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Las nueve musas
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El azar, los dados de Dios y el ‘Cleroterion’

Sorteos, juegos y apuestas a través de la Historia

A lo largo de la Historia, el sorteo ha sido uno de los procedimientos más utilizados para determinar el azar, unas veces con fines meramente recreativos y otras, para tomar decisiones cuando se desconfiaba del pensamiento lógico.

Al contrario de lo que suele pensarse, la palabra “sorteo” (someter a la decisión del azar) no deriva de “suerte”, sino a la inversa. La etimología del vocablo remite al verbo latino que designa la acción de “sembrar”.

Hacer un recorrido evolutivo de un acto tan trivial –en apariencia– y tan estudiado desde el análisis estocástico, ¿tiene algún sentido utilitario para los que se ocupan del sector de los juegos y apuestas? Puede darnos una respuesta la teoría contemporánea de la gestión empresarial, que está prestando particular atención a los llamados “saberes o conocimientos sectoriales tangenciales”, hasta ahora descuidados, porque no siempre resulta apreciable su relación con la productividad del sector de que se trate. No obstante, tal relación existe y es posible encontrarla cuando el análisis se lleva a cabo con espíritu creativo.

Con la esperanza de que los lectores puedan extraer alguna “cosecha” que contribuya a mejorar su gestión (nuevas denominaciones, ideas publicitarias, modificaciones en juegos ya existentes, etc.), he tanteado en estas líneas una aproximación a la realidad del “sorteo” desde una perspectiva histórico-descriptiva. Los yacimientos de la información –algunos de ellos inexplorados– son tan generosos que el problema se plantea a la hora de desechar material. He dividido el texto en partes por razón de su extensión.

EL AZAR, EL PENSAMIENTO MÁGICO Y LA CIENCIA

Dados
Dados romanos de bronce

Desde tiempos inmemoriales, el inseguro devenir de los seres humanos ha estado presidido por dos tendencias complementarias que se manifiestan, con equilibrio desigual, en el fuero interno de los individuos y en la conciencia colectiva de las sociedades.

La primera de esas tendencias tiene una raíz claramente biológica, zoológica en sentido estricto, y se materializa en la interpretación automática de signos que permiten predecir acontecimientos naturales y ciclos o situaciones estacionales más o menos inmediatos, más o menos periódicos, para actuar en consecuencia. Suele coincidir con la noción de “instinto” en el hombre y “conducta innata” en las especies animales. En líneas generales, los órganos sensoriales de los animales superan a los de los humanos a la hora de predecir el tiempo, los terremotos, el momento más adecuado para la reproducción, etc., y en todas las culturas (con inclusión de las que consideramos más adelantadas) se ha sabido utilizar, en provecho de la propia planificación, el “calendario perpetuo” y la “brújula” interna de muchas especies animales. En líneas particulares, es evidente que las sociedades humanas van perdiendo esas facultades a medida que se alejan de las llamadas “culturas primitivas” y de las culturas pastoriles y agrarias, pero la civilización industrial y posindustrial ha suplido esa merma con la inventiva tecnológica.

La segunda tendencia es de naturaleza exclusivamente humana. Encuentra su origen en el desarrollo del pensamiento abstracto y en la generalización del pensamiento mágico, en el que se alberga el concepto de “suerte” o “azar”. Es presumible que, ya en estadíos prehistóricos, las agrupaciones humanas adoptasen deliberadamente el arbitraje del azar para tomar decisiones en las que la aplicación del pensamiento lógico no se considerase funcional. Y uno de los procedimientos más prácticos para determinar el azar es el del sorteo, con sus innumerables variantes y aplicaciones y, entre otras, las meramente recreativas, es decir, el juego de azar sin lucro. Curiosamente, los antropólogos han constatado coincidencias notables en los juegos infantiles de los pueblos de la tierra: los sorteos con el número de dedos desplegados (¡el auténtico sorteo digital!), con elementos minerales (piedras), vegetales (hierbas o palitos) y animales (huesos, dientes, etc.).

Einstein
Einstein pronunció la famosa frase “Dios no juega a los dados”.

A este respecto, es preciso recordar el desprestigio que ha tenido la propia idea de lo fortuito, de la suerte o el azar, entre los filósofos y los maestros de las ciencias exactas que han orientado nuestra modernidad hasta los inicios del siglo XX. Un claro paradigma del pensamiento generalizado en la comunidad científica (negacionista del azar) se compendia en la obra del normando Pierre-Simon Laplace (1749-1827), astrónomo, físico y matemático a quien debemos la obra ‘Mecánica celeste’, donde se resumen los descubrimientos astrofísicos de su época.

Laplace estaba convencido del determinismo causal (todo obedece a una causa necesaria; el azar no existe) afirmando lo siguiente:

“Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro. Se podría concebir un intelecto que, en cualquier momento dado, conocería todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen. Si este intelecto fuera lo suficientemente vasto para someter los datos a un análisis, podría condensar en una simple fórmula el movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto, y tanto el futuro como el pasado estarían frente a sus ojos”.

Laplace también tenía la convicción de que el comportamiento y el destino del hombre, un elemento más entre los existentes, no podía sustraerse al gobierno del mismo tipo de leyes. Tras esta construcción determinista, aparentemente demostrada, subyacen siglos de debates ideológicos sobre las ideas del azar, la predestinación, el libre albedrío y la culpabilidad. Y siglos de enfrentamiento entre religión y ciencia.

Senet egipcio
Senet egipcio

Sin embargo, a lo largo del siglo XX los postulados de cuatro teorías revolucionarias resquebrajaron los cimientos de la física tradicional y abrieron las puertas de la ciencia a la suerte, al azar. Y también a la magia. Albert Einstein (1879-1955, “Teoría de la Relatividad”); Max Plank (1858-1947), “Teoría Ondulatoria o Mecánica Cuántica”); Werner Heisenberg (1901-1976, “Principio de la Incertidumbre”), y Edward Lorenz (1917-16 de abril de 2008, “Teoría del Caos”), han dado un impulso gigantesco al conocimiento aunque, paradójicamente, para ello han debido apagar parcialmente el interruptor del Siglo de las Luces, devolviéndonos a la caverna de Platón donde los dioses sólo nos permiten ver las sombras que se proyectan desde el exterior. Ya nada es lo que parece; se tambalea el edificio entero de las certidumbres que han hecho posible nuestra civilización, y el efecto del derrumbe comienza a hacerse visible en una nueva orientación de la filosofía y las ideologías. No obstante, la especialización del nuevo saber alcanza tal grado de complejidad que los profanos necesitamos un ejercicio de fe para creer que la percepción sensorial nos engaña de continuo: nuestra vida, nuestro tiempo, transcurre más rápido cuando estamos sentados en la butaca de nuestra casa y más lento cuando nos encontramos en la butaca de un avión o de otro vehículo en movimiento; en un juego de magia, una partícula (materia) puede estar en dos sitios al mismo tiempo; el efecto del aleteo de una mariposa en Granada puede provocar un tornado en Cancún… Es el fin de la imagen tradicional, segura, acogedora, del entorno. Se ha verificado, una vez más, que la ciencia-ficción termina por ser ciencia a secas. Desaparece la certidumbre absoluta sobre los sucesos en el universo; lo que se postula es la imposibilidad de predecir con exactitud el futuro. Ya no se prevé un único resultado de cada observación, sino un número de resultados posibles y las probabilidades de cada uno. Por primera vez, el azar se incorpora en el núcleo primordial de la propia ciencia y adquiere en ella carta de naturaleza. Y esta intrusión del azar en el seno de la pura ciencia produjo tal rechazo a Albert Einstein que le llevó a pronunciar la parafraseada expresión “Dios no juega a los dados”.

EL SORTEO COMO EXPRESIÓN DE LA VOLUNTAD DIVINA

Sin embargo, si Albert Einstein hubiera leído la Biblia con detenimiento, nunca habría arriesgado una afirmación tan tajante, pues el “Libro de Josué” (13) y el “Libro de los Números” (34) le desmienten en gran parte, si no en todo: el propio Jehová ordenó la realización de varios sorteos:

Los diez mandamientos
La imagen más conocida de Moisés pertenece al actor Charlton Heston  en la película Los diez mandamientos

“Y Jehová habló a Moisés, diciendo: manda a los hijos de Israel y diles: cuando hayáis entrado en la tierra de Canaán, esto es, la tierra que os ha de caer en herencia, la tierra de Canaán según sus límites…”

(En el largo párrafo que sigue, Jehová detalla pormenorizadamente las localidades, accidentes geográficos y la especificación de las poblaciones susceptibles de desalojo. El territorio cananeo abarcaba la zona conocida posteriormente como “creciente fértil”, es decir, partes de Siria y Líbano, toda la zona occidental de Jordania, Cisjordania, la Franja de Gaza y el Estado de Israel).

“… Y mandó Moisés a los hijos de Israel, diciendo: ésta es la tierra que se os repartirá en heredades por sorteo, que mandó Jehová que diese a las nueve tribus, y a la media tribu” (Núm. 26.52-56) (Jos. 14.1-5).

“… Y habló Jehová a Moisés, diciendo: éstos son los nombres de los varones que os repartirán la tierra: el sacerdote Eleazar, y Josué hijo de Nun”… (Números 34.1-29).

“Josué era ya viejo, entrado en años, cuando Jehová le dijo: Yo expulsaré delante de los israelitas a todos los habitantes de la Montaña, desde el Líbano hasta Misrefot Maim, y a todos los sidonios. Tú, por tu parte, distribuye el país entre los israelitas mediante un sorteo, para que lo posean como herencia, según te lo he ordenado” (Josué 13).

Merece la pena detenerse en estos pasajes porque dan cuenta de los tres sorteos que han tenido las consecuencias geopolíticas más prolongadas de la historia: 3.250 años, aproximadamente, si se dan por buenas las dataciones más documentadas de los expertos en la Biblia (y sin entrar en el debate sobre la historicidad del Antiguo Testamento). A día de hoy, una parte considerable de la comunidad ultraortodoxa de Israel se niega a reconocer la existencia del Estado porque las fronteras asignadas por las Naciones Unidas no coinciden con el mapa trazado por Jehová en fecha incierta.

También da cuenta la Biblia de los tres primeros sorteadores conocidos. La procedencia egipcia de Moisés, Eleazar hijo de Aarón y Josué hijo de Nun permiten suponer –en contra del criterio de Einstein– que el método de sorteo empleado fueron precisamente los dados.

El expolio
El Greco se basó en el sorteo de la túnica de Cristo para la creación de su famoso cuadro El expolio.

Desde largo tiempo atrás, los dados de seis caras venían utilizándose en Egipto para diversos juegos, entre ellos el “sénat”, antecedente remoto del backgammon. Los llamados “dados tebanos”, expuestos en el museo egipcio de Berlín, se han fechado en los últimos años del siglo XVII a.C. Es posible que la aparición de los dados se haya producido en distintos lugares no relacionados. Parece claro que derivan de las “tabas” o astrágalos, huesos cúbicos que se encuentran en los tarsos de los mamíferos. La utilización de huesos para las artes adivinatorias ha sido –y sigue siendo– común a las culturas ancestrales, de la misma manera que los dados son comunes a las culturas evolucionadas.

Muchos lingüistas coinciden en que la etimología del término “azar” tiene raíz en la palabra del árabe hispánico “az-zahr”, que significa “flor del naranjo” y, por extensión, “dado”. En los dados árabes se representaba el valor máximo (ahora el número seis) con el símbolo de una flor similar a la del naranjo.

flor del naranjo
La etimología del término “azar” tiene raíz en la palabra del árabe hispánico “az-zahr”, que significa “flor del naranjo” y, por extensión, “dado”.

Volvemos una vez más a los textos canónicos (con un salto de trece siglos) para hacer simple mención del sorteo sacrílego que celebraron los soldados romanos con la túnica de Cristo:

“Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: no la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca” (Juan, 19, 23-24).

En el monte Calavera o Gólgota, ¿qué método de sorteo utilizaron los cuatro legionarios de Roma –potencia que se vio obligada a dictar leyes contra la ludopatía generalizada en su población–? La tradición da por sentado que fueron los dados.

Dos mil años después, para conmemorar este despojo de Cristo, sigue perpetuándose en España, sobre todo en los pueblos de las dos Castillas, una costumbre sorprendente que se remonta a la Edad Media y va necesariamente acompañada del sonido musical de dos monedas –antiguas, a ser posible– arrojadas al aire. Son los “corros de chapas”, que tienen varias modalidades. En esencia, se trata de un juego simple de apuestas a dos “caras” o dos “cruces” (si sale una cara y una cruz, se repite la tirada), en el que se depositan las apuestas (siempre dinero en efectivo) en el centro del corro. Los “corros” se celebran en la fría noche del Jueves Santo y se prolongan hasta bien entrada la madrugada del Santo Viernes, caldeados frecuentemente con libaciones no siempre comedidas. Los “corros de chapas” se jugaron clandestinamente hasta 1992, cuando se autorizó la práctica en locales públicos a cambio de una tasa que actualmente asciende a ¡treinta monedas… de euro! Nadie sabe cuánto dinero se mueve realmente en esta diversión, pero es normal que, en un corro de treinta personas, se apueste en cada “tirada” una cantidad cercana a seis mil euros.

DEMOCRACIA: EL GOBIERNO DEL PUEBLO… POR SORTEO

Imaginemos un pequeño país mediterráneo dos mil quinientos años atrás, hacia el 508 a.C. La población, que se aproxima a trescientos mil habitantes, incorpora varias tribus compuestas a su vez por ciudadanos libres (hombres y mujeres), forasteros y esclavos (de propiedad particular y de propiedad común). Tras haber pasado por múltiples gobiernos aristocráticos y tiránicos, se desencadena una revolución y se decide que “todos” los integrantes de las diez tribus que sean “ciudadanos, varones y mayores de dieciocho años”, asumirán “todos” los aspectos del gobierno (legislativos, ejecutivos y, sobre todo, judiciales). Y que, a excepción de los cargos que exigen saberes especializados, esto es, los militares y los contables de la hacienda pública, cualquiera de esos ciudadanos puede acceder a cualquiera de los cargos y se turnarán en el ejercicio de los mismos.

Atenas
En Atenas surgió el esquema básico de la democracia que rige los países occidentales (Escuaela de Atenas de Rafael)

El cargo que habrá de desempeñar cada cual y cuándo lo ocupará no se deja a la decisión del voto ciudadano sino a la determinación de una máquina de lotería. Éste es, en suma, el esquema básico de la democracia ateniense: un circuito cerrado y dinámico de administradores/administrados, que originó un sistema político impersonal y a la vez representativo, que en el siglo XXI está incidiendo en nuestra forma de vivir.

La máquina de lotería se denominó “cleroterion”, palabra cuya etimología remite a “fortuna o azar”. El “cleroterion” tipo consiste en un gran bloque rectangular de piedra, de unos noventa centímetros de alto por sesenta de largo y treinta de ancho, con cincuenta filas y diez columnas de estrechas ranuras horizontales, geométricamente alineadas como en un casillero o como las ventanas de un rascacielos. La cara frontal de la piedra estaba cubierta por una placa-matriz cuyas perforaciones ranuradas coincidían con las de la piedra. En esas ranuras se insertaban las alargadas plaquetas de bronce o madera en las que figuraba el nombre de la persona candidata y la tribu de adscripción. En el lateral izquierdo de la “máquina” iba adosado un artilugio vertical que tenía en la parte superior una especie de embudo, prolongado por un tubo que desembocaba en un receptáculo situado en la parte inferior del “cleroterion”. En el embudo se introducían las bolas de la suerte, blancas y negras, que iban a caer aleatoriamente, de una en una, en el receptáculo inferior. El sistema era binario: las bolas blancas indicaban “SÍ” y las negras “NO”.

cleroterion
cleroterion

Resulta evidente que bastaba con cambiar el número de bolas para modificar el sentido del sorteo. En un “cleroterion” tipo, en la primera columna figuraban las cincuenta placas identificativas de representantes de la tribu A; en la segunda, las cincuenta de la tribu B, y así sucesivamente hasta la última columna para la última tribu. Si se tratase de elegir personas, se introducirán en el “bombo” tantas bolas blancas como personas a elegir y el resto de las bolas serán negras, hasta contar quinientas en este caso. Si se trata de elegir tribus, se incluirán en el “bombo” tantas bolas blancas como tribus a elegir y el resto serán negras hasta contar diez.

Los sorteos generales y parciales presidieron la existencia de las cámaras y los tribunales de la primera democracia hasta que, en el año 322 a.C., poco después de la muerte de Alejandro Magno, la hegemonía de los macedonios acabó con las instituciones democráticas.

Los atenienses habían tenido razones suficientes para sentir cierta paranoia frente a la corrupción política y judicial. En las democracias occidentales ocurre otro tanto, en opinión de muchos que perciben una especie de secuestro de la voluntad general en manos de auténticas partitocracias. Por eso no es sorprendente que, según parece, en las elecciones generales de Francia en el 2007 –país al que, junto con los Estados Unidos, debemos gratitud en todo cuanto respecta a la esfera de las libertades– la candidata del partido socialista, Sra. Ségolène Royal, tuvo la idea de proponer la creación de un órgano de ciudadanos controladores de la orientación política, que serían elegidos por sorteo, a la manera ateniense, entre la población francesa.

Tal vez no tardemos en asistir a la resurrección del “cleroterion”.

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José Antonio Álvarez-Uría Rico

José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).

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