Las nueve musas
Almudena - Franco
Portada » ¿Y Dios qué opina de esto?

¿Y Dios qué opina de esto?

Más allá de su función como desagüe para evacuar el agua de lluvia de los tejados de iglesias y catedrales, las gárgolas terminaron por conformar un ejército de figuras grotescas y terribles, sobre todo en la época gótica, erigiéndose en símbolos de piedra que protegían el templo al tiempo que mantenían aterrorizados a los pecadores.

Pero los tiempos cambian.

Ahora una catedral española está a punto dar un paso más allá, intensificar el mensaje, y piensa colocar al monstruo en el interior de sus lindes, imaginamos que para espantar feligreses. Como el Cid, Franco gana batallas después de muerto. Curiosamente aquí ningún fiscal ve indicios de ofensa contra las creencias religiosas, será que dan por supuesto que todo el que va a misa únicamente lo hace para pedir la resurrección de Franco.

No hace ni una semana que el Parlamento Europeo instaba al Gobierno español para que apagase de una vez por todas con la herencia simbólica del franquismo, prohibiendo entidades como la Fundación Francisco Franco por exaltar del dictador. Sí, Europa, la grande, el proyecto común, la que tiembla cuando oye la palabra “Brexit”, la que puede estrujar a su antojo nuestra constitución, la que decide cuánto podemos llevar en nuestros bolsillos. Papel mojado. Se le hace caso cuando conviene. Si hay que saltarse sus indicaciones, pues se saltan, no existen consecuencias.

Mala conclusión. La legalidad europea y la española son solo neblina.

Tan despojados de amparo o reacción efectiva por parte de nuestros representantes, todo apuntaba a que tendría que ser la Iglesia la que tomara la decisión por nosotros. Y no la de Madrid, insoportablemente equívoca en todas sus declaraciones. Había que ir a la Santa Sede, al mismísimo Vaticano, aunque en la agenda del Papa no entraba discutir sobre los incómodos restos de un dictador, que ni tan siquiera se puede beatificar, menudo chasco, los pantanos no llevan a la santidad. Ni nuestro presidente, siempre flotando en nubes efímeras. Fue un encuentro entre Carmen Calvo, vicepresidenta, y el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin. Apasionante sobre el papel. Decepcionante sobre la realidad. Según parece, la omnisciencia no llueve a gusto de todos. Y si al principio parecía que había algún tipo de entendimiento, varios desmentidos después todo se quedaba en bendita agua de borrajas. En “Escarlata y Negro” (Jerry London, 1983) Gregory Peck interpretaba a un sacerdote real que, aprovechando que vivía en el Vaticano, logró salvar a cientos de judíos de los nazis durante la Segura Guerra Mundial. Dicho personaje tenía la temeraria costumbre de pasear justo en el límite del estado vaticano, sabedor que de poner un pie al otro lado de esa frontera, sería abatido por un francotirador. Un juego que se sigue practicando. Equilibrios en la más fina de la frontera. Todo está mal, pero todo está bien.

Pero hablemos claro: esto no es más que una farsa. Las reglas están claras, y la Iglesia, más allá de su infinito acerbo espiritual, ha volcado mucha de su fe en algo conocido como capitalismo. Según tan reglada disciplina, si vendes algo, conviertes al comprador en dueño absoluto de esa transacción. Y si se venden partes de una catedral, ¿a qué derecho, canónigo, católico o catódico se puede acoger ahora para negarle nada a los legítimos propietarios de esas parcelas? ¿Quieren enterrar a un sangriento dictador? Adelante. No hace ni un año que se trasladó a la hija del dictador para que fuera inhumada en la Almudena, y no hubo tanto revuelo. Es su parcela dentro del reino de Dios. Si les apetece mantener el mausoleo o si prefieren montar una terraza para vender los madrileñísimos bocadillos de calamares no cabe anteponer queja alguna.

Es el mercado, amigo.

Este dato capaz de anular un parlamento y una sede de lo más santa, nos priva de un debate que prometía emociones de primer orden. ¿Qué hacer con los restos del que fue más que general? Sobre todo ahora que su tumba está siendo ya objeto de desmedido culto, llantinas de falangistas y hasta actuaciones de “performance” que llevan menajes de paz o espíritus santos a este interminable sainete. Seguro que Casado encontraría alguna fórmula ingeniosa, como embalsamarlo y colocarlo junto a la estatua de Colón, uno señalando la civilización que descubrimos, el otro señalando la civilización que destruyó. Y no sería menos interesante el combate entre Albert Rivera y Santiago Abascal para quedarse con su musa.

Pero no. Fascismo y capitalismo encuentran su concilio en el insulto y el desprecio.

Y no hay que ser un teólogo muy avezado, ni un creyente fervoroso, para saber qué opina Dios de todo esto.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

publi

¡Suscríbete a nuestro boletín!

  • servidores wordpress

Secciones


¡Suscríbete a nuestro boletín!

Nuestras redes

No seas tímido, ponte en contacto. Nos encanta conocer gente interesante y hacer nuevos amigos.