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El cómic y Cervantes

En nuestra sociedad de consumo parece que la cultura presenta dos corrientes bien diferenciados.

Por un lado transcurre la alta cultura, que se reconoce como heredera de una larga tradición, compleja y de alto alcance expresivo, pero con vocación minoritaria.

Por otro, el arte y la cultura popular, de menor vuelo y reconocimiento por parte de las instituciones, pero con una grandísima difusión entre el público, ávido de consumir productos culturales que cubran su ocio. Esta dualidad ya se daba en el Barroco. Por ejemplo, entre poesía culta y poesía popular (pliegos de cordel, etc.). Hoy en día podemos verlo en la distancia que hay entre películas de televisión y las de cine, de mucho mayor prestigio; o entre las anuales hornadas de cantantes de operación triunfo frente a Anna Netrebko o Juan Diego Flórez. Parecen dos mundos diferentes, distanciados y paralelos, sin ningún tipo de contacto.

Pero esta impresión no es del todo exacta. Así lo muestra el paso de Rosalía por la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC), que evidencia que existen ciertas vías de comunicación entre los dos mundos y a veces resultan tan insospechadas como sorprendentes.

Otros de estos es casos es el del recientemente fallecido Stan Lee (1922-2018), uno de los más importantes creadores de cómic. De gran importancia para la cultura popular y de consumo fue todo lo que publicó en Marvel Comics. Suyos son personajes tan conocidos como Los 4 Fantásticos o Spiderman, que han pasado con gran éxito a la gran pantalla, triunfo que se extiende a otros, desde Superman, Batman hasta Iron Man.

supermanTodos estos personajes tienen algo en común. En primer lugar, fueron el primer contacto que tuvo buena parte de mi generación (y aún anterior) con el mundo de la fantasía y de la narración, hasta constituir algo parecido a una especie de galería de personajes míticos. Eso se debe, precisamente a la segunda característica que me parece más destacable: la fuerza de esos personajes.

Todos ellos son superhéroes, porque para ellos, ser héroes, al estilo clásico, parece que les resulta poca cosa, y necesitan la hipérbole para engrandecerlos. Otra de sus características es la de preservar el orden público: en un mundo moderno en el que impera el mal, el caos y pretender dominar los malos (con este simplismo maniqueo casi hilarante), ellos se convierten en los salvadores del  pobre ciudadano, que se ve atacado por personajes malévolos y villanos. Así, Batman es el salvador de Gotham City, Spiderman vigila todo lo que sucede desde lo alto de los rascacielos de Nueva York, al igual que Los 4 Fantásticos. Esta sola característica ya podría emparentar a estos personajes, muy lejanamente, con la mejor creación cervantina: su misión es “favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos”, frente a las injusticias.

Esta similitud resulta demasiado vaga y genérica. Sin embargo, gran parte de sus cómics presentan más de un rasgo común con el hidalgo manchego.

Los personajes de cómic, no solo los creados por Stan Lee, poseen una doble vida: por un lado, son superhéroes; por otro, su existencia como personajes públicos resulta tan sosa y anónima que carece de interés. Spiderman es un periodista; Batman, un rico empresario de cuya actividad sabemos poco, aparte de ser una personalidad en su ciudad, dedicado siempre a actividades filantrópicas. El increíble Hulk y los componentes de Los 4 Fantásticos son científicos con aburridas y poco interesantes actividades. Por todo ello el centro de interés narrativo de estos cómics está en sus misiones como superhéroes, no en su vida cotidiana, anodina y sin interés narrativo.

BatmanMuy parecido es el caso de Alonso Quijano, la persona sobre el que vive don Quijote: el pobre hidalgo “de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, es un personaje común, de vida aburrida y poquísimo interés, empezando por su dieta cotidiana (“una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos”), siguiendo por su vestimenta, más bien pobretona, que con la costumbre que el consumismo ha hecho abandonar, viste de forma discreta los días de diario, y se pone algo más lucido los días de fiesta: “sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino”.

Sabemos que no vive solo (lo acompañan un ama, una sobrina y un mozo), tiene unos cincuenta años y es “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro”. Concluye  informándonos de que le gusta la caza, cosa nada novedosa en un hidalgo.

Tiene tan poco interés su vida, que ni tan siquiera le interesa se molesta el autor en ponerle nombre; por eso, el narrador lo despide dejándolo entre la indeterminación y el desprecio: “Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada»”. Toda la novela se centra en la vida de su otro yo, ese personaje construido por su fantasía, don Quijote. El lector no volverá a encontrarse al viejo hidalgo hasta el final de la novela, en el último capítulo de la segunda parte, ya a las puertas de la muerte, cuando el narrador le hace un regalo inesperado al lector: le revela el verdadero nombre del personaje, que resulta que no es ninguno de los propuestos al principio, sino Alonso Quijano.

Por último, lo que más destaca de los superhéroes de cómic son sus disfraces, aquello que mejor los define iconográficamente: el traje rojo y azul que evoca la telaraña de Spiderman; la capa y la máscara que evoca el murciélago de Batman, etc. Junto a esto, lo interesante en don Quijote y en los superhéroes, es que asistimos al proceso por el que cada uno de estos individuos pasa de ser un ser anónimo y anodino a convertirse en un superhéroe y construye su propio personaje.

los 4 fantásticosEl cómic dedica el primer volumen de la serie a este proceso por el cual el personaje ha adquirido sus fabulosos poderes y el ser público construye su propio disfraz y descubre cuáles son sus características y la forma de dominarlas con el fin de luchar contra el mal: Spiderman sufre la mordedura de una araña radioactiva y le produce ciertas transformaciones. En poco tiempo se da cuenta de que puede trepar por los edificios y disparar telarañas, lo que le permitirá saltar por las paredes e inmovilizar a sus enemigos. Los 4 Fantásticos se embarcan en una misión científica en el espacio y reciben el impacto de los rayos cósmicos. El resultado de estas radiaciones es que cada uno desarrolla unos superpoderes especiales: Reed Richards puede estirar su cuerpo de forma inimaginable, como si fuese de plástico maleable; Susan Storm puede hacerse invisible a los ojos de los demás. Su hermano, Johnny, enciende literalmente todo su cuerpo, arde, pero no se quema, y lanza llamaradas a sus enemigos. Por último, Ben Grimm se ha vuelto un ser bastante repugnante con aspecto de roca y de fuerza y proporciones descomunal. También de fuerza descomunal es el Increíble Hulk, que en realidad es el resultado de un accidente que sufre el científico Bruce Banner al realizar un experimento atómico.

CómicComo puede verse, lo que tienen en común estos personaje no son solo sus poderes, ni su doble personalidad, sino que en un momento determinado hay algo que transforma su vida. Se produce entonces el proceso de descubrimiento de sus nuevas características, lo que hace que compongan su propio personaje: junto a sus nuevos poderes, diseñan sus trajes. Llegan de este modo a su configuración iconográfica, que los individualiza y hace que todos los reconozcan.

QuijoteEste proceso de creación de un nuevo personaje, con su nueva imagen (como se dice en la actualidad) acorde con sus nuevas características, que le permite salir por el mundo a administrar el bien, ya está en don Quijote: no es el resultado de un accidente nuclear, sino, como es bien sabido, al pasar “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, apenas duerme, con lo que, al secársele el cerebro (según creía la medicina de la época), enloquece, hasta el punto de creerse un caballero andante. Entonces, inicia el proceso de construir su propio personaje, con los rasgos más distintivos, según sus características: desempolva una vieja armadura de sus antepasados, bautiza con un nombre “alto, sonoro y significativo” a su caballo como Rocinante, a la vez que se da nombre a sí mismo: don Quijote de la Mancha. No olvida tampoco hacer entrar en esta creación de su propio personaje al elemento esencial de todo caballero andante: así como Amadís de Gaula estaba enamorado de Oriana y ella era el norte de sus acciones, don Quijote rescata del olvido a una aldeana, Aldonza Lorenzo, y la convierte en Dulcinea del Toboso. A partir de entonces, el personaje está ya construido y puede salir al mundo a administrar justicia.  Será cuestión de tiempo (unos veinte capítulos) que se cruce con el barbero y conquiste su particular yelmo de Mambrino, la vacía que adoptará por casco y que lo hará reconocible en todas sus representaciones iconográficas.

Marvel¿Podemos suponer que Stan Lee y los otros autores de cómics había leído a Cervantes? No creo que ningún dato permita afirmarlo, aunque tampoco negarlo. Sin embargo, la coincidencia en la forma de proceder nos permite asegurar que Cervantes descubrió una técnica narrativa esencial que ha hecho fortuna  en el cómic y en el cine: cómo un personaje anodino crea otro sobre su personalidad con un aura mucho más épica (o antiépica, en el caso de Don Quijote) y con mayores posibilidades narrativas.

La lección cervantina de Buzz Lightyear.

En el caso de Buzz Lightyear, un personaje de película de animación, el modelo quijotesco parece estar detrás de su creación de forma mucho más clara y consciente.

Buzz hace su primera aparición en una producción de Pixar: Toy story, estrenada en 1995. La cinta tuvo tanto éxito que ha generado una serie de secuelas, con los originales títulos de Toy story 2, Toy story 3 y se espera una cuarta parte para 2019, que de momento se anuncia como Toy story 4, por si pudiese haber alguna duda.

La fundadora de la serie es una película que desarrolla un argumento típicamente infantil: el día de la fiesta del séptimo cumpleaños de Andy, sus juguetes, que tienen vida propia cuando una persona (infantil, adulto) no está presente, temen que le regalen un juguete nuevo que los desbanque de las preferencias del niño. El único que está tranquilo es Woody, un sheriff del oeste (sombrero ancho, camisa a cuadros, chaleco en el que destaca su estrella, cinto de pistola), líder de todos los juguetes y que hasta ahora ha sido el preferido del niño: Andy duerme con él, se lo lleva para jugar a todas partes, etc.

Finalmente, llega el momento temido: le regalan a Buzz Lightyear, un explorador interestelar que en poco rato acaba desbancando en preferencias al sheriff. Woody siente celos de Buzz y, por un enfrentamiento, se quedan los dos fuera de la casa. A partir de ese momento, la película se centra en las aventuras de ambos juguetes por volver con su dueño a casa sin que se entere de que se han perdido por sus propias rencillas. Las aventuras llevaran a  Woody y a Buzz a colaborar para salvarse de los peligros del mundo. Consiguen llegar de nuevo hasta Andy y recobran la normalidad porque superan sus diferencias.

Buzz LightyearHasta aquí nada hace suponer ninguna  influencia cervantina. Como mucho, tributo las aventuras que vive Ulises en su largo viaje de regreso a casa, en Ítaca. Otra cosa es la creación del personaje del explorador intergaláctico Buzz Lightyear, desarrollada en la primera parte de la cinta, que se basa en a la oposición entre la fantasía y la realidad representada en la dicotomía don Quijote-Sancho.

Cuando sacan a Buzz de su caja con forma de nave espacial, este actúa como si realmente acabase de aterrizar de forma forzosa en un planeta extraño. Su objetivo es explorarlo por si existiese algún peligro, reparar su nave y seguir con la misión que se describe en el embalaje de su caja. Los demás juguetes, Woody a la cabeza, intentan convencerlo de que no está en ningún planeta, sino en la cama de Andy y que él no es más que un juguete. Todos ellos tienen conciencia de su propia realidad como juguetes; no así Buzz, que cree realmente en la ficción en la que lo han diseñado. Por ello, su comportamiento es el de su personaje. No es un superhéroe: no posee poderes especiales, pero tiene ciertas características en las que él cree vivamente: su potentísimo rayo láser y sus alas fabricadas con una aleación de terilio-carbono. En este error de la comprensión de la realidad se basa toda la comicidad del personaje.

WoodyWoody intenta convencerlo de la realidad: el rayo láser es una lucecita roja, la radio con la que se comunica con la Tierra es un botón con una grabación y sus alas son de plástico. Cualquier lector del Quijote reconoce aquí la dualidad entre el ingenioso hidalgo, que vive en su mundo libresco y de fantasía y la visión realista de Sancho, que se pone de manifiesto en el episodio de los molinos y en otros tantos sucesos: don Quijote interpreta la realidad dentro del código de la novela caballeresca, del mismo modo que Buzz lo hace en el mundo espacial.

Mientras que las experiencias de don Quijote no le dan la razón (los molinos, etc.), Buzz demuestra que puede volar: despliega sus alas, se lanza desde lo alto de la cama y, por casualidad, cae sobre una pelota, rebota y acaba saltando por los aires y recogido por un avión, uno de los juguetes de Andy, que lo deja en el suelo. Aparentemente, la realidad le ha dado la razón, con lo que Buzz se cree su propio personaje. Por eso, al día siguiente, sigue intentando reparar su nave espacial, que no es otra cosa que la caja del juguete, con las herramientas de un juego de construcciones.

don-quijote cómicA partir de este momento, los dos personajes (Buzz / Woody, don Quijote /Sancho) viven una serie de experiencias en las que la realidad se muestra ambigua. El espectador, en cambio, entiende en todo momento cuál es la realidad: Andy y su madre van a cenar a “Pizza planet”, un restaurante en el que hay atracciones infantiles inspiradas en el mundo espacial: cohetes de feria que funcionan con una moneda de dólar y que Buzz interpreta literalmente, o una nave espacial en la que el viajero galáctico se cuela. En su interior encuentra pequeños peluches verdes con tres ojos que lo reciben amablemente y que él calma explicando que ha llegado allí por accidente y está buscando la manera de volver a la Tierra. Evidentemente, la inspiración en la estancia en casa de los duques que se desarrolla en la segunda parte del Quijote parece clara: la realidad se adapta a la fantasía del viejo hidalgo y parece darle la razón.

Stan LeeFinalmente, el cohete espacial resulta ser una máquina típica de feria en la que por una moneda se intenta pescar un muñeco de peluche (los peluches verdes de su interior). Sin embargo, lo que el niño atrapa es a Buzz. Woody se agarra a su compañero y el niño se lleva ambos juguetes a su casa, que resulta ser vecina de la de Andy.

Los esfuerzos de ambos juguetes se centran en volver con los suyos. Buzz lo ve muy fácil: desplegará sus alas y saldrá volando a la casa de al lado. Woody, en la mejor tradición sanchopancesca, le insiste en que él no es ningún astronauta: es un simple juguete. El choque con la realidad se produce cuando el astronauta se planta sobre la escalera y decide llevar a cabo su plan para escaparse. Sin embargo, al usar su peligroso láser, ve que no sucede nada. Cuando despliega sus alas y salta por las escaleras para salir volando por la ventana, lo único que consigue es caer estrepitosamente y romperse un brazo. Entonces, ve en la televisión un anuncio de sí mismo: el juguete Buzz Lightyear, en el que se insiste en un letrero tintineante sobreimpreso en la pantalla, que el juguete no puede volar, a pesar del efecto y de la propaganda. 

La visión del anuncio supone un choque con la realidad como el que tiene don Quijote tras perder en su duelo singular con el caballero de la Blanca Luna en la playa de la Barceloneta: el juguete intergaláctico cae en la mayor de las tristezas, en una noche depresiva, en la que se considera acabado, pues ya no es nadie ni tiene capacidad de creer en sí mismo. La melancolía del hidalgo del siglo XVII se convierte en depresión y falta de confianza en sí mismo en el astronauta del siglo XX.

Es en ese momento cuando Woody intenta animar a su compañero, levantarle el ánimo advirtiéndole que ciertamente no es más que un juguete, pero “eres un juguete guay”, de modo que repite el modelo de Sancho cuando, a los pies de la cama del pobre Alonso Quijano, ya moribundo, a punto de dictar testamento, le suplica:

“—¡Ay! —respondió Sancho llorando—. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.”

A partir de este momento, la película recorrerá otros derroteros.

Como se ha visto, el relato quijotesco está demasiado cercano como para haber sido fruto de la casualidad. Si en los superhéroes como Spiderman, Los 4 fantástios, etc. podía haber una coincidencia de recursos narrativos (Cervantes adelantó técnicas por encima del tiempo, por eso es un clásico), en el caso del personaje de la película de animación, el modelo quijotesco está en la base de la creación del personaje. Quizá ha sido esto lo que le ha permitido alcanzar tan buena recaudación y ser un hito en la cultura popular de consumo.

Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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