Las nueve musas
concurso relato breve

Después de rodar y rodar por avenidas y calles sin que nadie le levante la mano, sufriendo porque el tubo de gas se va vaciando sin generar un peso, la mente de Walter no encuentra otra alternativa que pensar que vive en el peor de los países, que es un idiota por no haber terminado la universidad, que el dueño del auto lo está estafando  y que si sigue haciéndose tanta mala sangre se va a quedar pelado antes de que termine el año. Ve a cuatro en una esquina, le hacen señas. Los ignora. Lo detiene el semáforo rojo. Chasquea la lengua. Uno se arrima al auto.

— ¿Estás libre? —asiente. Quita el seguro de las puertas.

— ¿No nos viste?

— Venía distraído.

— Hay que estar pilas, macho. En la próxima dobla, yo te voy a decir dónde tienes que parar.

            Avanzan unas cuadras. El mismo tipo le dice que pare en el quiosco. Baja con otros dos. El que queda en el auto se acomoda atrás del taxista. Uno pide cigarrillos, los otros eligen golosinas. Walter mira. En la mano de uno aparece una pistola.

— ¿¡Qué está pasando!? —el taxista estira la mano a la palanca de cambio, el filo de una navaja le eriza el vello del cuello.

— Quieto… —voz tensa. Los otros vuelven. El de la pistola se le sienta al lado.

— Arranca, rápido —ordena—. No abras la boca, gira en la próxima y en la esquina dobla de nuevo —Walter suda, sus ojos se inundan de lágrimas, lucha por retenerlas. Se traga los mocos. Las piernas le tiemblan y en el bajo vientre sus tripas se entrelazan. Mira hacia adelante sin atreverse a espiar por el retrovisor. El jefe le indica que pare en la puerta de una cervecería.

— Bajamos los cuatro ¿Cómo te llamas?

— Walter.

— Walter, si te vas, te voy a buscar, te voy a encontrar y te voy a romper el culo antes de cagarte a tiros ¡No apagues el taxímetro! —gira hacia sus compañeros y agrega— ¡A trabajar! —los cuatro se embuten unas máscaras de los superhéroes, Batman, El Hombre Araña, Capitán América y el Fantasma.

Irrumpen armados con pistolas y revólveres de alto calibre. Se  despliegan por el local.

— ¡El que se mueve, muere! ¡Pongan toda la guita arriba de la mesa! —grita Batman. Luego corre hasta la caja y le apunta al cajero. Le pasa una bolsa— Ponla  toda ahí adentro —el cajero obedece— ¡A ver las camareras! —las chicas desfilan ante el héroe de Ciudad Gótica, vacían las billeteras en la bolsa. Los otros van por las mesas, arrasan con todo. El Hombre Araña levanta una cartera. Tiene un billete de cincuenta.

— ¿De quién es esta billetera? —los cuatro se miran.  Martilla su 3.57 Magnum. Apunta a los pechos siliconados de una platinada. La mujer chilla—  ¡Cierra la boca o te explotan las tetas! —mira a los dos varones de la mesa— ¿Quién de ustedes se coge a esta puta con cincuenta mangos en la billetera? —la mujer mira implorante al que está a su lado. Él traga saliva.

— Es mía.

— ¿Me estás tomando por boludo? —le apoya el caño en la sien— ¡Dame el Rolex y todo lo que tengas en los bolsillos! —entrega el reloj de oro y acero, luego vacía los bolsillos de su jean. Deja un rollo de billetes y una Amex Gold sobre la mesa. El Hombre Araña le machaca la cabeza con la culata del revólver. La banda corre a la calle. Suben al taxi.

— ¡Pisa el acelerador, gordito! —ordena Batman. En pocos minutos llegan a una avenida.

— Muchachos —se anima Walter—. Creo que ya está bien. Los llevo a donde quieran. Pero no sigan trabajando conmigo. Tengo familia… —el jefe se saca la capucha, lo mira extrañado, luego voltea y mira al resto de la banda.

— Walter no nos quiere —los otros guardan silencio—. Bueno, gordito —dice por fin—. No sufras más. En la esquina nos bajamos.

El taxi se detiene, bajan los cuatro. El jefe le tira un rollo de billetes al asiento.

— Esto es por los viajes.

 

***

 

Entra al boliche en penumbras. Pasea la mirada sobre al conjunto de mesas. Busca al Vasco, cabecilla de una agrupación sindical de taxistas. Lo encuentra charlando con una morocha de grandes bucles y enormes ojos de color caramelo.

 — Hola Vasco ¿Me puedo sentar?

— ¡Walter! ¿Qué haces por acá? ¡Va a caer piedras! Siéntate perejil ¿Te vas a tirar una cana al aire?

— ¡Es que me faltaba esta noche!

— ¿Qué pasó? ¿Te asaltaron?

— Peor. Me usaron para hacer dos robos.

— ¡¿Cómo?!

— Cuatro chorros me llevaron de recorrida. Iban de fierro.

— ¡No jodas!

— Cuando se bajaron, me dejaron esto —le muestra el rollo de billetes.

— ¡Es la mejor noche de tu vida, chabón! —ríe. El gesto le cambia al detectar una situación.

Un chico acaricia la espalda desnuda de una chiquilina que ríe a su lado. Se les acerca un cincuentón. Le susurra algo al oído a la chica. Ella se aleja, se arrima más al joven.

— ¿Qué pasa? —increpa el pibe.

— Esta mina es mía, pendejo. Se va conmigo.

— ¿¡Qué decís!?

— ¡Desaparece!

— ¿De dónde saliste viejo de mierda? —nadie responde.

El Vasco ladea la cabeza, apercibe a Walter.

— En cambio ese pibe va a pasar la peor…

El cincuentón empuja al muchacho. El chico le tira una patada a la cara. El cincuentón apenas alcanza a retroceder. Una mano vuela hacia un lugar atrás y vuelve al frente empuñando un .38 especial. Apunta entre los ojos al muchacho.

— Te mato, pendejo —los ojos del chico se desorbitan y giran en las cuencas alocadamente, las pupilas dilatadas absorben sólo la imagen en rojo del tipo encañonándolo.

— ¡Dispara ya hijo de puta porque te la voy a meter entera por el culo! —masculla. Un gigante se mete entre los dos.

— Guarda el arma, macho. Acá todas son tus minas –el cincuentón se toca la nariz, guarda el arma sin dejar de mirar al joven.

— No lo mato para no traerles problemas a vos, ni a la Monti —se va para el baño. El chico mira a su trofeo, todavía congelada sobre el taburete.

— Soy todo tuyo.

— Salgamos ya de acá —responde ella. Salen de la mano.

— Él también zafó hoy –culmina Walter. Corre atrás de ellos. El muchacho se asusta.

— Soy taxista. Yo los saco de acá

 

***

 

En la sala rectangular, encajonado en un pupitre blanco, levanta la cabeza y mira para todos lados. Angustia ¿Estoy de vuelta en la secundaria?… ¿Cómo puede ser que esté acá de vuelta?… El aula no tiene ventanas y la luz parece la del día, viene de todos lados. Otros, encajonados como él, absortos ante unas pantallas, intentar salir del laberinto de un video game. Agotados, ante un estímulo casi imperceptible todos dan por finalizada la jornada. Se desconecta, igual que los otros. Se ordenan automáticamente en fila y salen a un pasillo. Infinitas salas iguales. El pasillo tiene dos corrientes de circulación. Los que salen de las salas van hacia la derecha y de la izquierda vienen los que van a ocupar su lugar dentro de las ellas. Avanza por ese pasillo, siempre en fila. El pasillo describe una gran curva. La curva desemboca a un gran recinto circular que es el distribuidor de infinitas escaleras que suben y bajan en diferentes direcciones. Se dirige hacia una y desciende hasta ingresar en una puerta, su habitación, apenas un cubículo. Ni bien entra se queda dormido. Comienza a soñar. En este sueño recibe la visita de un chico. El chico cubre sus genitales con una malla dorada, su piel es tan blanca que resplandece.

— ¡Despierta! ¡Vamos! —insiste el chico. Walter despierta— Ya es hora. Vivís dormido ¿Vas a seguir así? —Walter lo mira sin comprender— ¡Ven conmigo!

Walter sale del cubículo atrás del chico. No le es necesario caminar, se desliza como el muchacho. Flotan. Avanzan por los pasillos. Suben y suben, hasta que alcanzan el último nivel. En ese lugar, Walter puede ver a través de una cúpula de cristal que existe un mundo exterior. Puede ver un cielo diáfano nocturno, millones y millones de estrellas titilan en la bóveda. Allá está la libertad, le dice el chico mientras atraviesa el cristal sin dañarlo. Él no puede seguirlo. Cuando realmente despiertes vas a poder estar de este lado, retumba una voz en sus oídos.

Walter abre los ojos. Mira el despertador sobre la mesa de luz. Apenas unos minutos después del mediodía. Sólo durmió tres horas. Salta de la cama. Se mete en la ducha. Tengo que hacer algo para poder ser libre, reflexiona bajo el agua.

 

***

 

En el cruce da la calle el farol le baila al viento. El taxi se detiene en la esquina, alejado de la vereda elevada. La pasajera empuja a su marido. El borracho se bambolea. Alcanza a sostenerse aferrándose de la baranda de la escalerita que trepa por la vereda. La mujer paga y agradece, le deja una buena propina. Un adolescente sale de un conventillo. Se mete en el auto.

— Vamos hasta Avellaneda.

— Ya terminé mi turno. Tengo que ir a devolver el auto.

— ¿Qué pasa, gato? –el chico apoya el caño de un revólver en la nuca de Walter. El taxista pisa el acelerador a fondo y empuja su butaca para atrás con toda su fuerza aplastando al muchacho. El chico aprieta el gatillo, una, dos veces sin detonar el proyectil. El auto avanza a toda velocidad zigzagueando por la calle. Walter forcejea con el muchacho. En la esquina de la avenida se estrella contra una columna de alumbrado. El taxista sale despedido por el parabrisas. Queda tendido sobre el capot abollado. El ladrón se escabulle. Renguea y sangra por la nariz. La oscuridad se lo traga.

 

***

 

Mira el cuerpo tendido sobre la camilla. La cara está roja de sangre, dos cráteres coagulados, uno en la frente y otro debajo de la oreja ¿Cómo fue que llegué a este lugar? ¿Estaré muerto? Un joven de ambo verde se acerca y le toma el pulso al cuerpo. Un enfermero se arrima. El pulso está bastante bien, informa el médico. Luego le levanta un párpado, después el otro, los ojos están vueltos para arriba, escudriñando el cerebro.

— Llévalo a la sala de rayos —el enfermero empuja la camilla por el corredor, el joven médico lo acompaña. Walter vuela tras ellos. La sala de rayos está vacía.

— ¿No hay radiólogo de guardia? —se dirige al enfermero— Ramón, ¿sabes dónde puede estar?

— Durmiendo en una sala.

— ¿Me haces el favor de ir a buscarlo? —el enfermero va en busca del técnico. Walter lo sigue. En una sala cercana ve a una mujer de piel oscura, muy arrugada, sentada en una silla con la boca abierta frente a una lámpara halógena. En la sala contigua un practicante ríe a carcajadas.

— Ve a ver a la vieja —susurra entre risas— Le dije que los rayos de esa lámpara le iban a quitar el dolor de garganta —Walter sale de la sala y ve pasar al enfermero seguido de una mujer. Va tras ellos.

— ¡Oh la lá! —exclama el médico cuando la ve— ¿Tú eres la radióloga?

— Sí, mi amor. Estoy trabajando desde hace treinta y seis horas y me interrumpiste la primer siestita. Espero que sea para algo importante.

— Este caballero no se quiere despertar. Quiero ver cómo está la cabeza.

— Métanlo debajo de aquella máquina. Vamos a ver qué podemos hacer. Estamos muy escasos de material —el enfermero coloca la camilla bajo una máquina. Un artilugio digno de la película 20000 leguas de viaje submarino, Disney, 1954. La chica revuelve el interior de un armario hasta que consigue dos pequeñas placas—. Vamos a intentar hacer dos tomas. El material está vencido. Esperen afuera —el médico y el enfermero salen de la sala. A los quince minutos sale la radióloga.

— Listo, llévenlo a guardia que cuando tenga las placas reveladas se las alcanzo —el enfermero conduce de nuevo al cuerpo de Walter por el pasillo. Llegando a la guardia se cruzan con otra camilla que transporta a un adolescente. El chico va quieto, de un profundo corte en la garganta todavía mana sangre espesa.

— Ese ya se fue —comenta el médico. Walter sobrevuela sobre el chico. Reconoce a su atacante. Busca al otro yo del chico por el lugar pero no lo ve. Vuelve junto a su cuerpo. Tengo que volver a mi cuerpo y salir de este lugar, se dice. Unos alaridos resuenan en el recinto de techos altísimos. Walter va a ver qué pasa. En una sala cercana un hombre joven grita y se retuerce desesperado. Un médico lo reprende.

— ¡Cállate! ¿¡Cómo te metiste eso adentro!? —de esfínter aflora una botella. Pero algo le produce mayor impresión y se eleva hasta casi tocar el cielo raso. Una sombra grande y espesa succiona una sustancia del cuerpo del herido a través del ombligo. Quiere salir de ahí pero otra sombra, adosada al médico que atiende al chico, ocupa mucho espacio. De igual naturaleza que la otra, también conectada al ombligo del médico, succiona una sustancia más diluída. Esquiva la sombra y vuelve junto a su cuerpo. El médico que lo atiende observa las placas.

— No tiene daños. Las cervicales un poco apretujadas nada más —anuncia— Trae un inyectable, vamos a despertarlo —el enfermero va a la farmacia y el médico vuelve a la sala principal de la guardia. Walter los ve alejarse. El médico y el enfermero también cargan con las sombras que le succionan una sustancia desde el ombligo. Mira a su cuerpo. No tiene una sombra adosada. Tengo que salir de acá. Un globo luminoso se acerca a él. Es el chico del sueño. No emite ningún sonido ni pensamiento, con movimientos gráciles se une a él. Walter despierta y el ser luminoso aún permanece visible para él. El chico comienza a andar, flotando sobre el piso. Walter lo sigue. Así guiado puede esquivar a médicos, enfermeros, policías y abandonar el hospital. Caminan hasta la costanera. El sol comienza a ascender por sobre las aguas del río. El chico ejecuta unos movimientos, una especie de baile. Walter lo imita. Baila y baila hasta que el sol está bastante alto sobre la línea del horizonte. Los pocos paseantes que hay a esa hora lo miran.

— Hoy puede ser un gran día —los saluda.

Vero Yopo

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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