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Gillian Flynn en el cine

Tres novelas han convertido al nombre de Gillian Flynn, autora clave para adentrarse en la psicología criminal de la mujer, en la maestra del “thriller” psicológico, lejos de los postulados a los que estamos acostumbrados (Agatha Christie, Mary Higgins Clark o Sue Grafton, siempre más atentas al crimen que al criminal), absolutamente ausentes de una óptica femenina no forzada o falsificada.

A falta de escritoras tan magistrales, no tardó en ser comparada con Patricia Highsmith, a la que, no obstante, en un ejercicio descabellado de discriminación, siempre se ha cuestionado su genio (debido a su declarado lesbianismo, lo que al parecer anula su feminidad, y masculinizan sus logros) a la hora de mostrar retratos de criminales desde una perspectiva fundada desde lo más íntimo y complejo de la naturaleza de la mujer.

Pero leer, por ejemplo, “El diario de Edith” y reducir su increíble alcance en ese retrato de la mujer criminal a los desvaríos de una escritora, poseída por los estragos de la virilidad, sería algo peor que un error. Sería directamente una injusticia.

Libre de etiquetaciones sexuales, Gillian Flynn se queda fuera de esas falsas barreras para impedir que se pueda hablar de su obra sin hacer referencia a sus preferencias,  e imponer su talento frente a un prejuicio del que pocas logran salvarse. Le ocurrió, por ejemplo, a Kathryn Bigelow, recibida con algo más que recelo cuando se reveló una de las directoras más brillantes en el cine de acción, algo que, incluso ahora, cuesta concebir, y de vez en cuando toca toparse con otro desacato a la inteligencia, como celebrar que una mujer pudiese dirigir “Wonder Woman” (de protagonista masculino, nada, hasta ahí no llegan) y no sólo no hundirse en taquilla, sino que fue capaz de filmar uno de los pocos títulos realmente interesantes de las desventuras de DC en el cine. Bigelow entró como un ciclón en un género hecho para y por hombres, un prejuicio del que ella se desentendió, y hasta se adentró (¡herejía!) en el cine bélico, con obras tan sobrecogedoras como la soberbia “En tierra hostil” o “La noche más oscura”, que supuso que al fin la Academia le otorgase en 2012 el Oscar como mejor directora, venciendo así, y en su propio terreno, al que fue su marido durante años, y uno de los grandes derrochadores de testosterona, James Cameron.

Si siempre se celebra la llegada al cine de un director o directora que se desmarca del resto, no ocurre lo mismo con guionistas, directores de fotografía o, por sumar ejemplos, montadores. Y que una escritora tan excepcional como Flynn siga adentrándose más y más en el mundo de la creación cinematográfica es la mejor de las noticias.

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La publicación en 2012 e “Perdida”, que ya asombró sin leer porque fue el único libro capaz de desbancar de las listas de más vendidos a las en apariencia imbatible “50 sombras de Grey”, logró que todas las singularidades de sus dos primeras obras dinamitasen las reglas del género del suspense, desde una óptica muy personal, libre de las ataduras del tener que reivindicar una feminidad combativa en todo momento.  Flynn, como regaló adicional para pulir aún más su demoledora novela, fue la encargada de adaptarla al cine, para una película que dirigiría David Fincher, un dueto que finalmente ofreció mucho más de lo que ya de por sí prometía. Algo enormemente complicado de conseguir (ocurre tanto en la novela como en la película) puesto que la ruptura argumental que se producirá cuando parezca que toda la historia está ya asentada, tan repentino cambio en las reglas del juego, podría provocar un rechazo en el espectador, nada tan decepcionante como descubrir que uno está siendo manipulado con burdos trucos de barraca. Y mucho más, si apenas ha transcurrido un cuarto del metraje, se revela la solución al misterio que en el que hemos fijado la atención, y se nos obliga replantear la historia en términos casi contrapuestos a los previstos. Eso está al alcance de muy pocos creadores. A menos, claro está, que se posea ese torrente de ingenio que articula por completo el trabajo de Flynn, en cine y en literatura, quien logra que cada giro sea tan imprevisible, tan osado e inteligente que puede conseguir aquello a lo que solo aspiran los mejores autores del género: que no puedas ni siquiera imaginar cuál será el paso siguiente. Imposible. Y desde luego, anulada cualquier posibilidad de adivinar un final que ya se ha resuelto casi a mitad de la película.

Perdida” es un muestrario perfecto de sus excelsas maquinaciones.

Amparándose en el clasicismo más respetuoso con las reglas, “Perdida” arranca como lo haría cualquier otra película del género. Nick Dunne (Ben Affleck), el día que celebra su quinto aniversario de boda, descubre que su esposa Amy (Rosamund Pike) ha desaparecido, apenas unas pocas huellas que delatan su ausencia. No hace mucho que se han mudado al pueblo natal de Nick, repelidos por la crisis que les había obligado a abandonar Nueva York, un cambio que ella no llevaba demasiado bien. Lógicamente, la noticia de la desaparición provoca un tremendo revuelo en el lugar. Además, Amy, de niña, había sido la protagonista de unos populares libros infantiles escritos por su madre, un verdadero bombazo editorial de tanta popularidad  que provocará que muy pronto una enorme presión mediática se cebe sobre un apático Nick, anulada su voluntad en la seguridad en la que creía estar a salvo. La policía no tarda en descubrir pruebas de que la desaparición parece encubrir un violento asesinato premeditado, y el comportamiento bovino de Nick solo le hace ser cada vez más sospechoso. Un misterio clásico, armado con disciplinada limpieza. Queda descubrir si la asesinó o si es inocente. Pero este el mundo de Flynn, y en su mundo no hay más protagonistas que las mujeres. De repente, mientras todo eso sucede, vemos a Amy conduciendo tranquilamente por autopista. Ha cambiado su aspecto y lleva consigo lo mínimo que le permita sobrevivir. Ni un solo resquicio a la insinuación de que escapa de un marido que la desprecia y le es infiel. En una de las vueltas más inesperadas y radicales que se haya podido permitir el género, todo cuando vemos son las consecuencias de un crimen que sí está cometiendo Amy, su calculada y brutal venganza contra su marido, y paso a paso iremos adentrándonos en su psicología, libre de estereotipos femeninos, ni es una desequilibrada poseída por el histrionismo,  y menos aún nos toca asistir al cruce de piernas de una mujer fatal de instintos tirando a básicos. Y es aquí donde estalla el genio de Flynn. Porque a la vez que todo el mundo en el pueblo va perdiendo los papeles a medida que pasan los días, y sobre todo, cuando pruebas y más pruebas (en un juego milimétrica y demoledoramente planificado por la “desaparecida”, van apareciendo y acusan de un modo incontestable a su marido no como secuestrador, sino directamente como asesino, seremos testigos de excepción de esa huida hacia ningún lugar de Amy, en la que tiene que pasar desapercibida si no quiere que su milimétrico plan se desmorone. Y ese periplo sí que dispara la historia hacia territorios a los que jamás pudimos pensar que arribaríamos. Lejos de su zona de “confort”, Amy tropieza con lo arbitrario de la realidad, con lo despiadada imprevisibilidad, demasiado lejos ya de su nido, en un horizonte no hay más que tormentas. Víctima ella misma de un robo que la deja sin recursos para seguir llevando a cabo sus planes, se ve obligada a reordenar las piezas tan minuciosamente colocadas por la temeridad de su despecho, lo que de conseguirlo le permitirá regresar al lugar que había abandonado, y hacerlo además sin que nadie sospeche sus añagazas (y con un marido ya consciente de que ella es la responsable de que pueda terminar siendo ejecutado). Usando a su total antojo a un antiguo amigo que sigue obsesionado con ella (y que en una cumbre de ingenuidad, misma que muchos de los personajes masculinos de Flynn suelen frecuentar, piensa que es él quien hace con Amy cuanto se  le antoja), va diseñando otra nueva y mucha más macabra trama, que ejecuta sin que le perturbe en lo más mínimo lo devastador de su naturaleza y de su comportamiento.  Tras acabar con la vida (¡y vaya asesinato!) de su patético y manipulador captor (siniestro personaje que ayudándola a escapar de su “desgracia” lo único que hace es aprovecharse para culminar sus turbios y reprimidos instintos), Amy vuelve a su casa, rodeada por completo de periodistas, policías y curiosos. Y uno asiste con la sonrisa congelada (porque el humor se muestra como uno de los mayores aliados en la escritura de Flynn, en todos sus trabajos) al gran final, a la tan anhelada reconciliación de la pareja separada por un horror que nadie podía nombrar, un desenlace que ella lleva a cabo con un desparpajo escalofriante: llegada por su propio pie hasta la mismísima puerta, con la ropa y el cuerpo completamente cubiertos de la sangre de su atrocidad, y a la vista de todos, se abraza con rendido amor a su desconcertado esposo, el cual se tiene que tragar lo que siente en ese momento (desde luego el menos adecuado para acusarla de haberle tendido una trampa mortal, aunque no duda en insultarla al oído), y ella se desmaya, a salvo ya en su hogar.

PerdidaQuien piense que el resto de película se dedicará a desenmascarar a una de las criminales más feroces que hayan llegado a la pantalla será mejor que olvide sus expectativas. Amy logra convencer a todo el mundo de que fue secuestrada por su antiguo novio, sometida a terribles torturas y violaciones mientras permaneció atada a una cama durante todos los días que duró su desaparición. Y por otro lado, se enfrenta a su marido para disolver las diferencias. La sangre ha dejado de ser necesaria, y la violencia. Es en sus conversaciones donde dirimen sus mutuos reproches. Lo aterrador es que ambos terminan por coincidir en que la mejor manera de librarse de ese desprecio que sienten el uno por el otro es seguir casados, continuar fingiendo que se quieren, aceptar la convivencia a pesar de lo lejos que se llegó como consecuencia de ella, de aceptarse y ser, vocacionalmente, sus peores enemigos y vivir codo contra codo. Todos los razonamientos de Amy, cuya inteligencia hace añicos cualquier atisbo de resistencia de su marido, calan, y Nick no es capaz el modo de no aceptar que a partir de ahora esa son las reglas, si es que no lo fueron siempre, como parte inherente a esa tan venerada institución llamada matrimonio, a la que no debió acogerse sin conocer las posibles consecuencias. Como asegura Tony Kushner, en el epígrafe que abre la novela, “el amor es la infinita mutabilidad del mundo; las mentiras, el odio, incluso el asesinato, están entretejidos con él; es el inevitable florecimiento de sus opuestos, una rosa magnífica que huele ligeramente a sangre.”

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Todo esto es filmado con la genial precisión de Fincher, un autor tan cuestionado durante años por aquellos tanto criticaban sus “excesos” (aunque parece complicado a estas alturas de su obra que alguien niegue logros tan extraordinarios como “Seven”, en su tiempo vapuleada por considerar gratuita y rebuscada su puesta en escena, que era justo lo que la hacían y la hacen distinta  todo lo rodado), y que más que alguien que imponga lo que podría llamarse su estilo o su impronta, no se baja del que parece su verdadero empeño: filmar del modo que piensa más adecuado y ajustado a lo que cuenta. No encumbre una política de autor. Ni menos aún, lo pretende. Es un cineasta que acepta retos, y los dirime a niveles exclusivamente narrativos. Y en “Perdida”, ya desde el mismo hecho de cederle a la autor de la novela la posibilidad de adaptarla, Fincher deja que sea la historia la verdadera protagonista, que los protagonistas lleven el peso principal de este escalofriante duelo. Jeff Cronenweth, quien parece haberse convertido en su director de fotografía favorito desde “La red social”, tampoco permite el paso de algo que no ofrezca pátinas de un realismo limpio de aristas. Y Trent Reznor y Atticus Ross, compositores que tampoco se separan de la obra “fincheriana”, también se suman a ese perpetuo estado de tensión con una banda sonora de tonos apagados y sombríos, y ecléctica en una película que supera las dos horas y media de duración. Es obvio el entendimiento entre el director y la escritora. Recientemente se anunció que volverán a trabajar juntos en una serie  para televisión.

Si ya se había revelado como una extraordinaria novelista, su debut  en el cine demostraba que la escritura cinematográfica contenía la misma audacia creativa.

Y de una complejidad de la no cabe desentenderse.

Es el caso de “Lugares oscuros”, siguiente adaptación de Flynn, probablemente motivada por el éxito de “Perdida”. Gilles Paquet-Brenner (un autor de una obra que tiende a lo mediocre) se encarga de la dirección y de escribir el guión en esta desconcertante (y lo que es peor aún, desconcertada) adaptación de otra novela extraña y fascinante.

Libby (una Charlize Theron fantástica, y es una pena que uno de sus mejores trabajos se pierda en una película tan olvidable) es la única superviviente de una famosa matanza ocurrida en Texas 28 atrás. Su madre y sus dos hermanas fueron asesinadas brutalmente, y es la propia Libby la que señala como culpable de la atrocidad a su propio hermano (Corey Stoll), apenas un adolescente cuando todo sucede, y que a resultas de ese testimonio lleva desde entonces en la cárcel. Pero ella es igualmente prisionera de ese mismo delito. Un libro que recogía su historia, una especie de biografía autorizada, se convirtió en un súper ventas, lo que hizo que ganase bastante dinero, a lo que pudo añadir gran cantidad de donativos recibidos por desconocidos apenados por su condición de niña durante los hechos, pobre, ha quedado huérfana, así que toda ayuda es poca, lo cual le ha permitido malvivir sin aprietos económicos en su traumática amargura. Pero se ha hecho mayor, y ese crimen ha dejado de ser rentable. Al menos, para ella. Más allá de que el título haga referencia a esos rincones alejados de la luz donde tratamos de luchar contra nuestros peores fantasmas, este es un itinerario por los lugares más oscuros de una sociedad tan desquiciada como el crimen narrado, y que extrae una malsana nobleza en el hecho de perpetuar el culto a lo macabro obligando, de maneras tan siniestras, a que una niña tenga que revivir de una forma despiadada el asesinato, una y otra vez, y que hasta sus finanzas dependen de él. Pero hay más capas en este pastel envenenado que Flynn nos ofrece. Visitemos otro lugar bastante oscuro. También coexisten bajo el amparo de lo cotidiano, grupos de personas que de un modo organizado, en reuniones y ferias públicas donde se vende e intercambia material de coleccionistas de lo macabro, rinden devoción a los crímenes más espeluznantes, cuestionan sentencias, idolatran a sociópatas, dedican su vida a estudiar ciertos asesinatos que les fascinan, generando otro pequeño emporio de estupendos beneficios, al punto de que uno de estos corpúsculos (fanáticos de esa matanza de la que se salvó la niña) se puede permitir ofrecerle una generosa cantidad de dinero a Libby para que les ayude a demostrar que su hermano no fue el verdadero culpable de los crímenes, pese a que nunca apeló ni se declaró inocente de ellos. Pero todavía espera una estación aún más oscura, y que  roza lo irrespirable cuando conocemos la verdad de lo ocurrido esa noche. Al revelarse la identidad de la persona que asesinó realmente y de forma tan despiadada a tres personas nos encontramos con un homicida que mata como parte de su negocio, que de hecho niega su condición de asesino y se presenta a sí mismo como un “ángel de la deuda” (imposible traducir el juego de palabras del original entre “angel of death” y “angel of debts”), alguien que asesina a ciertas personas que o bien no se atreven a hacerlo por ellas mismas o bien, que al juicio del ejecutor, lo necesitan, como enfermos terminales, y no son pocas con las que acaba como un parte de un trato porque hasta deben firmar un documento para formalizar el pacto en el noble ejercicio de esa inesperada profesión (cuando sea finalmente detenido, se le adjudicarán al menos 50 asesinatos, un negocio de lo más próspero). A él recurre la madre de Libby cuando, acosada por las deudas y a pocas fechas de que sea arrojada a las inmundicias de la indigencia con cuatro hijos a su cargo y un marido que ni a ser humano llega. Su muerte conseguirá que sus hijos cobren un buen seguro, lo que les librará de ese destino tan temible al que parecen abocados. Y es una macabra ironía que una mujer tan rota y capaz de amar de un modo tan rendido, tan leal, condene a sus hijos, en el acto de defenderlos, a la muerte a unos y a los otros a una existencia sepultada bajo culpas y tristeza. Porque únicamente debía matarla a ella, pero esa noche otros elementos toman la casa, y de una víctima prevista y acordada se pasa a que todos lo sean. E incluso hay un asesinato dentro de esos asesinatos, también fruto de un culto al crimen en el que se había visto envuelto el hermano de Libby y que explica en parte su negativa a declarar su inocencia. Con ello protegía a la joven de la que estaba enamorado, quien con los años no sólo no ha mejorado su talante. Ahora tiene una hija, y junto a ella intentará acabar con la vida de Libby.

Lugares oscuros
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Lugares oscuros.

Muy oscuros.

Por desgracia, tanta oscuridad acaba por cegar al director, empeñado en formalizar un ejercicio de estilo muy personal, de aires inequívocamente europeos (debe ser de los pocos directores actuales que desconocen que desde los años setenta, los modos de filmar de Europa ya se hicieron fuertes en el cine estadounidense, y parte de su arquitectura), y se olvida de que lo que rueda es cine de género, y es ahí donde se muestra incapaz de encontrar las vías que faciliten el acceso a esas zonas tenebrosas hacia las que debíamos dirigirnos de un modo más incisivo: ordena la historia para, conjugando pasado y futuro con pésimos equilibrios, reducirla a solventar el misterio planteado, siempre lejos, como cronista poco interesado, recurre a la voz en “off” torpe e indiscriminadamente, y cuando se las tiene que ver cara a cara con los horrores que se ocultan bajo alguno de esos lugares oscuros, su dirección es obcecadamente aséptica, da igual lo que se narre, sea un descenso al horror, o un instante de triste calma, ni tan siquiera parece que él mismo hay terminado de entender la compleja historia en la que se basa, lo descabellado y abisal de su denuncia.

Justo lo contrario de lo que lograba la novela en la que se basa, y de la que arranca sin misericordia alguna ese humor tan propio de Flynn, y que tanto ajusta sus relatos.

No es descartable que, dado el auge de las series, esa gran novela pueda volver a ser filmada con más pasión que el insulso acercamiento de Gilles Paquet-Brenner.

La historia lo merece.

La sensación de que la trayectoria de Gillian Flynn la confirmaba como una de las mejores guionistas de nuestro tiempo se renovó con “Viudas” (Steve McQueen, 2018), adaptación de una serie británica de 1983, donde se narra la historia de cuatro esposas que deben enfrentarse a las deudas que sus esposos han dejado tras morir durante un atraco, personajes que despertaron la fascinación de a la autora, tan cercanas a su ese universo desde donde estudia el crimen desde una óptica tan incisiva, y alza cuatro retratos muy profundos de cuatro mujeres muy distintas entre sí, pero poseedoras de una singular naturaleza que les permitirá hallar en su interior el modo de sobrevivir a esa trampa de un destino que venía marcado y dictado por el comportamiento de sus esposos.

Y mientras todo eso sucedía, Flynn debía estar inmersa en la adaptación de su primera novela, “Heridas abiertas”, cuyos derechos había comprado la HBO, en esta apasionante batalla entre plataformas para ofrecer productos cada vez más arriesgados en sus propuestas. Y Gillian Flynn pudo desarrollar todo lo que había explorado en ese magistral primer trabajo en una serie de ocho episodios.

La periodista Camille Preaker se ve obligada a volver a su pequeña ciudad natal para cubrir los asesinatos de dos chicas adolescentes, aunque no tanto como méritos por su talento periodístico, sino más bien como parte de una terapia que lleva a cabo con el director del periódico (y también con la esposa de éste). Camille es una mujer muy herida, estigmatizada en cuerpo y alma, que lucha con todo cuando tiene para salir del desgarrón en que se ha convertido su vida. Claramente desequilibrada,  alcohólica, ajetreada por el acoso incesante de un pasado que ya se ha transformado en la pesadilla en la que debe existir, Camille, no obstante, y tras una no menos traumática estancia en hospital psiquiátrico, y pese a que ahoga en su toxicidad su imposibilidad para salir del pozo emocional al que fue arrojada, no se rinde, ni enterrada en ese autismo al que parece dirigirse sin remedio alguno.

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Y no es fácil aceptar el encargo. Debe regresar a Wind Gap, un pequeño pueblo sureño, donde todos viven aferrados a un pasado ya podrido y descartado, pero al que ellos acuden y defienden con orgullosa inconsciencia, en tradiciones que van desde retomar los uniformes de los confederados para representar una macabra leyenda local (una niña fue violada, torturada y quemada viva por los soldados nordistas por negarse a colaborar con ellos) a permitir que el equipo de futbol del instituto agreda sexualmente en grupo a una de las estudiantes para celebrar sus logros en el campo de juego. La américa profunda sacando a relucir sus peores galas. Aunque para Camille eso no es lo que más teme del lugar. Wind Gap, con todas las autoridades que se quieran anteponer, es el territorio de su devastadora madre, Adora Crellin, quien vive con su marido y con su hija Amma (sencillo anagrama, tan revelador como el nombre de su madre), hermanastra de Camille, a la que apenas conoce. Pero regresa, y hasta se instala en su antigua habitación en la impresionante en la mansión victoriana de su familia. Y no es una sorpresa que el recibimiento por parte de su madre sea una clara muestra del infierno que Camille debió atravesar de niña, aunque no puso salir ilesa (de modo sistemático, se hace tremendos cortes por todo el cuerpo, ya completamente cubierto de cicatrices, y donde persiste en seguir auto lesionándose).

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Centrarse en el misterio le ayuda a no escapar del lugar para no volver nunca más. Y en la búsqueda de piezas con las que aclarar el misterio sobre la muerte de las jóvenes víctimas, y en su relación con su hermanastra, a la que cada vez presta más atención porque sabe mejor que nadie lo que Adora hace con ella, también encontrará otras con las que acabar el diseminado rompecabezas de su propio pasado, marcado sobre todo por la muerte de su hermana, apenas una adolescente, y a la que amaba con una pureza que tanto añora porque es irrecuperable. Su hermana, la preferida de Adora, quien siempre trató con irrebatible desprecio a Camille, un indeseado agente patógeno al machacó con la misma intensidad con la que “adoraba” a la hija que murió.

Desentrañar el cómo se llega a ese último capítulo, una obra maestra culminada de un modo del que uno no se recupera, no es objeto de este acercamiento a la obra. Lo fundamental es señalar la riqueza en la construcción de esos tres personajes femeninos, madre, hija y hermanastra, tres desquiciados retratos que rezuman verdad, que no son meros ecos de arquetipos, y de una complejidad insondable, sobre todo al quedarnos extraviados en el desenlace. Tal y como parecía, Adora es una asesina. En una criminal mutación de alimentar el hambre de ser necesaria, fuerza la dependencia de sus hijas con diabólica añagazas y tretas, llegando a envenenar a su hija para que en la enfermedad buscase el refugio que le proporcionaría  el amor incondicional de su madre. Lo mismo que intenta hacer con Amma, aunque esta es consciente del juego y se aprovecha en propio beneficio, a la que siendo ya una adolescente, trata como si fuera niña (como la imaginaria protagonista de esa casa de muñecas que ambas miman con fervor), y que a punto estará de morir también envenenada (al igual que hace con Camille, un descabellado doble crimen) cuando Adora descubra que está a punto de perder el control sobre la vida de Amma. Serán estos hechos las que hagan que termine siendo acusada tanto de la muerte de su hija, como del secuestro, tortura (las víctimas aparecen con todos los dientes arrancados) y posterior asesinato de las dos jóvenes desaparecidas. Y con ese requiebro tan propio de Flynn, el final nunca significa que la película haya terminado. A veces, como en este caso, lo mejor está a punto de empezar. Aunque Amma se traslada a vivir con Camille, no ha logrado alejarse ni un centímetro de Wind Gap. Lo que antes era sólo una casa de muñecas donde cumplir sus mórbidas fantasías, ahora es un mundo entero donde poder hacerlo. Y no tarda en demostrarlo. La misteriosa desaparición de una chica de la que parece haberse hecho su mejor amiga, así lo confirman. ¿El objetivo? Lo descubre Camille por simple casualidad: conseguir un diente más para un suelo de la casa de muñecas que imita un suelo de marfil que tapizaba el suelo de una habitación mitificada en la casa de Adora. Y Amma, al saberse descubierta, cierra la serie con esta frase tan reveladora: “No se lo digas a mamá”. Sera en una secuencia ya dentro los créditos cuando se añadan unas imágenes terribles que dan forma definitiva a la verdad: Amma ha sido la que ha matado a las dos adolescentes en su pueblo, vemos incluso cómo asesina a su nueva amiga, y ha dejado que la madre cumpla condena por un delito que ella cometió, revelando un personaje mucho más extraviado y dolido que la propia Camille, alguien resquebrajado de parte a parte por esos “objetos afilados o punzantes” a los que hace referencia el título final, y de los que nadie puede escaparse.

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Todo este enjambre de creación y destrucción viene avalado por Marti Noxon (como creador) y dirigido por Jean-Marc Vallée, quien venía de ofrecer otra serie, “Big Little Lies”, también centrada en la vida de tres mujeres y un misterio,  que fue recibida con muy merecidos elogios. Y hablar del reparto es hablar de magia. Amy Adams vuelve a superar lo hondo de sus registros y sus dotes como intérprete parecen no tener límite alguno. La madre a la que da vida una genial Patricia Clarkson se hace sin problema alguno con una de las primeras posiciones en la excelsa lista de madres aterradoras que nos ha ofrecido el cine, y es capaz de entresacar de esa naturaleza viciada y violenta verdaderos detalles de ternura y de entrega. Y Amma, hermanastra de Amy Adams, pero gemela en su talento, es interpretada por Eliza Scanlen, una actriz excepcional, que si se juzga por este debut está destinada a llevarse grandes papeles en un medio donde los personajes femeninos con verdadera garra y alma siguen siendo escasos. Y todo esto envuelto en una nueva figura cada vez más importante, y que logra una interesante escisión en el mundo de las bandas sonoras: el supervisor musical, en este caso Susan Jacobs, quien se encarga de buscar la música (por encargo del director y la guionista, y añadiendo mucho conocimiento sobre el tema) que acompañará a las imágenes de la serie, la cual, careciendo de una composición original y ya adecuada a lo filmado, es capaz de que la música sea una de sus grandes protagonistas, en un entramado de canciones coordinada por Jacobs, muchas de las cuales no solo son parte de la trama (la salvación terapéutica a la que recurrentemente acude Amy Adams y su obsesión por escuchar a Led Zeppelin, presente incluso en los créditos finales), o reflejo de los personajes. En no pocas ocasiones nos cuentan lo que las imágenes no cuentan, convirtiéndose en un inesperado aliado en la búsqueda de la mayor cantidad de texturas y posibilidades que se puedan explorar a la hora de narrar lo que tantas veces no puede ser narrado, pero se revela necesario señalar. De hecho, la primera imagen de los títulos de crédito (con los acordes que Franz Waxman compuso para “Un lugar en el sol) no es otra que una aguja, un objeto punzante, clavándose en el surco de un disco de vinilo, un toque nostálgico parte de ese pasado del que, ya sea por voluntad o por incapacidad, ninguna de sus protagonistas puede alejarse.

Son contadas las ocasiones en las que un escritor o escritora de la originalidad y de una personalísima prosa como la de Gillian Flynn haga extensivo ese derroche de creatividad cuando debe escribir para que el resultado sea filmado. Ahora que el cine parece confuso sobre la deriva que ha tomado el mundo audiovisual, y en plena paradoja de que ya no hay por qué hacer una buena película para lograr que sea mucho más que rentable invertir en ella, parecería más necesario que nunca que los guionistas se hagan al fin con un protagonismo que tantas veces se les niega.

Emilio Calle

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemento infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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