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Las nueve musas
Isabel de Farnesio
Isabel de Farnesio

Tráfico de princesas: la ida

TRÁFICO DE PRINCESAS

PRIMER PARTE: LA IDA

Las secuelas de la Guerra de Sucesión española se prolongaron más allá de los tratados firmados en la ciudad holandesa de Utrecht y la alemana de Rastatt, entre 1713 y 1715, que conllevaron el reconocimiento del francés Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV de Francia, como rey Felipe V de España.

Supusieron igualmente para España la erosión del prestigio como primera potencia, cesiones comerciales en América y la pérdida de numerosos territorios en el continente y en el propio reino (Gibraltar y Menorca).

Isabel Carlota del Palatinado
Isabel Carlota del Palatinado

En 1715 falleció en Versalles el Rey Sol dejando como heredero del trono a un niño de cinco años, Luis XV, tutelado por su tío Felipe II duque de Orleans (en lo sucesivo, el Regente), hijo de Felipe I duque de Orleans (fallecido en 1701 y hermano menor del rey Sol), declarado homosexual exhibicionista, y su segunda esposa Isabel Carlota del Palatinado (1652-1722), conocida como la Princesa Palatina. Las relaciones entre Felipe V de España y el Regente se habían deteriorado durante la Guerra de Sucesión pues el segundo, que había dirigido con gran éxito operaciones militares en Italia y en la península (sometió a Valencia, Aragón y parte de Cataluña), trató de iniciar negociaciones con los austriacos para compartir el trono español. Felipe V informó de esas maniobras a su abuelo y logró que Luis XIV castigase a su sobrino Orleans alejándole de Versalles.

María Luisa Gabriela de Saboya
María Luisa Gabriela de Saboya

En 1714, gracias en gran medida a los buenos oficios del clérigo italiano –después grande de España, obispo de Málaga y cardenal– Giulio Alberoni, Felipe V había contraído un segundo matrimonio con la sobrina del duque de Parma, Isabel de Farnesio. Había tenido cuatro hijos de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya: Luis (25-VIII-1707 – 31-VIII-1724), Felipe (nacido y fallecido en julio de 1709), Felipe Pedro (1712-1719) y Fernando (23-IX-1713 – 10-VIII-1759). El mayor y el menor reinarían en España como Luis I y Fernando VI.

Toda Europa estaba al corriente de la abulia y las depresiones intermitentes que, junto con los escrúpulos religiosos y la adicción al sexo matrimonial, presidían la existencia de Felipe V. Por eso a nadie sorprendió que Isabel de Farnesio y el favorito Alberoni abandonaran la orientación política de Versalles para intentar enmendar los Tratados de Paz y recuperar los territorios cedidos por España. Aprovechando el estallido de la guerra entre el imperio austriaco y el turco, un contingente de tropas españolas ocupó Cerdeña sin oposición en 1717. En 1718 los españoles desembarcaron en Sicilia. Gran Bretaña declaró la ocupación como una violación de los Tratados de Utrecht y, en los primeros días de agosto, Gran Bretaña, Holanda, Austria y también Francia formaron la Cuádruple Alianza. El día 11 de agosto, en las cercanías del cabo Passaro, la armada británica destruyó a la armada española. Alberoni intentó entonces neutralizar a los británicos en el Mediterráneo patrocinando el desembarco en Escocia de una expedición que ayudara a los jacobitas a reponer en el trono a Jacobo Estuardo. Al mismo tiempo el antiguo embajador de España en Francia, Antonio del Giudice, príncipe de Cellamare, urdía en París una conspiración –con la ayuda de notorios enemigos de la Casa de Orleans– para apartar al duque de Orleans de la regencia y sustituirlo por Felipe V.

El 27 de diciembre de 1718 Gran Bretaña declaró la guerra a España y lo mismo hizo Francia dos semanas después, el 9 de enero de 1719. Francia invadió el Este de España y Gran Bretaña capturó el puerto de Vigo, lo mantuvo en su poder una semana y destruyó enormes cantidades de mercancías. La ciudad de Santiago de Compostela pagó a los ingleses un rescate de 40.000 libras esterlinas para no ser saqueada. El 5 de diciembre de 1719 Alberoni fue desterrado de España. Los tratados de Utrecht recibieron nueva confirmación en el Tratado de la Haya, de 17 de febrero de 1720. En mayo de 1720, Felipe V se vio obligado a adherirse a la Cuádruple Alianza.

Mariana Victoria de Borbón y Farnesio
Mariana Victoria de Borbón y Farnesio

La nueva situación provocó un cambio en la disposición hacia España del Regente de Francia y de su mano derecha, el abad-cardenal Guillaume Dubois, su antiguo preceptor. Ahora, pacificada la situación internacional y reiterado el compromiso de Felipe V para no ceñir nunca en sus sienes las coronas de España y Francia al mismo tiempo, el Regente Orleans quiso tratar de convertir en alianza íntima la aproximación que había obligado a llevar a cabo a España y renovar por medio de matrimonios regios las relaciones casi rotas entre las dos grandes ramas de la Casa de Borbón. Felipe V, sin embargo, orientó sus pasos hacia la corte de Viena proponiendo, en mayo de 1720, la unión del príncipe de Asturias, don Luis, con la archiduquesa María Teresa, y la del infante don Fernando con la archiduquesa María Ana, pero el emperador Carlos VI no se mostró muy entusiasta y las negociaciones fueron languideciendo para apagarse antes de un año.

El Regente aprovechó el resentimiento de Felipe V para apartarle del lado austriaco, reforzando al mismo tiempo las posibilidades de los Orleans para ocupar el trono de Francia. El embajador francés en Madrid, marqués de Maulevrier, planteó, en 1721, la propuesta del doble enlace del niño rey Luis XV de Francia con la –entonces–hija única del rey de España e Isabel de Farnesio, Mariana Victoria de Borbón y Farnesio (Marianina), nacida el 31 de marzo de 1718, y el de su hermanastro Luis de Borbón y Saboya, príncipe de Asturias, con Mademoiselle de Montpensier, Luisa Isabel de Orleans, la mayor de las hijas del Regente que permanecían solteras. La corta edad de Marianina –tres años– ofrecía al Regente un amplio margen temporal antes de que pudiera nacer un príncipe en la línea directa de sucesión; la salud de Luis XV se consideraba muy delicada y no era improbable que muriera sin descendencia. Por otra parte, en el caso de que falleciera Luis XV, y puesto que el príncipe de Asturias se parecía a su padre “como dos gotas de agua”, era de prever que su esposa francesa pudiera manejarle para que no disputara la corona de Francia a su suegro o a alguno de sus cuñados. Además, “la arpía de España” (Isabel de Farnesio) se mostró entusiasmada ante la idea de ver a su hija sentada en el trono de Francia. La enérgica parmesana iniciaba con acierto la labor que ocupó toda su vida: colocar en la situación más encumbrada a los siete hijos que tuvo con Felipe V y que llegaron a la edad adulta, aun cuando fuera a costa de los intereses de los hijos de su antecesora, María Luisa Gabriela de Saboya.

El refuerzo que esta doble alianza de 1721 prestó a la Casa de Orleans causó la consternación de sus enemigos y, por motivos muy diferentes, el disgusto de un Luis XV de 11 años; lloró amargamente cuando le comunicaron la edad de su prometida y su preceptor, el abad –futuro cardenal– André Hercule de Fleury, consiguió con esfuerzo obtener la aprobación real. El príncipe de Asturias, por el contrario, se entusiasmo al contemplar el retrato de Luisa Isabel que le enviaron desde París. Tanto se entusiasmó que el duque de Pópoli, su preceptor del momento, se vio obligado a retirar el retrato del dormitorio de Luis porque “turbaba sus sueños”.

Luisa Isabel de Orleans
Luisa Isabel de Orleans

Los magníficos retratos de los regios personajes, que ejecutaron los mejores pinceles del momento y causan la admiración del observador en museos, palacios y colecciones privadas de todo el mundo, ofrecen la imagen de un refinado y espiritual Olimpo monárquico en palacios deslumbrantes, donde una casta de semidioses, de todas las edades, se ofrecen a la adoración de los mortales revestidos de gloria y serena dignidad, arropados entre voluptuosos brocados, pieles de armiño y símbolos áureos del poder. Afortunadamente, también han llegado a la posteridad los retratos literarios de esos mismos semidioses, pero cuentan un relato muy distinto, especialmente cuando los escritos testimoniales no están destinados a la imprenta, como es el caso de los informes diplomáticos, la correspondencia familiar o las memorias privadas. Ningún documento oficial puede ser tan ilustrativo.

Isabel Carlota del Palatinado
Isabel Carlota del Palatinado

Tal es, entre otros, el caso de las memorias de Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon y amigo del Regente desde la infancia, que cubren 60 años del siglo de Luis XIV y la Regencia. Saint-Simón fue testigo privilegiado del enlace de Luisa Isabel de Orleans pues, con tal motivo, vino a la Corte española como embajador extraordinario de Luis XV (en 2008 se publicó, en español, ‘Saint-Simon en España. Memorias‘. Ed. De Mª Ángeles. Pérez Samper. Trad. De J. Lorenzo. Universidad de Alicante).

Por su parte, en los millares de cartas que escribió a lo largo de su vida la madre del Regente, la princesa germánica Isabel Carlota del Palatinado (en lo sucesivo, Liselotte, hipocorístico por el que era conocida en el restringidísimo círculo familiar), se despoja del carácter mítico a los personajes de la realeza y su entorno al describirlos desde la distancia corta con un lenguaje desenfadado –escatológico a veces– y una libertad de expresión que sorprenden al lector actual (Lettres de Madame, duchesse d´Orléans, née princesse Palatine. Ed. Mercure de France, 1999).

De su estrato social, la sincera Liselotte, gorda, fea y vestida con poco gusto, dice: “No somos otra cosa que esclavos coronados” (17-VIII-1710), y de si misma afirma:

Es preciso que hayáis perdido todo recuerdo de mi persona para que no me incluyáis entre las feas; lo he sido siempre y me he vuelto más todavía a consecuencia de la varicela; mi talla es monstruosa, estoy cuadrada como un dado, tengo la piel colorada mezclada con amarillo, empiezo a encanecer, tengo el cabello sal y pimienta, la frente y el contorno de los ojos arrugados, la nariz sigue torcida como antes pero ahora festoneada por la varicela…” (22-VIII-1698). O bien, “Mi grasa está mal distribuida, de manera que no me favorece. Tengo, con perdón, un culo tremendo, un vientre, unas caderas y unos hombros enormes, el cuello y el pecho muy planos. A decir verdad, soy una figura horrorosa, pero tengo la dicha de que no me importe pues no deseo que nadie se enamore de mí. Estoy convencida de que mis buenos amigos solo tendrán en cuenta mi carácter y no mi figura” (19-II-1705).

Sofía Carlota de Hannover
Sofía Carlota de Hannover

Esta franqueza que Liselotte utiliza con todos, ya sea su madrina Sofía Carlota de Hannover, la cultísima reina de Prusia, o el filósofo Leibniz, no la escatima para describir a su propia nieta Luisa Isabel, la futura reina de España:

No puede atribuírseme su educación porque ella tiene padre y madre y a ellos les he dejado ese cometido …No puedo decir que Mlle. de Montpensier sea fea: tiene ojos bonitos, la piel blanca y delicada, una nariz bien formada aunque un tanto estrecha, y una boca muy pequeña. Con todo, resulta la persona más desagradable que yo haya visto en mi vida; en todos sus actos, ya sea al hablar, comer o beber, resulta irritante. No derramó una sola lágrima al dejarnos y casi ni nos dijo adiós” (6-XII-1721)

Tampoco merece su aprobación la madre de la niña, la duquesa de Orleans, su nuera: “…es hija de un doble adulterio y, además, es hija de la mujer más mala y desesperada que existe en la tierra (madame de Montespan, amante de Luis XIV).” Liselotte tiene el sentido del rango metido en las venas y no perdona a su marido y a su hijo haberse plegado a los deseos de Luis XIV y haber aceptado un matrimonio que ella considera desigual y deshonroso, aunque la altiva Mademoiselle de Blois, Francisca María de Borbón (1677-1749) hubiera sido legitimada por su padre el rey Sol y dotada con la fabulosa cantidad de dos millones de libras. Su suegra la detesta, la culpa de la vida licenciosa que lleva el Regente y de la pésima educación del nieto y las seis nietas: “Me produce gran tristeza ver a mi hijo entregado al libertinaje, las malas compañías, el despilfarro y la ligereza, pero no me sorprende teniendo en cuenta cómo le han tratado.” (16-III-1698). Es posible que sintiera cierta culpabilidad por haber forzado ella misma la iniciación sexual de su hijo el Regente por temor a que siguiera la senda homosexual de su padre, el hermano de Luis XIV: “Mi hijo ya es todo un hombre a sus trece años. Una dama respetable le ha instruido”, dejó escrito años atrás. Pero eso no exculpa a la nuera Francisca María de otros vicios: “Nunca se ha visto una pereza semejante. Ella ha encargado que le hicieran una tumbona en la que se reclina cuando juega al lansquenete; nos reímos de ella, pero sin efecto alguno. Juega a las cartas tumbada; toma sus comidas tumbada; lee tumbada; en una palabra, se pasa casi toda su vida tumbada” … “La deplorable crianza de mis nietos es una desdicha para este país. Mi nuera les deja hacer lo que les viene en gana hasta que cumplen veinte años.” (25-IX-1720). El Regente tampoco se llevaba bien con su esposa; a sus espaldas, se refería a ella como “Madame Lucifer”.

Francisca María de Borbón
Francisca María de Borbón

Claro está que a la severa Corte española habían llegado noticias sobre el libertinaje reinante en Versalles y París, la conducta desordenada de las hijas casadas del Regente, los escándalos y las orgías (en este caso heterosexuales) que éste organizaba siguiendo en la estela inversa de su padre, y el comportamiento intolerable y grosero de la joven Luisa Isabel, pero a Isabel de Farnesio, que era quien tomaba las decisiones, no pareció importarle demasiado.  La puntillosa y austera Corte española, sin embargo, no podía tolerar en modo alguno la negligencia en materia religiosa y el historial católico de la novia se reducía a un bautismo de socorro que recibió en Versalles al nacer.  Advertida la familia de París, la princesa fue bautizada solemne y precipitadamente el 22 de octubre de 1721 en su casa, el Palais-Royal e hizo la primera comunión nueve días después.

A principios de noviembre llegaron a París el duque de Osuna, en condición de embajador extraordinario, y el teniente general don Patricio Laules a quien se le dio carácter de embajador. Los españoles prepararon una sucesión de fiestas espléndidas y espectaculares fuegos artificiales. El martes 13 de noviembre, Osuna pidió al Cristianísimo rey niño la mano de su prima Mademoiselle de Montpensier y el jueves 15 se firmó en las Tullerías el contrato matrimonial. Al día siguiente la princesa recibió el sacramento de la confirmación, se celebró un baile en la Ópera y una fiesta fastuosa en el Palais-Royal que costó 840.000 libras.

Isabel de Valois
Isabel de Valois

Siguiendo un método repetido ya en varias ocasiones, que se había inaugurado con el enlace de Isabel de Valois y Felipe II, las dos Cortes habían acordado intercambiar las princesas en la isla compartida de Los Faisanes, en el Bidasoa, tras un viaje que duraría un mes. Luis XV había dotado a Luisa Isabel con medio millón de escudos; su padre el Regente le dio 40.000 (parte en joyas) y Felipe V le regalaría joyas por valor de 50.000. La princesa recibiría el sacramento del matrimonio a su llegada a España en tanto que la infanta-reina, Marianina, sería educada en París hasta que tuviera edad canónica suficiente para recibirlo.

A los 11 años, vestida a la moda española, que le gustó mucho, seguida por 18 carruajes y protegida por 150 gendarmes y un destacamento de 8 guardas de corps, Luisa Isabel ocupó la carroza que la trasladaría a España acompañada -durante un trecho- por su padre y su hermano Luis, duque de Chartres, así como por su gobernanta la condesa de Cheverny, quien la acompañaría hasta Lerma, la duquesa de Ventadour y la princesa de Soubise que había sido nombrada gobernanta de la infanta.

Ana de Rohan-Chabot
Ana de Rohan-Chabot – princesa de Soubise

A ambos lados de la frontera se celebraban fiestas en las ciudades que atravesaban las comitivas de las dos niñas. En Bayona, donde vivía desterrada por Felipe V desde 1706, la reina viuda de Carlos II, Mariana de Neoburgo, recibió a Luisa Isabel haciéndola sentar en un sillón igual al suyo y le regaló un valioso diamante, un reloj, una tabaquera de oro incrustada con diamantes y una preciosa cómoda llena de objetos de porcelana china. El 11 de diciembre de 1721, Luisa Isabel había cumplido los 12 años.

El 10 de enero de 1722 se llevó a cabo el intercambio de las princesas con un gran ceremonial. En el centro de la isla de los Faisanes, comunicada con las orillas francesa y española por dos puentes de barcas, se había construido un espléndido pabellón de madera lujosamente amueblado, que constaba de dos grandes aposentos en cada extremo para cada uno de los séquitos y comunicados por un salón en cuyo centro se situaba una mesa. Tras un rato de descanso, las princesas pasaron al salón y ocuparon las cabeceras de la gran mesa. El príncipe de Rohan por la parte francesa y el marqués de Santa Cruz por la española resumieron el contenido de los acuerdos y firmaron los documentos. Después, hicieron una alocución para expresar la recíproca gratitud, las princesas se besaron, se entregaron los regalos y todos dejaron la isla para proseguir el viaje. El séquito de Mademoiselle de Montpensier se componía ahora exclusivamente de españoles, a excepción de la gobernanta Cheverny.

Siguiendo las instrucciones de Felipe V, el marqués de Santa Cruz aceleró la marcha de la comitiva de manera que el 19 de enero llegó a Cogollos, pueblo situado a unos 20 kilómetros de Lerma (la infanta-reina había tardado cinco semanas en recorrer el mismo trecho en la dirección contraria). En Lerma, el rey ordenó a su caballerizo mayor, el duque del Arco, que se adelantase a saludarla y él y el príncipe de Asturias se camuflaron entre los del cortejo para poder observarla sin trabas mientras el duque le dedicaba una prolongada perorata. Luego, el duque pidió autorización a la princesa para presentarle a dos de los caballeros, pero los gestos de sorpresa de algunos cortesanos pusieron de aviso a Luisa Isabel, que no era tonta y había visto los retratos del rey y el príncipe. Ella se echó en sus brazos y, juntos los tres en la carroza de la princesa, emprendieron el camino de Lerma para celebrar la boda.

El 20 de enero, la ceremonia nupcial estuvo a cargo del capellán mayor del rey y patriarca de las Indias Occidentales, el cardenal Carlos de Borja Centellas y Ponce de León, quien acababa de llegar de Roma. El duque de Saint-Simon, cumpliendo su cometido de supervisión, se acercó previamente a la capilla y, con su agudo sentido del humor, dice que se encontró a su Eminencia cerca del altar ensayando el ceremonial con dos de sus capellanes, que mantenían el libro sacro abierto frente a él. Resultaba evidente que el cardenal había descuidado sus deberes y ahora, a punto de llegar toda la Corte con los novios, era demasiado tarde:

El digno prelado no sabía cómo leerlo; lo intentó, no obstante, y leyó en voz alta, pero de forma incorrecta. Los capellanes le corrigieron; él les levantó la voz; volvió a empezar; volvió a ser corregido; se enfadó otra vez y hasta tal punto que se fue a ellos y les sacudió por las sobrepellices. Me reí todo lo que quise porque él estaba tan ocupado y enredado con la lección que no se enteraba de nada (…)  ¡Que esperen!, exclamó el irritado cardenal cuando le comunicaron la llegada de sus Majestades. ¡No estoy preparado! Y así tuvieron que esperar mientras su Eminencia continuaba la lección más encendido que su solideo y todavía furioso. Al final, se fue a la puerta donde tuvo lugar una ceremonia que duró algún tiempo. De no haberme visto obligado a permanecer en mi puesto, la curiosidad me habría empujado a seguirle. Que me perdí alguna diversión es seguro porque vi al rey y a la reina riendo y escondiendo la mirada en sus reclinatorios y a toda la Corte riendo también…El pobre cardenal causó más y más diversión a medida que continuaba la ceremonia, durante la cual ni supo dónde estaba ni lo que estaba haciendo, siendo interrumpido y corregido por sus capellanes a cada momento y tan enfurecido que ni el rey ni la reina podían contenerse. Ocurría otro tanto con todos los que fueron testigos de la escena.

A esos mismos testigos se les cortó la risa con otra ceremonia, inusitada en España, que se anunció al finalizar el gran baile que siguió a la boda.

A causa de la corta edad y la salud delicada del príncipe de Asturias se había convenido que éste no tendría conocimiento carnal de la princesa hasta que los reyes sus padres lo considerasen oportuno y, como mínimo, dentro de un año. El duque de Saint-Simon, sin embargo, convenció a sus Majestades Católicas para que se llevase a cabo una consumación pública –el “coucher public” comúnmente practicado en la mayoría de las Cortes europeas– exponiéndoles la satisfacción y gratitud que sentiría el Regente con una señal de la íntima y firme unión de las dos ramas reales y de las dos coronas que impidiera a toda Europa y a los enemigos del Regente considerar posible la anulación del vínculo conyugal, otorgando al matrimonio el más alto grado de indisolubilidad.

Felipe V - Isabel de Farnesio
Felipe V – Isabel de Farnesio

Felipe V miró primero a Isabel y le preguntó “¿Vos qué decís?”. La reina respondió: “Lo que vos digáis”. Después se dirigió al duque: “Si nosotros consintiéramos a lo que proponéis, ¿cómo creéis que habría de hacerse?”. Saint-Simon dijo que solamente sus Majestades, con lo estrictamente necesario, asistirían al cambio de ropa de los novios, los verían meterse en la cama, harían que se colocasen a los dos lados de la cabecera el duque de Pópoli, al lado del príncipe, y la duquesa de Montellano al lado de la princesa, dejando completamente abiertos los cortinajes de los tres lados del tálamo. Luego, se abrirían los dos batientes de la puerta para que entrasen los cortesanos y demás gente hasta que se llenase la estancia; todos podrían ver encamados a los príncipes durante un cuarto de hora hasta que se cerrasen los cortinajes; Pópoli y Montellano se deslizarían tras esos cortinajes sin perder de vista a los novios ni un momento hasta que se desalojara por completo el aposento; a continuación, sacarían de la cama al príncipe y le llevarían a su dormitorio.

Y así fue como se llevó a cabo. Algunos historiadores afirman que el príncipe, entusiasmado con su novia, no quería salir de la cama. Luisa Isabel se mostró tranquila y, para el criterio español, demasiado desenvuelta. Saint-Simon estaba exultante por haber logrado vencer la rigidez de la etiqueta española y porque los reyes le habían elevado a la dignidad de grande de España. Los españoles de la corte quedaron desconcertados y algunos de ellos consideraron que la pudibunda tradición española estaba reñida con las demostraciones explícitas de copulación, aunque fueran simbólicas como en este caso. En el siglo XVIII –y durante los dos siglos siguientes– la aproximación a los asuntos religiosos y sexuales fue mucho más frívola, humorística y abierta en Francia que en España. Luisa Isabel venía de su país curada de espantos; su propia abuela Liselotte, que pasaba por ser mujer de sólida sensatez y moralidad, relató jocosamente a su madrina la reina de Prusia:

Mi marido siempre se metía en la cama con un rosario en el que colgaban muchas medallas y que le servía para rezar sus oraciones antes de dormir. Cuando había terminado, yo escuchaba un gran tintineo causado por las medallas, como si las paseara bajo la sábana. Yo le dije: Dios me perdone, pero sospecho que estáis paseando las reliquias y las imágenes de la Virgen por un territorio que les es desconocido. Monsieur respondió: ¡Callaos; dormid! ¡No sabéis lo que decís! Una noche, me levanté silenciosamente, coloqué la luz de manera que iluminase todo el lecho y en el momento en que él paseaba las medallas bajo la sábana le sujeté el brazo y le dije riéndome: Esta vez no me lo podéis negar. Monsieur se echó a reír y dijo: Vos, que habéis sido hugonote, no conocéis el poder de las reliquias y las imágenes de la santísima Virgen. Libran de todo mal a las partes en las que se frotan. Yo respondí: Os pido perdón, Monsieur, pero no me vais a convencer de que se honra a la Virgen paseando su imagen por las partes destinadas a quitar la virginidad. Monsieur no pudo evitar la risa y dijo: Os ruego que no se lo contéis a nadie.”

Felipe V junto a Isabel de Farnesio
Felipe V junto a Isabel de Farnesio y sus hijos

Luisa Isabel había llegado a Lerma con una inflamación dolorosa de la garganta y en el camino de vuelta hacia Madrid empeoró. Le salió un sarpullido que hizo sospechar al rey Felipe un brote de viruela, enfermedad por la que sentía un terror incontrolable. Aunque Saint-Simon le aseguro que la princesa ya había tenido un brote de viruela y el sarampión, Felipe V tomó las precauciones más exageradas para evitar el contagio y prohibió que su familia se aproximase a la enferma. Luisa Isabel quedó aislada, en manos de personas desconocidas que se comunicaban en otro idioma, hasta que el rey pareció convencerse de que la niña sufría un brote de erisipela; entonces, le dedicaron toda clase de atenciones para paliar el alejamiento previo. La propia Isabel de Farnesio le daba la comida y le administraba medicinas hasta que asaltaron al rey nuevas sospechas de que la princesa estaba pagando por los pecados de su padre el Regente, es decir, que sufría una enfermedad venérea. Pese a que Saint-Simon aseguró a los reyes que el duque de Orleans gozaba de una salud excelente, ellos le pidieron que fuese a examinar a la hija tanto como pudiera aun cuando la presencia de un caballero ante una dama acostada vulnerase gravemente los preceptos de la etiqueta española. Afortunadamente, la princesa de Asturias no tardó en recuperar la salud física pero pronto dio muestras de inestabilidad psíquica –añadida a su brusquedad y carencia de modales– que se manifestó en conductas tales como negarse a atender a sus médicos, tratar a sus damas despóticamente, negarse a visitar a su suegra para darle las gracias y comportarse con la mayor grosería.

Luisa Isabel de Orleans
Luisa Isabel de Orleans

Ya estaba todo listo en el palacio de Madrid para el gran baile oficial en su honor, en el Salón de los Grandes, que se había aplazado con motivo de la enfermedad, pero ahora la princesa anunció que no pensaba asistir. Intentaron hacerla entrar en razón; los reyes estaban muy irritados. Saint-Simon la visitó varias veces obteniendo por respuesta lacónicos monosílabos. En su última visita, en vez de hablar directamente a Luisa Isabel que persistía en su mutismo, se dirigió a sus damas para cantar la magnificencia de la decoración que se había preparado para el baile, el placer que causaba a la familia real, lo divertido que iba a resultar para la gente joven y la impaciencia con que los reyes esperaban el momento en que la princesa pudiera asistir. De pronto, aunque sin dirigirse a él, Luisa Isabel comenzó a hablar y exclamó como hacen los niños contrariados: “¿Que vaya yo? ¡Pues no voy a ir!”. “Bueno, Señora –replicó Saint-Simon– si no vais a ir mucho lo lamentaréis. Os privaréis de un entretenimiento en el que toda la Corte está esperando veros, y vos tenéis sobradas razones y sobrado deseo de agradar al rey y a la reina como para perder ni una sola oportunidad de hacerlo”. Ella giró la cabeza hacia Saint-Simon y le dijo con un tono muy resuelto: “No, Señor. Lo repito: no voy a asistir al baile. El rey y la reina que vayan si quieren. A ellos les gusta bailar; a mi no me interesa. A ellos les gusta levantarse y acostarse tarde; yo me acuesto temprano. Ellos que sigan sus gustos porque yo seguiré los míos”. Y se mantuvo firme en su obstinación.

En contra del criterio de Saint-Simon, que animaba a los reyes a tratar a la princesa con mano dura, a educarla sin contemplaciones y sin consentir caprichos infantiles, se desmontó el decorado del Salón de los Grandes y el baile se suprimió. El rey, sin embargo, con la esperanza de verla aparecer, organizó un baile más restringido en la galería a la que se abrían los aposentos de la princesa, pero ella no se dignó hacer acto de presencia.

El 21 de marzo de 1722 fue el día señalado para las audiencias de despedida del embajador extraordinario. “Como es natural –cuenta el propio duque– fui a despedirme de la princesa de Asturias acompañado por todo mi séquito. La encontré bajo un dosel, en pie, con sus damas a un lado y los grandes de España al otro. Le hice tres reverencias y a continuación pronuncié mi alocución, hecho lo cual esperé en silencio su respuesta, pero en vano porque no me contestó ni una palabra. Tras unos momentos de silencio, decidí facilitarle le respuesta y le pregunté qué recados tenía que darme para el rey, para la infanta, para Madame (Liselotte) y para Monsieur (el duque) y Madame la duquesa de Orleans. Por toda respuesta, ella me miró y me lanzó un eructo que retumbó en toda la estancia. Mi sorpresa fue tal que me quedé estupefacto. Siguió un segundo eructo tan fuerte como el primero. Ahí perdí la compostura y cualquier medio de reprimir la risa y, echando una ojeada a derecha e izquierda, los vi a todos con las manos en la boca y sacudidas en los hombros. Finalmente, un tercero, todavía más fuerte que los dos primeros, desencadenó la consternación en todos los asistentes y en mí la huida junto con todos mis acompañantes, con estallidos de risa tanto más grandes cuanto más se esforzara uno en la contención que cada cual había intentado contraponer. Toda la gravedad española se vino abajo, todo se trastocó. Sin la menor reverencia, muriendo de risa, cada cual se escapó como pudo sin que la princesa, que no se explicó conmigo de ninguna otra forma, perdiera su formalidad. Nos detuvimos en la sala contigua para reírnos a placer y comentar nuestro asombro con mayor libertad”. 

Cuando los reyes conocieron la anécdota les hizo gracia, pero más se rieron los familiares de París. La tolerancia de los españoles a las manifestaciones públicas de las funciones fisiológicas no era comparable a la naturalidad con que se percibían en Francia. Así, Liselotte, con su distanciamiento de alemana, escribe:

Los holandeses entienden la limpieza mejor que nadie en el mundo. Las cosas son muy distintas en Francia. En la Corte practican una suciedad a la que yo jamás podré acostumbrarme: la gente que está a la espera por las galerías, enfrente de nuestros aposentos, mea en todas las esquinas. Resulta imposible salir del apartamento propio sin ver a alguien meando”. (23-VII-1702).   

En España, Luisa Isabel era continuamente reprendida por la expulsión pública de sus gases. Sin embargo, la aerofagia parece haber sido un fenómeno común en la Casa de Orleans. La refinada cuñada de Luis XIV, Liselotte, princesa Palatina y duquesa de Orleans, relata una velada en la intimidad familiar:

Después de cenar estábamos en el gabinete los cuatro, es decir, Monsieur, yo, mi hijo y mi hija. Monsieur, que no se encontraba en una disposición lo suficientemente buena como para dirigirnos la palabra, tras un largo silencio dejó escapar un gran pedo sonoro –con perdón–, se volvió hacia mí y dijo: “¿qué ha sido eso Madame?” Yo giré entonces mi trasero hacia él y solté otro del mismo tenor y le dije: “es esto mismo, Monsieur”. Mi hijo dijo: “si es por eso, yo tenga tantas ganas como Monsieur y Madame”, y dejó también escapar otro bueno. Entonces nos echamos a reír y salimos todos del gabinete () Mi hijo tiene tantos gases que los suelta de todos los tonos y así puede tocar la flauta; creo que si pudiera sostener una flauta en el trasero tal como se sostiene en la boca, resultaría musical.” (1-I-1693).

Felipa Isabel de Orleans
Felipa Isabel de Orleans

En la cúspide de la pirámide social de Francia, las funciones corporales eran tratadas con un sentido del humor y una crudeza de vocabulario que en España se habrían considerado grosería ofensiva e intolerable, al menos en el estamento nobiliario y cuánto más en las testas coronadas. Hubiera sido impensable la publicidad de la carta que Liselotte, la buena educadora, había remitido a su madrina Sofía Carlota de Hanover el 9 de octubre de 1694:

“Sois bien dichosa de poder ir a cagar cuando queréis… No estamos igual aquí, donde me veo obligada a contener mi zurullo hasta la noche pues no hay retretes en las casas que dan al bosque. Tengo la desgracia de vivir en una de ellas y, por consiguiente, la aflicción de tener que ir a cagar fuera, lo cual me incomoda porque me gusta cagar cómodamente y no cago con comodidad cuando mi culo no se apoya en algo. Además, todo el mundo nos ve cagar; pasan mujeres, hombres, chicas, chicos, abades y suizos. Así se ve que no hay placer sin dolor y que yo estaría como pez en el agua en Fontainebleau si no hubiera que cagar. Resulta muy penoso que los zurullos se entrecrucen en mis placeres. Me gustaría que el primero que inventó lo de cagar, él y toda su raza, no pudiera cagar más que a bastonazos… Se lo perdono a los estibadores, a los soldados, a los guardias, a los porteadores de sillas y a las gentes de esa calaña. Pero los emperadores cagan, las emperatrices cagan, el papa caga, los cardenales cagan, los príncipes cagan, los arzobispos y los obispos cagan, los generales de las órdenes cagan, los curas y los vicarios cagan… Cuando crees estar besando una bella boquita de dientes muy blancos, lo que besas es un molino de mierda; todos los manjares más delicados, los bizcochos, los patés, los pasteles, las perdices, los jamones, los faisanes, todo ello sólo sirve para hacer mierda masticada…” La respuesta de la reina de Prusia está redactada en términos jocosos de similar crudeza.

Con independencia de los problemas psíquicos y educacionales que pudiera tener, la niña francesa está aburrida y frustrada en la encorsetada Corte de Madrid por la que no siente el menor respeto. Obligada a comportarse con la solemnidad de un pequeño ídolo, se evade como puede, como si no hubiera salido de la laxa tolerancia del Palais-Royal. Se venga escandalizando a sus opresores. En el palacio del Buen Retiro no sólo corretea en vez caminar digna y pausadamente, sino que, muchas veces, lo hace descalza y en paños menores. No le importa que la vean desnuda. Se sienta en el suelo cuando quiere. Se niega a llevar ropa interior y viste desmañadamente los regios vestidos que le confeccionan. Se niega a probar bocado en la mesa y, acto seguido, se dirige a la sala de sus damas para ingerir, sin orden ni concierto, una comida pantagruélica; abusa del vinagre, el vino y la cerveza. Se hace la sordomuda o responde de forma desabrida, incluso a Sus Majestades. En una palabra, quiebra todo el aparato de la imaginería monárquica poniendo en evidencia que las regias personas comparten humanidad con el común de los mortales. Nadie se lo perdona salvo su marido, que la amó desde que vio su retrato; le ríe las gracias y valora la rapidez con que Luisa Isabel aprendió el español. Él se ocupa de la caza, la pintura y la música. La camarera mayor, duquesa viuda de Montellano, poco puede hacer para enmendar el comportamiento de su señora. El pueblo de Madrid tampoco la quiere y comienzan a llamarla “la loca” y “la gabacha”. En cambio, los representantes diplomáticos de Francia, así como el confesor del rey, padre Dabenton, el capellán de Luisa Isabel, el padre jesuita de Laubrussel y otros franceses en la Corte, envían al Regente informes que maquillan por completo la realidad. Los informes cambiarán de signo al año siguiente cuando, fallecido el Regente, ocupe el poder en París el duque de Borbón-Condé, acérrimo enemigo de la Casa de Orleans.

El amor del príncipe de Asturias por su virginal esposa se incrementó en mayo de 1722. Enfermo de levedad, se vio obligado a guardar cama unos días en los que Luisa Isabel insistió en actuar como enfermera y no se separó de su cabecera hasta que se recuperó. Los reyes se entusiasmaron con esa abnegada muestra de lealtad conyugal. En aquellos momentos estaban ultimando privadamente un tercer enlace, el segundo con la Casa de Orleans, entre el infante de seis años don Carlos de Borbón Farnesio, (20-I-1716 -14-XII-1788) y la princesa de siete años Felipa Isabel de Orleans, Mademoiselle de Beaujolais (18-XII-1714 -21-V-1734) hermana menor de Luisa Isabel a la que, según la opinión general y unánime, no se parecía en nada. La abuela Liselotte sentía pasión por ella y la visitaba todos los días en el Palais-Royal. Los allegados la describían como “el ser más encantador de la tierra”, aunque en la trama de la política internacional los dones personales de las princesas no revestían gran importancia, salvo el de la fertilidad. Isabel de Farnesio quería para su hijo un principado en Toscana o en Parma en el que también ella, sabiéndose poco querida por los españoles, pudiera, llegado el caso, ahorrarse las penurias que aguardaban en España a las reinas viudas. Para alcanzar esos fines el apoyo de Francia sería muy necesario. El 23 de junio, el confesor del rey escribió al abad Dubois: “Su Majestad Católica (Felipe V), tras haber conferenciado con la reina, aprueba gustoso el asunto a condición de que su Alteza Real (el Regente) emplee todas sus fuerzas, juntamente con España, para asegurar los Estados de Toscana y Parma al infante don Carlos”. El Regente, por su parte, no deseaba una alianza matrimonial hispano-austriaca que debilitara su posición y, además, difícilmente encontraría un pretendiente de tal alcurnia para la quinta de sus hijas. A Luisa Isabel no le gustó la noticia, pero el 12 de agosto se efectuó el anuncio oficial en París; en El Escorial, donde se encontraba la Corte, se cantó un Te Deum y se iluminó el monasterio.

El domingo 25 de octubre de 1722 se celebró en la iglesia metropolitana de Reims la consagración de Luis XV, a los 12 años, en presencia de su prometida la infanta-reina que ya había cumplido los 5 años. El cardenal Dubois quedó confirmado como primer ministro (falleceria en agosto del año siguiente). Los años de la Regencia habían conllevado en Francia un fuerte impulso a la cultura y a las bellas artes y un soplo de libertad con la supresión de la censura. Los salones de París se convirtieron en un semillero de civilización. En lo formal, el periodo quedó caracterizado por la paulatina transformación del barroco en rococó, estilo más ligero y libre, menos simétrico y con cabida para los elementos orientales. El ejemplo de Francia se hizo notar en el ámbito cultural español con la creación de instituciones como la Biblioteca Nacional (1712), la Academia de la Lengua (1713), Academia Médica Matritense, Academia de la Historia, y otras iniciativas para la modernización del país.

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José Antonio Álvarez-Uría Rico

José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).

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