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Las nueve musas
Henning Mankell

El hombre de la dinamita es la primera novela del escritor sueco Henning Mankell (1948-2015), y se podría resumir como el retrato-robot, o si se prefiere el tipo ideal, de un obrero sueco, más concretamente de un dinamitero.

Oskar Johansson, el protagonista de la historia, un sábado, el 11 de junio de 1911, cuando contaba tan sólo veintitrés años, tuvo un gravísimo accidente laboral en el que logró sobrevivir, y de hecho siguió trabajando hasta su jubilación como dinamitero. Oskar falleció en 1969.

El hombre de la dinamita
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La edición original del libro data de 1973 y fue publicada en Copenhague.

La cuidada edición española, realizada por la Editorial Tusquets, cuenta con una traducción esmerada, realizada por Carmen Montes Cano, y se basa en una versión un poco retocada que realizó el autor en Mozambique en 1997. A mi me parece que es un libro sólido, contenido, una novela que es a la vez un estudio sociológico. Nos encontramos por tanto ante una novela que es algo más que emocionante: una obra maestra.

Desde el comienzo del libro Mankel nos presenta a Noström, el capataz dinamitero que dirigía la operación de abrir túneles para el ferrocarril. Nos presenta también al propio dinamitero pelirrojo Oskar Johanssom quien muy pronto va a sufrir el terrible accidente en el que perdió la mano derecha, un ojo, su pelo pajizo, la mitad del miembro viril…, y nos presenta más tarde también a Elly su novia. Tras recuperarse en parte de sus heridas Oskar conoce a Elvira, la hermana mayor de Elly, con quién se casará. Tuvieron un hijo y dos hijas.

Oskar nació en 1888 y era el tercero de cinco hermanos, tres niñas y dos niños. Dos de sus hermanas murieron cuando él aún era un niño. Oskar Johansson ha sido un trabajador toda su vida, pero a la vez era un caso llamativo, un poco raro, pues fue un trabajador que sobrevivió a una explosión. El caso de Oskar lo han descrito con detalle tanto expertos en explosivos como médicos. Hay bocetos y radiografías, fotografías,. Ahí están los áridos datos de los informes hospitalarios. Ahí está el relato desenfrenado de Noström sobre lo que ocurrió aquella tarde de sábado poco después de las tres. Ahí están las palabras del propio Oskar. Tres frases breves, dubitativas:

—acababa de echar mano del cable del encendido. Iba a empezar a tirar. Y entonces se vio como un rayo.

El padre de Oskar era obrero, se dedicaba a vaciar las letrinas. Un día le dijo a su hijo: Un obrero de mierda, eso soy yo. En la época de su padre no existían las vacaciones pagadas: si no trabajabas no te ganabas el jornal. No recuerdo haber oído su risa ni una solo vez, comenta Oskar. Su abuelo también había sido obrero. Participó en la construcción del canal de Göta y después terminó trabajando en una esclusa durante toda su vida. El padre de Oskar fue el único hijo que sobrevivió. También Oskar Johannes Johansson fue obrero toda su vida, más concretamente dinamitero. Igual que su padre, igual que su abuelo. La saga se ha roto en parte con su hijo: El hijo de Oskar tiene una lavandería en la ciudad. Es trabajador por cuenta propia. En la guía de teléfonos figura como director.

Oskar recuerda bien cuando, un día laborable de 1910, llegó al pueblo un agitador natural de Blekinge que hablaba un dialecto muy gracioso, a la vez que se expresaba muy bien. Habló, puesto de pié sobre un tonel, en la cervecería, ante un público formado por unos quince niños y quizás diez adultos. Era un hombre muy inteligente y se supone que nos hizo sentir como debíamos, importantes y fuertes. El agitador vendía una revista en la que el Rey y toda la familia real aparecían sostenidos por una pirámide de clases, semejante a una tarta nupcial de muchos pisos, mantenida en la base por los trabajadores, por la clase obrera. En ese momento Oskar, que compró la revista porque le gustó la ilustración, se dio cuenta de que si se hacía socialista no podía seguir viviendo en la casa de sus padres.

En la ciudad obrera, en dónde residían los protagonistas de nuestra historia, las casas de los trabajadores eran todas de madera, grises, frías, mal aisladas, de muy mala calidad. En ellas hacía frío, humedad, y las familias estaban hacinadas. En el centro de la ciudad estaban las casas de pisos, los grandes bloques de piedra, en donde vivían los banqueros, los políticos, los abogados, los médicos, los administrativos, en suma, los grandes y pequeños burgueses. Por último estaba la zona residencial, los chalets, en donde moraba el reducido grupo de los mas ricos y poderosos filántropos de la ciudad, rodeados de sus jardines bien cuidados y perfumados, protegidos por servicios de seguridad, con sus propiedades bien cercadas con rejas.

Como Oskar se hizo socialista se vio obligado a abandonar la casa de su padre y a cambiar de casa. La oportunidad para el cambio se la brindó Magnus Nilsson, otro trabajador como él,  que formaba parte del mismo equipo de dinamiteros, y que era también socialista, cuando le ofreció compartir una vivienda que había heredado de sus padres, también obreros. Era una casita que se encontraba al otro lado de la ciudad. Los domingos yo salía por mi cuenta, relata Oskar.  Magnus siempre estaba en casa a mi regreso. No creo que saliera en todo el día. Se quedaba en su cuarto haciendo rompecabezas. O leyendo algún periódico. Para eso era socialista. A veces comentaba algo que había oído o leído, y al final siempre decía que eso lo van a cambiar los socialistas.

Oscar, pese haber quedado desfigurado físicamente por la explosión, y pese a haber sobrevivido de milagro, no tuvo nunca la sensación de ser un inválido. No se consideraba en absoluto un ser extraordinario. Oskar era ante todo un obrero, y como todos los obreros a lo largo de su vida sufrió fluctuaciones entre el trabajo y la falta de trabajo. Oskar era uno más entre los de su condición. No se siente partícipe de los cambios. Se han producido y le han influido. Pero él no los ha creado. El obrero es un ciudadano en la sociedad, pero son otras las fuerzas que operan y provocan los cambios. Esa es la esencia del discurso de Oskar acerca de su conclusión de no ser extraordinario.

Mankell nos aclara que en aquella época había mucha gente que había tenido accidentes laborales de modo que haber perdido un brazo, una pierna, un ojo, los dedos de una mano… era algo muy frecuente. Casi todos los trabajadores, escribe, sufrían un accidente tarde o temprano. Fueron muchos los que padecieron raquitismo, el mal inglés. (…) Unos cojeaban de un pie. Faltaban muchos brazos. Recuerdo que durante muchos años el que llevaba una de las banderas era un hombre que tenía un solo brazo. Un brazo de una fuerza impresionante. El otro se lo había rebanado una cortadora, a ras del hombro. Y también había muchas mujeres que solo tenían un brazo o que habían perdido varios dedos. Era casi algo natural. Esto explica en parte que las representaciones corporales de los obreros no se asemejasen en nada a las representaciones vigentes entre los miembros de la burguesía, obsesionados por las apariencias, por el afán de aparentar.

Trabajadores duros como rocas 1En 1949 Oskar compró un cartel que era en realidad una reproducción del famoso cartel norteamericano de 1910 en el que la sociedad capitalista aparecía representada por la ya mencionada tarta de pisos superpuestos en forma de pirámide. En lo alto y en el centro está representado el Rey, rodeado de jefes de gobierno vestidos de frac. Llevan un sombrero de copa en la mano. En el siguiente nivel están los sacerdotes, seguidos por el nivel de los oficiales militares, rodeados de soldados y de cañones. En el penúltimo nivel están los banqueros y los hombres de negocios sentados en una misma mesa compartida en la que se han pegado un buen atracón. En fin, en la base de la pirámide, sustentando todas las columnas que hacen posible que la pirámide se mantenga relativamente en pie, están los trabajadores que soportan todo el peso del cuerpo social con sus hombros. Oskar colgó el cartel en la cocina. Para él y para su familia el cartel equivalía a todo un libro de texto. Sin embargo Oskar no estaba tan convencido como su amigo Magnus Nilsson de que el socialismo y la revolución llegarán pronto porque todo ello cae por su propio peso.

Oskar Johansson compartió con su generosa compañera, Elvira, también obrera en una fábrica textil, y con otros compañeros y dirigentes políticos socialdemócratas el sueño del socialismo. Entre esos dirigentes figuraba Olof Palme que accedió a la presidencia del gobierno sueco en 1969, precisamente el año que en la novela se produce la muerte de Oskar.

Monumento al minero jubilado
Monumento al minero jubilado. Turón – Asturias (España)

Cuando yo era niño Asturias era sobre todo un región minera y el carbón era su principal fuente de riqueza. Sin el carbón era imposible convertir el mineral de hierro en acero fundido. El carbón lo arrancaban los picadores de las minas a fuerza de esfuerzo, conocimiento del oficio, trabajo. En el mundo obrero los picadores estaban rodeados de una areola especial, heroíca, pues ponían en riesgo constantemente sus vidas en la primera línea de fuego. Cada vez que se producía un derrumbe en una galería, cada vez que mineros quedaban atrapados por un accidente en una ratonera, o estallaba el grisú, la alarma corría como una ola gigante a gran celeridad por los pueblos vecinos, y también respondía como en eco otra ola de solidaridad. Resultaba admirable la ayuda mutua entre los trabajadores, el trabajo incesante, agotador hasta la extenuación, para rescatar a los compañeros, vivos o muertos, atrapados en las negras profundidades de las minas. En aquellos tiempos, y especialmente en esos tensos momentos, irrumpía imparable en la escena social la fuerza del trabajo. Ser obrero significaba pertenecer a un mundo social que adscribía a cada uno una identidad y que llevaba también consigo unos estilos de vida: la bolera, la sidra, los chigres, la ropa limpia de los domingos, los bailes populares, las fiestas, la sesión de cine, el apoyo incondicional al equipo local… Hoy los tiempos han cambiado, pero hay algunas novelas que, incluso procedentes de tierras lejanas, nos obligan a mantener viva una memoria cada vez mas borrosa y olvidadiza.

Olof Palme
Olof Palme

En la actualidad en ciudades obreras repartidas por el mundo viven jubilados hombres y mujeres que como Oskar fueron obreros, vivieron toda una vida inmersos en el mundo del trabajo manual, y soñaron el sueño socialista. Sus sueños distan de haberse hecho realidad. El propio Olof Palme, que fue el primer ministro en Suecia entre 1969 y 1976, así como desde 1982 hasta que fue asesinado en 1986, defendió con fuerza el pacifismo, los derechos humanos, la lucha contra la pobreza en el orden internacional, la ayuda al tercer mundo, el combate contra los totalitarismos, el apoyo a las transiciones democráticas, así como la protección de emigrantes y refugiados. Aun ignoramos sin embargo quienes fueron los ejecutores e instigadores de su muerte.  Son numerosos los hombres y mujeres que han mantenido a lo largo de su vida una moral social inquebrantable basada en la solidaridad. Era preciso que un buen escritor les rindiese el homenaje que se merecen, Y ahí está El hombre de la dinamita.


Henning MANKELL

El hombre de la dinamita, Editorial Tusquets, Barcelona, 2018.

Traducción del sueco por Carmen Montes Cano (237 pg.)

 

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría es Doctor en Sociología por la Universidad de París VIII, y Catedrático de Sociología en el Departamento de Sociología IV de la Universidad Complutense de Madrid.

Fue socio fundador y miembro del consejo de redacción de la Revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, en donde coordinó diversos números monográficos.

Ha sido Profesor Visitante en el Goldsmiths´ College de la Universidad de Londres, y en la Maison des Sciences de l’Homme (MSH) de París. Ha impartido cursos y conferencias en numerosas universidades españolas y extranjeras.

Sus principales investigaciones están centradas en la sociología histórica, la teoría sociológica, la sociología del conocimiento, y la sociología de las instituciones de resocialización.

Es autor de numerosos libros y artículos, así como de traducciones y ediciones de libros. Entre sus publicaciones destaca Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX(1983), así como algunos libros publicados en colaboración con Julia Varela, tales como Las redes de la psicología (1994), Sujetos frágiles (1989), Arqueología de la escuela (1991), Genealogía y sociología. Materiales para repensar la Modernidad (1997) y más recientemente Materiales de sociología del arte (2008).

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