Las nueve musas

Andrea se asomó a la piscina y creyendo que estaba sola, se quitó el camisón y se sumergió en el agua. Amanecía. Antonio, incapaz de retomar el sueño, contemplaba el lento avance del disco solar, tratando de no pensar en nada. Al escuchar el ruido del agua avanzó unos pasos hacia la piscina y reparó en la silueta distorsionada de la muchacha en el fondo. Fue apenas un instante, pero la visión de su desnudez le turbó. Andrea sacó la cabeza y se le quedó mirando con los brazos apoyados en el borde.

***

El grupo de amigos se había reunido aquel fin de semana en la Sierra de Gredos. Tenían la costumbre de hacerlo al menos una vez al año. Los encuentros consistían en largas veladas comiendo y bebiendo, rememorando con nostalgia sus años universitarios; historias que siempre les hacían reír, aunque con el tiempo iban perdiendo lustre a fuerza de ser contadas. Añoraban ser jóvenes y carecer de cualquier responsabilidad, más allá de respetar el presupuesto familiar, tener limpia la cocina del piso compartido y conservar la beca.

Se alojaban en un chalet rural. Para llegar hasta él había que ascender un solitario camino de grava de un kilómetro más o menos.  Desde allí apenas se divisaba el pueblo, oculto por la frondosa vegetación y estaban a resguardo de las montañas, azules en la distancia; un murallón que se interponía entre ellos y el horizonte, como un telón de piedra, con picos que conservaban algo de nieve en la cumbre.

—Ese de ahí es el Almanzor, la cara sur—dijo Antonio señalando con el dedo—. Conozco una ruta para ir a pie, mañana podemos probar.

—Nos llevaría todo el día y no debe ser fácil…

Antonio asintió con resignación. Manuel le lanzó una lata de cerveza.

—Parece mentira que no nos conozcas.

Poco a poco se acercaban a los cuarenta. Ninguno de ellos había conservado intacta la cabellera de la juventud, aunque los estragos variaban ostensiblemente de unos a otros. El que había lanzado la cerveza era Manuel, al que apodaban la Tortuga, precisamente por su cabeza bruñida.

Antonio cogió la cerveza y le dio un largo trago. Recordó la última vez que había subido al Almanzor, los terrones de granito cuarteados por la gelifracción, con el musgo adherido como si fuera sarro y las crestas grisáceas, mientras miraba con disimulo las piernas largas y blancas de Andrea.

Esa primera noche la pasaron en la piscina, asando en la barbacoa, jugando al póker Texas Holdem, bebiendo cerveza y ron con Coca-Cola, hasta que poco a poco fueron cayendo vencidos por el sueño, como moscas atrapadas en un bote de cristal.

Antonio fue el último en retirarse. Estela, su mujer, dormía profundamente. Le retiró el pelo de la cara y se arrimó por detrás, pero ella le rechazó con el codo. Notó una corriente fría recorriéndole la espalda y estiró hacia atrás la camiseta para taparse los riñones. Apenas si podía pegar ojo. Finalmente sucumbió al cansancio del viaje, pero se despertó al rato y decidió salir a ver amanecer entre las montañas y fumarse un cigarrillo.

 

Antonio apuró su cigarrillo y se sentó en el borde de la piscina, metiendo los pies en el agua. Pensó en Andrea. Treinta y ocho años, pero se conserva bastante bien. Mejor que yo. Se rió para sus adentros. Apreciaba a Manuel, pero deseaba a Andrea. Le sorprendió aquel pensamiento que surgió de la bruma como una bala. En la universidad Andrea y él compartieron confidencias y muchos cafés, pero nada más. Solo una vez, en la biblioteca, estuvo a punto de ocurrir algo. La sala estaba vacía y llevaban un rato hablando en voz baja sobre antiguas relaciones. Entonces, Andrea se incorporó sobre la mesa, los pechos se le marcaron redondos bajo la camiseta y le dijo, casi le susurró al oído:

—Me gusta cuando un hombre me hace sentir cómoda con mi cuerpo y mi manera de ser.

Y le miró, descargando sobre él una auténtica granizada, una invitación para que tomase partido y diera un paso adelante. Antonio se quedó petrificado. Notó calor y una llamarada en la entrepierna, tuvo el impulso de saltar sobre ella, pero la puerta de la biblioteca se abrió, entró un grupo que se sentó justo al lado y la conversación se deshizo como una nube de verano. Sin embargo, Antonio nunca olvidó aquellas palabras, aquella frase que le había tocado como un rayo y a la que no dejó de darle vueltas. Pero era muy cobarde con las mujeres: temía el rechazo más que a las arañas.

Aplastando el cigarro contra la barandilla, pensó en cuánto había cambiado desde los tiempos de la universidad; casi era otra persona y a veces así se sentía. Si tuviera otra oportunidad. Volvió a recordar el cuerpo desnudo de Andrea saliendo del agua y su mirada plena de intenciones, le pareció sentir su lengua enroscándose en la suya y notó cómo se le aceleraba la respiración.

Volvió a levantarse y pasó descalzo a la casa, dejando la estela mojada de sus pies en el suelo. Se asomó a la cocina, donde Andrea preparaba un café. Sin pensarlo, se acercó a ella y posó la mano en su brazo. Se miraron. En ese instante escucharon también la puerta de una de las habitaciones.

Carlos bajaba bostezando, sin camiseta. Se había rasurado el pecho, pero el pelo comenzaba a salir como barba de tres días. Se rascó y pasó a la cocina. Le sorprendió ver a Andrea y Antonio solos, hablando en susurros.

—Cómo madrugáis, ¿no?—Se apretó las sienes guiñando los ojos— Menudo dolor de cabeza.

—Los años.

—Eso será.

Carlos no se había casado, aunque tenía pareja. Con ella mantenía acaloradas discusiones telefónicas, porque tenía el mérito o la intuición de llamarle en la parte más crítica de la noche. Nunca se había dejado ver por aquellas reuniones y para el resto de sus amigos era casi una leyenda urbana, una simple imagen de perfil de Whatsapp. A Carlos le gustaba quedar con sus antiguos compañeros, recordar los viejos tiempos y compartir una copa. Los años habían pasado por él también, sumando treinta o treinta cinco kilos a los que tenía cuando acabó la carrera.

— ¿No os parece que David estuvo un poco impertinente anoche?—Intervino Andrea para romper el silencio.

—Como siempre, se pone muy borde cuando bebe. Pero luego se arrepiente.

—No sabe beber—reflexionó Antonio mientras removía el café.

—Al menos no llegó a vomitar, como hizo el año pasado y se fue sin limpiarlo. La dueña llamó a López esa misma tarde, diciendo que no volviéramos. Y además faltaban las toallas de una habitación. Pero eso fue cosa mía.

Los tres rieron con ganas. Por debajo de la mesa, Andrea y Antonio jugueteaban con las manos. Andrea se atrevió a ir un poco más allá, y le tocó el muslo, aprovechando que Carlos se había dado la vuelta y husmeaba dentro del frigorífico. Antonio se sorprendió al principio y luego se dejó caer de la silla, para que la mano de Andrea anduviera por terrenos más comprometidos. Pero arriesgó demasiado, en el póker le pasaba lo mismo y por eso perdía siempre. Su amiga retiró la mano con nerviosismo.

—Si no os atrevéis con el Almanzor podemos subir hasta Hoyos del Espino y visitar unas cataratas que hay cerca.

Carlos bostezó, mientras agitaba el café.

—Conmigo no cuentes.

El resto fue bajando por turnos. David cariacontecido y su mujer, Aurora, bastante seria. López vestía la camiseta de su despedida de soltero, descolorida por el uso.

—Decía que podíamos hacer una excursión, no va a ser todo beber y comer. Nos vendría bien que nos diera el aire. A lo mejor todavía podemos ver el piorno en flor, esta primavera no ha hecho mucho calor.

—Bueno, pero tú que conoces la Sierra, Toni, algo facilito.

—Sí, sí. En media hora en coche estamos y después es andar cuatro o cinco kilómetros.

David mascullaba algo con Aurora, que le tiraba del brazo.

— ¿Qué pasa, David? ¿No estarás mosqueado por lo de anoche? —dijo López.

—No, qué va. Es que estoy un poco cansado. Anoche hablamos lo que teníamos que hablar. Eso es todo. No hay que darle más vueltas.

—Así me gusta—López asintió—. A ver si para una vez al año que nos juntamos, vamos a tenerla.

 

Hicieron el trayecto en dos coches. Antonio conducía uno de ellos y por el retrovisor echaba miradas fugaces a las piernas de Andrea. Serpentearon carretera arriba, hasta llegar a un claro. El grupo comenzó a ascender por un camino de grava. Antonio iba en primer lugar. Era un experimentado montañista y avanzaba con mayor firmeza y velocidad que el resto. Se paró un instante y miró hacia un pastizal cercano, donde mascaban hierba varias vacas. En ese momento escuchó el crujir de las piedras y a López, que le rebasaba.

—¡Vamos, Toni!, estás perdiendo facultades.

López y Antonio eran amigos o al menos, durante los cinco años de carrera, lo habían sido. Pero era de ese tipo de amistades en las que, bajo una superficie de fraternidad, como un río subterráneo, fluye el resentimiento. De esos amigos que se quieren, pero nunca dejan de compararse entre sí y los éxitos del otro, que pregonan con orgullo, en secreto les deprimen.

López apretó el paso y Antonio se dio la vuelta para seguirlo. Comenzaron a sudar. El camino se empinaba cada vez más y la grava les dificultaba los movimientos. Sin darse cuenta, se fueron destacando del grupo. Antonio resollando, no era capaz de dar alcance a su amigo. Detrás se escuchaban las quejas de los otros. Casi sin darse cuenta comenzaron a correr, las rodillas quemaban por el esfuerzo. Se miraban y reían, pero en el fondo, querían la derrota el uno del otro, incluso una caída o una pierna desollada. Como en la universidad, López fue el primero en llegar. Bañado en sudor. Todavía tendió la mano a Antonio para ayudarle en el último tramo. Este acogió la ayuda de su amigo y durante un fugaz instante sintió el deseo de dejarse caer y que los dos rodaran ladera abajo y fuera el destino, en forma de roca puntiaguda, el que dictara sentencia. Pero no lo hizo, agarró fuerte la mano de López y juntos contemplaron al resto del grupo, diminuto, subiendo todavía por el sendero.

—Estás en buena forma.

—Mejor que esos—señaló López, resollando—. ¡Vamos!—gritó ahuecando las manos y su grito reverberó en las cumbres colindantes.

— ¿No decías que eran cuatro o cinco kilómetros? Estoy hasta las narices de tanta cuestecita.

El grupo prosiguió su camino. Antonio observaba la espalda empapada de sudor de López y se sentía superior, porque su camiseta permanecía prácticamente seca. Le he hecho sudar, pensó. Cien metros más y acabo con él. Estela se acercó por detrás y le tiró del brazo.

— ¿Se puede saber qué te pasa? —le susurró al oído.

Antonio la apartó ligeramente y siguió caminando. De repente, en mitad del sendero surgieron tres sombras. Eran tres machos cabríos. Sus cuernos retorcidos parecían ennegrecidos por el fuego. Balaban con furia, inquietos. Avanzaron unos pasos y se quedaron observando a los extraños.

—No os preocupéis, ya se espantaran. No les gusta la gente—observó Antonio.

Pero no parecían intimidados y conforme el grupo fue llegando hasta ellos adoptaron una actitud más desafiante. La inquietud se apoderó de todos y David les arrojó una piedra. Los animales se removieron para esquivarla y uno de ellos baló con estridencia.

— ¿Qué hacemos? No se mueven.

—Podemos dar un rodeo.

—Esperad aquí.

Manuel corrió hacia los animales agitando los brazos y vociferando. Los carneros le esperaban impasibles, mascando hierba. De repente, el más grande se levantó sobre sus patas traseras y se lanzó contra Manuel, que retrocedió espantado. El cuerno apenas le rozó, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo. El grupo comenzó a gritar y arrojar piedras a los animales y consiguieron espantarlos.

— ¿Cómo estás?

—Creo que me he torcido el tobillo.  

Andrea tanteó el tobillo inflamado de su marido. Parecía bastante enfadada.

—Eso te pasa por hacerte el valiente.

—Déjalo ya, vale.

Los nueve amigos iniciaron el descenso con caras largas. Entre López y Carlos sostenían a Manuel, que cojeaba. David y Antonio iban en avanzadilla. David era callado y dócil cuando estaba sobrio, pero desconfiado y arisco cuando bebía. Eso le había ocasionado más de un problema con el resto, que el paso del tiempo y unas disculpas masculladas entre dientes habían atemperado. A veces sentía que estaba de más, que no encajaba del todo. Entonces, ¿por qué no había perdido el contacto con sus antiguos compañeros de universidad y seguía asistiendo a aquellas reuniones? Ni él lo sabía, porque nunca se lo había preguntado. Era el bufón del grupo, la diana sobre la que arrojar los dardos y tenía que soportar el repaso de sus anécdotas, que siempre le ponían en ridículo. Aurora, su mujer, que había conocido el tercer año, le sacó de la última fila y le hizo ganar algo de estatus. Constantemente se lo repetía: “se ríen de ti, ¿no te das cuenta?” Pero David le quitaba importancia: “déjalo, son bromas, entre nosotros es así.”

Miró hacia atrás y vio la frente de López, brillando por el sudor. Sintió deseos de machacarla como una nuez. La primera noche había vuelto a recordarlo. Una noche de juerga se pelearon en una discoteca y David salió corriendo. Fue un acto de miedo incontrolable. Se disculpó, pero no sirvió de mucho. López estuvo tres años haciendo el gesto de la gallina, cada vez que tenía ocasión, hasta que llegó Aurora y puso las cosas en su sitio. Pero el rencor aleteaba, como un murciélago sin cabeza que se resiste a morir.

A la vuelta fueron a llevar a Manuel a un centro de salud. Le hicieron una foto en una silla de ruedas con el batín de urgencias y haciendo la uve de la victoria. Mientras, Andrea y Antonio se miraban. El accidente les había brindado una oportunidad. La caminata no había apagado el deseo de estar a solas, sino que lo había acrecentado.

—Estela, si estás cansada vuelve con David en el otro coche. Yo me quedo acompañando a Andrea. Hasta que le hagan una radiografía a Manuel y le den el alta va para rato.

Estela dudó. Había notado un temblor, casi imperceptible, en las palabras de su marido. Cierta ansiedad cuyo origen no era capaz de precisar. Su intuición le ponía en alerta, pero el agotamiento fue derribando cualquier suspicacia. Se miró los pies hinchados y al final claudicó.

—Está bien, me vuelvo con ellos. Luego me llamas para ver qué tal.

—Bueno, entonces yo me quedo con vosotros—. Carlos se dejó caer en el asiento de la sala de espera de urgencias. Se interponía como un alambre de espino, pero le conocían. Enseguida desaparecería para buscar un bar, con la excusa de comer algo, como así fue.

—Voy a tomar un bocado, ¿vienes conmigo, Toni?

— ¿Y dejamos a Andrea sola?

—Bueno, como quieras.

Antonio asintió con la cabeza. Se le estaba secando la boca. Observó a Carlos perderse tras la puerta automática y miró de refilón el servicio de señoras. Demasiado arriesgado. Se inclinó hacia Andrea para decirle algo al oído. Sus ojos centelleaban como una de esas bengalas con las que adornan las tartas en las bodas.

—Te has vuelto muy lanzado. No sé si hacemos bien.

— ¿A ti te apetece?

Andrea se volvió y le mordió el lóbulo de la oreja. Un enfermero cruzó empujando una camilla y se separaron. Antonio notó que una erección se abría paso incontenible y acercó la mano de su amiga, que esta vez se dejó llevar.

—Somos malos—rió. Y una sombra anaranjada, como el reflejo de un fuego, le veló el rostro.

Se adentraron en el hospital. Una puerta abierta les condujo a una habitación que parecía un almacén. Echaron el pestillo. Se abalanzaron el uno sobre el otro. Fue todo muy rápido, un tornado de pasión no resuelta, frustrada años atrás. Al acabar se quedaron resollando, abrazados. Andrea se limpió con una bata la descarga que le chorreaba por la pierna y se subió las bragas. Rieron, pensando en el médico o enfermero cuando echara mano de la prenda.

—Andrea, tenemos que vernos otra vez…

—Calla, no vayas tan rápido, déjame pensar. Manuel no es tonto, se va a dar cuenta.

Andrea salió en primer lugar. El sofoco había encarnado sus mejillas. Caminaba rápido y miraba al suelo. Antonio la observaba por la rendija de la puerta, esperando su turno para salir. Ninguno de los dos se percató de la erosión morada de su cuello, ni del enfermero que les observaba atónito al otro lado del pasillo, empujando la silla de ruedas de Manuel.

 

Roberto Volandri

La forja del (idioma) español

 

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor del semanario de artes y humanidades “Las nueve musas”.

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana “palabra sobre palabra”.

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog “Ángel González – poeta”, homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de “MEMORIA 2012” (Editorial Círculo Rojo), “El viaje” (2013) Editorial círculo Rojo, “La gramática de las cigarras” (2014) Editorial Círculo Rojo. “En este banco” (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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