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Virginia Segret Mouro

De su libro Cantata al polo sur (*)

 

De Gondwana

 

IV

 

Llevamos millones de años de deseo en la sangre.

Fuimos el deseo de la piedra.

Fuimos el deseo de las aguas.

Fuimos el deseo de la Nada.

 

V

 

El primer beso de la furia.

La primera carcoma solitaria.

La primera fulguración del relámpago.

 

Y comenzamos.

Con el Mundo.

De La historia

 

III

 

Nadie escuchó jamás que Dios dijera,

levantando ese dedo admonitorio,

que en su templo también entran los lobos.

 

IV

 

Foqueros conjurados por sus mismas pezuñas:

sean polvo sus huesos en los confines del hielo.

 

No resucitan los lobos desde sus pieles desolladas.

Virginia Segret Mouro

MAR DE WEDDELL

 

I

 

Quizá este mar

haya soñado ser de lo inextinguible apasionado

de una rosa roja,

de lo minúsculo de una cereza sangrante

madurando una siesta bajo un tórrido sol.

Y quizá se pregunte cómo era eso

de bañar con otra lengua dulce

la mejilla arcillosa de las riberas calientes

de esta Madre Tierra.

 

Tan abajo del mapa, tan austral,

este pobrecito mar.

 

Quizá, y si pudiera,

este mar elegiría

entregarse en toda su desolada inmensidad

a un lecho de trigos amarillos o de amapolas bermejas,

lúbrico, sumiso en su ternura.

 

Pero está tan al Sur,

tan hirsuto él, tan iracundo,

tan proscrito del beso de los gráciles bajeles blancos,

tan replegado en su propia garganta,

huraño, cejijunto.

 

Ay, este pobrecito mar,

este mar de tan abajo,

que carga todo el peso del planeta,

que soporta en su lomo de animal mesozoico   

nuestra precariedad

y el peso y el clamor

de todas nuestras cadenas.

 

                                     II

 

El mar juega a que encanta con su procelosa flauta.

Inflama, pone a arder corazones,

bramadero de coloniales esperanzas.

El mar hechiza con sus promesas.

Promete glorias a la voracidad.

 

Y los barcos de Europa, sudorosos de sed y rapiña,

hienden las aguas, avistan escarpadas costas,

rastrillan los bordes de la noche polar.

Los barcos de Europa, extranjeros,

presagian el desvelo de estas aguas,

incuban días de guerra y zozobra

entre las espesas islas del hielo de esta patria.

 

Y acontece

que el mar recela de las pupilas de azufre

de los navegantes,

de sus bolsas pesadas de relinchos y sombras,

y mira con sus ojos de ballena entristecida

y se enfurece.

Entonces, escupe su espanto y su ira,

terrible como un dios del principio de los tiempos.

 

Muerde el viento la soberbia enhiesta de las arboladuras.

Fisuras en la amaderada llaga.

Zarpazo final.

 

Los barcos de Europa, extranjeros,

navegan las fúnebres aguas.

Los barcos de Europa, extranjeros,

salmodian, abatidos, la música

de maderas rotas y polvo de huesos.

 

El mar juega a que encanta con su procelosa flauta.

 

Temblor de soledades.

 


Virginia Segret MouroVirginia Segret Mouro

Argentina, residente en Banfield, provincia de Buenos Aires.

Profesora en Letras en los niveles secundario y terciario.

Poemario, Agón, 1984
Memoria, Último reino, 2006
Antigales, Ediciones Tenía Razón el Malón, 2007
Cantata al Polo Sur, Ediciones Tenía Razón el Malón, 2007
Con bandoneón, Ediciones Tenía Razón el Malón, 2009
Cuentos infantiles en Editorial LESA, 2009
Galiza, Editorial Ojo de Poeta, 2017
Geografías imposible / Persia, Ediciones Tenía Razón el Malón, 2017.


 

(*) Ediciones Tenía Razón el Malón, Buenos Aires, 2007.

 

Carlos Barbarito

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