y Lisboa, y tomó Sintra, Évora y Santarém. Esta última había sido una de las principales plazas fuertes cristianas en la región, desde la que se había amenazado Lisboa. En 1119, los almorávides se adueñaron de Coria.

En torno a estas fechas y apenas alcanzado su apogeo territorial, el Imperio almorávide iniciaba su decadencia. Su máximo esplendor y su hundimiento fueron tan rápidos que los cenhegíes solo dominaron al-Ándalus durante una generación. La primera en perderse fue Zaragoza, una de las últimas en ganarse, conquistada por el reino de Aragón el 18 de diciembre de 1118. Uno de los primeros síntomas de decadencia almorávide fue el volver a gravar a la población con impuestos ilegales —lo mismo de que acusaban a los reyes taifas andalusíes y que fuera causa de la invasión— para poder financiar sus continuas guerras, lo que generó indignación y desconcierto.

El imperio beréber de los almorávides venía siendo presionado por otro movimiento también beréber —el almohade—, pero perteneciente a la cabila Mashmuda y con sede en Tinmel, donde residía Ibn Tumart, su fundador​. Al igual que los propios almorávides en los inicios de su expansión, los puritanos y fanáticos almohades exigían la regeneración de la moral y las costumbres, la guerra santa, el máximo rigor y la purificación.Consiguieron con la depuración de la ley islámica y su aplicación rigurosa —ya relajadas las vidas de los almorávides, ganados por las costumbres y por la rica cultura andalusí— derrotar al poder almorávide tras la pérdida de su capital, Marrakech, en 1147.


Bibliografía


[1]“El Collar de Aljófar“, novela histórica de Carmen Panadero.

[2] – Ver mi artículo anterior para Las Nueve Musas, “Al-Mutamid de Sevilla“.

[3] – Ver mi artículo anterior en Las Nueve Musas, “La Batalla de Zallãqa“.

[4]“El Collar de Aljófar”, novela histórica de Carmen Panadero.

[5] – “El siglo XI en primera persona. Memorias de Abdallãh, último rey zirí de Granada”, uno de los protagonistas de estos hechos.

[6]“El siglo XI en primera persona. Las memorias de Abdallãh, último rey zirí de Granada (1090)”, traduc. de E. Lèvi-Provençal y Emilio García Gómez.- Alianza Editorial, S.A.- Madrid, 1980.

[7]“El Collar de Aljófar“, novela histórica de Carmen Panadero.

[8] – “El Collar de Aljófar“, novela histórica de Carmen Panadero.

[9] –  Ver mi anterior artículo, editado en Las Nueve Musas, “Al-Mutamid de Sevilla“.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Medalla de oro 2018 a la investigación histórica (del Círculo Intercultural Hispanoárabe).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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