Las nueve musas
Rafael del Riego Flórez​
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¡Vivan las cadenas!

Si bien el pueblo español luchó con bravura contra las tropas napoleónicas desde la irrupción del ejército francés en la península, esas gestas, que nos enorgullecen y que propiciaron el retorno de los “gabachos” a sus fronteras originales y la expulsión de José Bonaparte, encubrían a duras penas una latente división entre los españoles.

Durante aquellos años de guerra en defensa de nuestra independencia nacional, mientras los invasores se paseaban arrogantes por las ciudades y campos de España, esa desunión de los naturales alentaba de forma aún larvada, porque lo primordial entonces era liberar al país de la agresión extranjera.

Fernando VII pintado por GOYAPero la tea de la discordia hallábase a punto de prenderse en rescoldos añejos, y las eternas dos Españas, prontas a aflorar.

Una minoría de españoles colaboró con el invasor, anhelantes de Ilustración y del disfrute de los logros conseguidos por la Revolución francesa; eran los afrancesados. Entre el resto de los españoles, aquellos que se enfrentaron encarnizadamente contra los ocupantes, las diferencias no parecían por el momento insalvables: unos eran los que, aunque como patriotas luchaban contra los invasores, sin embargo sentíanse en la línea ideológica afín a las adquisiciones derivadas de la revolución y no ocultaban su compromiso con la defensa de los derechos humanos, abogaban por coartar el poder absoluto del rey, defendían la igualdad de todos ante la ley, la abolición de la Inquisición, sostenían que la soberanía residía en la nación y que hasta el mismo monarca debía someterse a la leyes, éstas bajo forma de Constitución. Pese a esa identificación ideológica con el país vecino, se opusieron valientemente a la invasión de sus tropas porque de sobra sabían que las intenciones que estas traían no eran precisamente las pedagógicas y porque, aunque las hubieran traído, no comulgaban con aquello de que “la letra, con sangre entra”.

Otro gran grupo de esos españoles que se enfrentaban a los usurpadores permanecían instalados en posiciones mucho más conservadoras y en la defensa del poder establecido: para estos, el poder absoluto del rey era sagrado porque emanaba de Dios, sentían a la sociedad estamental como organización social ideal, renegaban de la separación de poderes, de los derechos individuales de la persona y defendían la labor de la Inquisición.

El paradigma del ideario de los primeros fue la Constitución de 1812, aprobada por las Cortes de Cádiz y que fue conocida popularmente como “La Pepa” por haber sido promulgada el día 19 de marzo, festividad de San José. Ya empezaban a ser conocidos los partidarios de este grupo como liberales.

Los segundos, por el contrario, mostráronse como enemigos acérrimos de dicha Constitución, a la que denostaban como el peor de los males, el cúlmen de la perversidad y un solapado compendio de los horrores de la Revolución francesa. A los defensores del antiguo régimen y de sus planteamientos conservadores se les iba llamando, ya por entonces, absolutistas.

Apenas el último francés traspuso por los Pirineos, las diferencias de las dos Españas afloraron con virulencia y el enfrentamiento se hizo inevitable.

Aquel indeseable al que aplicaron el sobrenombre de “El Deseado”, aquel invitado de lujo en Bayona mientras su reino se desangraba y que felicitaba a Napoleón Bonaparte por sus victorias en España, retornó a su sufrido país para mayor desgracia de éste en 1814, siendo recibido con desenfrenado júbilo por los absolutistas, que lo pasearon bajo palio, coreados por el delirio del fácilmente inflamable pueblo. Fernando VII desautorizó a las Cortes de Cádiz con solo ignorarlas y, al punto, abolió aquella Constitución que, de haber sido aplicada, hubiera podido paliar buena parte de los males del país. Daba así inicio el conocido como Sexenio Absolutista (1814-1820).

Aquel nefasto rey, más que un gobierno, nombró una camarilla de fanáticos cuyo desgobierno se limitó a perseguir, cazar con ojeadores y ejecutar a los liberales. En consecuencia, además de por esto, dicho sexenio se caracterizó por la gran cantidad de pronunciamientos militares, intentonas que se fraguaban con el fin de procurar restablecer la Constitución de Cádiz. No hubiera estado mal si se lograba, pero esto contribuyó a que los militares españoles se acostumbraran a intervenir por las bravas en Política y a creerse investidos del derecho a hacerlo.

Plaza del Riego, Oviedo

Sin embargo, uno de aquellos pronunciamientos triunfó: Riego, coronel del regimiento de Asturias, que se hallaba con sus tropas acuarteladas en Cádiz  —aprestadas para embarcar rumbo a las Américas con el fin de sofocar la rebelión de las colonias—, proclamó la Constitución de 1812 y, como consiguiera apoyos suficientes y el fervor de las gentes, inflamadas por los estimulantes compases de un himno, parejo en osadía al hecho de la restauración constitucional, vio que su iniciativa se propagaba como la pólvora desde los focos iniciales de Cádiz y Sevilla hasta los últimos rincones peninsulares, logrando especial acogida en la capital del reino. Madrid hervía a los sones del himno de Riego:

Serenos y alegres,

valientes y osados,

cantemos soldados

el himno a la lid.

A nuestros acentos

el orbe se admire

y en nosotros mire

los hijos del Cid…

Tal fue el vigor de aquel movimiento, la presión que ejercieron sobre los absolutistas las muchedumbres agolpadas frente al Palacio de Oriente y por las calles, obligando a los transeúntes a besar ejemplares de la Constitución, colgando de los balcones banderas, mantones, colchas, cortinas e iluminando de noche con tantos carburos y candiles de aceite que Madrid semejaba una feria, que, tres días después, el botarate real publicó un manifiesto en el que acataba el cambio con aquellas sus hipócritas y ya famosas palabras: Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional…

Comenzaba una época en que proliferaron acalorados debates en cafés y tabernas, enconadas tertulias, guirigays callejeros, algaradas de diputados e indisciplinas de militares; en lo que dura un pestañeo, furibundos absolutistas trocáronse en modélicos liberales. Y así transcurrió el llamado Trienio Constitucional (1820-1823). Los liberales se dividieron entonces entre los leales defensores de “La Pepa” y los partidarios de una nueva Constitución que recortara aún más los poderes del rey felón; este ya andaba alentando los pronunciamientos absolutistas y recabando la ayuda extranjera, sobre todo la de Francia, que, entre tanto, había restaurado la dinastía de los borbones.

Fernando VII

La noble piel de toro, el solar más hollado por invasores que pueda existir, viose una vez más humillada, en esta ocasión por los Cien Mil Hijos de San Luís, bajo el mando del duque de Angulema. En aquellos momentos la confusión era total en Madrid; un día podían apreciarse indicios de que el pronunciamiento absolutista empezaba a triunfar y, a la mañana siguiente, los liberales dejaban constancia de que asían las riendas con mano firme, mientras los conservadores corrían a esconderse. En uno de esos caóticos momentos en que el cobarde monarca temió que los liberales hubieran venido para quedarse, corrió a la Plaza Mayor y, ante las estupefactas gentes del pueblo, abrazó ardorosamente al antes aborrecido y vituperado Riego.

 Las calles habíanse convertido en un perpetuo desfile, ya de unos, ya de otros, con sus emblemas variopintos y sus colores, sus consignas propias, sus himnos enardecidos y las ofensivas coplillas donde despellejaban al adversario o a su mujer. Mientras los absolutistas cavernarios cantaban La Pitita, copla que los definía y en la que lanzaban vivas a la Inquisición, los liberales entonaban el Himno de Riego y el Trágala, perro, luciendo escarapelas verdes en sus sombreros.

Pero, finalmente, los absolutistas decidieron trocar aquel caos festivo en aluvión de sangre, jaleados por el clero nacional, siempre incitador de una de las dos Españas contra la otra; en Madrid, la Guardia Real, vitoreando a Fernando VII, al fin se lanzaba  armada contra el pueblo llano, y corrió la sangre; en Pamplona, unas facciones del ejército comenzaron a disparar a las tropas que aclamaban a Riego, oponiendo a sus gritos el de ¡”Viva Dios!” Este último alzamiento absolutista logró sus miras y la caverna venció.

Mientras en las colonias americanas enarbolaban la bandera de la libertad, en la España peninsular triunfaba la reacción al grito inconcebible de “¡Vivan la cadenas!” Daba así comienzo aquella etapa que recibió el nombre merecido de Década Ominosa (1823-1833). De nuevo las persecuciones, la caza y ejecuciones de liberales, las delaciones, las traiciones, el señalar desde los púlpitos a todo el que despidiera el más leve tufillo liberal, frailes guerrilleros en los montes degollando a los fugitivos… Y de nuevo los pronunciamientos militares constitucionalistas, pero todos fracasados.

Riego fue detenido y ejecutado en la Plaza de la Cebada de Madrid del modo más infamante. También fueron ajusticiados tras un alzamiento sofocado el general Torrijos y sus leales, o Mariana Pineda, por el solo hecho de bordar una bandera liberal. Otros muchos liberales perseguidos hubieron de exiliarse o acabar en prisión: Argüelles, Lista, Muñoz Torrero, Calatrava, Alcalá Galiano, los escritores Martínez de la Rosa, Moratín, Manuel José Quintana, Nicasio Gallego, Meléndez Valdés…, el pintor Francisco de Goya… todos acusados no solo de liberales, sino también de masones, fuéranlo o no.

Entre tanto, la cuestión sucesoria vino a emponzoñar aún más la azarosa vida del país. Aquel alevoso rey no tenía hijos varones, sólo dos hijas, y la ley Sálica vedaba el trono a las mujeres, por lo que a Fernando VII habría de sucederle su hermano Carlos María Isidro. El monarca, espoleado sin tregua por su última esposa, la reina Mª Cristina, para que derogara aquella ley y pudiera así legar la corona a su hija primogénita, Isabel, acabó por ceder a sus deseos. Los absolutistas, acérrimos carlistas como todo conservador que se preciara, encontraron la horma de su zapato. ¿No querían un rey absoluto? Pues si un rey absoluto podía promulgar una ley Sálica, otro rey absoluto podía abolirla. Y la abolió, pero no caigamos en la tentación de atribuírle ese mérito a él; si Fernando VII no hubiera sido un cobarde incluso ante su mujer, aquella discriminación sucesoria se habría mantenido. Aquel tarambana no reunía los alcances ni los arrestos suficientes como para un avance de tal magnitud.

 

 Fueron las mujeres de la familia real las que lo lograron, porque, desde Italia, vino a apoyar a la reina de España su hermana Luisa Carlota, infanta de armas tomar, quien, apenas pisar el Palacio de Oriente y toparse con el ministro Tadeo Calomarde —absolutista y carlista furibundo—, lo abofeteó con desparpajo en presencia de toda la Corte; el ministro, abochornado pero ocurrente, replicó: “Manos blancas no ofenden“, y legó esa máxima para la posteridad.

 

También se iba gestando con el asunto sucesorio una nueva guerra civil, ya en ciernes; a liberales y absolutistas les sucederían isabelinos y carlistas, no fuera a ser que los españoles se aburrieran.

 

Pero esa es otra Historia que aplazaremos para mejor ocasión.

 

(Cabecera: Rafael del Riego Flórez​)

 

Alfonso X, un rey no tan Sabio

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba y reside en Ciudad Real. Es pintora y escritora.

Estudió Profesorado de E.G.B., ejerciendo la enseñanza a lo largo de varios años. Inició su formación plástica en Madrid, en el Estudio de Dibujo y Pintura de Gutierrez-Navas. Posteriormente, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Por estos años escribió también una primera novela corta, para luego centrarse únicamente en su actividad plástica, realizando veintiseis exposiciones colectivas y otras tantas individuales, y recibiendo algunos premios y distinciones. Su obra se encuentra representada en Museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Reino Unido y EE.UU.

En 2000 recuperó su actividad literaria, habiendo publicado varias novelas históricas:

* “La Cruz y la Media Luna” (editorial VíaMagna, 2008, 2009). Reeditada en ebook por Leer-e (Pamplona, 2012). 3ª edic. en papel en 2015.

* “El Collar de Aljófar”, editada por Leer-e en ebook y papel, 2014.

* “El Halcón de Bobastro”, editada en ebook por Amazon y en papel (Create Space, 2015).

* “La Estirpe del Arrabal”, editada en papel por Carena Books, 2016.

Así como el ensayo de investigación histórica:

* “Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta”, editado en ebook y papel por Create Space, 2015.

* Asimismo, ha publicado artículos, relatos y cuentos en revistas impresas y en webs literarias.

Otras novelas de esta autora son “Iberia Histérica”, “La Horca y el Péndulo”, “Encrucijada”.

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