Las nueve musas
Mijaíl Bajtín
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La intertextualidad como fundamento literario

Las citas de otros textos, las refundiciones, la adaptación de una obra clásica con el propósito de configurar una nueva propuesta estética son algunos de los recursos más frecuentes de la creación literaria. Estos recursos responden al concepto de intertextualidad, concepto que intentaremos revisar en este artículo.

 I – Bajtín, Kristeva y los orígenes de un nombre

Llamamos intertextualidad a la relación que se establece ente un texto y otros textos preexistentes. Este tipo de relación, como es de suponer, amplía las posibilidades interpretativas de cualquier documento escrito. Así, en literatura, las obras con las que se vincula manifiesta o tácitamente un determinado texto —obras que, por lo general, provienen de la más prestigiosa tradición literaria— configuran una serie de datos «contextuales» que influyen tanto en la producción de sentido del texto en cuestión como en su eventual decodificación por parte de los lectores.

Los orígenes de este término se remontan a la obra del teórico ruso Mijaíl Bajtín, quien, durante la década del 30 del pasado siglo, publicó varios trabajos que revolucionaron la teoría literaria. En ellos, Bajtín reflexionaba acerca del carácter dialógico que en sí posee todo discurso escrito. Según Bajtín, cualquier emisor en condiciones de producir un texto ha sido en algún momento receptor de otros textos que han quedado en su memoria y con los que establece una suerte de diálogo secreto. A raíz de esto, nuestro autor infiere que ningún discurso está conformado únicamente por la voz del emisor, sino que en él conviven muchas voces superpuestas y dependientes entre sí. Los ejemplos que propone Bajtín son la cita, el diálogo interior, la parodia y la ironía.[1]

Julia Kristeva

Con todo, el término intertextualidad, tal como hoy lo conocemos, recién aparece en 1969, de la mano de la teórica búlgara Julia Kristeva.[2] Ella nos dice que «todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto»[3]. Para ella, la intertextualidad es la transposición de diversos sistemas significantes que se produce en el seno de un texto (entendiendo aquí texto como productividad, es decir, como algo estructurado que al mismo tiempo estructura). A partir de ese momento, el concepto que estudiamos pasó a ser una herramienta imprescindible tanto para la teoría literaria como para el análisis del discurso.

Es fácil advertir el grado de institucionalidad del que desde hace tiempo goza nuestro término en esta acabadísima definición que preparó Roland Barthes para la Enciclopedia de la Pléyade:

La intertextualidad, condición de todo texto cualquiera que sea, no se reduce evidentemente a un problema de fuentes o de influencias. El intertexto es un campo general de fórmulas anónimas cuyo origen raramente es identificado, de citas inconscientes o automáticas, dadas sin comillas. Epistemológicamente, el concepto de intertexto es lo que aporta a la teoría del texto el volumen de la sociabilidad: es todo el lenguaje, anterior y contemporáneo, que llega al texto no según la vía de una filiación identificable, de una imitación voluntaria, sino según la vía de diseminación (imagen que asegura al texto el estatuto no de una reproducción, sino de una productividad).[4]

II – La cultura como intertexto

En uno de sus famosos ensayos, Carlos Fuentes reconoce dos modalidades posibles de intertextualidad, que, a su vez, responden a dos tipos de actitudes frente a la tradición. Compartimos un fragmento a continuación:

Si es cierto que en la literatura no se repite el milagro del génesis, sino que toda obra escrita se apoya en formas previas, más que comenzar prolonga y más  que formar transforma, entonces lo interesante es considerar, en primer lugar, cómo se apoya la escritura en una forma previa. Si el nuevo texto respeta la norma de la forma anterior, la escritura sólo introduce diferencias denotadas que contribuyen a la norma única… Pero si el nuevo texto no respeta esa normatividad y la transgrede, no para reforzarla, no para restaurar ejemplarmente el orden violado, sino con el avieso propósito de romper la identidad entre significante y significado, de quebrantar la lectura única e instaurar en el abismo así abierto una nueva figura literaria, la escritura introducirá una diferencia connotada. Creará un nuevo campo de relaciones, opondrá la pasión al mensaje normativo, criticará y superará la epopeya en la que se apoya, vulnerará la exigencia de conformidad de la lectura épica.[5]

Ésta es una distinción precisa y funcional, que Fuentes ilustra con expresiones ejemplares de la historia literaria: Dante y Petrarca, respectivamente. Pero en cualquier caso, es notable que, para calificar esas operaciones, Fuentes enfatiza el concepto de diferencia, cuyo sentido en ese contexto induce a vincularlo con la noción de intertextualidad que venimos estudiando.

Tal como esbozábamos en el apartado anterior, para Kristeva, el texto es una «productividad», lo que equivale a decir que:

  • su relación con la lengua en la que se sitúa es redistributiva (destructiva-constructiva); por lo tanto, es abordable a través de categorías lógicas;
  • constituye una permutación de textos: en el espacio de un texto se cruzan y se neutralizan enunciados tomados de otros textos,[6] es decir, el texto es «el lugar donde se estructuran las diferencias»[7].

En definitiva, podríamos decir que la comprensión intertextual es en gran medida cultural, pues forma parte del conocimiento del mundo compartido por una determinada comunidad lingüística. De hecho, todo texto se produce en el seno de una cultura, ya sea para marcar su filiación con la tradición en la que forzosamente está inscrito, ya sea para rechazarla por completo.

III La intertextualidad según Genette

Gérard GenettePara Gerard Genette, no obstante, la intertextualidad es tan sólo una de las cinco posibles relaciones que configuran un fenómeno mucho más complejo: la transtextualidad. Genette define este nuevo y amplio concepto como «todo aquello que pone a un texto en relación manifiesta o secreta con otros textos»[8]. Así, además de hablarnos de intertextualidad, nos presenta las ideas —igualmente relevantes— de paratextualidad[9], metatextualidad[10],  hipertextualidad[11] y architextualidad[12].

Pero volvamos a nuestro tema. Genette toma abiertamente el concepto de intertextualidad de Julia Kristeva, e incluso admite que esta denominación le sirvió de base para elaborar su propio paradigma terminológico; sin embargo (tal vez para poder asignarle una función específica a las nuevas relaciones que presenta), no duda en delimitar sus alcances. Así nos lo explica:

Por mi parte, defino la intertextualidad, de manera restrictiva, como una relación de copresencia entre dos o más textos, es decir, eidéticamente y frecuentemente, como la presencia efectiva de un texto en otro. Su forma más explícita y literal es la práctica tradicional de la cita (con comillas, con o sin referencia precisa); en una forma menos explícita y menos canónica, el plagio (en Lautréamont, por ejemplo), que es una copia no declarada pero literal; en forma todavía menos explícita y menos literal, la alusión, es decir, un enunciado cuya plena comprensión supone la percepción de su relación con otro enunciado al que remite necesariamente tal o cual de sus inflexiones, no perceptible de otro modo.[13]

No cabe duda de que la literatura se construye sobre la base de una compleja red intertextual y que en eso estriba su virtual autonomía. En efecto, la lectura literaria es muchísimo más permeable a esta suerte de significado suplementario, a este excedente de sentido, ya que, por definición, la lectura lineal, propia de los textos no literarios, se conforma con obtener significados superficiales o inmediatos.

(Cabecera: Mijaíl Bajtín)


[1] Véase Mijaíl Bajtín. Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI, 1979.

[2] Véase Julia Kristeva. Semiótica, Madrid, Fundamentos, 1978.

[3] Julia Kristeva, «Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela». En Navarro, Desiderio (selección y traducción). Intertextualidad, La Habana: UNEAC, Casa de las Américas, 1997.

[4] Roland Barthes, «Teoría del texto», traducido y tomado de la Enciclopedia de la Pléyade. (La versión original francesa apareció en 1973, en el tomo XV de la Encyclopaedia Universalis).

[5] Carlos Fuentes. Cervantes o la crítica de la lectura, México, Editorial Joaquín Mortiz, 1976.

[6] Julia Kristeva. El texto y la novela. Barcelona, Editorial Lumen, 1974.

[7] Cf. «Escritura y revolución. Jacques Henric pregunta a Philippe Sollers», en Redacción de Tel Quel, Teoría de conjunto, 1971.

[8] Gerard Genette. Palimpsestos: La literatura en segundo grado, Madrid, Taurus, 1989.

[9] Es la relación que el texto propiamente dicho mantiene con su paratexto título, subtítulo, intertítulos, prefacios, epílogos, advertencias, prólogos, etc.; notas al margen, a pie de página, finales; epígrafes; ilustraciones; fajas, sobrecubierta, y muchos otros tipos de señales accesorias. Para una mayor comprensión de este punto, véase mi artículo «El texto y el paratexto», publicado en este mismo medio.

[10] Para Genette es la relación «que une un texto a otro texto que habla de él sin citarlo (convocarlo), e incluso, en el límite, sin nombrarlo». Esta relación es propia de la crítica.

[11] Es la relación que se establece entre un texto B, denominado hipertexto, y un texto A, denominado hipotexto, por derivación simple o indirecta, por ejemplo, la transformación de un texto anterior o la imitación estilística. Por ejemplo, James Joyce se apoya en la Odisea, de Homero, para escribir su Ulises; Thomas Mann recrea en Doctor Faustus el Fausto, de Goethe; José Saramago reescribe los evangelios en El evangelio según Jesucristo, y adapta el mito de Platón en La Caverna. Cfr. mi artículo «Sófocles en Macondo», publicado en este medio.

[12] Es una relación fundamentalmente taxonómica, es decir, que se limita a aclarar la pertenencia de un texto a un género determinado. Por lo general, se indica con un subtítulo aclaratorio, lo que la vincula a su vez con la relación paratextual.

[13] Gerard Genette. Óp. cit.


Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
“Por todo sol, la sed”, Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000)
“La gratuidad de la amenaza”, Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001)
“Íngrimo e insular”, Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005)
“La ciudad con Laura”, Sediento Editores (México, 2012).

Su primer ensayo, “Leer al surrealismo”, fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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