Todos los testigos de supervivientes de genocidios son imprescindibles. La historia ha mostrado de qué es capaz la raza humana, de qué espinosa sustancia está hecha nuestra naturaleza para producir las obras de arte más exquisitas y perpetrar los crímenes más abominables.
Ambas facetas son las dos caras de la misma moneda, y debemos estar alerta, vigilantes, para que el monstruo no se despierte en nosotros. Si existe alguna posibilidad de que así sea (que lo es), es obligado contribuir al conocimiento de la historia que relata hechos que han puesto al descubierto la cara más profundamente oscura de los humanos. Nunca será suficiente lo que podamos leer u oír de aquellos que vivieron en primera persona las torturas, el hambre, las muertes de los familiares y amigos, los experimentos con sus cuerpos, la depravación de aquellos que infringían dolor por infringirlo, la humillación y denigración por el hecho de aniquilar al otro, la certeza de la propia muerte con la única incertidumbre de no saber exactamente cuál…
Las voces de quienes, sorprendentemente, han podido sobrevivir a aquel horror son por ello tan preciadas, de presencia y lectura obligatorias. No valen sensiblerías como excusa para no mirarnos al espejo y no preguntarnos: ¿y yo?, ¿qué hubiera hecho yo? Por suerte el legado escrito de las víctimas nos acompaña y nos alerta; su relato queda para las generaciones que han venido después y permanecerá para las que han de venir, cuando ya nos habrán dejado las últimas víctimas.
Sin embargo, desgraciadamente todavía son muy escasos los textos que han abordado el tema del retorno: cómo vivir después? Esto hace doblemente valioso el libro de Charlotte Delbo (*Vigneux-sur-Seine, 1913 – +París, 1985), autora bastante estudiada en los EE. UU. Afortunadamente, en 2019 Club Editor rescató para los lectores en catalán su obra más capital y Libros del Asteroide publica ahora La medida de nuestros días, el tercer volumen del ciclo de Auschwitz de esta autora, Auschwitz y después, compuesto por Ninguno de nosotros volverá y Un conocimiento inútil (1965 y 1970; ambos publicados en 2020 por Libros del Asteroide en un solo volumen.
Éste fue el primero que la autora escribió (en Lausanne, en 1946, relativamente poco después de la liberación de los campos nazis), si bien en una versión formalmente diferente.
El libro que ahora podemos leer es el relato de la vuelta de las ex-deportadas a los lugares donde antes habían vivido, descrito desde el recuerdo y la perspectiva de veinte años después. Delbo reconstruyó la historia en el recuerdo a partir de encuentros con sus compañeras del sufrimiento, casi todas ellas deportadas primero a Auschwitz-Birkenau, después a Raisko (en polaco Rajsko, subcampo de Auschwitz) y, finalmente, a Ravensbrück. Los lazos que forjó entre ellas la terrible experiencia —a pesar de que muchas murieron en el campo— las ayudaron a resistir allá y a seguir viviendo después: «Mi auténtica hermana eres tú. Mi auténtica familia sois vosotras, las que estábais allí conmigo», dice una de las ex-prisioneras.
La medida de nuestros días es una obra coral y, si bien la mayoría de las voces que intervienen son femeninas, Delbo, que formaba parte de la resistencia cuando fue detenida, quiere incluir las experiencias de algunos compañeros masculinos —Loulou y Jacques— que completan el amplio espectro de las dificultades que presentaba la vida después de Auschwitz. Ellas, que allá soñaban con la libertad y la felicidad si un día conseguían liberarse, deberán afrontar la decepción de que nada es como esperaban. Común a todas las voces protagonistas es el sentimiento de que nunca han vuelto, de que no saben cómo vivir. Se cumplen las palabras de Bertolt Brecht cuando, al acabar la guerra, escribió: «Die Mühen der Gebirge liegen hinter uns. Vor uns liegen die Mühen der Ebenen» («Detrás nuestro quedan los infortunios de las montañas. Por delante de nosotros se extienden las adversidades de las llanuras». Una de las protagonistas lo expresa así: «Volver, después todo sería fácil. ¿Qué eran las dificultades de la vida comparadas con el que habíamos soportado y superado? Y aquí nos equivocábamos de pleno».
La presencia de Charlotte Delbo en las visitas que rinde a sus compañeras de calvario se hace notar poco; conscientemente, ella se mantiene discretamente en segundo término y deja hablar en primera persona a las distintas voces en capítulos sucesivos. Delbo se manifiesta en el primer capítulo, La vuelta, y en los poemas que intercala entre cada una de las voces. Gilberte, Mado, Poupette, Marie-Louise, Ida, Denise, Gaby, Louise, Marceline y Françoise narrarán, además de los dos testigos masculinos mencionados de Loulou y Jacques, su penosa trayectoria desde que emprendieron el camino de vuelta hasta el momento actual, mediados de los años sesenta del siglo pasado. Pero, de hecho, ellas se han quedado «allí». En su discurso es recurrente la mención de las que murieron «allí», una presencia omnipresente en la vida de todas ellas: Mounette, Claudine, Dédée… De las doscientas treinta mujeres del convoy de deportadas sobreviven cuarenta y nueve.
Dos de los capítulos del libro rompen la estructura de la visita para relatar el encuentro de varias de las ex-deportadas: La muerte de Germaine, en que, sabedoras de la grave enfermedad de ésta, quieren apoyarla, y El entierro, donde se citan algunas para acompañar el sepelio.

Como Ruth Klüger, que también pasó por Auschwitz con su madre cuando ella todavía era una niña y no pudo afrontar el recuerdo de aquel horror hasta muchos años después, las compañeras de Delbo se confrontan con sus recuerdos pasado el tiempo. Si Klüger escribe Weiter leben (publicado en español por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores con el título Seguir viviendo y con prólogo de Jorge Semprún») en 1991, las ex-prisioneras nos transmiten su testimonio veinte años después de la liberación. Común a todas ellas es el insospechado suplicio que representa precisamente seguir viviendo, la absoluta desorientación, el sentimiento de no ser comprendidas, de no encontrar ningún sentido a su existencia, el desencanto al percibir que nada ha cambiado y que su experiencia es inútil, la impotencia ante el hecho de que no pueden transmitir su experiencia por lo vacías que resultan las palabras —«Es casi imposible explicar después con palabras lo que pasó en la época en que no había palabras»—, dice una de ellas; la impresión de estar inmersas en una no-realidad, de no vivir realmente, la sensación de no haber vuelto nunca, el sentimiento de culpa de haber sobrevivido. Todas ellas experimentan un desdoblamiento del yo (el de «allí», que sienten como verdadero, y el yo «falso», que les permite soportar seguir viviendo como autómatas). Han perdido la capacidad de llorar, de hacer proyectos, ellas, que habían tenido la férrea voluntad de persistir «para ser la voz que volvería y explicaría». Y, a pesar de que algunas se han casado y han tenido hijos o, si, con suerte, han reencontrado la familia que dejaron, ninguna ha salido indemne de Auschwitz: las pesadillas recurrentes, las largas hospitalizaciones, los ataques de ansiedad, el ahogo, la angustia, el frío constante… e incluso, en el caso de los dos ex-deportados masculinos, el rechazo de los antiguos camaradas de la resistencia por infundada sospecha de traición (Loulou) o el internamiento voluntario en un psiquiátrico por la imposibilidad de reencontrar su lugar fuera (Jacques).
Su existencia ha permanecido en Auschwitz, allí murieron realmente, y acabamos la lectura con la convicción de que es sólo la relación que han conservado entre ellas lo que las ha mantenido con vida: «No sentía nada, no me sentía existir, no existía», leemos en boca de Charlotte, recordando los primeros momentos de la vuelta. «Tú comprendes lo que quiero decir, lo que siento. La gente no. ¿Cómo podrían comprenderlo? No han visto lo que nosotros hemos visto», dice Mado.
El terror nazi no tiene ningún sentido, pero sí que lo tiene la vida de las personas que sobrevivieron a aquel horror. De la lectura de libros como éste depende que este sentido sea pleno, de nosotros depende el reconocimiento que debemos a las víctimas.
Charlotte Delbo
La medida de nuestros días
Traducción de Palmira Feixas
Libros del Asteroide, 2025, 168 pp.
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