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Tres novelas de misterio en el Londres victoriano

La misión de la literatura no es la de mostrar el mundo, sino la de hacerlo comprensible.

Pierre LEMAITRE, El País, 11-III-2019, p. 27

Las novelas de misterio surgieron como género literario en la Inglaterra victoriana con el sello de un cierto conservadurismo burgués.

La prueba está en que la mayor parte de estas obras de ficción giraron en torno al policía superdotado que analiza los hechos, rastrea los móviles del crimen, descubre a quienes violan las leyes, en fin, permite que finalmente se imponga el triunfo de la justicia y se restablezca de nuevo el orden que había sido violado.

 LondresLa clave del éxito de estas novelas radica en su capacidad para satisfacer a la vez, y por motivos distintos, las expectativas de ascenso social de las pequeñas clase medias, y la  de aliviar el temor a una movilidad social descendente que acecha a las viejas clases medias convertidas en clases ociosas que a través de las novelas policíacas conjuran un penoso destino social. Los lectores de estas últimas fracciones de clase se podían identificar sin miedo con las víctimas, en bastantes ocasiones millonarios excéntricos, pues, en último término, eran conscientes de que se movían en el terreno de la imaginación en el que siempre salía vencedor el statu quo.

El denominador común de las buenas novelas de misterio radica en que son casi siempre entretenidas. El lector, a partir de sospechas que se van acumulando y variando a lo largo de la lectura, colecciona indicios que le permiten formular conjeturas, que a su vez se ven refrendadas o falseadas por el desenlace de la novela. En todo caso, el aficionado lector cree, acertadamente o no, poco importa, que, mediante una lectura a la vez atenta e inteligente, mantiene en activo sus siempre portentosas células grises.

Una de las claves del éxito de las novelas de misterio es que muy pronto, ya en el siglo XIX, los novelistas especializados en este nuevo género, entraron entre si en una dinámica de concurrencia que los obligó a agudizar el ingenio con propuestas cada vez mas osadas, cada vez mas innovadoras, – en ocasiones alambicadas y arriesgadas -, destinadas a sorprender gratamente a los lectores. Aún más, dentro del género irrumpieron en escena escritores predominantemente progresistas, e incluso radicales, dispuestos a separar el misterio de la apología de la ley y el orden. El eje de sus producciones abandonaba así al policía superdotado para denunciar en su lugar las disfuncionalidades de las fuerzas del orden. Irrumpieron de este modo en escena los detractores de Sherlock Holmes y de otros investigadores de papel. Eran escritores excéntricos, un poco resentidos socialmente, escritores en su mayoría varones y de izquierdas. Escribieron sus novelas aprovechándose del éxito del nuevo género literario. Su objetivo no era tanto desarrollar la trama de las novelas de misterio cuanto, más bien, reírse de los falsos enigmas. Vamos a detenernos en tres novelas que representan bien esta tendencia crítica.

Cómo cometer un asesinato imposible

Israel Zangwill
Israel Zangwill

Despuntaba el día en Londres a principios de diciembre y la ciudad del Támesis se despertó envuelta en una plomiza niebla. A la señora Drabdump, propietaria de la pensión ubicada  en el número 11 de Glover Street, en el barrio del Bow, esta mañana se le habían pegado las sábanas pues las agujas del reloj de la repisa de la chimenea señalaban ya las siete menos cuarto. Era preciso despertar a uno de sus huéspedes, al filántropo Arthur Constant, que le había pedido que le sirviese el desayuno a la siete en punto, pues debía celebrar temprano una reunión con los trabajadores descontentos del tranvía. La patrona era viuda, tenía una figura alta y enjuta, y ese rostro pálido y alargado, de labios estrechos, mirada dura y peinado dolorosamente tieso que se asocian siempre a la viudez en la clase baja. Como señala Israel Zangwill, el autor de la novela, sólo en los círculos sociales más altos las mujeres pueden perder a sus maridos y seguir siendo encantadoras (Israel ZANGWLL, 2015, p. 14).

Arthur Constant era uno de los dos huéspedes que vivían en la pensión. Tenía la habitación en el piso de arriba, y la señora Drabdump golpeó con los nudillos en la puerta para indicar que el desayuno estaba ya casi listo. Creyó escuchar  un ruido del otro lado y bajó las escaleras para preparar el té. En el piso de abajo se encontraba la cocina, el comedor, la habitación de la patrona y también la del otro huésped, el activo y combativo sindicalista Tom Mortakle, conocido entre sus correligionarios como el héroe de las cien huelgas. Esa misma madrugada el pobre señor Mortakle había salido en ayunas a las cuatro de la mañana, en medio de la oscura niebla de una noche invernal, para dirigirse a la estación de Euston desde donde se subiría al primer tren con dirección a Devenport.

Cuando la señora Drabdump llevó la bandeja con el té, la tostada y los huevos con bacon a la sala de estar contigua al dormitorio del señor Constant, este aún no se había levantado. Pasó el tiempo, dieron las siete y media, y la señora Drabdump decidió llamar de nuevo a la puerta de la habitación del perezoso inquilino, pero tan solo respondió un opaco silencio. Decidió entonces girar el picaporte y se encontró con que la puerta estaba cerrada por dentro. Fue entonces cuando un terrible presentimiento la invadió, sintió miedo, y se dio cuenta de que estaba sola y que necesitaba ayuda.

Si, queridos lectores, lo han adivinado ustedes con la rapidez y sagacidad propia del mismísimo Dr. Watson: algo malo le había ocurrido al puntual señor Constant. Abrumada por un lúgubre presentimiento la patrona de la pensión decidió salir a pedir auxilio al señor Grodman, un ex-detective de Scotland Yard ya jubilado que vivía muy cerca de la pensión. Su casa, de hecho, se encontraba prácticamente al otro lado de la calle. La señora Drabdump golpeó repetidamente con el picaporte y, tras un breve lapso de tiempo, la ventana del primer piso se abrió y surgió, entre la niebla, aún con el gorro de dormir puesto, el rostro carnoso y sorprendido de Grodman, uno de los más célebres y prestigiosos desveladores de enigmas.

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Para que lo imposible sea posible hace falta un mago, y en cierto modo el policía superdotado lo es. Muy pronto descubre el lector que el señor Grodman rivaliza con un policía aun en activo en Scotland Yard: el detective Edward Wimp. Así pues nos encontramos frente a frente con dos policías excepcionales que parecen dar palos de ciego. Y aunque Grodman había publicado un libro de éxito titulado Criminales que he detenido, en donde hacía gala de sus importantes méritos policiales a lo largo de su vida activa, Wimp era un hombre culto y de buen gusto, tenía una inteligencia flexible que se puso bien de manifiesto, por ejemplo, cuando invitó a su rival a la tradicional cena navideña en King’s Cross, una cena que incluía el clásico pudin con ciruelas. Como señala el autor de la novela, Israel Zangwill, ambos policías con el fin de ocultar su desprecio mutuo se trataban de un modo abrumadoramente cordial.

El sufrido lector no sabe nunca hasta qué punto el autor de la novela se circunscribe a la verdad. En mi caso aún me dura el enfado con Zangwill pues en la habitación cerrada en la que se encuentra el muerto aparece un libro de Madame Blavatsky sobre el que he levantado en vano todas mis hipótesis para resolver el misterio: me parecía muy verosímil que el crimen estuviese estrechamente vinculado con el ocultismo, entonces tan en boga. A lo largo de la novela Zangwill alude en varias ocasiones a este libro, así como a la Sociedad Psíquica, pero lo hace en realidad para despistar más y mejor al lector. Convertir al lector en un pardillo es un grave error del novelista, (me atrevería a decir que el peor de todos), y tampoco se deben contar mentiras sobre la escena del crimen. Al final, tras obligar a los lectores a codearse con zapateros socialistas, poetas gorrones, sindicalistas que enardecen a las masas de los asalariados y criadas cotillas, el autor termina por sacar a un conejo de la chistera que en realidad parece más bien una piel disecada de conejo que estaba pegada por dentro al sombrero de copa. Descubrimos así que la víctima, el Sr. Arthur Constant, un hombre que no haría daño a una mosca, ha sido asesinado pura y simplemente para demostrar la posibilidad misma del crimen perfecto sin que nadie, excepto el asesino, pueda dar cuenta del modus operandi.

 Niebla sobre niebla

Richard Harding Davis
Richard Harding Davis

Richard Harding Davies fue un periodista norteamericano enormemente prolífico que en 1901 publicó En la niebla, una novelita corta de misterio en la que se dedica a jugar con el lector como el gato con el ratón (Richard HARDING DAVIES, 2015).

La acción se sitúa en 1897 en la tarde-noche siguiente a la noche de la gran niebla que convirtió al Londres victoriano en una ciudad fantasmal. Nos encontramos concretamente en The Grill, el super-exquisito club privado de caballeros, el club de más difícil acceso del mundo, de modo que el lector, o la lectora que se ha colado en el club, y que pisa las mullidas alfombras de nudo, se siente distinguido y protegido, y además no ha pagado ningún peaje para entrar en un lugar tan distinguido.

La noche posterior a la gran niebla había cinco socios en el club acompañados por solícitos criados: cuatro estaban cenando en una gran mesa y el quinto leía la prensa confortablemente repantigado al lado de la chimenea. Una de las normas vigentes en el Club desde tiempos inmemoriales era que cualquiera que ingresase en él podría entablar directamente conversación con cualquier otro socio, aunque no lo conociese de nada. Así pues los cuatro comensales se enzarzaron en una animada conversación que versaba sobre el deterioro que suponen los tiempos modernos respecto a los antiguos, tan llenos de sorpresas y de apasionantes aventuras. ¡Cualquier tiempo pasado fue mejor! Nos hemos vuelto excesivamente prácticos, dice uno de ellos con pesar. La época de las hazañas descabelladas y de las gestas románticas ha muerto, afirma otro con no menos pesar. La mesa es grande y comen carne a la brasa acompañada de whiskies con soda. El avisado lector de novelas policiacas, si no conociese de nada del autor de la narración, podría perfectamente adivinar, a partir de este pequeño detalle, que se trataba de un escritor norteamericano relativamente joven, pues así se imaginan los periodistas norteamericanos a los caballeros ingleses con dinero y sin gran cosa que hacer en uno de los clubs más selectos reservado en exclusiva para la clase ociosa.

Los cuatro comensales mantienen una animada conversación en la que sale a relucir el quinto caballero enfrascado en la lectura de una novela policíaca titulada El gran robo de Rand. Era un hombre de avanzada edad, corpulento y con un semblante amable y surcado de arrugas, en fin, el quinto socio de la chimenea no era otro que el famoso diputado parlamentario Sir Andrew.

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Fue en ese preciso momento cuando otro de los comensales, de nacionalidad norteamericana, levantó la voz para que todo el mundo, y sobre todo también el viejo diputado, lo pudiese oír y señaló: Ni siquiera el mismísimo Sherlock Holmes podría resolver el misterio que desconcierta esta noche a la Policía de Londres.

¿Cuál era ese misterio que desconcertaba a la policía londinense y que convertía al héroe de Baker Street en un simple ser humano perplejo? Los comensales, y también Sir Andrew, acompañados de los lectores nos disponemos a escuchar la enigmática historia de labios del socio norteamericano que no es otro que Ripley Sears, teniente de la Marina de los Estados Unidos, actualmente agregado naval en la corte rusa. Él mismo nos informa que se ha visto obligado a permanecer en Londres, pese a su inmunidad diplomática, pues ha sido retenido por las autoridades de Scotland Yard.

La intriga está servida, pero no revelaré a los lectores el minucioso relato del teniente. Tan solo avanzaré que la densa niebla londinense de la noche anterior jugó un papel importante en la complicada narración, llena de sorpresas y de misterio, que mantuvo en vilo durante largo tiempo a los socios de The Grill.

Richard Hardig Davies, que en la novela se hace llamar Ripley Sears, teniente de Marina, es un gran fabulador de historias: juega con el lector, te lleva, te trae, deja que te escapes y te pongas a fabular por tu cuenta, hasta el punto de que incluso tienes la impresión de ser un lector inteligente que ha adivinado antes de tiempo el desenlace de la novela, pero en realidad te equivocas, y al final Richard Harding Davies se ríe de ti, y te das cuenta de que en realidad se ha reído de ti desde la primera página de la novela, que ha sido escrita precisamente para eso, pero, si el novelista de Filadelfia te toma el pelo, no lo hace tanto para humillarte cuanto para sorprenderte, de modo que la moraleja es que no seas tonto y que no te creas siempre a pies juntillas lo que cuentan los novelistas, especialmente los escritores británicos, en las novelas de misterio. ¡Admitámoslo: Richard Harding Davies es un poco retorcido, pero lo es porque retuerce a su vez las retorcidas novelas de misterio para dejarlas planas, lisas, como si se tratase de una vereda acondicionada por una apisonadora que poco a poco lamina sin piedad todo lo que encuentra a su paso convirtiéndolo en polvo!

Fotografiar espíritus invisibles

E. W. Hornung
E. W. Hornung

En 1911 el escritor inglés E. W. Hornung publicó una novela de misterio titulada La cámara diabólica. No era su primera contribución al género pues Hornung fue nada más y nada menos que el creador en 1898 de A. J. Raffles, un personaje singular, un ladrón de guante blanco, convertido en una especie de antítesis de Sherlock Holmes. De hecho Ernest William Hornung, que estudió en la escuela privada de Uppingham, se casó en 1993 con Constance Aimée Monica Doyle, mas conocida como Connie, la hermana de su amigo Arthur Conan Doyle. De hecho el personaje de Raffles, un ladrón elegante y distinguido, se inspira directamente en el mago de Baker Street, aunque en este caso el protagonista no se dedica a combatir el delito cuanto a cometer delitos en su propio beneficio. Al igual que Sherlock Holmes el personaje Raffles encuentra un relator en la novela, un alter ego del Dr. Watson, que en este caso es un personaje singular llamado Bunny Manders, compañero de colegio de Raffles en su juventud que dilapidó en el juego y en una vida disoluta la enorme fortuna que heredó.

Todo parece indicar que a Arthur Conan Doyle no le interesó excesivamente el personaje de su amigo, como pone de manifiesto en su autobiografía: Creo que puedo afirmar que su famoso Raffles es una especie de inversión de Sherlock Holmes, jugando Bunny el papel de Watson. Él lo admitió en una amable dedicatoria. Hay muy pocos ejemplos tan brillantes como éstos de relatos escritos  en un lenguaje coloquial, aunque confieso que son un poco peligrosos. Yo se lo dije antes de que Hornung los escribiera, y el resultado, mucho me temo, me dio la razón. No se debe convertir al criminal en un héroe (Cf. Miguel GIMENEZ SAURINA, “Nota preliminar” en E. W. HORNUNG, 2003, pp. 7-8).

En La cámara diabólica, el criminal dista de ser un héroe, en realidad es un médico un poco extraño que se parece como una gota de agua a Sir Arthur Conan Doyle. Sin duda Hornung escribió esta novela para chinchar un poco a su cuñado.

La cámara diabólicaEl protagonista de la trama es un joven estudiante de dieciséis años, Pocket Upton, que es asmático y que, con el fin de realizar una consulta médica, se ve obligado a desplazarse del internado privado en el que realiza sus estudios a Londres, la gran ciudad de la niebla. El adolescente Pocket Upton parece un claro anticipo de otro joven de dieciséis años, Holden Caufield, protagonista de El guardián entre el centeno. En una especie de viaje iniciático a través de la gran ciudad, llena de fascinantes peligros, Upton visita al médico, a amigos de la familia, trata inútilmente de alojarse en un hotel al que habitualmente acude su padre, un rico industrial que vive en provincias, fuma cigarrillos D’Auvergne para combatir los ataques de asma, (en España se vendían los del Dr. Andreu), e incluso compra de segunda mano un revolver y una caja con balas en una almoneda. Liberado al fin de la institución total, del odioso colegio que lo somete, tanto a él como a sus jóvenes compañeros, a una estricta disciplina, Pocket comienza a disfrutar del riesgo de la libertad. Tras deambular por la ciudad, cuando llega la noche está cansado, y sin visos de encontrar una pensión en donde poder dormir. Finalmente opta por refugiarse en Hyde Park en donde el sonido de un disparo lo despierta al amanecer. Upton, que es sonámbulo, se encuentra con que mantiene en su propia mano el revolver que había comprado el día anterior en la cacharrería y piensa que fue el mismo quien realizó el disparo. Muy cerca de él parece dormir un vagabundo tirado entre la hierba. La realidad no coincide con la apariencia pues el vagabundo, lejos de gozar del sueño, yace muerto de un certero disparo de bala entre ceja y ceja. Upton sin duda se ha metido en un buen lío.

Todo esto ocurría en Londres muy temprano, al amanecer. Había niebla en la ciudad de la niebla, y quizás nadie haya visto nada. Pero Upton se engañaba, pues a su lado había un señor mayor, bien vestido, que fumaba en una pipa de espuma de mar, y llevaba consigo una cámara fotográfica. El mismo se presentó como el Dr. Baumgartner. No era un médico cualquiera pues no era un médico del cuerpo, sino una especie de tasador de almas especializado en la fotografía psíquica.

Zangwill se refería en su relato sobre El gran misterio del Bow a un libro de Madame Blavtsky que se encontraba en la blindada habitación del muerto y que el novelista introdujo en el relato tan sólo para despistar al ingenuo lector. Sin embargo en la novela de Hornung no hay ni rastro de Mme. Blavatsky pero aquí más que nunca esa referencia hubiese resultado fundamental para que el lector pudiese tan sólo atisbar la clave del enigma.

La cámara diabólica es una novela en la que acontecen fenómenos de telepatía, se aparecen fantasmas, y también se producen intentos de inmortalizar el momento en el que las almas parecen salir huyendo de los cadáveres… He elegido a mis víctimas, escribe el asesino, con infinito cuidado entre los desechos morales o materiales de la vida. O bien no tenían nada por lo que vivir o bien no tenían derecho a hacerlo. El asesino se presenta a si mismo como un benefactor del Estado pues, como él mismo señala, no he privado al Estado de un solo servidor posiblemente productivo o segado una sola vida prometedora o respetable (Ernest William HORNUNG, 2017, pp.202-203).

Reflexiones finales

La verdadera verdad oculta de las novelas victorianas de misterio sale a la luz a lo largo de las páginas de estas tres novelas. El género policiaco, especialmente en  Inglaterra, pues fue en la dulce Inglaterra en donde se codificó este género literario, está plagado de jeringas hipodérmicas, jarrones chinos, bombones envenenados, recurso al cianuro y a otras pócimas mortales que aparentemente no dejan huella. Todos los indicadores muestran que nos movemos en los mundos de las clases medias y altas. Pero a la vez se establece una profunda distancia con el mundo del trabajo manual y las culturas populares, una separación cargada en demasiadas ocasiones por el desprecio. No en vano los genios son siempre individuales y a la vez las masas son gregarias, rudas, incultas, un magma formado por seres que desconocen la existencia misma de los internados neogóticos ingleses. Como muy bien percibió Ernest William Hornung para los amantes de las novelas de misterio el mundo verdaderamente interesante no es el material sino el reino de la teosofía que permite a los seres humanos comunicarse con el más allá. De hecho Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes y del Dr. Watson, creía en la existencia de las hadas y en la posibilidad de fotografiarlas en el bosque. Sir Arthur perteneció a la sociedad inglesa de teosofía. Algunos de sus detractores llegaron incluso a sostener con pasión que bajo el nombre de Jack the Ripper se escondía en realidad la identidad del creador de Sherlock Holmes. Es muy posible que quizás también su cuñado pensase en él cuando escribió en Ladrones de guante blanco lo siguiente: Tengo la profunda convicción de que Jack el Destripador era realmente un hombre público, cuyos discursos debían publicarse al mismo tiempo que sus atrocidades. Ejerce una profesión honrada y la gente jamás sospechará que te dedicas a otra no menos maravillosa ( Ernest William HORNUNG,  2003, p. 58).

Sherlock Holmes y el Dr. Watson
Holmes (William Gillette, derecha) con el Dr. Watson (Bruce McRae, izquierda), en la producción de Broadway de Sherlock Holmes en 1899

En todo caso un mismo hilo rojo recorre en diagonal a las tres novelas comentadas: son novelas de misterio que ridiculizan a las novelas de misterio. Quizás sin saberlo ni quererlo Zangwill, Harding Davis y Hornung trabajaban en comandita a favor de la superación del viejo género de la novela policial y su sustitución por otro mucho más crudo, popular  y colectivo, mucho más sociológico, que recibió un impulso decisivo tras la Gran Guerra, durante los locos años veinte, y sobre todo cuando se produjo la Gran Depresión de 1929: La novela negra.

 

 NOTAS

Israel ZANGWILL, El gran misterio del Bow, Ed. Ardicia, Madrid, 2015 (Traducción: Ana Lorenzo) (Edición original 1892) 200 pgs.

Richard HARDING DAVIS, En la niebla, Ed. Ardicia, Madrid, 2015

(Traducción: Juan Egea) (Edición original 1901), 91pgs.

(Citado por Miguel GIMENEZ SAURINA, “Nota preliminar” en E. W. HORNUNG, Ladrón de guante blanco, Ediciones Abraxas, Barcelona, 2003, pp. 7-8).

Ernest William HORNUNG, La cámara diabólica, Defausta Editorial Madrid, 2017 (Traducción: Susana Prieto Mori) (Edición original  1911) 215 pgs.

  1. W. HORNUNG, Ladrón de guante blanco, Ediciones Abraxas, Barcelona, 2003.

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría es Doctor en Sociología por la Universidad de París VIII, y Catedrático de Sociología en el Departamento de Sociología IV de la Universidad Complutense de Madrid.

Fue socio fundador y miembro del consejo de redacción de la Revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, en donde coordinó diversos números monográficos.

Ha sido Profesor Visitante en el Goldsmiths´ College de la Universidad de Londres, y en la Maison des Sciences de l’Homme (MSH) de París. Ha impartido cursos y conferencias en numerosas universidades españolas y extranjeras.

Sus principales investigaciones están centradas en la sociología histórica, la teoría sociológica, la sociología del conocimiento, y la sociología de las instituciones de resocialización.

Es autor de numerosos libros y artículos, así como de traducciones y ediciones de libros. Entre sus publicaciones destaca Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX(1983), así como algunos libros publicados en colaboración con Julia Varela, tales como Las redes de la psicología (1994), Sujetos frágiles (1989), Arqueología de la escuela (1991), Genealogía y sociología. Materiales para repensar la Modernidad (1997) y más recientemente Materiales de sociología del arte (2008).

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