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Hacia una sociedad culta y feliz

BARUJ SPINOZA Y SIGMUND FREUD. ENSAYO SOBRE EL ESTADO, LA CULTURA, LA FELICIDAD Y EL PRÓJIMO (X – I)

La cultura ha sido tantas veces definida a lo largo de la historia que a su pesar aún mantiene ese halo de indescifrable misterio.

Baruj Spinoza la identifica con la costumbre en estos ejemplos tomados de su Tratado político.

En efecto, se dice que “la plebe exhibe los vicios inherentes a todos los mortales, que el vulgo no tiene moderación alguna, que o sirve con humildad o domina con soberbia, que no tiene verdad ni juicio, etcétera”. Sin embargo, esta es una creencia común aplicada por el poder y la cultura (TP. VII, 27). Otro caso: el poder y la cultura nos engañan cuando aseguran que no se pueden cambiar los fundamentos tradicionales de un Estado sin peligro de ocasionar su ruina (TP.VIII-27). Y quizá el más polémico: las mujeres, a causa de su debilidad, están incapacitadas para ejercer el gobierno. La misma experiencia comprueba “que en cualquier punto de la tierra donde se hallan hombres y mujeres, vemos que los hombres gobiernan y las mujeres son gobernadas, y que, de esta forma, ambos sexos viven en concordia”… “Además, por los afectos humanos, los hombres casi siempre aman a las mujeres por el solo afecto sexual y que aprecian su talento y sabiduría en la misma medida en que ellas son hermosas…” Esta experiencia o costumbre, una expresión cultural, no obstante, puede modificarse por una ley ya que si tal cosa se legislara, no habría razones para excluirlas del gobierno (TP. XI, 4). Una ley, por consiguiente, tiene la capacidad de anular o dejar sin efecto hábitos arraigados por siglos. Por lo tanto, para el pensador holandés las costumbres pertenecen al ámbito de la irracionalidad, responden al estado de naturaleza del hombre. En cambio, lo legal, aquello que está regido por leyes (en una contribución que Spinoza le debe al movimiento reformista religioso), corresponde a la razón, aunque en el caso de las mujeres, Spinoza no se muestra proclive a seguir sus dictados.

A lo largo de los milenios, el concepto de felicidad transmutó de acuerdo a las condiciones que imperaban en cada una de las épocas. Así, en la Escritura, se suponía que si el hombre mostraba su obediencia hacia las leyes de Dios habría de tener una vida placentera, sin demasiadas alternativas desfavorables; en tanto que si las desoía podía exponerse a las iniquidades más espantosas (Dt. 28, 1-68). Lo cual puede equipararse a estados de felicidad e infelicidad, respectivamente.

AtenasLos griegos, en su etapa clásica, anudaron este sentimiento de compleja definición a su producto ideal: la polis. En efecto, en un encadenamiento lógico, la virtud, cuyas columnas son la educación y la razón,  medios que hacen justo al hombre, pasa a la política, ésta define a la ciudad, hasta llegar a su propósito máximo: la felicidad de todos los ciudadanos. El ser humano virtuoso ve con el intelecto, más allá de la ilusión que nos ofrecen los sentidos, y de este modo puede contemplar la esencia de las cosas que, según Platón, son las ideas de Dios. Quien practica la virtud junto a la religión es feliz porque ambas le permiten acceder al conocimiento de lo que es realmente bueno para él. Lo que es bueno es un valor absoluto porque si no fuera así no podría ser objeto de conocimiento. La felicidad coincide con el bien moral y ambos constituyen la Ética. Por último, la felicidad es un estado de armonía y sabiduría que no admite la posesión de bienes. En su diálogo Eutidemo, Platón reconoce que la idea de la felicidad se relaciona con nuestro bienestar físico (la fuerza, la belleza, la salud, la riqueza, el status social…). Sin embargo, poco a poco, va demostrando que sólo con la práctica de la filosofía se llega a la sabiduría y con ella a la felicidad (Eutidemo, 278e3-282e6) (1). No obstante, el pensador ateniense valora el conocimiento de quienes se dedican al trabajo manual (labor desacreditada entre los aristócratas) al mencionar, entre otros, el arte del navegante o del carpintero, con cuyo saber pueden conducir una nave o fabricar una mesa. De este modo, el saber es buena fortuna o éxito ya que el conocedor de algo es más afortunado o tiene más éxito que otro que ignora. “La sabiduría es un bien especial. Si queremos ser felices debemos procurar ser lo más sabios posibles puesto que el conocimiento es indispensable para el uso correcto de las cosas y para alcanzar el éxito”, concluye (282a1-6).

Por su parte, Aristóteles afirma que ejercer la razón es la felicidad completa. Ésta consiste en realizar algún tipo de actividad; no deriva de esa actividad porque ella es una sensación. En la felicidad participan el conocimiento y la contemplación. La felicidad más humana es la que corresponde al conocimiento. Por eso el hombre más feliz es el filósofo y lo es cuando su razón se dirige al conocimiento más perfecto: Dios. “Buscamos la felicidad siempre por ella y sólo por ella y nunca con la mira de otra cosa… Nadie puede desear la felicidad distinta de la felicidad misma” (Ética a Nicómaco. I, 4). (2). Aristóteles reconoce que para ser feliz también es necesario bienes exteriores y afectos humanos. Sólo la gente burda pone la felicidad en el placer; sentimos, por el contrario, sus efectos cuando nos dedicamos a la política y a la contemplación (EN. 1, 5). “Todos los hombres persiguen un fin. En la Ética ese fin es la felicidad. El hombre feliz es bueno, virtuoso y la virtud es posible si los seres humanos practican hábitos buenos” (EN. 5, 9). La felicidad señala la plenitud del hombre. Es el fruto de toda una vida moral.

Maimónides

Maimónides, por su parte, consolida su idea de la felicidad en la legislación que organiza las relaciones entre los integrantes de la especie humana, dada su natural inclinación a vivir en sociedad. Para evitar los desbordes y arbitrariedades, se hace necesario dictar leyes que afirmen el orden social. Con el fin de que esto suceda, Dios ha otorgado a algunas personas la capacidad de gobernar y a otras- profetas y legisladores- la inspiración de elaborar estatutos. La única aspiración de las leyes es reglamentar las relaciones de los hombres y consolidar su felicidad. (3) (GP. II, 40). Más adelante, el sabio cordobés escribe que la felicidad radica en el alma y se la promueve mediante las opiniones correctas y doctrinas que declara la ley. Asimismo, se eleva la felicidad del pueblo logrando que cada cual contribuya con sus acciones a la felicidad común, mientras hace a un lado sus propias ambiciones e intereses (GP. III, 27). En definitiva, las leyes deberían enseñar la verdad, la moralidad y la sociabilidad a los hombres con el único fin de alcanzar su felicidad (GP. III, 31).

Maquiavelo también se ocupó de este sentimiento tan elusivo en concordancia con la caracterización de los griegos de la polis, aunque el florentino careció de la etérea precisión metafísica  avanzó con la más decidida praxis política. En efecto, ¿cómo podría clasificarse esta descripción? “Feliz es aquella república donde surgiera un hombre prudente que le proporcione leyes ordenadas de modo que pueda vivir con seguridad bajo ellas sin necesidad de corregirlas (…) Tiene algún grado de infelicidad la ciudad que no fue trazada con un ordenamiento prudente (…) Resulta más infeliz la ciudad más alejada del orden (4). En consecuencia, a diferencia de Maimónides, la legislación según Maquiavelo debe orientarse a la ciudad (principado o república) en su conjunto con el fin de asegurar su sustento, el orden, la seguridad y la estabilidad.  El médico hispano judío declara que las leyes las redactan los profetas o los legisladores inspirados por Dios; en el teórico renacentista, sólo es necesario un hombre prudente y sobre todo realista que conozca las necesidades inherentes a la fundación de una ciudad y su permanencia en el tiempo de este mundo si no celestial. En El Príncipe, las recomendaciones de Maquiavelo tienen como destinatario las ciudades nuevas, en donde todo está por hacer; sin embargo, reconoce como modelo de orden y estabilidad a los estados pontificios, que en su época abundaban no sólo en Italia sino en otros países europeos, a los que reputa como los más seguros y felices debido a antiguas y poderosas leyes aportadas por la religión que influyen en la obediencia de los hombres, el elemento más sólido para la estabilidad de los Estados (5). Es así que este autor coloca en una balanza las leyes y las costumbres hasta alcanzar un completo equilibrio: buenas leyes generan buenas costumbres, y viceversa. En simultáneo, fortalecen o desvirtúan la cultura de una ciudad, respectivamente. Esta situación tiende a perpetuarse en el tiempo para felicidad y seguridad de sus beneficiarios. Es necesario remarcar que a pesar de este elogio, el autor fue un crítico despiadado de la Iglesia romana a la que responsabilizaba por sus malos ejemplos de haber hecho perder a Italia su devoción religiosa y de tenerla dividida (TL. págs. 93-98). No obstante que no menciona la felicidad de los hombres, creemos –quizá en un rapto de comprensión humana- que el florentino deriva de sus ideas de la organización estatal un atisbo de interés hacia los humanos y les concede una dosis mínima de la misma.

La felicidad es producto de las pasiones de los hombres. Así se deduce de la definición que anota Thomas Hobbes, en su Leviatán (6). Lejos de constituirse en un objetivo distante, el animal humano es un sempiterno buscador de sus dones lo cual, en primer lugar, señala un progreso constante de los deseos de un objeto a otro, y luego la consecución de uno lo conduce a uno nuevo. Esta búsqueda es voluntaria, su finalidad tiende a procurar y asegurar una vida feliz. La felicidad no es uniforme para todos sino que dependen, como señalé, de las pasiones, las costumbres o de la opinión que cada uno tiene de las causas que producen el efecto deseado 

Baruch Spinoza  por Franz Wulfhagen
Baruch Spinoza por Franz Wulfhagen

Baruj Spinoza entiende la felicidad en una doble vertiente. Aquella que le es propia al hombre que vive bajo la guía de la razón y la que lo acerca a la perfección de Dios. En efecto, tanto en la Ética como en el Tratado teológico político ofrece abundantes ejemplos acerca de esta cuestión. Vale señalar que el erudito holandés en escasas ocasiones utiliza el vocablo latino felicitas para referirse a la felicidad; en cambio, se halla con mayor frecuencia la palabra beatitudo, beatitud. La beatitud es la Summa felicitas (7). Las cosas que se siguen de la esencia de Dios que pueden llevarnos al conocimiento del espíritu humano y de su suprema beatitud (8).  En este estado, el espíritu está dotado de la perfección misma (E.V, 33, esc.). Alcanza, en consecuencia, la beatitud, es decir, el contento de ánimo que surge del conocimiento intuitivo de Dios (E.IV, cap.4). Sin embargo, para alcanzar esa condición superior, la razón exige que el hombre debe amarse a sí mismo, paso inicial para conservar su ser, o sea, tener la capacidad de vivir, obrar (E. IV, 18, esc.). Por otra parte, quienes deseen disfrutar de una vida feliz deben ser humildes, estar siempre sujetos al arrepentimiento, al respeto (E. IV, 54, esc.), compartir su gloria con los demás y no dejarse engañar por los requiebros de la fortuna (TTP. III,1). Finalmente, al igual que los griegos clásicos, Spinoza reconoce que en la sabiduría y en el conocimiento de la verdad reside la felicidad verdadera y la dicha humana (TTP.III, 2).

En este breve recorrido, sin duda incompleto, de lo que podría denominar la “historia de la felicidad”, he examinado en unos pocos conceptos las posiciones de diferentes pensadores. Unos basan sus definiciones en un registro metafísico, donde el conocimiento y la presencia de la divinidad juegan un papel clave; otros, por el contrario, fundamentan su creencia en el mundo sensible, en los placeres y la sed de gloria. ¿Qué pensaba el doctor Freud acerca de este tema con tantas aristas, muchas de ellas contradictorias? Estas cuestiones serán tratadas en la próxima entrega y final de esta serie.

Pablo Freinkel


Abreviaturas utilizadas

TP: Tratado político (el número romano indica el capítulo; el arábigo, el parágrafo)

EN: Ética a Nicómaco (el primer número corresponde a la parte; el segundo, al capítulo)

GP: Guía de Perplejos (el número romano es la parte; el arábigo, el capítulo)

TL: Discursos sobre la primera década de Tito Livio (

EP: El Príncipe

L: Leviatán (el número romano indica, la parte; el arábigo, el capítulo)

TTP. Tratado teológico político (el número romano es el capítulo y el arábigo, el parágrafo)

E: Ética demostrada según el orden geométrico (el número romano es la Parte, el arábigo la proposición,  Dem=demostración;  Cor=corolario;  Esc.=escolio)


NOTAS

1- Platón. Eutidemo. Diálogos. Vol 1. Editorial Gredos. Madrid, 2010, pgs.425-482.

2- Aristóteles. Ética a Nicómaco. Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2008.

3- Moshé ben Maimón, Maimónides. Guía de perplejos, Editorial Obelisco, Barcelona, 2010.

4-Nicolás Maquiavelo. Discursos sobre la primera década de Tito Livio (I, 2). Editorial El Ateneo. Buenos Aires, 1952.

5-13- Nicolás Maquiavelo, El príncipe, cap. 11. Editorial Planeta. España, 1995, pg. 35.

6-Thomas Hobbes. Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil (I, 9). Fondo de Cultura Económica. México, 1998.

7- Baruj Spinoza. Tratado teológico político, caps. III y IV. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2005.

8-Ética demostrada según el método geométrico (II, Introducción). Terramar Ediciones. Buenos Aires, 2005.


 

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