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Antecedentes mágico-religiosos de la hipnosis

FUNDAMENTOS DE HIPNOSIS III

La relajación y la hipnosis han sufrido una larga evolución histórica, y sus premisas radican en la interpretación mística, mágica, de estos estados durante tiempos remotos, donde el ser humano, en su búsqueda de felicidad, ha intentado introducirse dentro de sí mismo. No obstante, a pesar del escaso conocimiento y comprensión de la realidad en aquéllas tempranas épocas, marcharon paralelamente creencias mágicas y concepciones científicas rudimentarias a medida que se producía el florecimiento en culturas y regiones del mundo.

Se define la magia en estas páginas como creencias que otorgan poderes sobrenaturales a las personas, acciones, objetos, situaciones y ritos ajenos a la idea de Dios como el centro espiritual.

Por consiguiente, la lejana antigüedad abrió margen para que aún en nuestros días se mantuvieran en polémica rivalidad y alternancia ciencia y magia, dentro de la preferencia de la sociedad. Por ejemplo, en inicios del antiguo Egipto predominaban concepciones ingenuas sobre el mundo pero mantenían cierta objetividad. Sin embargo, alrededor del 1500 (a. C.) se produce un viraje y la magia se impone sobre las incipientes concepciones científicas. En este viraje intervinieron probablemente determinados cambios económicos del faraónico imperio. Procesos similares tuvieron lugar en China, Grecia y Roma durante estas etapas, y no es hasta el Renacimiento europeo en que la ciencia vuelve a tomar fuerza creciente y universal.

En esta alternancia entre magia y ciencia durante los albores de la sociedad, era menos definible el límite, confundiéndose ambas en su intento por comprender la realidad. Imhotep (2800 a. C. aproximadamente), en Egipto, fue deificado como dios de la medicina en virtud de sus habilidades sobre la salud humana. Asclepio (XIII a. C.) fue deificado por los griegos debido a su demostración del uso de hierbas medicinales. Y los judíos, alrededor del siglo II (a. C.), atendían los enfermos primero con plegarias y después con la presencia del médico.

Existen referencias sobre exorcismos y conjuros en Babilonia en nombre del dios Ea, los cuales se realizaban contra demonios como Gallú (insomnio), Alú (destructor), Ashakku (tisis y consunción), Ti’u (mal de cabeza), Pazuzu (fiebre), Lamashtu (perseguidor de niños nacidos y por nacer), Axaxaxu (ictericia), Akaru (vampiro). Los enfermos debían recitar salmos penitenciales, confesión de pecados, abluciones, uso de talismanes e ingestión de brebajes. Estas prácticas tenían por objetivo establecer un diagnóstico médico y lograr la recuperación de la salud y el bienestar.

Desde luego que no existen datos confiables sobre hasta qué punto los pacientes percibían como efectivas estas prácticas mágicas, pero es muy probable que la fe puesta en ellas les aportara un beneficioso alivio a su sufrimiento. También es de suponer que muchas provocaran un grado de concentración mental el cual propiciaba la aparición de los estados neuropsíquicos especiales, desde relajación hasta hipnosis.

En esas condiciones iniciales de la sociedad se comienzan a observar estados donde la persona reacciona de manera peculiar, diferente. En ocasiones parece ser espontáneo, en otras solo surge ante determinadas situaciones, y en otras es inducido por terceras personas. En la poesía épica de la India antigua se hace mención a que la persona “duerme y no duerme”, “su alma está ausente”, lo que probablemente esté referido a estos fenómenos.

Desde hace 2400 años los yogas, de India, conocen también estos extraños fenómenos, lo que se ha extendido hasta la actualidad. Estos últimos han elaborado en torno a ello una estructura conceptual dentro de los límites de su cultura oriental, y por medio de la cual interpretan lo que ocurre en estos hechos. Dentro de ello se encuentra la idea del Prana, energía curativa que se ha tratado de describir desde el siglo V (a. C.), y además se destacan otros conceptos que constituyen ejes importantes en su práctica, como las Asana (postura corporal), Samadhi (concentración mental), Dharana (atención), Pranayama (control respiratorio), Pratyahara (control emocional). El nombre de Yoga se originó, según algunos historiadores, en el sánscrito, lo cual significa unión.

En la antigüedad griega el sentido místico era prevaleciente, y la influencia de la magia sobre los enfermos se aceptaba en la época, pero también coexistían y pugnaban tendencias subjetivas con objetivas; por ejemplo la contraposición entre el legado de Aristóteles (384-322 a. C.) y el de Platón (429-347 a. C.).

A partir del siglo VII (a. C.) proliferan en ese territorio los templos dedicados al dios Asclepios o Esculapio, dios de la medicina entre griegos y romanos respectivamente. Este culto se inicia desde antes de la toma de Troya, según Apolodoro (s. II a. C.) en su libro Biblioteca, y sus templos tenían una utilización realmente psicoterapéutica. Llegaron a haber numerosos, siendo llamados “asclepiones” (asklepeion). Se les encontraba en Cos, Atenas y en numerosas regiones más.

Se construían en lugares amenos y boscosos, y su emblema era una serpiente. En estos templos se aplicaba lo que se ha llamado “Sueño del templo” o “Incubación”, en los cuales las personas disfrutaban de baños, oraciones, distracciones, masajes, y tareas de labor. Se hacían ayunos y sacrificios a los dioses. De noche los participantes dormían en el Abatón, cerca de los dioses, y al otro día eran entrevistados por los sacerdotes para realizar el análisis de los sueños. Todo ese ambiente, además de crear una atmósfera de descanso, reposo y distracción, ejercía una influencia sugestiva sobre los asistentes.

Hipócrates nace en el año 460 (a. C.) en la isla dórica de Cos, formándose como médico en el templo de Asclepio de ese lugar. Este precursor de la ciencia actual de la salud, asimiló muchas de estas prácticas a través del rigor científico, lo que lo lleva a transformar concepciones mágicas sobre la salud humana en concepciones algo más objetivas. Parece haber influido en él la posición de Alcmeón de Crotona, fisiólogo, médico y filósofo griego, que vivió aproximadamente en su misma época y fue el primero en definir al cerebro como centro de la vida mental. La obra de Hipócrates, aunque polémica la autoría de todos los trabajos que se le atribuyen, fue compilada por primera vez en el siglo III (a. C.) en el Corpus Hippocraticum.

Alcmeón de Crotona

Durante las primeras civilizaciones los diferentes estados componentes de la dimensión neuropsíquica especial, fueron llamados por diversos nombres y según las creencias a través de las cuales eran interpretados: los egipcios de la antigüedad lo llamaban Sueño sagrado cinco mil años antes de Cristo, y los Druidas lo llamaban Sueño mágico. En la Edad media se les comenzó a llamar Estados de trance, proveniente de la palabra transe del idioma francés o del latín transire. Pero siempre fueron objeto de interés e intento de dominio.

Llegado el período oscuro del medioevo europeo declinan avances del pensamiento, por lo cual declina también la indagación objetiva de estos estados, especialmente la hipnosis. Por consiguiente, fenómenos actualmente explicables como estigmas en la piel que aparecen o desaparecen, cegueras que se curaban ante la aplicación de una poción o una Imposición de manos, el llamado Mal de San Vito, las supuestas posesiones diabólicas, y otros fenómenos similares, hallaban su causa en la conversión y disociación histérica, sugestión social, efecto Placebo, y otros procesos de sugestión. Pero eran incomprensibles para aquel momento, por lo que se percibían como manifestaciones de brujería.

Estos hechos impulsaron las prácticas exorcistas, las cuales perduraron largo tiempo. Tanto esta práctica como brujería de la época, muestran en su base los procesos de inducción sugestiva e hipnosis. Por ejemplo, Arnaldo De Villanova, que es uno de los pocos vestigios que han llegado hasta estos días de aquellas prácticas del período medieval, curaba verrugas con un padre nuestro modificado, mordeduras de serpiente con la oración de Brandino y afecciones de la garganta con la bendición de Blasius. No puede afirmarse con certeza el éxito de estos intentos, pero lo que sí puede afirmarse es que, tal como en los conocidos exorcismos, su acción era hipnotizante y operaba la sugestión en ello.

La aparición de más eficaces instrumentos de labranza en los finales del medioevo produjo mayor producción agrícola, lo cual contribuyó al crecimiento de los mercaderes, la manufactura, el dinero, y por ende el comercio. Por consiguiente, aumenta el contacto entre las personas, lo cual otorgó mayor conciencia de sí mismo. El intercambio de productos traía disminución del aislamiento en que se vivía dentro del feudo, y el dinero individualidad. Con este desarrollo, aunado a efectos sociales de la Reforma en el mundo eclesiástico, se produce en Europa una vuelta al humanismo e individualismo, quedando atrás la simbiosis grupal propia del feudo.

Paulatinamente entonces crecen las ciudades, surge el Renacimiento, y con él las ansias de saber, conocer. Los rincones de alquimia se transforman en laboratorios, el pensamiento se amplía y surgen dudas e interrogantes nuevas sobre el mundo. Nuevas concepciones sobre qué es el hombre, como funciona y como piensa, van dejando atrás las ideas de la Patrística, de San Agustín, y la Escolástica, de Santo Tomás de Aquino. Es natural que en esta vorágine de nuevos horizontes se esparcieran en Europa nuevas inquietudes sobre el fenómeno del trance y otros acontecimientos de tipo mental, los cuales requerían nuevas explicaciones al no satisfacer al “sentido común” las creencias de endemoniados y hechizados.

Los cambios económicos agudizan las contradicciones sociales, y de hecho, desde los primeros atisbos de esa madeja de viejas y nuevas tendencias de pensamiento en el transcurso del Renacimiento, aumenta la confusión.

Estos hechos nutren el tribunal de la Santa Inquisición debido al conflicto en que entra la iglesia católica con la nueva realidad, tratando de imponer un freno a las novedosas formas de pensar. Los juicios, quema en la hoguera, torturas y otros desmanes de dicha institución en aquella época exacerbó temores y tensiones emocionales en la sociedad europea y, desde luego, el nivel de sugestionabilidad aumentó.

Estas circunstancias trajeron como consecuencia que procesos como la sugestión, crisis histéricas y otros, a la vez que surgían por doquier, se constituyeran cada vez más como acontecimientos de la vida pública, insistiendo la iglesia en interpretarlos como fenómenos demoníacos. Estos hechos se reflejaron en los escritos eclesiásticos. Uno de ellos es el libro que en 1484 el Papa Inocencio VIII encomendó a los padres dominicos Jacob Spranger y Heinrich Kramer sobre las manifestaciones de hechicería, y cuyo título original, en latín, era Malleus Maleficarû (en español Martillo de Brujas). Esta obra, que irónicamente resultó ser como un manual de cazadores de brujas, fue expresión de la intransigencia eclesiástica.

Tiempo después, en el año 1563, en Basilea, sale a la luz otro libro, contrapuesto al mencionado, llamado Da Praestigiüs Daemonium, de Johann Weyer, donde es rebatida la interpretación contenida en el libro de Kramer y Spranger. En este libro se enfoca por primera vez los hechos manifestados por las monjas en los conventos con una óptica médica.

En quien pudiera señalarse un hito importante en el cambio de concepciones mágicas hacia una concepción naturalista es el alquimista y filósofo suizo Theophrast Bombast Von Hohenheim, Paracelso (1493-1541). Era típico representante del Renacimiento en ciernes, y quien exponía el influjo de los astros sobre el hombre, y la posibilidad de su utilización en la cura de enfermedades, entre ellas las psíquicas. Este influjo, según Paracelsus determinaba el trance en el individuo, considerando que su efecto magnético concatenaba los elementos de la existencia, incluidas las personas. Por lo tanto cada ser tenía fuerza magnética, recibida de las estrellas. 

Según Paracelso, estas fuerzas magnéticas formaban parte de la psique del hombre, y ejercían efecto curativo o patógeno. No obstante, en su obra De las enfermedades que privan al hombre de la razón, editada en 1567, enfatiza el papel de la sociedad y la voluntad en la psique. Por ello, un aspecto a destacar en este pensador era su actitud científica, planteaba la necesidad de comprobación práctica y experimental en la elaboración de criterios sobre los hechos observados. Se manifiesta en él una concepción diferente, propia del Renacimiento emergente.

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José Ramón Ponce

José Ramón Ponce

Doctor en Psicoanálisis, Universidad de Psicoanálisis Humanístico, Brasil.

Master en Psicología de la Salud, por la Walden University, Minnesota.

Licenciado en Psicología, certificado Josef Silny & Associates, Inc. Licencia de Hipnoterapia, USA.

Investigador Agregado por la Academia de ciencias de Cuba.

Fue miembro de la Sociedad de Neurociencias de Cuba, Sociedad de Psicología de la salud de Cuba, Grupo Nacional de Termalismo. Fundador y creador de la Sociedad Cubana de Hipnosis, en la Academia de Ciencias de Cuba. Miembro de la Sociedad Venezolana de Hipertensión arterial. Participante de eventos científicos nacionales e internacionales. Le han realizado numerosos reportajes de prensa por su trabajo.

Libros publicados:

Dialéctica de las actitudes en la Personalidad
El Sistema Psíquico del Hombre
Estrés emocional y su afrontamiento
Como estudiar mejor y sin estrés
Conversando con adolescentes
Un Hombre ante sí mismo
Hipnosis y relajación emocional.
Folletos en apoyo a la docencia.​

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