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Las nueve musas
Beato de San de Millán
Revista Las nueve musas » Una aproximación a las lenguas romances

Una aproximación a las lenguas romances

Las lenguas romances, también llamadas románicas o neolatinas, son las lenguas que se formaron en la mayoría de los países dominados por Roma una vez que el Imperio dejó de dar leyes y de imponer su voluntad a los pueblos conquistados.

Intentaremos dar aquí una aproximación a este tema que, en tanto hablantes del español, nos concierne por completo.   

  1. Juramentos de Estrasburgo
    Juramentos de Estrasburgo

    Del sermo rusticus a los Juramentos de Estrasburgo

Tras la caída del Imperio romano, la lengua latina no solo había desterrado casi totalmente los idiomas originarios de las tierras ocupadas, sino que también había sabido conservarse intacta a pesar de las continuas invasiones bárbaras. Así, el idioma del Lacio siguió hablándose en todos los países romanizados, aunque no en la forma clásica que nos ha llegado a través de los textos literarios, sino en una forma denominada sermo rusticus o lingua romana rustica, que no era otra que el latín vulgar.[1]

Las lenguas romances, pues, nacieron del latín vulgar; sin embargo, la falta de textos que acrediten su evolución nos impide determinar cómo se fueron formando. Los documentos más antiguos que se conocen en lenguas romances no son anteriores al año 842 (fecha de los Juramentos de Estrasburgo)[2]. Pero esto no significa que las lenguas romances no existieran con anterioridad; de hecho, en textos latinos más antiguos se encuentran esparcidos no solo vocablos, sino giros de evidente cuño romance. Con todo, más allá de que los textos y documentos de la Edad Media se hayan escrito en latín, es difícil precisar el momento en que nacieron los romances.

 Se calcula que el comienzo de las naciones románicas tuvo lugar aproximadamente en el año 600, es decir, en el período en el cual empezaron a aparecer los Estados independientes. No obstante, la casi absoluta falta de conocimiento de las lenguas vernáculas de ese tiempo impide determinar cuándo tuvo lugar el paso del latín vulgar a las lenguas romances, sobre todo, si se tiene en cuenta que no siempre existe una correspondencia entre nación y lengua. 

  1. Formación de las lenguas romances

Todo indica que las lenguas romances se formaron por evolución lenta, la cual seguramente se realizó siguiendo unas leyes fonéticas rígidas, pero no simultáneas, y que, sin duda, no fueron las mismas en todos los idiomas que integran esta particular rama del tronco indoeuropeo.

A grandes rasgos, se han podido establecer los siguientes períodos:

  1. Hasta el 600, aproximadamente, época en la cual el latín literario se hablaba aún entre la gente culta, aunque en extensión cada vez más reducida; de esta época se conservan voces populares que presuponen el paso del latín clásico a las lenguas romances.[3]
  2. Hasta muy entrado el siglo VIII, es decir, hasta la época en que Carlomagno dio nuevo impulso a los estudios clásicos y en que se habló en la corte y en los centros docentes una lengua que trataba de aproximarse a la de los grandes textos literarios.
  3. El siglo XII, cuando comienzan en Francia las traducciones con su multitud de latinismos literarios. Este período llega a su apogeo en la época del humanismo, con una extensa latinización de las lenguas romances. De esta última época proceden en su mayoría las llamadas voces cultas. Muchas de ellas, las llamadas semicultas, dan indicios de mayor antigüedad, porque, si siguen las leyes fonéticas posteriores a su introducción en el habla romance, no hacen lo propio en lo tocante a las anteriores. En la transformación de estos vocablos, por lo general, la terminación sigue dichas leyes, pero la raíz conserva un sello más latino. Esto ayuda muchas veces a fijar la antigüedad de aquellas.[4]
Carlomagno
Carlomagno

Se plantea ahora el problema de cómo pudo llegarse a la diversificación en un número tan importante de idiomas y dialectos. Esta cuestión, desde luego, plantea los mismos problemas que presentan el origen y desarrollo de las lenguas en general y, por lo tanto, hay que proceder por hipótesis basadas en datos más o menos concretos. A continuación, intentaremos esbozar una de ellas.

  1. Una hipótesis sobre el problema de la diversificación

 No es aventurado suponer, como una de las razones que explican la diversificación, que, dada la gran extensión del Imperio romano, con su diferencia de pueblos y de razas, el latín vulgar impuesto por los dominadores debió ya de estar muy lejos de la uniformidad; de hecho, los escritores latinos hacen algunas referencias a voces peculiares de tal o cual región. Si hoy en día no parece viable confundir a un madrileño con un granadino, a un parisiense con un marsellés, a un milanés con un napolitano, etc., piénsese en las diferencias que en aquellos tiempos debieron existir entre un galo y un dacio, por ejemplo, aunque todos hablaran el mismo sermo rusticus.

De esto se infiere que en la diversificación debió influir el idioma vernáculo de cada uno de los pueblos sometidos, no solo en cuanto a las palabras aportadas a la lengua de los conquistadores, sino también en cuanto a su fonética particular. No obstante, hay que evitar exagerar estas influencias; en principio, por el desconocimiento casi o totalmente absoluto de buena parte de las lenguas de sustrato.[5] Por ejemplo, hace mucho que se sabe que el íbero primitivo carecía del sonido f, y durante mucho tiempo se atribuyó a este fenómeno lingüístico la transformación de la f latina en h (de fémina a hembra); sin embargo, como puede demostrarse que dicho cambio es relativamente tardío (fémina dio primero fembra) y que en circunstancias determinadas se conservó la f, no puede asegurarse una influencia tan lejana ni puede desecharse la posibilidad de que la transición se haya realizado espontáneamente.

Hay que admitir, por consiguiente, que el mismo latín vulgar llevaba en sí los fermentos de su evolución. Hoy mismo, cuando disponemos de lenguas perfectamente formadas, podemos observar casi a diario cambios fonéticos, muchas veces regidos por la analogía. Pues algo análogo debió de ocurrirles a las lenguas romances en su origen.[6]

La clasificación generalmente aceptada de las lenguas romances es la siguiente, de este a oeste: rumano, italiano, retorromano o ladino, provenzal, francés, español y portugués. Estos idiomas, salvo el retorromano que se habla en el Friul, en el sudeste de Suiza y en el Tirol, son peculiares de los países respectivos, aunque los límites políticos y los lingüísticos a menudo distan de coincidir.[7] Así, en España se hablan el gallego y el catalán, además del vasco (que no es romance), al lado del español propiamente dicho o castellano; en Francia se hablan el francés y el provenzal; en Italia, el sardo (de Cerdeña). Cada una de estas lenguas, a su vez, se subdividen en varios dialectos.


[1] El latín vulgar no debe confundirse con el latín decadente del Imperio ni con el bajo latín de la Edad Media, ya que estos representan una corrupción del latín clásico, aunque se asemejan a él morfológica y ortográficamente; en cambio, el latín vulgar, que es incluso anterior al clásico, convivió siempre con el latín clásico hasta que, roto el nexo a partir de la desmembración del Imperio, cada una de sus regiones emprendió distintos caminos idiomáticos.

[2] Los Juramentos de Estrasburgo son unos documentos firmados entre Carlos el Calvo y Luis el Germánico (ambos nietos de Carlomagno) en contra de su hermano Lotario, cuya redacción (al menos, la de una de sus copias) fue hecha en una lengua romance hablada en Francia que ya era muy distinta del latín. Se considera que este texto, tal como ocurre en nuestro español con las Glosas Emilianenses, supone el nacimiento de la lengua francesa.

[3] La coexistencia del latín literario y del hablado, además de estar acreditada por pruebas incuestionables (textos de gramáticos, inscripciones, etc.), se demuestra por la lingüística comparada. El castellano esperanza, francés espérance (junto a espoir), italiano speranza (junto a speme), portugués sperança muestran con su unanimidad la existencia del latino sperantia (popular), junto al spes clásico. Podrían multiplicarse los ejemplos, pero basta con el citado. Y la coexistencia no es de extrañar, pues hoy la vemos también en el griego moderno, que es uno en la boca del pueblo y otro en los documentos y los periódicos.

[4] Véase José Manuel Fradejas Rueda. ‘Las lenguas románicas‘, Madrid, Arco Libros, 2010.

[5] Véase Frederick H. Jungemann. La teoría del sustrato y los dialectos hispano-romances y gascones, Madrid, Gredos, 1955.

[6] Es importante agregar que el latín disponía de muchos sinónimos para expresar una misma idea, o de vocablos de varias acepciones, y unos u otros se utilizaban en los distintos lugares donde se transformaba el latín. Por ejemplo, el verbo preguntar podía decirse demandare, interrogare, percontare, quaerere, etc.; junto a caput existían testa y capitia, que dieron: en italiano, capo; en italiano y español., testa; en francés, tète, y en español y portugués, cabeza.

[7] Véase Walther von Wartburg. ‘ La fragmentación lingüística de la Romania‘, Madrid, Gredos, 1992.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cuatro libros de poesía publicados:
"Por todo sol, la sed", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
"La gratuidad de la amenaza", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
"Íngrimo e insular", Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
"La ciudad con Laura", Sediento Editores (México, 2012);
"Elucubraciones de un 'flâneur'", Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, "Leer al surrealismo", fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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