Las nueve musas
Vampiro
MENCIÓN ESPECIAL PREMIO HELICÓN DE LAS ARTES 2018
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Un nuevo vampiro en El retrato de Dorian Gray

Estudio del Arte como representación del Neovampirismo en la novela de Oscar Wilde

La imagen del no-muerto en la literatura es algo reciente si se le compara con su existencia en el folklore popular y la mitología mesopotámica, hebrea, griega o latina, criterio que no niega las constantes y rápidas mutaciones que el vampiro ha sufrido al pasar de los años, como producto de un proceso de acumulación y trasformación en el que algunos de los atributos de los monstruos primitivos pueden subsistir en comunión con los nuevos o desaparecer paulatinamente.

El retrato de Dorian GrayEl profesor universitario cubano José Miguel Sardiñas (2010) posiciona en dos grupos a los vampiros, según el modus operandi por el que actúan, a saber, el cruento o sangriento, que es el tradicional y más conocido (en el que clasifican también los vampiros animales); y el sublimado, que acaba por producir el mismo efecto que el anterior (la  muerte por transferencia de la vitalidad a otro ser), pero en el que no siempre el medio por el que absorbe la energía vital es la sangre, fuerte carga de primitivismo.

Si se tiene en cuenta la clasificación de Sardiñas, la más extraña y quizás más abstracta metamorfosis en el vampirismo se encuentra en la novela El retrato de Dorian Gray del escritor británico Oscar Wilde. Sin referirse explícitamente a la cuestión y ni siquiera conceptualizar la figura del vampiro, Wilde reconoce en el Arte a dicho monstruo. Por supuesto, el Arte como metáfora del vampiro no adopta todas las características que tradicionalmente se han reconocido en el no-muerto.

Lejos de resultar una forma común para el tratamiento del sujeto vampírico, muy pocas veces se ha manifestado la relación del no-vivo con el Arte en el ámbito literario. Sardiñas ha mencionado, como ejemplo de lo anterior, al cuento La Granja Blanca (1900) de Clemente Palma y El vampiro (1927), de Horacio Quiroga.

La Granja Blanca narra los fatídicos momentos vividos por un matrimonio poco tiempo después de la boda. Cordelia, personaje protagónico femenino, una vez mudada a la granja, comienza a pintar su autorretrato. La descripción posterior de Cordelia coincide con la de la víctima de un vampiro: sale pálida, agotada, melancólica del lugar en el que se dedica a terminar el cuadro, que lava absorbiendo poco a poco hasta que sea terminado, momento en el que el vampirismo aflora al nivel del lenguaje.

Más adelante y refiriéndose al propio cuento, Sardiñas indica que:

El vampirismo, el satanismo y el tipo de mujer fatal o seductora diabólica son deslizados con la suavidad y discreción de una aparente hipérbole.  Y encontramos de nuevo cierta indefinición, no solo en la figura del vampiro, que parece realizarse en más de una entidad textual, sino también entre las entidades del vampiro y la víctima, o más bien un intercambio de roles que acaso esté determinado por el lugar del tema entre otros en este texto, y obviamente por su función instrumental al servicio de un efecto de crueldad. (p. 172)

Del mismo modo sucede en la novela El retrato de Dorian Gray, donde la identidad del vampiro se pierde en la confusión y la relación entre quien absorbe la vida y quien la entrega se difumina hasta tornarse casi indescifrable.

Neovampirismo en El Retrato de Dorian Gray

Demostrar el carácter del arte como vampiro en la novela El retrato de Dorian Gray no es tarea fácil. Primeramente porque nunca se ha aludido claramente a ello en ninguna otra investigación, salvo en aquellas[1] en las que se identifica al arte como una actividad de carácter espectral.

No obstante, el presente trabajo parte de dicha hipótesis pues considera que, a pesar de que sea discutible su inclusión en el llamado genus vampiricum, existen rasgos en la novela que la justifican y la apoyan, tales como el espacio narrativo (tradicionalmente mansiones góticas, ambientes de tensión y horror, frío, oscuridad), la belleza como alimento fundamental (de manera particular en esta obra) y la eternización de la vida (la vida eterna como recompensa por la venta del alma) como característica de la existencia del vampiro.

Todas y cada una de dichas características adoptan en El retrato de Dorian Gray formas diferentes y muy originales, cada una de las cuales se analizarán a continuación.

Generalmente el ambiente en el que se desarrolla el vampiro se caracteriza por la oscuridad, el horror y el frío. La tradición marca que el espacio físico sea identificado con castillos y mansiones góticas; que la tensión y el horror reinen en todo el relato. Con todo, en El retrato de Dorian Gray se acude a una forma diferente para describir el espacio narrativo, que esté a la altura del arte devenido vampiro.

oscar wilde
Oscar Wilde

Congruente en sus concepciones, Oscar Wilde no deja que su escritura se envilezca o se torne común al reflejar la realidad más inmediata. El autor recurre al refinamiento del lenguaje, a la fastuosidad, al preciosismo más encumbrado del espacio narrativo y al artificio de los personajes para dejar que su vampiro actúe. Y qué mejor que una atmósfera fastuosa para que el arte no se pervierta con el entorno (fealdad) de la vida; un espacio en el que los “divanes de alforjas persas” y “las largas cortinas de seda” (p. 18) dominan la escena. He aquí un ejemplo tipo en el que incluso las palabras empleadas desprenden grandilocuencia:

Habitación exquisita en su género, con un sócalo alto de roble ahumado, friso de color crema y techo con molduras de estuco, y la alfombra de fieltro color ladrillo, sembrada de sedosos tapices de Persia de largos flecos. Sobre una preciosa mesita de palo áloe se levantaba una estatuilla de Clodion, y junto a ella un ejemplar de Les Cente Nouvelles, encuadernado para Margarita de Valois por Clovis Eve, y salpicado de aquellas margaritas de oro que la reina eligiera para divisa suya.  Unos cuantos tibores de porcelana azul y algunos abigarrados tulipanes adornaban la chimenea. A través de los vidrios emplomados de la ventana entraba la luz color de albérchigo de un día de estío londinense. (p. 78)

Así se introduce al lector el ambiente en el que se desarrollarán las acciones y lo fantasmagórico será tópico recurrente en las acciones de la novela. Tal es el caso del tratamiento del doble o la alteridad que adquiere una significación muy particular, porque, al decir de Garrandés (2016), Wilde “subraya el carácter corruptor de la belleza sin dejar de ensalzarla” (p. 30). 

En efecto, la acción transcurre en el Londres victoriano, aparentemente casto, y se basa en las rivalidades de un triángulo amoroso poco común: el que conforman Lord Henry Wotton, joven aristócrata, cínico, provocador y conocedor de los placeres de la vida; el pintor Basil Hallward y el protagonista Dorian Gray. Así el primero como el segundo se sienten enamorados de la belleza de Dorian, atraídos hasta la exageración por lo agraciado de su rostro y de sus maneras y que incluso puede pensarse que ese amor (particularmente el sentido por Basil) tiene dimensión homosexual, pues las paulatinas desapariciones de este último se producen para aliviar sus deseos.

Por su parte, Dorian llega a depender de las enseñanzas de Lord Henry para poder subsistir ante el hecho de saber que su agraciado rostro no lo será más al sucederse los años. De ahí que muchos distingan a Lord Henry como el demonio al que el protagonista le vende el alma, pues escucha ciegamente sus ideas y las lleva a su vida.

Sin embargo, el desenvolvimiento de la historia develará que las intenciones de Lord Henry se dirigen a satisfacer sus propios deseos. Ya su vida no vale nada y no espera que nada le conmueva, y para su suerte encuentra en Dorian Gray la pasión perdida, por lo que busca en él vivir sus propios placeres, se admira por haber hecho de Dorian lo que es y se deleita con su creación. 

Lo anteriormente expuesto parece ser apoyado por las palabras de la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Natalia González de la Llana Fernández, cuando arguye que Lord Henry Wotton “no es un diablo, no es un adversario y no es ni siquiera con quien el protagonista realiza el pacto por el que llega a la transgresión (p. 133). Es un corruptor que utiliza la palabra como su arma, es un esteta, un ser que posa constantemente, un hedonista.

VampiroLa sutileza con la que Wilde introduce el carácter espectral de la novela resulta inmensa. Claro, un lector avezado podrá percatarse desde el inicio que no son fortuitos ni el misterio de las palabras de Basil al referirse a Dorian (al iniciar el libro) ni la sensación que sintió hacia este la primera vez que lo vio. Sin embargo, el lector, aunque cauto y precavido, cae inevitablemente en la sorpresa, seguida del horror, del asco y la incertidumbre de un desenlace perturbador que se prolongará más allá de la experiencia lectora y se instaurará en la psique humana. 

Me volví a medias, y vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí que me ponía pálido. Un extraño sentimiento de terror se apoderó de mí. Comprendí que me hallaba frente a alguien cuya simple personalidad física era tan fascinadora que, si me abandonaba, absorbería por completo mi vida, mi alma, mi arte mismo. Y yo no quería influencia externa alguna en mi existencia. (p. 25)

Aquí las frases finales del pintor resultan cruciales para comprender la importancia que poseerá la belleza como manifestación física del Arte durante toda la novela. Porque El retrato de Dorian Gray termina siendo una oda a la juventud eterna y a los placeres de la vida.

El sino inevitable y terrífico que constituirá el desenlace de la historia también se insinúa desde el génesis de esta. Pues tal y como el pintor refiere:

Te estoy diciendo la verdad. En toda preeminencia, física o intelectual, hay una especie de fatalidad: esa fatalidad que parece seguir la pista, a través de la historia, de los pasos vacilantes de los reyes. Es mejor no diferenciarse demasiado de los demás. Los feos y los necios tienen la mejor parte en este mundo. Pueden sentarse a sus anchas y bostezar ante la farsa. Y si nada sabe de la victoria, tampoco tienen conocimiento de la derrota. Viven como todos deberíamos vivir: tranquilos, indiferentes y sin sacudidas. Ni llevan la ruina a los demás, ni la reciben de manos ajenas. Tú, con tu posición y tu riqueza, Harry; yo, con mi talento, con mi arte, valga mucho o poco; Dorian Gray, con su belleza, todos tendremos que sufrir por aquello que los dioses nos han concedido, y sufriremos terriblemente. (p. 21)

Pero, el momento exacto en el que queda explícita la primera referencia a la esencia vampírica del Arte, resulta cuando Dorian Gray expresa:

Tengo celos que todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de ese retrato que has pintado. ¿Por qué tiene él que conservar lo que yo tengo que perder? Cada momento que pasa me quita algo a mí para dárselo a él. (p. 53)

La segunda cuestión que apoya la hipótesis que pretende demostrarse, corresponde al alimento del arte-vampiro en la novela. En ningún momento se alude a la pérdida de a vitalidad por absorción de sangre, aunque sí existe una referencia clara a la transferencia de la vitalidad de Dorian a otro ser (su otro yo, su alma): el cuadro que le pintara Basil Hallward y metáfora del vampiro.

Una vez se conocen personalmente, Lord Henry envenena a Dorian Gray con sus hedonistas reflexiones sobre la vida, y este último, víctima de dichas elucubraciones, es consciente de que su preciosidad se desvanecerá, de que la morada de su alma se irá corrompiendo poco a poco y sin belleza y juventud nada tendrá sentido. 

Cada impulso que luchamos por estrangular, germina en el espíritu y nos envenena. El cuerpo peca una vez, y acaba con su pecado, pues la acción es una especie de purificación. Nada queda entonces, excepto el recuerdo de un placer, o la voluptuosidad de un arrepentimiento. El único medio de liberarse de una tentación en ceder a ella. (p. 42)

Influenciado por dichas concepciones, Dorian anhela permanecer bello para siempre y por ello, también, comienza a odiar el cuadro, porque una obra de arte sí tiene el poder de mantenerse inalterable en el tiempo. Es en ese momento cuando Dorian invoca a una fuerza desconocida, haciendo una especie de “pacto fáustico”, esta vez en favor de la belleza y del Arte (pero sin que aparezca en la escena ningún diablo visible) por el cual se intercambian el retrato y él, o mejor, por el cual su alma se traspasa a la pintura.

A partir de este momento en que el personaje pasará de la inocencia a la culpa, produciéndose una curiosa contradicción: vivirá eternamente joven pero eternamente condenado, vivirá una vida de pasión absoluta sin ningún límite o moral que le frene, inalterablemente joven, bello y eterno (como si él mismo fuera una obra de arte) mientras que su retrato envejece. Su imagen retratada será la que recibe el desgaste del pecado y la perversión a la que su cuerpo es sometido, entregándose a todo tipo de placeres. Y así el retrato que antes representaba su espléndida belleza pasa a representar ahora la fealdad de su alma.

El tema que se introduce desde el comienzo de la historia pero que se perfila y perfecciona en el exacto momento en que Dorian aprehende el hecho de la finitud de la belleza, no es más que la trascendencia del Arte allende la vida. La vida es fea e imperfecta. La naturaleza, al contrario es bella, pero imperfecta también. Incompleta. En ella existen oquedades que pueden irradiar nuevos colores y formas. Pero que precisan del cincel del Arte para revelar la rapsodia de una nueva belleza.

Así, al igual que el Arte perfecciona la naturaleza mediante la fantasía y la mentira, Dorian Gray ve reflejada el ideal de su belleza en el retrato que le hace Basil y, al no querer perder “sus labios rojos, deliciosamente moldeados, y sus ojos azules e ingenuos y sus rizos de oro” (p. 38), firma, palabras mediante, el funesto pacto y pierde el alma.

Dorian Gray
Dorian Gray por Gerwell

Cuando Dorian Gray comienza a vivir según los preceptos que Lord Henry le inculcó, en la novela se crea la falsa ilusión, mediante la indefinición del sujeto vampírico, que Dorian Gray encarna al no-muerto, pues es él quien rubrica el trato demoníaco, vende su alma y adquiere un beneficio: la juventud eterna. Él encarna lo inmoral, lo no permitido, lo impensado de lo impensado. Sin embargo, cabría preguntarse ¿cuál es su alimento? ¿Acaso la satisfacción de su hedonista existencia? No. No existe tal alimento, porque Dorian Gray es una víctima, una víctima de la estricta época, del Arte metamorfoseada en la pintura.

La obra resulta, entonces, alegoría de la vida del autor, quien, no pudiendo vivir como desea, hace de la escritura (Arte) su aliciente, porque como él mismo afirmara, “Dorian es lo que me gustaría ser”. Y vivir de un ideal, añorarlo, es, simplemente, el alimento de ese vampiro que para Wilde resulta el Arte.

De la misma manera que Dorian es víctima del Arte, de esa búsqueda de la belleza en una realidad depauperada, Basil sufre por la misma razón. El hecho de que este sienta que sería absorbido por la fascinadora personalidad de Dorian Gray, alude, sin dudas, a la forma primaria de alimentación del Arte-vampiro. Y tanto ha calado ese extraño sentimiento en el alma del artista que no duda en expresar que “no me sería posible vivir tranquilo si no lo viese (a Dorian Grey) todos los días. Me es completamente indispensable” (p. 29).

Y no es que Basil haya abandonado su Arte, cosa que sería una vergüenza imperdonable, sino que Dorian la encarna, porque es mucho más que un modelo.

No quiere decir que esté descontento de mi trabajo, ni que su belleza sea tal, que el arte no pueda expresarla. No hay nada que el arte no pueda expresar (…). Pero, en cierto modo –no sé si me comprenderás-, su personalidad me ha sugerido otra manera de arte, una modalidad de estilo completamente nueva.

En este punto Basil manifiesta la dependencia que siente hacia la belleza de Dorian, en tanto en cuanto la necesita para poder perfeccionar su Arte, para vivir de esta y así, ser consumido por dicha necesidad, pues el trágico final de su vida lo abala.

Y tal como el propio Oscar Wilde aclara: “todo exceso como toda renunciación trae consigo su castigo” (s.f.; como se citó en Baeza, 2000; p. 5). El pintor Basil Hallward, que adora demasiado la belleza física, como la mayoría de los pintores, muere por mano de aquel en cuya alma ha despertado una soberbia absurda y monstruosa.

En el caso de Lord Henry, el castigo se da produce por defecto. Como ya se mencionó anteriormente, la atracción de este por la preciosura de Dorian no es menor a la sentida por Basil. Sin embargo, los objetivos que Henry persigue se dirigen más a la satisfacción de necesidades a través del protagonista. En efecto, el señor Wotton trata de ser simplemente un espectador de la vida, y encuentra que aquellos que esquivan la lucha quedan peor heridos que los que toman parte en ella.

Ante esa realidad despierta Lord Henry cuando ya no puede hacer nada. Comprende, como mismo lo hiciera Wilde que solo mediante el Arte puede llegarse a la perfección. Únicamente gracias al Arte el hombre puede defenderse de los peligros que lo amenazan en la existencia real. Por supuesto, el purgar su alma de las tribulaciones de este mundo tendrá un precio elevado. De esta manera, Lord Henry es solamente un hombre que fracasa tanto en su vida personal como en el intento de crear una existencia bella en la figura de Dorian Gray.

Como es de suponer, el tema del alimento del vampiro halla continuidad en El retrato de Dorian Gray. Claramente puede entenderse en el caso de Dorian. Como ya se expresó con anterioridad, este entrega su consciencia, su propia alma para trasgredir el curso natural de los días y permanecer joven, en una especie de oda al narcisismo que terminará matándolo. Por ello aclara que no quiere estar a merced de sus emociones, sino que quiere experimentarlas, gozarlas y dominarlas. Este es el tipo de vida que busca en las afueras de Londres, en los fumadores de opio, en la realidad que ahora le rodea.

Pero esa misma realidad una vez odiada, es la que ahora le complace, lo único a lo que puede acudir. Y el cuadro se lo recuerda constantemente. Su paulatina pudrición le hace rememorar que su vida no vale nada, que no tiene recuerdos gratos ligados a la belleza, sino a la fealdad de una sociedad en la que se inmiscuyó y que invita a explorar el mal que habita en sus cimientes.

Para cuando Dorian advierte que la vida está venciendo al Arte, “que predomina y arroja al Arte al desierto”, tal como dijera Wilde en , ya resulta demasiado tarde y solo queda una solución.

Por lo que Dorian Gray, después de haber recorrido el mundo con el único fin de atrapar la magia de los instantes, decide destruir su horrenda imagen, ya que “su sola existencia le atormenta por las noches, aporta la melancolía a sus pasiones. Su simple recuerdo le echa a perder muchos momentos de alegría”.

Ya desde el asesinato de Basil se adelanta el trágico final. En un primer momento este acto alude a la necesidad de Dorian de acabar con el bien, pues destruye a un hombre que reza y que le pide que lo haga junto a él. Por otra parte, supone un cambio en la trayectoria de Dorian, que empieza a perder la calma al contemplar tanta maldad, maldad que se ha vuelto insoportable para él mismo y de la que ya no es capaz de disfrutar. 

Sabe, pues, que el cuadro se ha convertido en su conciencia y quiere acabar con ella para ser libre por fin. En un intento de borrar su insano pasado, intenta volverse puro una vez más, pero sus nuevas acciones no son más que un intento de experimentar sensaciones diferentes, según le sugiere Lord Henry y le confirma después el cuadro.

Así que conscientemente lo destruye y comente el suicidio más sui generis de la historia de la literatura. El suicidio que hizo prevalecer al Arte para que esta trascienda la vida de las cosas y, en este caso, de la persona a la que refleja.

Y es que la inmortalidad de la carne (también relacionada fuertemente con la literatura vampírica) posee una connotación negativa en El retrato de Dorian Gray, pues más que un beneficio resulta una maldición y, pese a ello, el protagonista no ceja de inventar evasivas con que alejar la muerte para contrarrestar la fatalidad que le hace mortal. Porque la inmortalidad le resulta abominable: su cuerpo deberá trabajar sin descaso por los siglos de los siglos, acumulando errores, insatisfacciones.

Algo tan poderoso y deseado en el inicio, revela sus contradicciones al avanzar la historia: “after have lived every emotion, anger, desire, despair, joy, love, passion, sadness, sorrow, what is left? Only apathy and boredom, a killing sense of guilty due to bad choices you made in life” (Mihalachi, 2016; párr. 6).

La genialidad de Oscar Wilde radica en lograr que el Arte triunfe mediante la eliminación consciente de la vida, que finalmente comprende su lugar. La culminación de la novela no podía ser más creativa, más genial, porque resume en pocas ideas toda una concepción sobre la relación del artista, el Arte y la moral tal como la entendía y manifestaba Wilde en su vida y en su obra: la teoría del arte por el arte, que no puede ser juzgada desde un punto de vista ético y cuyo fin no es la verdad, sino la belleza.

Alejandro Gavilanes Pérez

MENCIÓN ESPECIAL PREMIO HELICÓN DE LAS ARTES 2018

Referencias bibliográficas

Garrandés, A. (2016). Diálogos con los muertos y otros ensayos. La Habana: Editorial Arte y Literatura.

Mihalachi, V. (4 de mayo del 2016). Concept of immortality in The Picture of Dorian Gray. [Medium]. 

Sardiñas, J.M. (2010). El cuento fantástico en Cuba y otros estudios. La Habana: Letras Cubanas.

  Wilde, O. (1891). El retrato de Dorian Gray

 [1] Se refiere al ensayo de Alberto Garrandés (2016), Por Dorian Gray.

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