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¡Qué vienen los rusos!
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¡Qué vienen los rusos!

Empieza a ser complicado escapar del entramado de sobresaltos que nos asola últimamente.

Como si el cúmulo de titulares apocalípticos y tertulianos desatados no fuera suficiente,como si aún hubiera lugar para más despropósitos (y los que están por llegar), ahora se destapan posibles  conexiones entre el independentismo catalán y grupos de hackers supuestamente afines al Kremlin.

Los primeros, es de imaginar que como una prueba más de su radicalidad sin el debido recato democrático, han delegado gran parte de sus mensajes nacionalistas y sus noticias falsas en manos de informáticos rusos, quienes se han encargado de amplificarlos usando perfiles en diversas redes sociales. Si bien esto podía explicar el aluvión de peticiones de amistad que he recibido en Facebook por parte de fabulosas mujeres rusas vestidas con lo que el Kremlin las trajo al mundo (más una diminuta senyera cubriendo las partes menos pudendas) o que cada vez que me llega un mensaje a WhatsApp en vez del habitual e irritante sonido electrónico ahora suene invariablemente Els Segadors, la noticia tenía ciertos tintes anacrónicos (aunque los anacronismos parece campar últimamente por sus fueros) que la hacían parecer fuera de lugar. Pero en una de las muchas reuniones del Consejo Europeo, la alerta sobre esa propaganda contaminada, llegó avalada, ni más ni menos, que por nuestra ministra de Defensa, la siempre en diferido María Dolores de Cospedal, quien se apresuró en aclarar que dichos ataques llegaban desde Venezuela y desde Rusia, apresurándose aún más en añadir que desde territorio ruso, y no desde el entorno del gobierno de Putin (porque es lo malo, lo mismo señalas con el dedo a Putin, y éste te lo muerde y te lo finiquita).

Angustiado, busqué más información por todas partes para acallar mi pánico, aunque era absurdo intentarlo en la red, sabiendo que ahora Internet, hasta ese momento un paraiso de libertad y falta de vigilancia, era el campo de juegos de temibles hackers rusos.

Por fortuna, cuanto detalle adicional necesitaba saber me fue ofrecido por Alfonso Dastis, Ministro de Exteriores (y a veces parece que de exteriores muy, muy exteriores, interplanetarios incluso) durante una comparecencia ante la prensa donde informó de lo que ya se sabía con relativa certeza (así estamos, ahora las certezas no son absolutas, las certezas dependen de hilos muy finos). Dada la gravedad de su acusación, y la profundidad de su diagnóstico, reproduzco su intervención con total fidelidad, un calco idéntico de lo que dijo, aunque las acotaciones son mías. Estas fueros sus palabras exactas: “Aaaaammm… (afinando)…  ahora mismo, ehhh (pausa) no es(pausa)toy seguro de cuál era el, el, el porcentaje total, pero que sí que el cincuenta por ciento era, eran (palabra doble, pausa doble), eh, (pausa o un posible ataque de narcolepsia) Rusia, y el treinta por ciento Venezuela, y que de todas las cuentas falsas que se han detectado, vamos, de que todas las cuentas que se habían detectado que se habían puesto en marcha a raíz de… (intenta saber qué ha dicho)… eh…. el supuesto referéndum y (murmullo ininteligible, mejor no pensar en ello) los acontecimientos que ha vivido Cataluña recientemente, me parece que solo había habido tres que eran auténticas y el resto er, en, eran (pausa dramática) cuentas falsas montadas con el objeto de… (¿esbozo de bostezo?) eh… (otra pausa) mmm… multiplicar y repercutir informaciones… eehhh… inexactas, ¿no?”

Incontestable. Por mucho que el propio ministro acabe su intervención con una pregunta, pidiendo auxilio para salir de su propio galimatías.

Dada la diligencia y rapidez con la que actúa este gobierno, la respuesta, como es la moda, debe ser contundente. ¿Boicot? No. Para eso ya tenemos a Cataluña, boicoteamos sus productos y saboteamos nuestra propia economía. Demasiado brillante.

Hay que hacerle entender a esos rusos que con nosotros no se juega.

La solución no puede ser más evidente. Tres millones y medio de desempleados de los que ni se habla, ya ni se sabe cuánta gente en riesgo de exclusión social y pobreza. Pues nos juntamos todos y construimos un muro. No en Los Pirineos. Ni cerca de la Costa Azul para asegurarnos el veraneo. Ni en Berlín. Directos a la frontera. A lo Trump. De lado a lado, el nuevo milagro del ladrillo. Se iban a enterar estos rusos.

Siempre hacen falta enemigos. Maduro (al que Rajoy llamaba Madero mientras estaba con Trump, a saber en qué estaba pensando). Los catalanes. Los rusos. Los pantalones acampanados. Los paraísos fiscales. Las navidades.

Da igual. Todos sirven a un mismo propósito sin ser siquiera conscientes de ello.

Y así es como un país se muere.

Sin que nadie pueda saber quién lo está matando.

Shamaim (Cielo), Adama (Tierra),Tofet (Inframundo)

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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