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Las nueve musas
La mujer del aviador

La mujer del aviador (Eric Rohmer, 1981)

“On ne saurait penser á rien”, no podemos pensar en nada, es el subtítulo que acompaña a esta primera película de la serie rohmeriana “Comedias y proverbios”, serie situada entre sus “Cuentos morales” y los “Cuentos de las cuatro estaciones”.

Películas todas ellas de aparente sencillez, tanto de guión como de confección, en las que la palabra y la interpretación sirven de motores trascendentales para transmitir credibilidad absoluta.

La mujer del Aviador de Eric Rohmer
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Si en la novela de Diderot, “Jacques el fatalistaLa mujer del aviador (Eric Rohmer, 1981) 1”, las historias que el criado cuenta al amo se ven truncadas por episodios inesperados, dejando las fallidas historias amorosas de Jacques a medio terminar, cuando ya, de por sí, rozaban el ridículo o el patetismo, el deambular de François anticipa esa catástrofe, ese fatalismo del perdedor que no puede pensar en nada porque su cabeza está ocupada en una sola obsesión, el amor y la duda creciente sobre su certeza.

La palabra Verdún surge así como antesala definitiva de la mayor de sus derrotas, precediendo al silbido de la melodía de “Paris m’a seduit”, equivalente a ese contigo ni sin ti tienen mis males remedio, que acompaña a François, el joven trabajador de correos y estudiante de oposiciones jurídicas, durante ese día en el que se desarrolla la acción, la palabra Verdún alcanza resonancias bélicas trágicas para el personaje, Verdún es la avenida donde vive Lucie, la joven que, fruto del azar, ha conocido ese mediodía mientras seguía a Christian, el aviador, acompañado de una mujer rubia, al que a primera hora de la mañana ha visto salir con Anne, su novia, del portal donde ésta vive y al que François ha acudido para avisar a Anne de que a través de un amigo del trabajo ha conseguido un fontanero para su casa, amigo al que, al final del día sorprende besándose con Lucie en la avenida de Verdún una vez que, desengañado porque sus sentimientos hacia Anne no son igualmente correspondidos por ésta, ha pensado que Lucie podía ser su nueva compañera de futuro. Verdún es un símbolo de uno de los mayores fracasos de la humanidad, y la avenida de Verdún y el bar “Le Verdun” simbolizan la derrota definitiva de François y la antesala de su camino hacia la soledad nocturna.

“París me ha seducido, París me ha conquistado, París me ha tomado en sus brazos voluptuosamente. Me ha engullido en sus febriles remolinos, en el frenesí de su agitación. Y me he sentido atrapada, cercada, absorbida y asfixiada. Soy una brizna entre la inmensa masa, soy una más, … París me ha seducido, París me ha traicionado, me ha arrebatado mis esperanzas e ilusiones. Vivo sola bajo mi humilde techo, no hablo con mis vecinos, ni con nadie. Y me siento orgullosa de mi soledad, viviendo una vida asfixiante y dura, la vida de la descomunal ciudad, …” (extracto de Paris m,a seduit, cantada por Arielle Dombasle en la película).

La mujer del aviador (Eric Rohmer, 1981) 3Si el azar es al cine de Rohmer lo que las repeticiones con variación al de Hong Sang soo, “La mujer del aviador” es el paradigma de cómo el azar interviene en nuestras vidas para cuestionarla desde los cimientos que parecían mejor asentados. El azar aparece en forma de amante del pasado cuando François sorprende a su novia con un antiguo amante saliendo a una hora del portal en el que su imaginación intuye que el romance continúa; el azar vuelve a cruzarse con François a través de Lucie, la estudiante de idiomas que, intrigada por el comportamiento extraño del joven, advierte que está siguiendo a la pareja formada por Christian el aviador y la mujer rubia, un seguimiento con el que François pretende conocer algo de la intimidad del piloto que le permita recuperar a Anne. Ese azar se cruza también cuando Anne le muestra una foto de Christian y advierte que la rubia puede no ser la esposa del aviador, y finalmente, cuando acepta que quizás no sea buena solución empeñarse en mantener una relación ficticia con Anne y descubre que Lucie, la joven estudiante, tiene su pareja en la persona del amigo del que se ha despedido al amanecer. Azares que se desarrollan en un juego de parejas sucesivas que no se mezclan, y que van proporcionando información e imaginación a todo aquello que atormenta a cada uno de ellos por separado, tormento aumentado porque, no pudiendo pensar en otra cosa, nuestro pensamiento es incapaz de conocer la intimidad real del otro.

Eric RohmerChristian-Anne, Anne-François, François-Lucie, Christian-mujer rubia, François-Anne, dialogan, a veces sin entenderse, haciendo de la palabra el juego inequívoco de la incomprensión mutua, obsesionados, cada uno, en su propio pensamiento obsesivo. Este hablar para no entenderse hace entonces que el personaje fresco, espontáneo y contra corriente de Lucie (Anne Laure Meury) obtenga una importancia capital desentrañando la madeja en la que anda absorto François, desdramatizando ese sentimiento trágico de la vida del joven, y divirtiéndose a su costa comprobando cómo éste es incapaz de interpretar las señales de flirteo que le envía la joven anulada, como está, su capacidad de pensar. Es la contraposición de aceptar la vida como es o sumergirse en la autoindulgencia del rechazado. La aparente simplicidad del mecanismo no enturbia la profundidad del estudio humano al que el director somete a François y Anne, los verdaderos seres sufrientes de esta historia cuyo deambular parisino se acerca al patetismo en relación directa con el origen griego de la palabra. Hay un sufrimiento por tener y también por no tener, absortos en medio de una ciudad donde nadie puede pararse a pensar en los tormentos, reales o imaginarios, de los demás.

La cotidianeidad de lo que rodea ese día de la fallida pareja estudiante-mujer adulta, revela la falta de entidad trágica de los problemas que nos generamos. Tragedias domésticas cuya solución es tan sencilla como pensar y superar lo que nuestros sentimientos se niegan a aceptar. François es el anticipo del personaje de Delphine (la misma Marie Riviére que aquí encarna a Anne) en “El rayo verde”, quinta película de la serie. Ambos oscilan entre el deambular sin rumbo definido, obsesionados por el amor, o su falta, apareciendo patéticos ante nuestros ojos observando su ceguera, esa imposibilidad de pensar que justifica el subtítulo tomado de la obra de Alphonse de Musset. Tan absortos en su individualismo ambos personajes, su incapacidad para disfrutar de la ciudad se evidencia cuando el estupendo trabajo urbano del director de fotografía Bernard Lutic resulta invisible para el ojo de François en el parque de Les Buttes Chaumont. El espectador ha de aprovechar ese bello recorrido por un Paris alejado de lo turístico y sustituir el ánimo de quien espía por la aventura del verdadero flâneur sin rumbo. Tan sencillo, y tan complejo, como el cine de Rohmer.


LA MUJER DEL AVIADOR (La femme de l,aviateur). Francia. 1981. Dirección y Guión: Eric Rohmer. Productora : Margaret Menegoz. Director de fotografía: Bernard Lutic. Asistente de sonido : Gérard Lecas. Director de producción : Hervé Grandsart. Autores de la música :  Éric Rohmer, Jean-Louis Valero. Ingeniero de sonido : Georges Prat. Camarógrafo :  Romain Winding. Montadora : Cécile Decugis. Mezclador : Dominique Hennequin. Compañía Productora: Les Films du Losange. 102 minutos. Intérpretes: Philippe Marlaud, Marie Rivière, Anne Laure Meury, Matthieu Carriére.

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Miguel Ángel Martín Maestro

Miguel Ángel Martín Maestro, nacido en Palencia en 1967.

Cinéfilo por vocación, magistrado desde 1995 por necesidad para poder ser cinéfilo.

Colaborador habitual en el periódico "Ultimo Cero" de Valladolid como comentarista cinematográfico y único responsable de la web "noshacemosuncine.com"

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