Las nueve musas
Banquete en el templo de la ciudad de Deshnoke
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Tres tardes de banquete con Hugo Pitti. Descubrimiento del todo

El tres, ese número que representa un cúmulo casi imposible de expresar en el plano simbólico, me ronda, me da la certeza de que nadie como Aristóteles, ha explicado lo que es un todo con un principio tan simple y perfecto; algo que tiene un principio, un medio y un final, estas tres partes forman también el contenido del escrito que sin premeditación me han inspirado tres tardes con una obra de arte.

Un cuadro de gran formato (183,5 X 620 cm), un díptico —de nuevo el tres, la magia que hace que dos cosas se unan y se conviertan en una tercera, distinta, consumada y armoniosa—, óleo sobre tabla, fechado en el año 2002, obra del artista Hugo Pitti[1]. El nombre de la pintura es un convite: “Banquete en el templo de la ciudad de Deshnoke”.

El Principio 

Banquete en el templo de la ciudad de DeshnokeInvitada a la inauguración de la exposición “Paisaje-Identidad-Lenguaje”, muestra de la Colección de Arte de la Fundación CajaCanarias, para celebrar 30 años de la presencia de su Espacio Cultural en Tenerife, recorrí los salones entre escéptica y asombrada ante la dispar calidad de lo expuesto, pero agradecida por tener la oportunidad de disfrutar, en un lugar privilegiado, del trabajo de estos artistas canarios que han vivido, creado y expresado su arte desde su tierra.

Algunos de ellos son referentes locales o nacionales de disímiles movimientos y tendencias artísticas desde el siglo XX, pero sobre todo agradezco el descubrimiento de un artista y su obra: he regresado tres tardes a sentarme frente a este banquete, a participar de él, a interrogar a Hugo Pitti, mientras devoro lentamente sus rojos, su colorido idioma de mundo en declive. He preguntado mucho, pero Hugo Pitti ha respondido poco; trazos y más trazos, un mundo cóncavo unas veces, plano otras, lleno de pequeños mundos que se entrelazan y funden, donde me pierdo y del que resulta difícil volver —tres horas mirando atentamente o divagando, a veces suele ser lo mismo, tres horas, por prescripción médica, es mi tiempo posible—. Devoro este banquete como una cebolla blanca y crujiente, de muchas capas, —que a veces me hace llorar—, levanto algunas historias para mirar las que están debajo o detrás, dentro de otras o ligadas en su significado. Esta extraordinaria ingesta mental solo podía saldarse, compensarse y colocarse equilibradamente entre mis aprendizajes expresando mi gratitud, de la mejor forma que sé: escribiéndola.

Antes de adentrarme en el cuadro de Hugo Pitti quisiera mencionar algunas obras de las expuestas que me han parecido merecedoras de un especial comentario aparte.

José Dámaso. Sudario del 2001, (1974). Técnica mixta sobre lienzo 90 X 200 cm. Una espectacular “radiografía”, donde el ocre y el rojo crean un balance perfecto para contener lo poco de la vida que queda en la muerte, su continuidad en unas pequeñas alimañas que siguen consumiendo la inevitable podredumbre del cuerpo físico.

Maribel Nazco. Sin título, (1972), metal, 88,5 X 133 cm. La economía de recursos que consigue hacerse en un lenguaje propio con pocas líneas y colores. La sugerencia de unas voluptuosidades ambiguas, pero reveladoras, como punto de contacto entre un mundo que se sumerge en la sombra (margen inferior del cuadro), pero que a la vez se eleva hacia la luz (margen superior).

Francisco Bonnín. Sin título, Ca. 1949. Grafito sobre papel, 40 X 27 cm. Un pequeño dibujo de finísima elaboración, donde la profundidad se maneja de forma magistral, suavemente, y los detalles se trabajan con precisión. La obra, pequeña y discreta, monocromática, trasmite una sensación extrema de abandono y desolación.

El Medio

Solo a un grandísimo fabulador como Hugo Pitti se le ocurriría un cuadro tan demencial — ¿surrealista?—, como “Banquete en el templo de la ciudad de Deshnoke”.

El templo consagrado a la diosa Karni Mata, en la localidad de Deshnoke, a 30 km de Bikaner, en el Estado de Rajasthan, en la India, es uno de los sitios de adoración más singulares del mundo. Se conoce como el Templo de las Ratas porque en su interior viven a gusto un número indeterminado de estos roedores. Se cree que las ratas son reencarnaciones de Karni Mata y sus descendientes, especialmente las blancas (albinas), que se asocian con la buena suerte que tendrá quien consiga verlas. Sus discípulos y seguidores son considerados hombres santos del hinduismo.

Templo de las ratas en DeshnokeA ese templo, el artista lleva un sinfín de personajes reales y ficticios, diversos períodos de la historia de la humanidad, de la religión, de la mitología y de la ciencia en la vida reciente del hombre, añadiéndole toda clase de elementos de invención. Pero puede que también el artista nos plantee el proceso inverso: ¿ha traído el creador, el templo de las ratas, a un cuadro donde los hechos no suceden de forma lineal sino en un tiempo que discurre en paralelo, puesto que los invitados pertenecen a distintas épocas y lugares? Considerando que estos participan de un banquete muy concurrido, en un sitio habitado por ratas que son tratadas como divinidades y que reciben la adoración y la aceptación de los comensales, participando en cada momento del banquete, habría que aceptar que se concede un poder considerable a la ironía, una ironía amarga, que nunca se concreta en humor. Y solo la ironía, no como figura retórica, sino como hecho, podría legitimar semejante banquete y convertirlo en una reunión verosímil, en el entramado de historias mínimas que se mezclan y terminan formando la gran ficción que es la pintura con la que me he encontrado esas tres tardes.

Entramos de lleno en un plano que concierne casi a la entelequia, entendida en el lenguaje aristotélico como algo que es en sí mismo su propio fin y máxima expresión, algunas historias aparecen encapsuladas en espacios aparentemente apartados del resto, pero de inmediato compruebo que esa aparente distancia es una ilusión, nada dentro del cuadro se desvincula del resto; cuerdas que van de un lugar a otro conectando personajes e historias, volutas imprecisas que contienen varias historias, vientos que soplan desde los confines del cuadro sobre unas carabelas, manos que se apoyan o interactúan con los elementos de la historia con la que lindan, micromundos donde copas, platos y cubiertos tienen una función completamente alejada de la que suelen tener en una mesa común, sin embargo, el conjunto dentro del límite de la obra, se presenta como una única y definitiva verdad que cumple la finalidad circular del todo: esto existe por sí mismo y su objetivo es ser un universo en sí, retroalimentándose y separándose en su autonomía del resto de la existencia.  

Banquete en el templo de la ciudad de DeshnokeEl contenido total del cuadro aparece en el contexto de un mar muy especial que sirve de marco y trasfondo: un mar de lágrimas. El recurso del mar de lágrimas, tan manido en la literatura, aquí aparece en otro contexto creativo, donde no solo resulta asombroso y nuevo, sino también magnánimo; del mar salió todo lo que existe en nuestro mundo y en ese otro mundo que es la mesa del banquete, del mar de lágrimas que sale como una catarata de los ojos de un personaje en el que Hugo Pitti se reconoce y se recrea con toda intención, un camarero que además de servir la mesa es parte ella, parte de ese mundo opresivo, que en el cuadro se expresa superponiendo unas cosas, escenas o personajes sobre otros, los entrelazamientos, esa especie de horror vacui donde voy descubriendo mis propias lágrimas, mis propios miedos y pérdidas, en un paralelo perfecto, que no se toca nunca con el de Pitti, sino que se proyecta del otro lado como la imagen en un espejo deformado, y que se presenta como la única realidad posible. 

Al centro del cuadro aparece la creación del mundo, contenida en el principio de la historia bíblica; el árbol de la sabiduría del bien y el mal, tan aludido en el arte moderno, aquí se reduce a un adorno sobre la mesa del banquete, un florero con lirios, rodeado por la serpiente, antigua conocida que ofrece la manaza a una Eva lánguida, que no tiene pinta de ser la responsable de las desgracias de nadie, tampoco de Adán: él ya es desgraciado por su propia cuenta, está atado a una cadena que sale del propio jardín, detrás de la que se esconde en actitud asustadiza y apocada. Esta creación transgresora del mundo no solo se instala en el centro de la mesa, sino que irradia la tristeza por ese mar de lágrimas, sobre el que todo en el cuadro “flota”, el árbol de la sabiduría del bien y el mal, el árbol de Dios, ya no existe, se ha convertido en un florero que adorna el banquete, y aunque en forma de florero sigue ahí porque no conviene a los reunidos que desaparezca el pecado original, ese negocio tan lucrativo. Para más demencia, bajo ese árbol-florero de la creación, Hugo Pitti coloca el agujero de la madriguera por donde el conejo y Alicia entran —¿caen?—, hasta llegar al País de las Maravillas, y con el que también juega en otras partes de la obra. A menudo, visto como por un ojo que se instalara en alto, sobre  la mesa, me parece que todo el cuadro podría ser engullido por ese agujero, como dentro de un gran embudo, un agujero negro donde la curvatura espacio temporal produce la simultaneidad de hechos que ocurrieron en distintos momentos. Otras veces parece una amalgama de capas donde el límite de unas y otras, más que haberse perdido, parece que nunca hubiera existido.

Hechos reales y personajes significativos en la historia y en la ficción, concurren y comparten espacio: el descubrimiento de América, las guerras mundiales, la ascendencia de la iglesia católica, el rey y sus súbditos junto a la creación bíblica y la historia de Adán y Eva o la crucifixión de Cristo, encontramos los viajes por el espacio, esqueletos y momias, y trampas donde también son alcanzados los únicos seres que parecen ser libres en el cuadro: las ratas. Los poderosos, los conquistadores, los que gobiernan figuran junto a seres insignificantes, comunes, en medio del mar de lágrimas —donde algunos extienden sus brazos como pidiendo ayuda—,  junto con las fuerzas de la naturaleza, animales diversos que acompañan o completan a los humanos mimetizándose con ellos: animales con aspecto humano, humanos con características animales, especie de grifos inversos y transfigurados, creando la ambigüedad del ser incompleto y el vacío del cuerpo y el alma que solo se sostienen en esa apabullante amalgama, donde a pesar de aparecer en la estrechez del marco que es el cuadro en sí, cada uno está solo y su relación con el resto es meramente espacial, carente de emotividad, expresividad o vínculo, y esto incluye a los que se abrazan, tocan, o relacionan en cualquier forma.

Banquete en el templo de la ciudad de DeshnokeEntre esas historias que se concentran en los espacios mínimos del cuadro hay una particularmente desgarradora, yo he decidido llamarla Historia de los seres en el plato; a simple vista se diría que es otro plato del banquete que flota en el mar de lágrimas, sobre él encontramos a dos seres humanos anónimos e imprecisos, que podrían ser cualquiera, uno de los dos, arrodillado en el borde del plato observa el mar y de su ojos escapan lágrimas, el otro desparramado también en el borde del plato, exhausto —diría yo que vencido—, extiende una mano hacia el otro ser que mira al mar, dándole la espalda, ambos expresión de una soledad tan grande, separados por una amargura tan explícita, que a pesar de estar juntos en ese plato, están absolutamente solos con ellos mismos. En días distintos, en fotos distintas he mirado este punto, pequeño espacio del plato donde a mi juicio se concentra casi toda la fuerza emotiva del cuadro, el resto parece congelado en una contención llena de miedo, de espanto casi, que obliga a todos los incluidos a mantener la tensión de una vitalidad ineludible. He intentado hilar una historia para estos dos seres, y durante unos meses, siempre que vuelvo a ellos surge algún aspecto que cambia la historia o crea otra nueva, este paraje perdido en el mar de lágrimas de Hugo Pitti se diría que es simplemente inabarcable en su versatilidad de sugerencias; de ánimo desconsolador, encuentro en él una belleza dolorosa y lánguida, como la que alguna lenta enfermedad mortal deja en el rostros de las personas.  

El artista se desliza, sin falta, hacia otras propuestas a través de la presencia constante, pululante, de la infinidad de ratas, en variedad de tamaños, colores, formas, posturas, en la invariable intromisión, en acción imparable, las ratas tienen un carácter y un protagonismo brutales en cada milímetro del cuadro, superando con creces cualquier otra cosa representada en él, quién sabe por qué abundan esas ratas albinas símbolo de la buena suerte, como si convocaran una segunda oportunidad para este mundo. Las ratas del templo de Deshnoke son la piedra angular de un banquete que por momentos me parece que se hundirá en algún punto por la sobreabundancia y el exceso, dejando un vacío de color naranja, estridente y opresor como el cuadro mismo.

Todo lo descrito, es cruzado en varios puntos por lo que he decidido llamar Fantasmas magníficos (aves, otros animales, e incluso seres humanos), seres transparentes, que nos permiten ver el  resto del mundo en el cuadro a través de ellos, aunque es inevitable verlos a ellos, antes y sobre el resto, existencias que tienen una credibilidad y una armonía absolutas, tanta que nos preguntamos si tendrán también una existencia real y no conseguimos verlas porque estamos demasiado ocupados mirando más allá, sintiendo que todo lo que está cerca no tiene tanta valía como lo inalcanzable.

Las grafías en el cuadro conforman otro aspecto de lo excéntrico del entorno; envía mensajes a amigos y enemigos, y desnuda a los que presumen de cualquier vestimenta.  

Ya sabes que es imposible revolverse contra el destino, los otros tendrán que aceptar que tú y yo comemos de esta clase de insectos, pues de ello depende nuestra felicidad.

¡Ahí hace tiempo que tenían que estar ya! Yo esbozando, por fin, una sonrisa, continuaré mi camino…

Entre los tres lo desplumaron y él solito se murió

Estaba escrito, un desgraciado día, quien yo consideré uno de mis mejores amigos, disfrazado de serpiente, daría a morder la manzana de la discordia a una de mis hermanas, la mayor…

 Iscariote, al llevar sobre tu hombro y tu cabeza dos animales llenos de ponzoña

Banquete en el templo de la ciudad de DeshnokeAunque al principio de este texto me preguntaba en qué punto se encontraba el contacto entre la obra y la tendencia figurativa —desde luego— del arte surrealista, la evidente respuesta está en que localizo en ella mis sueños, miedos, dudas, obsesiones, que son las de muchos otros seres humanos, lo onírico potencialmente representado como reto a la realidad que a menudo no se diferencia tanto de esto que veo en la obra.

En el trasfondo más sombrío del cuadro, Pitti coloca un elefante negro, cubierto de ratas blancas, atado con sogas en el cuello y una de sus patas traseras, de su lomo parece caer estrepitosamente un personaje coronado, el ojo del elefante no calla un momento mientras le miro buscando una explicación: ¿cómo entender lo que no se hace para ser entendido? Siempre me digo que sintiéndolo, aunque en realidad no es tan fácil y se necesita cierta práctica para ello.

Hugo Pitti juega con dos emociones que han dominado a los humanos desde la antigüedad, y que se perfeccionan sosteniendo la entelequia: el poder y el miedo. Reúne las dos cosas más terribles, en esta representación y en la vida, en el mismo acto. Se ha contado como fábula y como ciencia que los elefantes sienten pánico en presencia de los roedores, pero aquí las ratas blancas de Karni Mata suben por las patas del elefante negro, están sobre su cabeza y en el borde de sus orejas, y cubren su trompa como una horda, solo el ojo del elefante es un punto de expresividad  que queda libre para que el observador vea el miedo allí contenido, el poderoso elefante, mágico también en la India, en la figura mitológica de Ganesha —dios con cuerpo humano y cabeza de elefante—, en el cuadro del banquete es apenas un figurante, le cubre una suerte que no consigue atrapar porque solo le produce miedo. Habrá, tal vez, muchas interpretaciones del cuadro, una ineludible que es la del autor en el momento de crearlo, otras de especialistas o simples admiradores, esta es la mía, cautiva de una historia que no iba buscando y que me ha mantenido alerta durante meses. Colocar la experiencia en perspectiva y sentirme incluida en las sensaciones que este banquete produce me ha permitido escribir esta exégesis, donde he sido unos y otros personajes, y al final hemos convenido —la obra y yo—, que el momento más plácido ha sido el de moverme como un fantasma magnífico por el cuadro formando parte del todo que es.

El Fin

Banquete en el templo de la ciudad de DeshnokeEl todo, en el cuadro de Hugo Pitti, su sinergia positiva, conduce a una lectura más honda que lo que se ve a simple vista, o lo que las partes reunidas sugieren. Cada una de estas historias mínimas podría ser un cuadro en sí, un relato independiente, con una interpretación menos compleja quizás, pero nunca sin sentido.

El Templo de Desnhoke del cuadro, es apenas un sitio donde la inmundicia —no solo la física, sino también la del espíritu, la del intelecto, la del alma— se reúne y exhibe. Todavía el mundo es capaz de infligir angustia y opresión sobre el creador de esta escena. La asfixia que produce este banquete impediría su disfrute si no fuera porque ese sentimiento solo traspone el marco de la obra de arte como sensación, somos espectadores de esa angustia, y cuando damos la espalda al cuadro y entramos en el mundo real —la angustia se diluye en él—, sabemos que estamos en otro banquete del que este del Templo de Desnhoke, es apenas una prefiguración.

Estas tres tardes de banquete con Hugo Pitti, han sido como ciertos días de lluvia, de los que no recuerdo la lluvia, sino una sensación adentro de tranquila vitalidad: el descubrimiento de un todo, la genialidad sin límites del artista que puede expresar magistralmente lo que sienten otros. Banquete en el templo de la ciudad de Deshnoke, es sin ninguna duda, esa clase de sucesos que aunque los olvidara, difícilmente olvidaré lo que me hicieron sentir.

Sonia Díaz Corrales


[1] Hugo Pitti. Santa Cruz de Tenerife (1968). Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna. Artista Plástico. En internet se puede encontrar amplia información sobre su obra, su evolución como pintor y sus exposiciones.


 

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