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Las nueve musas
Tabula Rogeriana al-Idrisi

Decadencia de Bizancio en la Alta Edad Media

Bizancio, imperio que siempre fue una potencia marítima, se vio inmerso en un largo periodo de decadencia durante los siglos VIII, IX y X.

Era sabido que quien dominaba el Mediterráneo oriental controlaba el comercio, pero el Imperio Bizantino perdió esa hegemonía durante un periodo de más de siglo y medio.

Aprovechando su declive, andalusíes y aglabíes esquilmaron sus dominios insulares, ocupando los primeros Creta y las Cícladas[1], y los segundos, Sicilia y plazas del sur de Italia. El califato de Bagdad y Egipto, con amplios apoyos y refuerzos, los ayudaron en la ardua misión de conquistar las islas; lo que en otro momento pareciera imposible, resultó así factible, porque las islas estaban desprotegidas y sus guarniciones bizantinas eran escasas y desprovistas de medios. Las guerras civiles religiosas que asolaban Bizancio habían acarreado el abandono, desamparo y empobrecimiento de sus islas; rara era la custodiada por alguna guarnición y, donde la había, era puramente testimonial. La dejadez imperial se hizo por entonces muy patente.

Tanto la conquista de Creta por cordobeses desterrados como la de Sicilia por aglabíes comenzaron en el año 827 d.C. Las huestes andaluzas advirtieron desde el inicio que los cretenses parecían desentenderse de su llegada y que todo se presentaba demasiado fácil. Las insuficientes tropas bizantinas se opusieron, mas su defensa resultó ineficaz. Los andalusíes llegados a Creta debieron de sentirse muy sorprendidos por la apatía de los isleños, pues esperarían encontrar mayor oposición. Todas las fuentes árabes y griegas muestran acuerdo en un punto: los invasores observaron con asombro que la población no cooperaba con sus defensores. Y así, entre la impotencia de los escasos guardias bizantinos y la indiferencia de la población local, la isla vino a manos de los cordobeses con facilidad inesperada.

Mediterráneo occidental

 Vassilios Christides nos informa sobre esta cuestión: “Algunos eruditos presentan la resistencia de la población local de Creta como inexistente, y otros van aún más lejos, afirmando que los habitantes recibieron de buen grado a los andaluces musulmanes”. Y añade Christides: “Por mi parte, creo que existió alguna resistencia por parte del ejército bizantino destinado en Creta, muy debilitado después de la revuelta de Thomás. Respecto a los nativos, la indiferencia pudo haber sido el factor dominante entre ellos. Y, precisamente, esta actitud los protegió de una gran destrucción y facilitó la conquista de Creta por los andaluces“. Pocos barcos hallaron atracados en los puertos de las islas. Bizancio las había despojado de navíos para servirse de ellos en las guerras civiles que asolaban el imperio desde hacía años.

Cuando los andalusíes desembarcaron en Creta, regía los destinos del Imperio Bizantino Miguel de Amorion —Miguel II—. El imperio de Bizancio habíase visto sacudido por una gran conmoción social y religiosa que dividió a los cristianos bizantinos: la persecución de los defensores de las imágenes y la destrucción de estas. Dicho conflicto había comenzado mucho tiempo atrás, y hasta hubo un momento en que pareció haberse superado. Sin embargo, el antecesor de Miguel II —León V— resolvió actualizarlo imitando a sus predecesores, los fanáticos emperadores iconoclastas León III y Constantino V. Creta había sufrido acerbamente con aquel cisma, ya que sus habitantes eran en gran mayoría iconódulos y fieles a Roma; pero se encargó Constantinopla de imponerles Patriarca, arzobispos y sacerdotes iconoclastas traídos de tierras lejanas, mientras importunaba a los religiosos nativos de la isla, persiguiéndolos, desterrándolos e incluso martirizándolos y condenándolos a muerte.

La revitalización del movimiento iconoclasta por el emperador León V fue contestada por el Patriarca de Constantinopla, Nicéphoro, defendiendo con fervor el culto a las imágenes. Pero el soberano lo depuso y nombró en su lugar a un Patriarca iconoclasta, Theodato Meliseno, que, tras reunir un sínodo en Santa Sofía, no tardó en rebatir las conclusiones del concilio de Nicea, aceptando en cambio las resoluciones del sínodo iconoclasta del año 754. El emperador ordenó la destrucción de las imágenes en todas las iglesias de Bizancio y el conflicto se recrudeció. Inexorablemente, surgieron levantamientos contra el soberano por su intromisión en asuntos de fe. La desobediencia se generalizó y las islas no fueron una excepción, viéndose inmersas en aquel caos.

Por entonces, un compañero de armas del emperador, el general Miguel de Amorion, oriundo de Frigia —antiguo baluarte de la iconoclasmia—, insultó y amenazó a León V, siendo acusado de lesa majestad y condenado a muerte; pero, durante la misa de Navidad del año 820, el emperador fue asesinado en Santa Sofía por los secuaces de Miguel y su cadáver arrastrado por las calles hasta el hipódromo. Su asesino fue coronado emperador mientras mostraba aún los grilletes en las piernas, pues la llave se ocultaba en el cuerpo quebrantado de su antecesor. Con la entronización de Miguel II fundábase la dinastía amoriana. Este soberano, que reinaba cuando los cordobeses conquistaron Creta, era un guerrero brutal, inculto y despiadado, a quien la nobleza bizantina hacía objeto de sus burlas por su incultura. Como primera medida, mandó castrar a los hijos de León V; Teodosio murió en la operación y Constantino perdió el habla. Con el cambio de emperador esperábanse reformas religiosas, mas, aunque regresaron los desterrados por motivos religiosos, el culto a las imágenes no fue restablecido, con lo que se probó que las pendencias entre ambos soberanos no tuvieron otro objeto que la lucha por el poder. Tampoco restituyó su sede al Patriarca Nicéphoro ni reconoció el concilio de Nicea, y hasta llegó a confiar la educación de su primogénito al docto iconoclasta Juan el Gramático.

Entonces surgió la figura de Thomás el Eslavo, que desencadenó una violenta guerra civil contra Miguel II para vengar el asesinato de León V y defender la ortodoxia religiosa. A nadie se le ocultó que su rebelión era apoyada por los árabes abbasidas y sirios, y ganose las simpatías del vulgo, cobrando aquel movimiento carácter de revolución social. Thomás el Eslavo, que llegó a ser coronado emperador por el Patriarca de Antioquía, sometió a Constantinopla a un duro asedio de más de un año. Pero en octubre de 823 Miguel II logró vencerlo y capturarlo; tras serle amputados pies y manos y pasearlo sobre un asno por todo el campamento, murió entre tormentos, al igual que su hijo Anastasio. De estas guerras civiles el imperio salió muy debilitado, su flota, diezmada, el país, empobrecido, y la población, hastiada.

Aquellos aciagos sucesos generaron una ola de descontento entre los habitantes del imperio y contribuyeron a la fácil caída de Creta, las Cícladas y Sicilia. Así mismo, existía desde tiempo atrás gran enojo de los nativos isleños contra los gobernadores y recaudadores de impuestos, porque el sistema administrativo bizantino era altamente centralizado, de modo que burócratas y altos cargos de la Administración y militares eran enviados desde Constantinopla y se desentendían de las necesidades locales, lo que también contribuyó a la decadencia de las islas.

Creta, que siempre fue populosa y rica, vivía desde hacía tiempo en recesión económica por ese cúmulo de causas.

Su población, básicamente cristiana —aunque los judíos constituían una numerosa comunidad muy helenizada— habíase empobrecido mucho en el último siglo, alcanzando su nivel más bajo, viéndose inmersa en una total ruralización y habiendo perdido incluso el uso monetario[2].

El vacío de poder en las islas y en el mar, debido a la revuelta de Thomás el Eslavo, era notorio y dejó al sector insular indefenso. Esta revuelta agitó todo el imperio y paralizó su aparato militar[3]. Los isleños sabían que Bizancio habíalos abandonado, y los cordobeses advirtieron al llegar en 827 d.C. que no quedaban allí barcos bizantinos. Entonces, ¿qué sistema defensivo ofrecía el imperio a sus islas? La supervivencia de los insulares dependía de no defenderse. Esta situación benefició a los andaluces, que llegaban desesperados y dispuestos a todo. Necesitaban con harto apremio un solar donde establecerse. Si la población cretense se hubiera defendido, habría corrido la sangre. Debió de ser para ellos muy de agradecer el no verse forzados a mostrar su peor cara y representaría gran alivio para los proscritos de Córdoba la actitud de los nativos. La situación de Bizancio facilitó la que, aun así, no dejó de ser ingente tarea.

Vassilios Christides explica la fácil conquista de los cordobeses, en The Conquest of Crete by the Arabs, diciendo: “Sus logros y el éxito de su grupo pueden ser brevemente explicados como sigue:

  1. a) Por el vacío de poder que existía en el mar Egeo como consecuencia de la revuelta de Thomás.
  2. b) Por el conocimiento detallado de los egipcios sobre dicho vacío de poder, que les animó a dirigir a Abũ Hafs a Creta.
  3. c) Por la ayuda al grupo de Abũ Hafs por parte de la armada egipcia (y abbasida), que les brindó apoyo con sus barcos, aprovisionamientos y asesoramiento sobre un lugar bien conocido por los egipcios gracias a sus incursiones anteriores.
  4. d) Por la determinación de los desesperados andaluces, cuya voluntad habíase forjado en las luchas constantes para asegurarse un territorio donde sobrevivir.
  5. e) Y, finalmente, por las condiciones favorables que encontraron cuando desembarcaron en Creta”.
Basilio el Macedonio

Más de un año discurrió desde la invasión de cordobeses, y Bizancio no había hallado aún los medios para responder al expolio realizado en sus dominios insulares. Tenía el imperio demasiados frentes abiertos como para poder responder a todos; además de sus guerras civiles, la irrupción de musulmanes aglabíes en Sicilia acaparaba todos sus recursos. Bizancio tenía más interés en Sicilia que en Creta; por la cercanía de aquella al continente, sus provincias italianas corrían peligro. Por ello, los bizantinos, con las fuerzas navales que lograron reunir, primero acudieron en socorro de Sicilia; no contaban entonces con bastantes recursos como para dividirlos en dos objetivos.

Los cretenses no lamentaron el cambio de poder: las nuevas contribuciones del emirato no solo no eran más gravosas que las bizantinas, sino que con él las ganancias se quedaban en la isla. Cuando tributaban para Bizancio, como los gobernadores, recaudadores e inspectores eran foráneos, nada revertía en su beneficio; Constantinopla se lo embolsaba todo y perdíase en guerras que servían a una visión religiosa que iba contra el sentir de la isla. Por ello, Creta se trocó bajo el gobierno de los cordobeses en un desarrollado Estado y en descollante centro del comercio internacional. Insiste Christides: “La conversión de Creta de una remota y subordinada provincia del cerrado tejido del sistema financiero bizantino a un país autónomo y autosuficiente, con comercio internacional directo, generó una intensificación de la agricultura, con nuevos mercados dispuestos a absorber los productos excedentes, y una acumulación de grandes riquezas en la isla”.

Incluso en lo militar no fue superior Bizancio a los estados árabes en este periodo. Las fuentes bizantinas jamás admitieron la posesión del fuego líquido por los árabes, pero Muhammad Iyadi, otros autores musulmanes y numerosos manuscritos, algunos con ilustraciones, aportan abundante información sobre el fuego líquido árabe. Las crónicas de la época afirman que el fuego árabe, llamado fuego Naft, era de tanta calidad y eficacia como el griego; es plausible tal aserto porque entonces los mejores químicos eran los árabes y, además, poseían la mayoría de los pozos de materias primas. Según el poeta ben Hani existía una diferencia objetiva entre ambos tipos: mientras el “fuego griego” producía una llama muy amarillenta y ardía con humo, el “fuego árabe” originaba una llama muy blanca y luminosa, y ardía sin humo[4].

Vassilios Christides escribe al respecto: “Los musulmanes no necesitaban robar ninguna fórmula de los bizantinos para obtener el fuego líquido, porque sus conocimientos químicos en los siglos IX y X eran superiores a los del imperio, del mismo modo que poseían un altísimo nivel en Física y Mecánica. Hay que añadir a esto su posesión de grandes cantidades de los componentes básicos. Las fuentes arábigas de esos siglos ilustraban con orgullo lo eficientemente que sus flotas lo manejaban. El poeta del siglo X ben Hani describe cómo el uso del fuego líquido por la flota fatimí sembraba el terror entre los bizantinos”.

Para defender Sicilia en el verano de 828, Bizancio reunió una flota que, a la vista de sus variadas banderas, todo indicaba que agruparon barcos como pudieron, reuniendo de aquí y allá navíos allegadizos de flotillas dispares; viéronse pendones de todos los themas bizantinos. La preparación de aquella campaña naval supuso enorme esfuerzo para el imperio; Constantinopla y el área continental de Bizancio habían vuelto a las andadas en sus pendencias de religión. Cuando parecían atravesar por un periodo de calma entre iconoclastas e iconódulos, el emperador Miguel II volvió a enzarzarse con epíscopos y religiosos, porque, tras enviudar, habíase casado en segundas nupcias con Euphrosina, una monja —hija natural de Constantino— que abandonó el convento para unirse al soberano, por lo que los ánimos estaban muy caldeados.

Como la armada bizantina se viera entretenida en Sicilia, aprovechó el emirato cretense para ampliar su cinturón defensivo de islas fronterizas, ocupando Falkonera, Kímolos, Sifnos, Folégandros y Ánydros. Y al fin aquellos musulmanes andaluces merecieron la respuesta de Miguel II; posiblemente en agosto o septiembre de 828 d. C., Bizancio distrajo unas escuadras del escenario siciliano para tratar de recobrar Creta. Supuso un desastre para el imperio: con la pérdida de su estrategos Damianós y la destrucción de su flota, tuvo lugar en Almiros el primer gran triunfo cretenseandalusí contra Bizancio. Fue tal el descalabro sufrido por la flota bizantina y tal el respeto que se ganaron los andalusíes que esperaban largo tiempo de sosiego. Pero, sobre todo, a Bizancio no le quedaban barcos bastantes para acudir a todos sus focos de conflicto.

De las pérdidas de dominios insulares bizantinos nos hablan los intercambios de cautivos entre el imperio y el emirato cretense. El primer canje tuvo como escenario la isla de Páros, cuando era aún isla fronteriza. Más adelante, cuando Páros ya fue andalusí, algun canje se llevó a cabo en su vecina Naxos, por idéntica razón, pues las islas fronterizas se consideraban “tierra de nadie” y solían ser abandonadas por parte de sus moradores. Pero, cuando avanzaron las conquistas de los andaluces, está documentado que la mayor parte de los intercambios de prisioneros realizáronse en tierra continental bizantina: en la ciudad de Argos, sur del Peloponeso[5]. El emirato de Creta englobó en el verano de 829 algunas islas más: Kitriane, Strongyle, Antípáros y, sobre todo, Páros, conquista que no por esperada resultó menos dolorosa para Bizancio.

Dicen que Miguel II, muy enfermo de disentería a finales de aquel verano, rugió de cólera cuando recibió la aciaga nueva de la pérdida de Páros, que maldijo con acerbas palabras al emir que llamaba “Apohapsis” (de Abũ Hafs) y amenazó con inhumana respuesta a aquellos “cretenses sin Dios”. Esa respuesta llegó poco después con un intento de reconquista de la isla; pero el general bizantino Kraterós fue derrotado en Amnissos (Creta) en una orgía de sangre y, aunque logró huir en barco, fue alcanzado en la isla de Kos y crucificado[6]. Desembarcaron las tropas de las naves cretenses y, al percatarse de que la isla hallábase tan desguarnecida como las demás, se apoderaron de ella como advertencia al imperio de lo que acaecería si osaban poner sus pies en Creta. Así la isla de Kos entró a formar parte del emirato.

El 1 de octubre de 829 llegaba a Constantinopla la noticia de esa derrota, de la aniquilación del thema de los Kibyrraiotas —la fuerza más decisiva de Bizancio—, de las pérdidas de ochenta naves y de la isla de Kos. El emperador, agravada su dolencia de disentería, recibió la noticia en el lecho del que ya no habría de levantarse; renegó, blasfemó y amenazó con los peores padecimientos a Apohapsis y su gente, aquellos “malditos de Dios”. Esta expresión se acuñó en Bizancio para referirse a los andaluces de Creta y figura en las fuentes bizantinas de la época. El soberano encomendó al joven guerrero Niketas Ooryphas una campaña, no ya contra Creta, pues no podía arriesgar las pocas fuerzas navales que quedaban, sino de vigilancia del Egeo, entorpecimiento de las correrías musulmanas y protección de las islas. Ooryphas creó un ejército de mercenarios, llamados los tessarakontarioi (los “cuarenta”) porque se les pagaron 40 monedas de oro por participar en aquella misión.

En ese mismo mes de octubre de 829 fallecía el emperador Miguel II de Amorion, tras más de nueve años de reinado. Dejaba a su sucesor muy mermada el área insular del imperio y arruinadas sus fuerzas navales. En aquel infortunado año, Bizancio perdió casi toda Sicilia, varias plazas de Calabria, numerosas islas del Egeo y parte de la costa dálmata. Asegura la Crónica de Theóphanes: “Constantinos Porfirogéneta consideró la época de Miguel II como la de mayor retroceso de la influencia bizantina en la costa adriática y en las regiones eslavas del oeste de la península balcánica”.

En 830, Bizancio seguía enzarzado en múltiples conflictos. Por una parte, el califa abbasida al-Mamún reanudó sus hostilidades con el imperio, y por otra, en Sicilia no solo se recrudecieron los ataques aglabíes, sino que a estos unióseles una flota de al-Ándalus de trescientos barcos y treinta mil hombres. Además, el nuevo emperador Theóphilos despertó a la bestia de las pugnas internas, que en los últimos años parecía adormecida. El hijo de Miguel II comenzó a demostrar que era un fanático iconoclasta al reabrir las viejas heridas religiosas; no en vano fue educado por Juan el Gramático. Eran muchos frentes los que tenía abiertos el emperador como para poder atender a todo, lo que fue aprovechado por Creta para apoderarse de las islas Astypálaia, Pontikũsa y Kounoúroi, al sureste de Naxos, y, sobre todo, invadieron la isla de Egina, en el golfo del mismo nombre y al oeste del Ática, el corazón de Grecia, frente a Atenas y El Pireo. La pérdida de Egina fue especialmente humillante para el imperio, pero Theóphilos no contaba con medios para defenderla. Este emperador, pese a su esmerada educación y su pasión por las Artes y las Ciencias, era un iconoclasta virulento por influencia de su ayo, Juan el Gramático. Tras su coronación persiguió obcecadamente a los iconófilos, aunque no puso reparos en desposar a una restauradora del culto de las imágenes, la emperatriz Theodora. Teatral y contradictorio, sus refinados gustos culturales no le impedían ejecutar atroces crueldades contra los iconódulos.

Desde que declinara el poderío marítimo del Califato Omeya de Damasco, los bizantinos se desentendieron del estado de su flota, y más adelante pagaron cara su negligencia. Solo hasta mediados del siglo VII dispuso Bizancio de una importante flota mercante con prósperas actividades comerciales: “Los barcos bizantinos, en el siglo VI y primeras décadas del VII, llegaban hasta las islas británicas y el mar Rojo, pero luego, desde mediados del siglo VII, los árabes reemplazaron a los bizantinos en el comercio marítimo”[7]. Fueron los reinados de Miguel II y de Theóphilos los de mayor declive de Bizancio en los mares, perdiendo la supremacía que antes monopolizara. Comenzaba así la talasocracia cretenseandalusí, que, junto con las incursiones de aglabíes en el oeste y de sirios y árabes en el Este, induciría a un cronista musulmán de la época a asegurar: “Ya no flota ni una tabla cristiana en el Mediterráneo”.

Y acaeció así no solo por su acción directa, sino porque, además, los musulmanes inventaron o mejoraron por entonces importantes instrumentos náuticos; fueron los inventores de la vela latina o de cuchillo, aprendieron de los chinos el uso de la aguja de marear, fueron los primeros en abandonar los dos remos de dirección (maqadhif) e incorporar el timón de codaste, también fueron los inventores y los primeros en utilizar la brújula y el astrolabio (este a final del s.IX y siglo X)[8]. “Fue en el Mediterráneo donde se desarrolló la aventura marítima y mundial del Islam”[9]. Además de aventajar a Bizancio con sus inventos náuticos, los árabes utilizaban cartas y directorios de navegación muy detallados; en contraste con el escaso conocimiento que hay de mapas y portulanos bizantinos, de los que dice Christides que se han conservado muy pocos, existe sin embargo amplia información de la cartografía árabe y numerosos mapas arábigos, como, por ejemplo, los del Mediterráneo, Sicilia, Creta, etc. de al-Idrisĩ. Otro factor importante a considerar en el rápido desarrollo de sus flotas era la información recabada por el espionaje militar. Los árabes poseían un conocimiento muy completo de los manuales navales teóricos de los bizantinos[10].

Pero el declive comercial de Bizancio no se debe solo a la actividad enemiga, sino sobre todo “al estrictamente controlado sistema financiero bizantino, además de a la pérdida de algunos puertos importantes en el próximo oriente. Los elevados impuestos y el control riguroso de los beneficios de los barcos mercantes por las autoridades bizantinas dejaban pequeño margen para los incentivos personales”.[11]

En verano de 830 y principios de 831, las fuerzas de al-Ándalus y Qayrwãn derrotaron severamente a los bizantinos en Sicilia. Pero Bizancio no pudo enviar los auxilios necesarios al no lograr reunir ni un puñado de hombres, y menos aún de barcos, por la ruina originada en los tres últimos años en su ejército y flota; el thema de los Kibyrraiotas veíase próximo a la extinción. Tras varios meses de inhumano asedio, Palermo rindiose a los aglabíes, suceso que fue tenido en Constantinopla por la mayor de las catástrofes. Tras otra derrota contundente en Sicilia, en la que los imperiales perdieron innumerables hombres y barcos, la paz del Egeo hízose más patente. Sicilia y Creta se convirtieron en el corazón del Mediterráneo. Los desastres sufridos por el imperio forzaron una larga tregua, hasta 837 d.C., año en que, como Theóphilos nombrara Patriarca de Constantinopla a Juan el Gramático, se recrudecieron el conflicto de las imágenes y la persecución de iconódulos; los bizantinos no podían prestar atención a las islas. El quebranto sufrido en Sicilia ese mismo año no solo fue una carnicería, sino que viéronse además obligados a pagar enorme tributo al emir aglabí de Ifrĩqiya. Y, mientras, los andalusíes de Creta tomaban Naxos tras forzar su rendición.

Liburna bizantina

Páros y Naxos eran escalas obligadas en las rutas marítimas, tanto de las flotas musulmanas desde Creta o desde Siria, como de la bizantina desde Constantinopla. Atacaron luego los cordobeses la costa de Tracia, el monasterio del Monte Lathros y la isla de Lesbos, tan próxima a Constantinopla que suponía una provocación directamente dirigida contra el emperador Theóphilos, haciendo además numerosos cautivos. En el verano de 838, la derrota que sufrió en Sicilia la flota de Bizancio, mandada por el armenio Alejo Mosele, fue tan calamitosa y humillante para el emperador que, cuando Mosele regresó con los restos del vencido ejército a rendir cuentas a Constantinopla, decretose su arresto y sus bienes fueron confiscados. Entretanto en Anatolia, el califa abbasida al-Mutasim arrebataba a Bizancio las ciudades de Ancira y Amorion, matando a todos sus hombres y cautivando a las mujeres. Esa campaña fue una catástrofe para Bizancio: Amorion no solo era la capital del thema de Anatolia, sino además la ciudad natal de la dinastía imperial reinante, la cuna del desaparecido Miguel II, de Theóphilos y de sus ancestros.

La debilidad de Bizancio era aprovechada por el emirato cretenseandalusí para ampliar su cinturón defensivo con la conquista de islas; el imperio no se hallaba en condiciones de herir. Corrieron los andaluces las tierras de la isla de Thasos, arrasando, saqueando y tomando prisioneros, mientras que las naves cercaban y acosaban el promontorio de Athos; aquella victoria procuró a Creta cinco años de paz, mientras Bizancio seguía enfrascado en sus luchas intestinas. La violenta persecución que desencadenó el patriarca Juan el Gramático culminó en una lucha sin igual contra el monacato, llegando a martirizarse a los monjes defensores de las imágenes.

En 842, el emperador Theóphilos murió prematuramente, sucediéndole su primogénito, que reinaría como Miguel III, pero a quien, por ser menor de edad, la emperatriz Theodora, su madre, le asistiría como corregente durante sus primeros años de gobierno. Christos Makrypoulias escribe en “Byzantine expeditions against the emirate of Crete” que Theóphilos no hizo demasiado por recobrar Creta durante su reinado (829-842); pero hay que reconocer que las anteriores campañas del imperio contra la isla menoscabaron su flota y que las operaciones de Sicilia y de Asia Menor contra los abbasidas consumían todos sus recursos. Razones por las que durante su mandato Bizancio se limitó a estar a la defensiva en el mar Egeo.

Navío siglo IX

La primera medida adoptada por la emperatriz Theodora al comenzar su corregencia fue restablecer el culto a las imágenes, destituir a Juan el Gramático como Patriarca de Constantinopla y convocar un sínodo en 843 que restaurara la ortodoxia religiosa. Ordenó luego la emperatriz un intento de invasión de Creta; al mando de la expedición iban el logotheta Theòktistos, miembro del Consejo de Regencia, y el general Sergios Niketiates. Las fuerzas bizantinas estuvieron en suelo cretense durante un año, pero al fin fueron masacradas; resultó muerto Niketiates y pocos escaparon con vida, entre ellos Theòktistos. Los cretenses se resarcían de aquella invasión venciendo luego a la flota bizantina en la desembocadura del Bósforo. La aniquilación del ejército imperial en Creta minó una vez más las fuerzas de Bizancio, pero su debilidad aún veríase acrecentada cuando, en el verano siguiente (845), sufrió a manos de los aglabíes una devastadora derrota en Sicilia en la que llegó a perder diez mil hombres. Diezmado su ejército, la emperatriz solicitó al emirato cretense en 846 la firma de treguas; aceptadas por Abũ Hafs, sellose la intermisión, procediéndose luego en la ciudad de Argos al intercambio de cautivos.

Acababa de iniciarse el año 853 cuando ya todos conocían en Bizancio las sabrosas intrigas que acontecían en la Corte con el joven emperador. Sus actos distaban mucho de poder ser considerados como simples liviandades de mocedad. Desde hacía diez años en que su educación fuera confiada a su tío Bardas —hermano de la emperatriz regente—, Miguel III había sido paulatina y concienzudamente pervertido. Tío y sobrino compartían borracheras, orgías, parodias sacrílegas, violaciones y asesinatos; todo ello pese a la extrema juventud del emperador. No obstante, a Bizancio no parecían afectarle de momento estos sucesos en el ámbito político, porque quien en verdad gobernaba era el Consejo de Regencia y, sobre todo, la emperatriz madre, Theodora, y su favorito Theóktistos, aunque Miguel se aproximaba a la edad de poder sacudirse el yugo de la regencia, y en ese empeño trabajaba Bardas, que se veía ya como dueño y señor de Bizancio. Theodora denunció tan escandalosos hechos. Alzaba la voz a diario contra la conducta de su hijo, el emperador, y contra la funesta influencia que sobre él ejercía el depravado Bardas. Los acusaba de malgastar el caudal público y de crímenes de Estado. Las desavenencias amenazaban con alcanzar el grado de conflicto político, por lo que el emperador y su tío, que no soportaban ya sus imputaciones, andaban buscando la perdición de su madre y hermana, la emperatriz regente.

Miguel II

A punto de finalizar la primavera del año 853, una flota bizantina de unos 300 navíos, al mando del almirante que las fuentes arábigas llamaban ben Qatuna, fondeó frente a las costas de Egipto. Las huestes imperiales desembarcadas causaron enormes estragos en la ciudad portuaria de Damietta, incluso algunas de las naves se internaron por aquel brazo de la desembocadura del río Nilo, arrasando la vecina población de Ushthum y asolando toda la zona oriental del delta de dicho río. Aquella muy preparada incursión demostraba que ese puerto egipcio era primordial objetivo para el imperio, porque, al no conseguir doblegar a los andalusíes cretenses de poder a poder, trataban al menos de impedir que llegaran a sus manos los nuevos navíos y los suministros de armas. No ignoraban que era Damietta quien armaba a Creta. Escribe Tabari que los bizantinos se adueñaron de barcos y de las armas que hallaron en los arsenales del puerto: mil lanzas y sus correspondientes accesorios, que iban a ser embarcados con destino a Creta. Y en la localidad de Ushthum se apoderaron de numerosas máquinas pesadas de guerra y de varios miles de velas de barcos que, asimismo, iban a ser enviadas a los musulmanes cretenses. Fue esta la acción militar más brillante de Bizancio en este reinado. Apropiáronse las fuerzas bizantinas de todo cuanto pudieron portear hasta sus naves, destruyendo lo demás. El saqueo y la devastación fueron despiadados, incendiando gran copia de edificios, incluidas mezquitas e iglesias de cristianos coptos de Egipto, y fletaron en sus barcos numerosos cautivos.

Theóphanes “el Confesor”

Pese a que con la expedición a Damietta el imperio eludía el ataque frontal a Creta, esta acción fue celebrada en Bizancio como el más meritorio triunfo. Érales menester paliar con algún acaecimiento glorioso la degradación que, al mismo tiempo, afectaba a su vida cortesana. Sin embargo, manifiesta Christides en referencia al ataque a Damietta: “Paradójicamente, debido a la actitud hostil de los autores contemporáneos de esos sucesos hacia el emperador Miguel III, no se escribió nada en las fuentes bizantinas respecto a ello”.

No pudiendo sufrir ya los improperios de la emperatriz regente, Miguel III y Bardas resolvieron quitarla de enmedio y así, de paso, librarse del mayor obstáculo para el saqueo que proyectaban de las arcas públicas. Pero la sagaz Theodora se les adelantó y, antes de abdicar, para impedir el despilfarro del hijo en su ausencia, reunió al Senado y declaró la situación exacta de la Hacienda del Estado. Luego, abdicó y abandonó el Palacio, tras lo cual el Senado comprobó que era cierta la información de la emperatriz. En cuanto el emperador vio partir a su madre, frecuentó gentes aún más perdidas, menudearon las bacanales, las violaciones, los crímenes, los placeres y el proceder indecoroso. En sus orgías, Miguel y Bardas disfrazábanse de clérigos y hasta de Patriarcas ortodoxos, blasfemaban y lanzaban ventosidades en público; la vida cortesana en Bizancio era una corrompida ciénaga. El emperador y su tío Bardas asesinaron a Theóktistos, que durante años presidiera el Consejo de Regencia, y decidieron silenciar de una vez por todas a Theodora; mandó Miguel afeitar las cabezas de su madre y sus hermanas y confinarlas en el palacio de Karianós, donde la emperatriz pronto fallecería.

Pero, pese a todo esto, en connivencia con su camarada de francachelas, proyectó Miguel la invasión de Creta. El 7 de abril de 866 se concentró el ejército imperial —uno de cuyos themas era acaudillado por Basilio el Macedonio— en la desembocadura del río Meandro (Tracia). La empresa preparose a gran escala, integrando numerosos oficiales de alto rango y siendo la primera dirigida por el mismo emperador. Pero aquella campaña obtuvo el resultado que sus dos ejemplares organizadores merecían y ni siquiera pudo comenzar; dos semanas después, en el campamento del Meandro, era asesinado Bardas en una conspiración urdida por Basilio el Macedonio y a la que no se opuso el emperador; sus genitales, clavados en la punta de una lanza, fueron paseados por todo el campamento. Tras estos sucesos, el soberano y sus tropas regresaron a Constantinopla y la campaña contra Creta se malogró. La respuesta del emir por aquel nuevo intento de invasión se dio en el estío de ese mismo año; la flota cretense llevó a cabo una incursión en las costas de Chalkidike, al norte del Egeo y cerca de Thesalónica, atacó luego el monte Athos y conquistó la isla de Neon, convirtiéndola en base permanente; de todas las posesiones de los andalusíes, esta fue la más próxima a la capital del imperio. Con la conquista de esta isla bizantina, la Creta andalusí se asentaba en las mismas barbas del emperador

Un año después (867) Basilio el Macedonio ponía fin a la azarosa vida de Miguel III, y el asesino se proclamaba emperador. Basilio I resolvió olvidarse de Creta, habida cuenta de que todos los intentos de Bizancio por recobrarla fracasaban. Solo el veterano marino Niketas Ooryphas daba a veces algún escarmiento a los cretenses, aunque sin resultados determinantes. En los años siguientes la flota del emirato centró sus acciones en el Adriático, las costas de Dalmacia y sur del Peloponeso, adueñándose de plazas como Methone, Pýlos y Pátras, hasta que en 876 la flota bizantina, al mando de Ooryphas, venció a la cretense en el golfo de Corintho; la mayor parte de los barcos andalusíes fueron hundidos o requisados, e hicieron numerosos cautivos. En aquella victoria aislada de Bizancio, Creta perdió aproximadamente la quinta o sexta parte del total de su flota, pero no por eso vio declinar su predominio en el Mediterráneo oriental ni el Imperio Bizantino logró otra victoria sobre la isla hasta transcurrido casi un siglo. En 886 moría el emperador Basilio I y le sucedía su hijo Leon VI.

Teófilo Emperador

En el año 898 la armada cretense venció a los bizantinos en Samos y capturó a 3.000 infantes de marina del thema de los Kibyrraiotas. El fin del siglo IX y primeros años del X fueron para Bizancio de ineficacia y pérdidas: Sicilia pasó definitivamente a manos musulmanas, así como la isla de Kýthera y plazas del sur del Peloponeso, siendo además saqueada toda el Ática por Damianós el Sirio. Pero el suceso más significativo de esta etapa fue el saqueo de Tesalónica por León de Trípoli en 904 con ayuda de la flota egipcia. Tras estos dramáticos hechos, aún le quedaba a Bizancio más de medio siglo de fracasos: En 911, reinando aún León VI, llevose a cabo un nuevo intento de reconquista de Creta al mando de Himerios, que acabó en una gran debacle, perdiéndose toda su escuadra; en 912 moría el emperador León VI, sucediéndole su hijo Constantino VII Porphirogéneta, que era solo un niño y considerado hijo ilegítimo por los poderes del Estado y por la nobleza; hasta el mismo Patriarca de Constantinopla calificó su coronación como ilegal, nombrando por ello una regencia encabezada por el Patriarca Nikolaos Mýstikos.

Entretanto, el zar Simeón de Bulgaria amenazaba al imperio, se apoderó de Adrianópolis, asoló Tracia e invadió el norte de Grecia. La situación era desesperada para Bizancio, y, aprovechando la confusión reinante, Romanos Lekapene encabezó lo más parecido a un golpe de Estado; casó a su hija con el pequeño emperador y él se proclamó coemperador. Pero Romanos I Lekapene no tardó en pensar que en el gobierno, como en el amor, los hombres no toleran colega alguno, y en 921 se nombró emperador principal y único legítimo, apartando a Constantino VII de la Corte. En 944, tras ser destronado el usurpador Romanos I Lekapene, pudo al fin reinar Constantino VII, siendo este emperador quien en el año 949 resolvió realizar un nuevo intento de conquista de Creta poniendo al frente de la expedición a un oficial de su total confianza, pero incompetente, el eunuco Gongyles, funcionario del palacio de Constantinopla. Los bizantinos llegaron a pisar tierra cretense, pero fueron aniquilados y desbaratada luego su flota tras haberle infligido enormes pérdidas. Gongyles retornó sin gloria a Constantinopla. Aquella derrota fue sentida en Bizancio como un desastre anonadador y humillante. A partir de entonces, los cortesanos inmisericordes ridiculizaron a Gongyles con ferocidad; no asimilaban que una expedición preparada a conciencia, con suficiente antelación y los mejores medios, hubiera acabado en una catástrofe de tal magnitud.

Y, sin embargo, aquel sería el último fracaso del imperio frente a Creta y el mundo musulmán. Tras vencer Nicéphoro Phocas al emirato cretense[12] en 961 y recuperar la isla, la suerte de Bizancio cambió y este general, poco después emperador, así como su sucesor —Juan Tzimiscés— recobraron casi todo lo perdido en el mar Egeo y en Asia Menor.


[1] – Ver mi artículo Los cordobeses que conquistaron Creta, en Las Nueve Musas.

[2] – Esto sostienen Tsougarakis, Sefacas, Christides, etc.

[3] – Vassilios Christides, The Conquest of Crete by the Arabs.

[4] – Más información en mi artículo Andalusíes contra bizantinos, en Las Nueve Musas.

[5] – Vassilios Christides, Nikolaos Panagiotakis, etc.

[6] – Ver el ensayo Los Andaluces Fundadores del Emirato de Creta, de Carmen Panadero.

[7] – Vassilios Christides lo afirma, mencionando a H. Magoulias.

[8] – George Marçais en “La navegación en el Islam”, Panagiotakis, Vassilios Christides, etc.

[9] – Fernand Braudel.

[10] – Asegura el cronista al-Manqalĩ.

[11] – Vassilios Christides (The Conquest of Crete by the Arabs).

[12] – Ver mi artículo La aniquilación de los cordobeses de Creta, en Las Nueve Musas.

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Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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