Las nueve musas
concurso relato breve

Para quien esto me contó,

convencida de que yo ya lo había escrito.

 

Comenzaron siendo turnos inesperadamente tranquilos, sin veteranos inmutables con y sin razón ante sus repugnantes incontinencias, sin los sorpresivamente libidinosos, y sobre todo sin la vengativa frustración ante la enfermedad y el abandono que la cuota mensual pagada a las mutualistas por el servicio de acompañantes les permitía vaciar sobre nosotros, tratándonos como si fuéramos remeros de galeras. Los había conocido con genuina vocación de hijos de puta, comportándose según los símbolos heredados de un antiguo apellido de mucho dinero, aunque a veces ya venido a menos, o los impuestos por una profesión con la cual habían conseguido una sospechosa fortuna o un inmerecido prestigio. A veces ocurría que todo marchaba de maravilla hasta que llegaban los familiares, una prima latosa con opinión para todo, una hija que preguntaba frunciendo la nariz o torciendo la boca. Por supuesto que también conseguí gente agradable, pacientes locuaces que sabían dejar a un lado sus repentinas o persistentes desgracias; vidas simples o excepcionales recordadas sin aspavientos pero adornadas de detalles, de libros o filmes jamás olvidados, de un viaje, de un concierto de rock que por alguna razón se tornó imborrable.

Pero con él, aquella vez, nada que ver. El paciente perfecto, en verdad, porque jodía apenas y no había necesidad de forzar conversaciones, ya que era evidente que no las quería. Reacio incluso a mi inapelable interés contractual por las sondas y el horario de las medicinas, aunque fueran pocas y ya inútiles, a mi obligación de destapar frente a él las bandejas de comida, a romper el paquete que guardaba servilleta y cubiertos plásticos, esa terca insistencia hasta la tercera o cuarta cucharada de sopa llevada casi con rabia a la boca, o hasta que se decidía por el postre, acaso lo único amable de aquella dieta. En esa discreción concertada y libre de toda incomodidad, fue mutuo el agradecimiento por esas horas tranquilas tan sólo asediadas por enfermeros en busca de temperaturas y valores de presión. A partir de la infalible rutina, bien supe que no existiría mejor sitio desde donde ocuparme de mis cosas, o simplemente leer.

No había mucho que hacer con la poca vida que en él quedaba: ayudarlo a protegerse de las humillaciones que irremediablemente ofrecía su cuerpo demasiado roto, pero sobre todo cargarlo hasta el sofá frente al ventanal lateral de la habitación. Por allí, entre almohadas colocadas de manera que lo sostuvieran firme y a la debida altura, le pasaban las horas, mientras yo, sentado a sus espaldas, muy cerca de la puerta de la habitación, consumía por entero mi turno enfrascado en mis asuntos. Ambos mudos y quietos: yo apenas levantando la mirada al acercarse una hora precisa; él alzaba su brazo lentamente cuando le era necesario volver a la cama, cansado y adolorido.

Al parecer, esas cosas no ocurrían durante los otros turnos. En la agencia, una burócrata vocinglera, paladeando cada frase, dictó cátedra sobre el uso de la chata y las razones por las cuales a pacientes en esas condiciones se les negaban ciertos caprichos. Lo hizo como si yo fuera tarado o ya estuviera gagá. Entonces, con un regocijo malsano, buscó turnos en otros sitios mientras se explayaba en cada cláusula del insensato reglamento, justo antes de anunciarme las sanciones por las cuales el sueldo llegaría a fin de mes raquítico y todo comprometido. Una buena colega me advirtió que sólo durante mi turno él rechazaba la morfina. También por ella supe de la bronca armada. Creo que fue la única vez que tuve con él algo semejante a una conversación cuando a modo de bienvenida, un par de días después, dijera:

– Por tu culpa han sido los peores días de mi agonía.

Pero lo de la morfina era cosa seria. Con un movimiento tajante de su mano él exigía que no me acercara ni bien yo respondía al dolor que se notaba en el quejido ya imposible de guardar, en la respiración agitada o en su cuerpo de pronto doblado sobre el sofá. Entonces, en el vidrio de la ventana, el reflejo de su rostro demolido por el insistente ramalazo se transformaba de inmediato en el de una mirada severa imponiendo los límites, la obligación de no intervenir ante su derecho a no apretar el gatillo de la máquina a la cual siempre estaba conectado. Jamás lo hizo mientras estuvo sentado frente a la ventana. Yo me preguntaba las razones que le impedían buscar el blando sopor de la morfina; el médico tratante tampoco entendía. El tipo es cadáver, repetía, con la ruda franqueza que es característica cuando no hay enfermo ni parentela escuchando. Ya se daba por sentado, aunque el médico se cuidara de admitirlo, que el paciente conocía la clave de la máquina que podía ahorrarle aquella agonía. Los enfermeros no dejaban de darme la lata, ya que, al parecer, era yo el primero que debía proteger al hombre de tanto sufrimiento. A mí me tocaba alzar los hombros, no porque fuera indiferente, sino para que entendieran que no había dios capaz de obligarlo a inyectarse la morfina o a que regresara a la cama; además, no tenía por qué intervenir cuando él los echaba a las puteadas. También esperaban, siendo yo el favorito, que descubriera el oscuro secreto que explicara la ausencia de visitas, y especialmente su estoicismo; aquel que, según la arbitraria ilación en la estación de enfermería, ocultaba un juramento y tal vez hasta una insalvable necesidad de castigo.

Tampoco entendíamos por qué despreciaba la vista ofrecida por el amplio ventanal principal: el cielo limpio de otoño y los pedazos de mar detrás de la ciudad, el ferry atravesándolo cuatro veces al día, los pesados cargueros esperando con paciencia su turno para entrar al puerto. El sol en pleno rostro y tibia la piel. Yo me aproveché de su letargo para asomarme a la ventana a través de la cual él observaba sin descanso, y hasta ocupé el sofá donde se sentaba para reproducir la perspectiva: separado del nuestro por la calle angosta, un edificio de apartamentos cualquiera ofrecía muy poco con que distraerse. Recuerdo tan sólo la esquina del techo de un cuarto con una repugnante mancha de humedad, y el inesperado afiche de ACDC en el dormitorio de un adolescente. A una muchacha, cuyo rostro no vi, la juzgué hermosa por el cabello largo y lacio sobre sus pechos pequeños. No volví a verla. En el apartamento justo frente a nosotros las persianas estaban siempre abajo, y no pasaba luz a través de las varillas que en la parte superior de las cortinas quedaban algo separadas.

No aquella vez. Estaban todas subidas cuando, respondiendo a la señal habitual, me acerqué a él. En el instante en que deslizaba mi brazo derecho por detrás de sus piernas y la mano del otro agarraba con fuerza su axila, justo antes de alzarlo, bastó que yo desviara un poco la vista para saber que en la sala de aquel apartamento, a nuestra izquierda, había una persona. Debo haber frenado el impulso lo necesario para reconocer en aquella figura a un hombre, y también para que, ya en brazos, él reparara en mi interés. No necesité enfrentar su mirada para advertir que reprobaba la invasión de un espacio demasiado íntimo. O tal vez así me pareció cuando de golpe yo organizaba todo lo visto hasta entonces para entender el motivo por el cual él no dejaba de estar frente aquella ventana. Quizás hubiera bastado una pregunta para constatar, aun sin obtener respuesta, que el hombre al otro lado lo era, pero no encontré razones sino para esperar a que la morfina hiciera lo suyo y volver a la ventana.

El hombre de enfrente era más o menos de mi edad; grande, sin duda, a juzgar por la altura a la que quedaban sus rodillas mientras permanecía hundido y quieto en el amplio sofá en medio de la sala. En la penumbra, su rostro limpio era el de cualquiera, y era castaño el cabello y prolijamente recortado, cediendo terreno a una calvicie intrascendente. No soy bueno buscando parecidos, y nos los encontré observando al hombre que yacía en la cama. Por simple deformación profesional debió haber llamado mi atención la larga y esbelta figura al borde de la mesa ratona, en medio del juego de muebles de la sala, la cual no podía ser sino Masai. Las dos fotografías colgadas en el dormitorio, a mi izquierda, estaban obligadas a ser de Helmut Newton, pero podían guardar pinturas los marcos que veía de canto en el estrecho pasillo que separaba los dormitorios de la cocina y la sala-comedor. Allí, sobre una mesa consola con espejo, muy cerca de la puerta principal que se mostraba de frente, una figura parecida a un dragón, aunque bien podía tratarse de un águila de Schimmel, de madera y tallada a mano. Cuando quise darme cuenta el hombre ya no estaba en la sala, de repente a oscuras; y en el pasillo, la puerta batiente de la cocina acaso si osciló un par de veces antes que la luz también se apagara. En el dormitorio la oscuridad tardó un poco más en llegar. Entonces vi a todas las persianas bajar lentamente y a un tiempo, lo cual no pareció sorprenderme. Tampoco recuerdo que haya pensado en aquellas cortinas, mientras volvía a mi asiento, como un telón cayendo para cerrar el acto de alguna representación en curso. Esa analogía es posterior, infalible cada vez que recuerdo lo sucedido.

En todo caso, espiarlo se hizo costumbre, y se sucedían las pausas en lo que yo hacía cuando de repente saltaban ideas que valía la pena considerar. Por ellas fui obligado a buscar un nombre en el tablero del intercomunicador de aquel edificio, y di señas particulares al portero en mitad de una excusa más o menos verosímil; también deduje que en la administración de la clínica podrían hallarse respuestas: tal vez alguien recordaría, por extraño, si aquella habitación en el piso justo y la esquina precisa había sido solicitada por él de forma expresa al momento de internarse. Es una lástima que las madejas puedan ser desenredadas así de fácil solamente en las películas, donde responden sin preguntarse sobre la conveniencia o no de llamar a la policía.

En un principio creí que mi intromisión, si no era un deber, al menos respondía a un gesto piadoso: conseguir que el hombre de enfrente supiera que a pocos metros de su rutina él se moría. Al final no me atreví sino a seguir observando una vez escuchado el chasquido de la máquina, el largo suspiro lleno de alivio con el cual él aceptaba el refugio hondo que lo libraba de dolor y pensamientos; e incluso con él allí y bien despierto, para lo cual desplacé mi asiento lo necesario y con disimulo para abarcar buena parte de aquella sala y del pasillo en la entrada. Pero todo ocurría con tan pocas novedades que, al bajarse las persianas del otro lado, aquella curiosidad inútil fue motivo de reproches.

No obstante, vuelta a empezar, sin fijarme en las razones por las cuales me incluía en esa situación. Aceptándola sin más fue que quise para el hombre de enfrente un nombre: Álvaro o Walter no me parecieron adecuados, ya que casi todos en este país se llaman de esa manera, y nadie con el nombre de Matías tiene cuarenta años o más. Entre Rodrigo y Raúl, quise optar por el primero, pero tuve que reconocer que todos ellos tienen rostros macilentos, cubiertos por una barba bien poblada. Capricho insensato que pronto rechacé para que fuera al hombre de enfrente, a secas, a quien ambos viéramos  entrar luego de una jornada de trabajo, y, aún con corbata, vaciar de a poco una botella de tinto cómodamente instalado en la sala, atento a aquello que lo bañaba con un resplandor tembloroso y lleno de colores, respondiendo sin prisa a su teléfono celular de repente iluminado, ignorando o respondiendo las llamadas o mensajes. El hombre de enfrente atravesando el pasillo; el hombre de enfrente de vuelta pero sin entrar a la sala, apareciendo un rato después llevando un plato cubierto por una servilleta. Seguramente él, allí sentado, tan sólo lo observaba; probablemente él, que sabía hasta su nombre, no tenía, como yo, la necesidad de escoger entre tantos detalles posibles para completarlo: entre un juego de tenis en vivo o el informativo de las siete, si prefería los documentales a las películas, lo que gustaba prepararse para la cena. Seguramente la naturaleza de aquel entretenimiento no era la misma para ambos, si para él era un juego. Ante la muerte, hay quienes se acuerdan de Dios o ruegan por la continuidad de la conciencia; hay gente que no le teme a la nada en la nada y se prepara con la misma diligencia que pueden merecer el café con leche y los bizcochos de un desayuno cualquiera. No sé si son muchos o pocos los que, pensando en aquellos que se quedan, dejan en orden sus engorrosos asuntos materiales. Yo terminé suponiendo que él había acordado con la muerte un aplazamiento hasta que cayera el telón al final de alguna escena que, de no presenciarse, lastimaría el recuerdo de la vida que se le acababa; y quise pensar que el dolor soportado no era penitencia, sino tan sólo el precio que debía pagarse a la espera de su conclusión.

Por eso una noche dijo:

– Mañana será…

Y yo también fijé la mirada en la máquina, en la pantalla brillante mostrando la dosis prescripta, en el teclado desde el cual se modificaba.

Aquella tarde el hombre de enfrente había alterado su rutina, y de pie frente a la pared de la sala de cuyos muebles no tenía la menor pista, salvo de un televisor que obligatoriamente debía estar allí, colgado o sobre un pequeño aparador, lo vimos bailar o al menos seguir el compás de un sonido negado por la distancia y las ventanas cerradas, moviendo los brazos y la cabeza, los dedos de ambas manos que bruscamente se abrían o apuntaban. Y de inmediato yo imaginé por primera vez, o agrandé, aquel aparador, y quise que ocupara todo el muro, llegando incluso a tocar el techo. Añadí en un costado algunos libros, quizás pocos porque jamás lo habíamos visto leyendo, seguramente sobre viajes y cocina, de coctelería y también de arte, sobre impresionistas y fotógrafos. También distribuí no pocas figuras de piedra, madera y cerámica, tal vez fetiches americanos y africanos, ídolos ancestrales, una máscara tecali. Entonces, al otro lado del televisor, junto a un amplificador NAD 3130 y a un viejo tocadiscos Marantz, la colección de vinilos bien apretados en tres o cuatro estantes, los discos protegidos dentro fundas plásticas y transparentes, algunas ya opacas por el tiempo y la luz, dispuestos por orden alfabético y de acuerdo al género. Toda aquella imaginada utilería para hacerle escuchar y a su manera interpretar, me es imposible reconocer el origen de ese afán, la versión de Fanfarria para el Hombre Común de Emerson, Lake & Palmer, aunque luego tuviera que admitir, tras pensarlo un poco, que se podía ser igual de feliz con el primer movimiento de la Sinfonía “45,” K.73n de Mozart, o la primera pista del segundo lado del séptimo álbum de Grateful Dead.

Porque al tomar el hombre de enfrente su teléfono celular y dejarse caer de espaldas sobre el sofá, tras una pirueta chiquilina que lo hizo rebotar como en un trampolín de lona, yo supe que era feliz. Por el arrebato de sus dedos sobre el teclado del aparato, por el lenguaje de su cuerpo, vibrante, enseñando un entusiasmo desmedido para los mensajes que iban y venían. Ya cerrado el libro que leía, elaboré sin distracciones, intentando acercarme progresivamente, a partir de la minuciosa vigilancia de aquellos gestos, a las causas de su alegría. Sucesivamente, ella fue consecuencia de una lucrativa operación financiera cuidadosamente preparada, de una demanda colectiva admirablemente resuelta contra un estanciero que envenenaba aguas con glifosato; debida a un sencillo de Sex Pistols, del cual dicen que en el mundo quedan apenas tres copias, o a un pack strip de los Ojos de Buey a un precio inferior al del catálogo. Y por supuesto, a partir de una actitud por momentos candorosa, tanta felicidad podía haber brotado del intercambio de textos entre amantes, de un amor recién revelado y largamente esperado.

Claro estaba que la verdadera razón no importaba; tan sólo valía el eco de esa intuida felicidad en aquel que del otro lado observaba: borrosa dentro de la transparencia de la ventana, algo muy cercano a una sonrisa había conseguido imponerse al rostro devastado por la enfermedad, creciendo con ella la certidumbre del hombre de enfrente. Para alcanzarla, la jornada había sido agotadora, y bien consciente del resuello desquiciado y persistente con que él la había encajado, no pocas veces estuve tentado en mandar mi neutralidad al carajo y tomar por asalto la máquina. Recién hacia el final de la tarde él pudo aflojar sus hombros en el asiento y, al echar la cabeza hacia atrás, la respiración fue aplacando su ritmo. De todas maneras, yo no hubiera intervenido: sin duda, esa última oportunidad de participar de aquella vida e imaginarla plena era para él un desahogo, a pesar de un guiño triste al borde de su boca que acusaba la distancia entre los dos, al parecer insalvable. Tal vez, al observarla aun de esa manera, buscaba cerrar un viejo desengaño y brindar o conquistar una necesitada absolución. Frente a esa realidad, hacía días que yo me preguntaba qué más cabía esperar. Pero él seguía actuando como si lo esencial estuviera siempre más adelante, siempre por llegar.

Entonces esa noche dijo:

– Mañana será…

Y desde aquella certeza me pareció normal que, al día siguiente, mi inquietud fuera mayor que la suya. Incluso recuerdo el enojo que supo causarme un acontecimiento fortuito que amenazó con hacerme llegar tarde, el cual nada tenía que ver con las sanciones que la agencia podía aplicarme o con las amonestaciones de los enfermeros. Lleno de intriga fue que aproveché una oportunidad cualquiera para quedarme junto a él y hasta llegué a acercarme a la ventana. No pareció importarle, y en un momento de inevitable embarazo creo haber entendido, a partir de una mirada suya, que mi presencia a su lado era hasta alentada.

 Entonces ambos nos alegramos viendo al hombre de enfrente entrar al pasillo, cargando un par de maletas que dejó junto a la puerta principal; tomar de la mesa consola la pequeña libreta azul, ojearla sin prisa antes de que con su mano se ocultara en el interior de la chaqueta que llevaba puesta. Por costumbre, planeé enseguida para el hombre de enfrente un viaje de negocios o una oportunidad de trabajo en el extranjero. Imaginé una larga travesía hacia los brazos de alguien muy amado, lo cual concluía sin esfuerzo todo aquello que habíamos observado hasta entonces. Recuerdo haber preferido la trama alrededor de dos amantes que huyen para resguardar una pasión atrevida de una ira poderosa e intransigente, argumento que llené de adornos que aportaban poco y nada. Más importante fue creer que aquella partida no era ignorada, y que tras días de espera ese suceso tan próximo finalmente liberaba.

Pero de pronto todo tan raro, cualquier razonamiento como estorbando, la convicción de que al abrir la boca iban a faltar las palabras. Cuando la respiración de él comenzó a desbocarse, el hombre de enfrente llevaba rato paralizado en el pasillo, un tiempo suficientemente largo como para creer que algo o alguien retrasaba deliberadamente la partida. Creo haber ignorado aquel jadeo frenético; no sé si yo miraba cuando el hombre de enfrente volteó hacia la puerta y terminó agachándose, o si esa acción fue sembrada en mi mente para entender de dónde provenía la nota que de pronto tuvo en sus manos, aquella cuyo peso doblaba su cuerpo mientras era leída. Juro haber visto el destello de la lágrima que cayó en ella, y el aturdido rostro del hombre de enfrente perdiéndose más allá de su reflejo en el espejo de la mesa consola, arrasado por el llanto.

Sólo mucho después pensé en esa nota como un acto lleno de maldad y cobardía. Con el primer quejido que escuché a mis espaldas, el hombre de enfrente, vencido, arrastraba despacio los pies hacia la sala, absorto en el teléfono celular que llevaba entre sus manos, el cual cayó pesadamente al pasar junto a la mesa ratona, un poco antes que la nota hecha una bola arrugada. Atrás recrudecieron los lamentos. No puedo olvidar el pavor que abría de manera desmesurada aquellos ojos que no estaban dirigidos a mí; no recuerdo si aún me fijaba en ellos cuando crecía aquel murmullo que iba a terminar en un grito y en un sollozo desesperado.

– ¡Dile que conteste el teléfono, por favor! ¡Dile que lo agarre!

Yo ya había abierto la ventana. El hombre de enfrente mecía su cuerpo al borde de la suya, también abierta, y medio cuerpo quedaba en el vacío con cada vaivén. Lo vi inclinarlo un poco más, y estirar un brazo como queriendo tocar el abismo que lo llamaba. En ese momento yo también debo haber gritado: un alboroto con aleteo de palomas y vuelos de chingolos asustados, un transeúnte deteniendo en la calle su andar apurado, alguien asomándose por la ventana de un piso distante. Recién después debo haber visto, detrás del hombre de enfrente, la pantalla iluminada de su teléfono celular, el cual temblaba sobre la mesa ratona y se deslizaba hacia un borde. Arreciaron mis gritos y comencé a agitar los brazos. El ruido de una moto trepó hasta nosotros. Hubo odio en la mirada que el hombre de enfrente dirigió hacia mí y que sostuvo durante un tiempo interminable, y demasiada violencia cuando por fin giró su cuerpo, en el par de zancadas con las cuales alcanzó el teléfono. Pero toda su furia quedó de pronto detenida cuando el aparato se apoyó en su oreja. A mis espaldas, un susurro ininteligible se mezclaba con llanto, letanía que parecía alcanzar el otro lado y sacudir los hombros abatidos del hombre de enfrente. Y de repente el tiempo como estancado en un instante vacilante durante el cual esperé con inquietud su decisión desde un gesto o en la mirada. Era demasiado pronto y frágil el silencio cuando la habitación se llenó de enfermeros.

No fui yo quien dio explicaciones, a pesar de que un dedo admonitorio estuvo un buen rato agitándose muy cerca de mi rostro. No recuerdo las palabras que acompañaron a ese ademán persistente y vagas son las imágenes que tengo del forcejeo, aunque estoy seguro de no haber participado. Hubiera sido inútil: de alguna manera yo ya sabía que los enfermeros verían, al otro lado, un apartamento con las persianas abajo y sin luz que atravesara las varillas que en la parte superior de las cortinas quedaban algo separadas. Sólo yo, porque no creo que él, mientras lo llevaban a la cama casi con violencia y conseguían que la morfina entrara en su sangre, haya tenido oportunidad de por lo menos un atisbo, era capaz de observar lo que finalmente ocurría con el hombre de enfrente. Así él lo había dispuesto; para eso había sido yo convocado. Él estaba inconsciente cuando el guardia de seguridad puso apenas su mano contra mi espalda, poco después que todo terminara.

Me propuse visitarlo una vez apaciguados los ánimos, pero supe de su muerte cuando me llamaron de la agencia para despedirme. Lloré por no haber podido narrarle aquel acto final tan minuciosamente elaborado y aguardado; porque murió sin saber que en la mirada última y llena de tristeza del hombre de enfrente yo noté el rincón que guardaba algo de perdón y gratitud. Hubiera querido describirle también la lenta evolución de su mano hacia el adiós que finalmente ofreció. Aún me estremezco cuando recuerdo que no sé si todo aquello valió la pena, si fue suficiente para que él pudiera entregarse a la muerte sin otro dolor que el de su cuerpo maltrecho y demasiado cansado. Y sobre todo cuando recuerdo que él murió sin saber que, aquella vez, el hombre de enfrente no había saltado.

 D’Esparvieu

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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