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Las nueve musas
José Antonio Lago

Tránsito, más que viaje, a una Playa del sur

Contando con que la opinión de un poeta sobre la escritura de otro, puede salir deformada por los vicios de su propia creación, intentaré escribir sobre “Viaje”, un libro de poemas de José Antonio Lago[1], esquivando esta maldición, pero asumiendo que no podré eludir otra: la franqueza.

Siempre que me veo abocada a dar mi opinión sobre un libro, me pregunto qué valía puede tener esta en relación al recorrido de dicha obra, y generalmente concluyo que ninguna, así que termino por no darla.

Viaje
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Pero si esta obra es un libro de poemas, entonces, o desisto de inmediato, o paso un tiempo rumiando lo leído, para no dejar nada que me parezca importante por decir, y tampoco excederme en algún aspecto, en consecuencia, vuelvo a lecturas antiguas e irrebatibles y recoloco mi opinión con la ayuda de las mejores: “La poesía no es una tradición, es un sueño primitivo, es el despertar de las imágenes primeras.”, dice Gaston Bachelard[2], en su ensayo ‘El aire y los sueñosTránsito, más que viaje, a una Playa del sur 1‘ . Quisiera confirmar la existencia de ese sueño primitivo, ese despertar de las imágenes primeras, en el contenido de “Viaje”.

A lo largo de sus sesenta y tantas páginas, descubro que este es un viaje poco común, en el que no nos movemos del mismo punto: el mundo interior del poeta… “Persigo / la estela del ave. / Viajo: / entre cielo y cielo.”, y donde el tiempo es también una ilusión: “No mires el reloj: / el tiempo hace su viaje.”, uno donde el viajero es otro, una transformación del sujeto lírico, que un lector avezado encuentra casi de inmediato, en los primeros poemas del libro: “Aquí soy otro / y otro es mi nombre…”. Casi me atrevería a contradecir al poeta anunciando que no hay viaje en este libro, sino tránsito, la mayor parte de los viajes llevan a otro sitio, en cambio el tránsito es más un fluir, que puede ocurrir sin que haya movimiento espacial, sino vivencial, incluso cuando se evocan sitios distintos, el mimetismo emocional expresado los convierte prácticamente en la misma experiencia.

Los aliados de José Antonio Lago en este libro, son esenciales para que la  lectura resulte gratificante; la síntesis, esa herramienta que convierte la poesía en algo diáfano, y la sencillez, que aparta toda pretensión de palabreo vacío, verborrea, o lo que ahora se suele llamar con tanto acierto/desacierto metalenguaje, del conjunto de poemas, que en principio se sustenta más en el hecho y la imagen poética primera, de la que habla Bachelard, y que sirve de base a poemas breves, con una economía de recursos que seguro resultará desconcertante al más reciente lector de poesía, tan acostumbrado a una sobreabundancia retórica que va convirtiendo en hojarasca todo el árbol de la creación en este género, asumiendo también lo poco segura que estoy de esas divisiones entre géneros en literatura.

El uso de las estaciones, sirve al poeta para concretar ese tránsito en un círculo cerrado, donde “Unos se bañan a placer…”  y, “Otros imaginan, casi levitando, / su llegada al agua.”. Mi lector empieza a levitar con el imaginante, empieza a ser el que llega al agua en un juego de roles que ralentiza su paso por los mutismos del texto, lo que el poeta no dice y obliga a suponer, y que dependiendo de quién llene los espacios se hará más o menos enorme.

Esta forma de expresar sustenta cierta sensación de laxitud, de enlentecimiento, que condiciona el resultado de la lectura, simplificando al máximo la totalidad de lo que se dice: “Cae la tarde: ocre. / Cae, / como una hoja, / sin peso sobre el mar.”, y este dinamismo apocado potencia la levitación; la falta de peso de la hoja se traduce en una inmovilidad que no resuelve ese caer, que se hace infinito en el acto mismo, y que cuando llega al mar no tiene impacto sobre él, ni sobre su extensión, en la que “Los pescadores lanzan su red…”, y Octubre cae también, como un bálsamo, sobre la sal y la espuma, de mares distintos, en los que las mismas emociones se repiten, el poeta mismo se repite creciendo, aceptando a aquel en que se transfigura: “Recorre la isla / como si recorrieras tu país cambiado”, y si alguien lee aquí un país real, posible, lo entiendo, pero elijo sentir un país interior, que convierte a cada hombre en quien es, en un extranjero para el resto de los hombres que se aferran a países geográficos, impuestos por nacimiento, familiaridad, incluso patriotismo, y quién soy yo, —o sería cualquier otro lector—, para acotar una lectura única, dar un nombre a esa isla, a ese país, donde ser extranjero no está determinado por una nacionalidad propia o adquirida, sino por un sentimiento de no pertenencia a algo —alguien—, donde lo que cambia es uno mismo, a su pesar, y no lo que le rodea. Hay mucho trasfondo en esta sencillez aparente.

La mayor parte de los críticos o reseñadores de libros suelen buscar razones de orden didáctico o colocar el libro reseñado en un marco teórico, en alguna corriente literaria o generacional que lo distinga o ennoblezca, y donde temporal y espacialmente se pueda definir o resulte fácil dotarlo de virtudes y defectos. En casi todos los casos, nos gusten o no, estos escritos son de autoría profesional, aunque solo aporten la indulgencia de lo bien escrito. Otra estirpe entre los críticos son los amateurs, y estos —Dios nos libre de algunos—, suelen ir en derivas distintas a la hora de escribir sobre un texto literario, algunas incluso que definiría como interesantes. Pero yo, que desde el principio he dicho que solo daría mi opinión sobre el libro, y que no soy crítica, sino una poeta, asumo mi otra maldición, aquella de la que no consigo huir, que  me sirve para resarcirme de las demás carencias, lo dicho: la franqueza.

Viaje” es un libro que pide más, que hubiera agradecido más incubación, porque sé que no agotó todo lo que José Antonio Lago tiene que decir sobre este tránsito que se vuelve Trance, en el poema del mismo nombre: “Lo que antes era trino, / es ahora / mundo al garete. / Pero de tanta entropía / te irás escapando a saltos.”, quizás sea que hay espacios en blanco, silencios en este libro que no conseguí llenar, como el que refiere el poeta ante la tumba de su padre, “bocanadas de silencio”, descritas como un trago amargo, pero ineludible, quizás sea que me falta ir Hacia el alba, titulo de otro poema,  “como un disparo que sueña”,  o quién sabe si deshacerme de todo peso me habría ayudado esta vez a tener esa Certeza, del poema que nos recuerda que la lluvia no se irá sin más, sin dejar como un canto indeleble su recuerdo en la tierra, palabras del poeta con las que me quedo.

No he leído tanto, ni tan bien, como para decir que todos los libros me enseñaron algo, pero sí sé que algunos libros se quedan más como una sensación que como un aprendizaje. “Viaje” deja una sensación de liviandad, de vida ajena que se apropia de la nuestra, como un paraje descrito por un semejante; Playa del sur, el último poema del libro, se convierte en el sueño primitivo, en el despertar de las imágenes primeras, que le confieren a la poesía su carácter único y la alejan de lo rutinario, me aseguran que no nos hemos movido ni un paso del mundo interior del poeta, que este viaje es apenas tránsito a una luz distinta, a una playa cualquiera, en cualquier sur, de cualquier mundo: “Playa del sur: / yo junto conchas que no existen: / tú las cuentas. / Imaginar, / para que nuestro tiempo fluya / en otra dirección, / nos decimos, con un par de guiños. / Playa del sur, todavía. / El sol comienza / a esbozar su marcha. / Y ni crece, / ni disminuye el viento.”.

“Viaje”, es una lectura que se puede disfrutar en su totalidad de una vez, no sentimos con este libro la obligación de hacer un ejercicio intelectual ni intuimos otra pretensión que aligerarnos, provocar un estado de tránsito a otros mundos que se resumen en la existencia de una casa frente al mar o los acantilados de una isla que se convierte en un septiembre largo como un camino, mundos que el poeta conoce bien y nos propone como alternativa a la rutina, la desidia y la lejanía de lo que alguna vez se ha amado.

Sonia Díaz Corrales

Santa Cruz de Tenerife

Octubre 2018

Sonia Díaz Corrales. Nació en Cuba (1964). Vive en Santa Cruz de Tenerife. Es poeta y narradora.


[1] José Antonio Lago. Cuba, 1972. Licenciado en Historia. Su libro “Viaje”, obtuvo el Premio de Poesía Emeterio Gutiérrez Albelo 2017. Su poesía ha sido reconocida también en otros certámenes literarios, y publicada en diversas antologías en España. Reside desde el año 2000 en el Puerto de la Cruz, en Tenerife, Islas Canarias.

[2] Gaston Bachelard. Champagne, 27 de junio de 1884-París 16 de Octubre de 1962. Ensayista brillante, filósofo, poeta, profesor y crítico literario francés.

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